Acerca de los compromisos de V.I Lenin

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Frente al izquierdismo sectario y al acomodo oportunista, Lenin explica en este breve artículo de septiembre de 1917, como deben los comunistas tejer su política de alianzas para acercarse a sus objetivos inmediatos y finales.

Llámase compromiso en política a la concesión hecha en ciertas exigencias, a la renuncia de una parte de las propias reivindicaciones en virtud de un acuerdo con otro partido.

La idea que el vulgo tiene habitualmente de los bolcheviques, sostenida por las calumnias de la prensa, consiste en que éstos nunca se prestan a compromiso alguno con nadie.

Tal idea es halagüeña para nosotros, como Partido del proletariado revolucionario, pues demuestra que hasta nuestros enemigos se ven obligados a reconocer nuestra fidelidad a los principios fundamentales del socialismo y de la revolución. Pero con todo, hay que decir la verdad: esa idea no corresponde a los hechos. Engels estaba en lo cierto cuando en su crítica del manifiesto de los blanquistas de la Comuna (en el año 1873) ridiculizaba la declaración de éstos: «¡Ningún compromiso! Esto es una frase -decía él-, pues los compromisos de un partido que lucha son a menudo impuestos inevitablemente por las circunstancias y es absurdo renunciar de una vez para siempre «a cobrarse la deuda por partes». El deber de un partido auténticamente revolucionario no consiste en proclamar imposible la renuncia a cualquier compromiso, sino en saber cumplir fielmente a través de todos los compromisos -en la medida en que sean inevitables-, con sus principios, su clase, su misión revolucionaria, su obra de preparar la revolución y de educar a las masas populares para triunfar en la revolución.

Por ejemplo: participar en la III y IV Dumas era un compromiso, una renuncia temporal a las reivindicaciones revolucionarias. Pero era un compromiso absolutamente forzoso, pues la correlación de fuerzas descartaba para nosotros, por un cierto tiempo, la lucha revolucionaria de masas, y para su larga preparación era necesario saber trabajar aun desde dentro de una «pocilga» semejante. La historia demostró que tal planteamiento del problema por los bolcheviques, como partido, era correcto.

Ahora el problema inmediato no es un compromiso impuesto, sino un compromiso voluntario.

Nuestro Partido, como cualquier otro partido político, aspira a conquistar la dominación política para sí. Nuestra meta es la dictadura del proletariado revolucionario. Seis meses de revolución han confirmado con extraordinaria claridad, fuerza y elocuencia, lo justo e inevitable de tal exigencia, en interés precisamente de esta revolución, pues al pueblo no le es posible obtener de otro modo ni una paz democrática, ni la tierra para los campesinos, ni una completa libertad (una república bastante democrática). Así lo reveló y demostró el curso los acontecimientos durante los seis meses de nuestra revolución, la lucha de clases y de los partidos, el desarrollo de las crisis del 20 y 21 de abril, del 9 y 10, 18 y 19 de junio, del 3 al 5 de julio y del 27 al 31 de agosto.

Ahora se ha producido en la revolución rusa un viraje tan brusco y original que, como partido, podemos proponer un compromiso voluntario, es cierto que no a la burguesía, nuestro directo y principal enemigo de clase, sino a nuestros adversarios más próximos, los partidos «dirigentes» de la democracia pequeñoburguesa, los eseristas y mencheviques.

Como una mera excepción, únicamente forzados por una situación especial que, evidentemente, se mantendrá sólo por un breve tiempo, podemos proponer un compromiso a esos partidos y, a mi juicio, debemos hacerlo.

Es un compromiso por nuestra parte retornar a nuestra reivindicación de antes de julio: todo el Poder a los Soviets, formación de un gobierno constituido por eseristas y mencheviques, responsable ante los Soviets.

Ahora, sólo ahora, y quizás apenas durante unos pocos días o por una o dos semanas, un gobierno de ese tipo podría crearse y afianzarse de un modo completamente pacífico. Podría garantizar muy probablemente el avance pacifico de toda la revolución rusa, y ofrecería extraordinarias probabilidades de que el movimiento mundial se adelante a grandes pasos hacia la paz y hacia el triunfo del socialismo.

A mi parecer, sólo en nombre del desarrollo pacífico de la revolución, posibilidad extraordinariamente rara en la historia y extraordinariamente valiosa, posibilidad que sólo se presenta de cuando en cuando, los bolcheviques, que son partidarios de la revolución mundial y de los métodos revolucionarios, pueden y deben aceptar tal compromiso.

El compromiso consistiría en que los bolcheviques, sin pretender una participación en el gobierno (imposible para el internacionalista, si no se realizan efectivamente las condiciones de la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres), renunciaran a exigir de inmediato el paso del Poder al proletariado y a los campesinos pobres y a los métodos revolucionarios de lucha por esa reivindicación. La condición, de por sí evidente y que no representaría novedad alguna para los eseristas y mencheviques, sería la plena libertad de agitación y la convocatoria de la Asamblea Constituyente, sin nuevas dilaciones e incluso en un plazo más breve.

Los mencheviques y los eseristas, como bloque gubernamental, consentirían (en el supuesto de que se llegara al compromiso) en constituir un gobierno, íntegra y exclusivamente responsable ante los Soviets, pasando a manos de éstos todo el Poder también en las provincias. En eso consistiría la «nueva» condición. Pienso que los bolcheviques no propondrían otras condiciones, confiando en que una verdadera y completa libertad de agitación y la inmediata aplicación de nuevos principios democráticos en la composición de los Soviets (nuevas elecciones) y en su funcionamiento, garantizarían de por sí un desarrollo pacífico de la revolución y eliminarían pacíficamente las luchas partidistas en el seno de los Soviets.

¿Pero quizás esto sea ya imposible? Quizás. Pero si existe, aunque no sea más que una probabilidad sobre cien, valdría la pena intentarlo.

¿Qué ganarían ambas partes «contratantes», o sea, los bolcheviques por una parte y el bloque de los eseristas y mencheviques por la otra, con este «compromiso»? Si ninguna de las dos partes ganara nada, sería necesario reconocer la imposibilidad del compromiso y entonces no habría para qué hablar de ello. Por más difícil que sea ahora (después de julio y agosto, dos meses que equivalen a dos décadas de época «pacífica» y soñolienta) ese compromiso, me parece que existe una pequeña probabilidad de llevarlo a cabo, y esa probabilidad está dada por la decisión de los eseristas y mencheviques de no entrar en un gobierno del que formen parte los demócratas constitucionalistas (kadetes).

Los bolcheviques saldrían ganando, pues obtendrían la posibilidad de realizar, con entera libertad, la propaganda de sus opiniones y, en condiciones efectiva y enteramente democráticas, conquistar influencia en los Soviets. De palabra «todos» reconocen hoy esa libertad a los bolcheviques. Pero en la práctica ella es imposible bajo un gobierno burgués o con participación de la burguesía, bajo un gobierno que no sea soviético. Bajo un gobierno soviético esa libertad sería posible (no decimos: garantizada con seguridad, pero, con todo, posible). Por esa posibilidad, en un momento tan difícil, habría que llegar a un compromiso con la mayoría soviética actual. Con una verdadera democracia, nosotros nada tenemos que temer, puesto que la vida está con nosotros y hasta la forma en que se desarrollan las corrientes dentro de los partidos eserista y menchevique, hostiles a nosotros, confirma que estamos en lo justo.

Los mencheviques y los eseristas ganarían al recibir de inmediato la plena posibilidad de realizar el programa de su bloque, apoyándose a sabiendas en la mayoría enorme del pueblo y asegurándose la utilización «pacífica» de su mayoría en los Soviets.

Por cierto que desde ese bloque, heterogéneo por ser bloque, como también porque la democracia pequeñoburguesa es siempre menos homogénea que la burguesía y que el proletariado, desde ese bloque se alzarían probablemente dos voces.

Una voz diría: no podemos seguir el mismo camino que los bolcheviques y el proletariado revolucionario. Este, de todos modos, exigirá más y arrastrará demagógicamente a los campesinos pobres. Exigirá la paz y la ruptura con los aliados. Eso es imposible. Estamos más próximos y más seguros con la burguesía, pues no nos hemos separado de ella, sino que solo hemos tenido una riña transitoria, y solo por el incidente de Kornilov. Hemos reñido, pero ya nos reconciliaremos. Además, los bolcheviques no nos hacen ninguna «concesión», puesto que sus intentos de insurrección ya están de todos modos condenados a la derrota, como la Comuna de 1871.

Otra voz diría: referirse a la Comuna es muy superficial y hasta tonto, pues, en primer lugar, algo han aprendido los bolcheviques desde 1871, y ahora no dejarían de apoderarse de los bancos y no vacilarían en marchar sobre Versalles; y en tales condiciones hasta la Comuna podría haber triunfado. Además, la Comuna no podía ofrecer al pueblo en seguida todo lo que podrán ofrecerle los bolcheviques si llegan al Poder, a saber: la tierra a los campesinos, una propuesta inmediata de paz, un control verdadero sobre la producción, una paz honesta con los ucranianos, con los finlandeses, etc. Hablando en términos vulgares, los bolcheviques tienen diez veces más «cartas de triunfo» en sus manos que la Comuna. En segundo lugar, la Comuna significa de todos modos una penosa guerra civil, un largo estancamiento del desarrollo cultural pacífico, facilita las operaciones y las maniobras de todos los Mac-Mahon y Kornílov y tales operaciones amenazan a toda nuestra sociedad burguesa. ¿Es sensato correr el riesgo de una Comuna?

Pero la Comuna será inevitable en Rusia si no tomamos el poder, si las cosas siguen en la misma situación difícil en que estuvieron desde el 6 de mayo hasta el 31 de agosto. Todo obrero y soldado revolucionario inevitablemente pensará en la Comuna, tendrá fe en ella, inevitablemente intentará llevarla a cabo, razonando así: el pueblo perece, la guerra, el hambre, la ruina prosiguen su marcha. Sólo en la Comuna está la salvación. Pereceremos, moriremos todos, pero crearemos la Comuna. Tales pensamientos son ineludibles en los obreros y ahora no se logrará vencer a la Comuna tan fácilmente como en 1871. La Comuna rusa tendrá en todo el mundo aliados cien veces más fuertes que en 1871… ¿Es sensato que corramos el riesgo de una Comuna? Tampoco puedo aceptar que los bolcheviques en el fondo no nos concedan nada con su compromiso. Pues en todos los países civilizados, los ministros inteligentes atribuyen un gran valor a todo acuerdo, por pequeño que sea, con el proletariado durante la guerra. Le reconocen un valor muy, muy grande. Se trata de gente práctica, de auténticos ministros. Los bolcheviques se fortalecen con bastante rapidez, a pesar de las represiones, a pesar de la debilidad de su prensa… ¿Es sensato que corramos el riesgo de una Comuna?

Tenemos una mayoría asegurada, todavía no está tan cercano el despertar del campesinado pobre; tenemos tiempo suficiente. No creo que en un país esencialmente campesino, la mayoría siga a los extremistas. Y contra una mayoría eveidente, en una república verdaderamente democrática, la insurrección es imposible. Así hablaría la segunda voz.

Quizá se encuentre una tercera voz, entre algunos partidarios de Mártov o de Spiridónova que diga: me indigna, «camaradas», que ambos, al razonar acerca de la Comuna y de la posibilidad de su existencia, se coloquen sin vacilar al lado de sus adversarios. En una forma u otra, ambos se colocan del lado de aquellos que aplastaron a la Comuna. No emprenderé una campaña por la Comuna, no puedo prometer de antemano que combatiré en sus filas como lo hará todo bolchevique, pero debo decir con todo que si la Comuna surge a pesar de mis esfuerzos, antes ayudaré a sus defensores que a sus adversarios…

La discordancia en el «bloque» es grande e inevitable, pues en la democracia pequeñoburguesa está representado un mundo de matices, desde un completo burgués elegible para un cargo en el gobierno, hasta un semimendigo, no del todo apto aún para adoptar el punto de vista del proletariado. Y nadie sabe cuál va a ser en cada momento dado el resultado de esta mescolanza de voces.

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Las líneas precedentes fueron escritas el viernes 1° de septiembre y, debido a circunstancias casuales (la historia dirá que bajo Kerenski no todos los bolcheviques gozaban del derecho de fijar libremente su residencia), no llegaron a la Redacción ese mismo día. Y después de haber leído los periódicos del sábado y los de hoy, me digo: quizás sea demasiado tarde para proponer un compromiso. Quizás hayan pasado también los pocos días en que era posible todavía un desarrollo pacífico. Sí, todo indica que ya han pasado. Kerenski se irá, de uno u otro modo, del partido de los eseristas, y de los propios eseristas, y afianzará su posición con ayuda de los burgueses sin los eseristas, gracias a la inacción de éstos… Sí, todo indica que los días en que era ocasionalmente posible el camino del desarrollo pacífico, han pasado ya. Sólo me resta enviar estas notas a la Redacción rogándole que las encabece así: “Reflexiones tardías”… A veces, quizás, puede ser de cierto interés conocer algunas reflexiones tardías.

3 de septiembre de 1917.

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