El feminismo, la madre de todas las luchas

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Hay un discurso que afirma que el feminismo tiene que luchar por los derechos de todas las causas, el feminismo como madre de todas las luchas. Debe ser que con lo nuestro no teníamos bastante, que ahora tenemos que dejarlo todo para ampliar unos ¿derechos? que no tienen nada que ver con nosotras.

Estamos muy acostumbradas ya al típico “donde están las feministas cuando…» (inserte causas como los accidentes laborales, suicidios masculinos, delitos cometidos por inmigrantes, etc), pero que desde supuestos “feminismos” se nos imponga la agenda de otros colectivos y tengamos que tragar, mira, no. Y entrecomillo lo de los “feminismos” porque feminismo sólo hay uno, el que lucha por los derechos de las mujeres.

Como muy bien han documentado otras compañeras, el feminismo es un movimiento con una historia y una base teórica, no un sentimiento o un lema que ponerse en una camiseta. Es la búsqueda de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, no un medio para que colectivos que hasta ahora no se habían acordado de nosotras y que iban, de forma totalmente legítima, a lo suyo, reivindiquen el género como un objetivo del feminismo. Igualito que si un movimiento antiesclavista reivindica las cadenas. Que alguien nos explique para qué queremos nosotras perpetuar las herramientas del patriarcado.

El feminismo no es algo que deba incluir la agenda ni los objetivos de ninguna otra lucha porque ya tiene los suyos, algo difícil de entender para los que se han creído siempre el centro de todo, inmersos en su sociedad y su pensamiento históricamente androcéntrico, porque parece que lo que no pasa por el hombre varón no es una revolución.

Y lo sentimos mucho, pero el feminismo no es la madre de todas las luchas, porque ya nos hemos cansado de que lo nuestro para después, que hoy no toca. Bueno, en realidad no lo sentimos, ya no vamos a pedir permiso para nada.

Nos han negado la entrada en todos lados y nos han negado la salida de los espacios que nos ha adjudicado el patriarcado: el hogar y el prostíbulo. Pero a pesar de sus esfuerzos, hemos entrado en las universidades, en las escuelas, en el deporte amateur y profesional, en la política, en los consejos de administración, en el mundo laboral. Ya no nos pueden cerrar la puerta, por lo que la estrategia que les queda es echarnos. O borrarnos.

Quieren diluir nuestros objetivos introduciendo otros que no son los nuestros, porque su sujeto político no son las mujeres ni las niñas, y convencernos de que nuestra obligación es adoptar esas luchas como propias. Porque el feminismo es la madre de todas las luchas y tiene que incluirlo todo, menos a nosotras.

Y se les olvida algo, el feminismo puede ser como una madre, esa que acogió las reivindicaciones LGTB sin ser propias más que lo que tocaba a lesbianas y bisexuales, porque el antirracismo y la lucha por las trabajadoras ya lo tenemos incluido de serie, pero la paciencia de una madre también se agota.

Porque hay muchas maneras de llegar al feminismo y hay mujeres que hemos llegado a esto después de ser madres, de ser amas de casa; no éramos activistas, pero un día tuvimos que abrir los ojos tras analizar nuestras realidades. Y hemos visto que todas esas cosas que pensábamos que a nosotras no nos pasaban, nos habían pasado. Que no eran piropos, era acoso, que no era tener la mano larga, era una agresión sexual, que no era una broma, era un insulto. Que no eran tonterías nuestras, era violencia obstétrica. Que los celos no eran amor.

Que cuanto más sabemos más duele, porque era más fácil vivir sin ver todo esto, sin ser conscientes de que hay tantas variantes de violencia patriarcal que asusta, que tenemos tantas cadenas que nos atenazan que quitarlas todas es tarea de generaciones, que llevamos trescientos años y hemos logrado, en muy pocos países, solo lo básico.

Que sólo un pequeño porcentaje de mujeres de los miles de millones que somos tenemos asegurada una mínima oportunidad. Y que cuando parece que rozamos con los dedos tener una posición que nos represente, nos dicen que hay que ceder el sitio a otros, en nuestros deportes, en nuestros espacios, en la cabecera de nuestras manifestaciones.

Nos dicen que hay que hacer entender a los hombres, con mucho amor, que lo nuestro va de que no nos sigan matando, violando, humillando, mutilando, castigando ni discriminando por ser mujeres. Pero con mucho amor, que en el feminismo estamos para hablar de ellos y de sus masculinidades. Que sigamos educando a esos hijos grandes que son los hombres adultos que nos rodean. Y que no sufran, porque se pueden sentir culpables de lo que hacen los hombres. Ellos no, los otros. Porque quieren que hasta en el feminismo tengamos que estar pendiente de ellos. Para incluirlos o para educarlos. Y mira, no, esto es nuestro y es para nosotras.

Ha sido precisamente el feminismo el que nos ha curado, el que nos ha hecho reconocer a nuestras semejantes como aliadas, el que nos ha reconciliado con lo que somos y nos ha dado conciencia de cada pequeño paso que logramos. Y como mujeres, necesitamos continuar este camino de lucha colectiva y seguiremos sin pensar de manera egoísta, como hasta ahora y como nos han educado, pero no para servir al patriarcado, sino para lograr todos los días pequeñas cosas para nosotras y para las que vienen.

Porque hemos demostrado empatía de sobra con todas las luchas y en todas hemos estado, aunque la Historia nos haya ninguneado, para variar.

No recuerdo que al movimiento sindical se le haya impuesto, desde ningún ministerio, que nos incluyera de forma representativa, ni mucho menos que se nos diera prioridad. Se ha podido recomendar, en todo caso, que se nos tuviera en cuenta. A la vista está que en ningún 1º de mayo el lema ha ido contra la brecha salarial, ni contra la mayor precariedad de las mujeres, ni contra las alarmantes cifras de paro femenino. A las trabajadoras del hogar, a las cuidadoras, a las limpiadoras, a las kellys, para qué nombrarlas.

Aún estamos esperando la protesta de los sindicatos en esta situación de pandemia, sobre la expulsión de las mujeres del mercado laboral, la falta de reconocimiento de nuestras enfermedades profesionales, las medidas de conciliación, la mejora de los convenios de las trabajadoras esenciales… Bueno, en realidad aún estamos esperando por ellos, en general.

Tampoco recuerdo en qué momento el movimiento ecologista ha dicho que hay que ponernos en primer lugar, teniendo en cuenta que somos las mujeres, muchas veces, las que desarrollamos una lucha activista en defensa de los recursos naturales, que las mujeres indígenas están en primera línea y que las mayores víctimas de este cambio climático somos nosotras. Como ejemplo, baste recordar que las proveedoras de agua en los hogares de África son las mujeres y las niñas, que cada año deben recorrer más kilómetros debido a las sequías. Baste recordar a Berta Cáceres y a tantas otras.

Tampoco me viene a la memoria en cuál de todos los años de celebración del Orgullo se ha dado prioridad absoluta a las bisexuales y a las lesbianas. Porque ha habido que recordar algún año lo de la visibilidad lésbica y quién era Stormé DeLarverie, y que era lesbiana. Porque ya sabemos, y con mirar la hemeroteca se constata, que el Orgullo es el Orgullo gay. Pero claro, eso sería imponer una política de cuotas, y con la cuota masculina ya tenemos bastante. Y perdonadme si me equivoco, tampoco recuerdo en qué momento se impuso la agenda feminista al movimiento LGTB.

Ya hemos sido la madre de todas las causas, de revoluciones y protestas, hemos puesto el cuerpo y se nos ha dejado atrás, siempre atrás, pero las madres un día se hartan y dicen hasta aquí hemos llegado. Que ya hemos cuidado bastante, que ya hemos sacrificado por amor demasiadas cosas.

Y por mucho que se repita, no somos un colectivo, somos la mitad de la humanidad, esa mitad irremplazable responsable de la existencia de la otra mitad, porque parir sigue siendo nuestro “privilegio” y por mucho que se investigue para que no sea así, por mucho que intenten adueñarse de todo el proceso, nos siguen necesitando para crear vida.

Ahora vamos a pensar en nosotras. Por una vez y porque ya es el momento. Aunque de sobra sabemos que el momento siempre fue.

2 Comentarios

  1. Llevas toda la razón. Y es que no aprendemos.

    – En la primera ola sufrimos la tradición de los obreros (luchamos por los derechos laborares y los obtuvieron sólo los hombres).
    – En la segunda ola sufrimos la tradición de los hombres de color (luchamos por el voto, pero sólo lo obtuvieron ellos).
    – En la tercera ola sufrimos la tradición del colectivo LGTB, en realidad del «G» (cuando hicimos nuestras sus reivindicaciones y nos sorprendieron con los vientres de alquiler).
    – En la cuarta ola sufrimos la tradición del colectivo trans, en realidad de las mujeres trans que con su caballo de Troya y mezclando conceptos, desvirtúa lo que significa ser mujer en lo que es un ataque claro y directo al feminismo desde dentro para por fin acabar con él.

    ¡No lo permitamos! Como bien dices, ha llegado la hora de pensar en nosotras. No somos las madres de nadie.

    Quizás en ésto consista la cuarta ola.
    ¡Vamos hermanas!

  2. ¿El Feminismo como la madre de todas las luchas? Pues NO. Se acabó! Ahora sólo será por la lucha de los derechos de las mujeres. Y si no beneficia a las mujeres, no lo aceptaremos. Y ya no ayudaremos más a ningún hombre o grupo minoritario de hombres a lograr las reivindicaciones de su colectivo, porque son unos traidores. El Feminismo para las mujeres, las oprimidas por nuestro sexo. Y punto! Y quien pretenda que aceptemos lo que nos perjudica, le decimos: no eres feminista y no lo aceptamos! Gracias Eva! Seguimos!

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