Perú. Un gobierno plebeyo

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Bien vale intentar  una interpretación libre de lo que sostiene Steve Levinsky, el académico norteamericano de perspicaz mirada política, quien asegura que el Perú vive un fenómeno extraordinario signado porque una mayoría leve de los sectores más pobres, se impuso a la poderosa élite peruana el 6 de junio.

Se trató, por cierto, de un acontecimiento inusual no sólo en la historia del Perú, sino también en el escenario continental, donde lo previsible es que los que tienen en sus manos los resortes del Poder, aseguren su continuidad en los mismos, por lo menos por la vía electoral.

Pero eso no ocurrió en nuestra tierra. La clase dominante no fue capaz de controlar el escenario político y éste se le escapó de las manos, dando paso a la instalación de un gobierno sin precedentes en la historia nacional.

Quizá más adelante los historiadores y otros especialistas, podrán explicar el fenómeno en términos sociológicos, culturales  y políticos; pero por ahora, los “peruanos de a pie” –esos que fueron los protagonistas de la historia- saben que ocurrió porque están hartos ya de un “modelo” que privilegia la exclusión, la discriminación, la iniquidad, el racismo y el odio.

Gracias a ese “modelo”, la atención sanitaria y la educación se volvieron un negocio lucrativo y los propietarios de clínicas, colegios y universidades privadas hicieron su agosto en muy poco tiempo y se llenaron de billetes a la costa de “clientes” incautos, y desesperados por la absoluta incapacidad de un “Estado subsidiario” al que le bajaron la llanta en ambos rubros para confirmar su inopia.

Fue en ese marco que aquellos que Franz Fannon llamara “los desheredados de la tierra” decidieron voltear la tortilla y forjar un milagro, ese que hizo surgir lo que bien podría denominarse un Gobierno Plebeyo, es decir, de los pobres y para los pobres.

Aun faltan elementos para definir el rumbo futuro del gobierno de Pedro Castillo,  pero estos días, serán decisivos: El Congreso de Perú Libre, que definirá sus objetivos de clase; la composición del Gabinete, que se conocerá este fin de semana; la elección de la Mesa Directiva del Congreso, que no deberá caer en manos adversarias; y el Mensaje Presidencial del Bicentenario, que habrá de despertar expectativas infinitas.

Estos cuatro episodios ayudarán a definir mejor la perspectiva del país, pero no habrán de cambiar el sentido general de la política del Gobierno que iniciará su gestión el próximo 28 de Julio.

Con algunas precisiones y matices, se podrá constatar, en efecto, que tendremos un gobierno progresista, patriótico, democrático, autónomo y anti imperialista, nacionalista y popular; no apegado ni a ideologías, ni a dogmas; sino más bien abierto a ideas y a propuestas llamadas a consolidar un rumbo redentor para las grandes mayorías nacionales. Una nueva Constitución se afirma.

No será, por cierto, un “gobierno comunista”, ni “chavista”, ni calcará experiencias de ningún tipo; pero si un gobierno amigo y hermano de todos los pueblos, que recusará las presiones y las maniobras agresivas del Imperio preservando nuestra propia independencia y soberanía.

Lo importante aquí, es que los actores de esta causa, es decir los responsables de la que habrá de ser la “política oficial” del nuevo gobierno, sean conscientes de las cuatro tareas a encarar a fin de garantizar la continuidad del proceso.

Lo hemos dicho antes, pero será indispensable reiterarlo hasta el cansancio: asegurar la unidad constituye la tarea esencial y más importante en la coyuntura actual, en la cual lo más fácil, es dividirse.

Hay que impedir por todos los medios que el enemigo pueda introducir cuñas que separen a Pedro Castillo de Vladimir Cerrón; a Perú Libre, de Juntos por el Perú; a las fuerzas independientes, de los Partidos de Izquierda. En suma, que resquebrajen o aun rompan el sólido mosaico que garantizó la victoria popular del 6 de junio.

Es indispensable comprender que, para que esta unidad pueda consolidarse, resulta indispensable actuar con serenidad, tolerancia y cautela, desterrando el sectarismo, el caudillismo y el hegemonismo, base de todas las derrotas.

A la unidad hay que sumar la organización, sobre cuyo eje fuente será posible construir la fuente social del proceso que se inicia. Trabajadores, campesinos, estudiantes, mujeres, técnicos y profesionales; afectados todos por el modelo caduco que denigró el pasado; deben forjar una red imbatible que sirva como instrumento de un gobierno al servicio de las grandes mayorías.

Educar a las masas politizando la conciencia de la gente; hablando a su inteligencia, y no solo a su corazón; será posible anidar en el cerebro la certeza de la lucha emprendida. Y ella será garantía de la irreversibilidad de los cambios que hoy se inician.

Y promover las luchas para que cada quien defienda los intereses del pueblo; permitirá valorar las acciones, que servirán cono escuela de sindicalismo, escuela de política, escuela de solidaridad y escuela de socialismo.

Todo eso, en un gobierno enteramente participativo en el que la gente no sea espectadora de los hechos, sino actora de los mismos; cosa que no ocurrió por lo menos en lo que va del siglo XX.

Para este efecto, la experiencia acumulada por el movimiento popular en los años de Velazco, habrá de resultar indispensable.

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