Salud al servicio de la economía: la balanza imposible de equilibrar

0

Antonio Jesús Sierra Palomares, maestro de la escuela pública en la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha.

Hoy me he levantado con esa bonita sensación de querer expresar todas aquellas sensaciones que se me están pasando por la cabeza. A día de hoy —20 de diciembre—comienza una nueva batalla, tal vez, una de las más importantes que vamos librar: la lucha por la vida vs la lucha por la “precaria e inestable” economía española.

Desgraciadamente, desde febrero-marzo del año 2020 hemos sido víctimas de un doble golpe que todavía sigue aterrorizándonos: el golpe sanitario y el económico. Más de 40.000 personas fallecidas, más de 1.500.000 contagiados, y muchas historias familiares rotas. Personas que tuvieron que morir en la más absoluta soledad, sin atención sanitaria o simplemente en un estado ausente de la más mínima dignidad que merecemos por el simple y llano hecho de considerarnos “personas”. Ahora más que nunca, todo mi cariño y afecto para todas aquellas personas que por este maldito virus han perdido a cualquier
familiar o persona allegada.

Sin embargo, la cosa no queda ahí. Nuestro débil sistema económico también ha sufrido muchísimo en esta nueva pandemia, donde un gran número de personas se han visto abocadas a perder su empleo, a estar en un ERTE o simplemente a no poder afrontar aquellos gastos que en muchas ocasiones, eran necesidades más que básicas: alimentación, techo, vestimenta, etc. Y todo esto sin olvidarme de los cientos de miles de autónomos que debido a los confinamientos de cada comunidad han perdido su fuente de ingresos. Pero he de decir, que esto tarde o temprano, era más que previsible.

Desde que España se unió en el año 1986 a la Comunidad Económica Europea, su empleo, industria y valor añadido ha ido dirigido en gran medida al sector servicios y muy especialmente a la promoción turística de nuestro país. Hemos sido un país que ha hecho de nuestra economía una completa burbuja: ya en su día por el boom de la construcción y a día de hoy por todos esos restaurantes, bares, hoteles y demás servicios que dependen en exclusiva de un sector de la población extranjera que viene a nuestro país a disfrutar de playa, sol y cervezas baratas en la barra de cualquier chiringuito de nuestra costa.

Y es que, que estemos así no es casualidad. Es inaceptable que en un país que se llama una democracia avanzada no tenga una estructura de trabajo bien definida. Sigue siendo inaceptable que un 14,6% del PIB de nuestro país provenga del sector turístico. Al fin y al cabo, somos poseedores de un producto que básicamente se compone de mano de obra barata, poco cualificada y con muy poco valor añadido. Y creo profundamente, que estar así es el precio que tuvimos que pagar para poder entrar en la CEE: dejar nuestro modelo productivo en manos de depredadores neoliberales y capitalistas que basan su forma de riqueza en la explotación, fraude fiscal y liberalización de muchos sectores que componen nuestra economía: sanidad, educación, telecomunicaciones, obras públicas y un largo etcétera.

De esta reflexión, podemos entender que en tiempos de COVID-19, haya muchos problemas con los recursos sanitarios para atender a las personas que lo necesiten así como grandes problemas para mantener el escaso y precario trabajo que compone nuestro mercado de trabajo. Debemos comprender que no es posible mantener un estado del bienestar del siglo XXI con salarios del siglo XIX. Y esto no lo digo yo, esto son datos objetivos: seguimos teniendo uno de los salarios medios más bajos de la Unión Europea, se siguen haciendo millones de horas extraordinarias que no son remuneradas, se sigue cometiendo un fraude fiscal equivalente a un 33% del PIB (ojo con la cifra: 300.000.000.000 €), seguimos basando nuestro crecimiento en productos con muy poco valor añadido y no se apuesta nada por un tejido productivo que pueda dar más seguridad a nuestros compatriotas. Es decir, nuestra economía se basa en el ladrillazo, el turismo y el empleo inestable, precario y extremadamente temporal, llevado a cabo casi siempre por empresas extranjeras que declaran su capital fuera de nuestras fronteras.

De esta forma, no hay más remedio en pensar que es el sistema lo que hay que cambiar, para poder afrontar situaciones excepcionales, como son la COVID-19. Un servicio de salud robusto y firme, con sanitarios estabilizados, con muy poca ratio de interinidad y con suficiente personal es lo que realmente necesitamos para hacer frente a una pandemia. El resto, es humo. Y esto no se logrará hasta que el sentido general de la gente cambie en todos los sentidos. Necesitamos un cambio productivo, con empleo de calidad, son subidas salariales y sobre todo, con impuestos progresivos que garanticen que los servicios públicos tengan una capacidad financiera sólida, para poder afrontar situaciones excepcionales.

Es verdad que somos una sociedad muy cambiante, la cual ha avanzado mucho y que seguimos en un permanente cambio, pero ha de ser dicho que la conciencia ciudadana sigue siendo escasa: la protesta e indignación por el estado de los servicios públicos en nuestro país es muy escasa. Se sigue priorizando el “sálvese quien pueda” o el “a mí esto no me afecta”. Debemos dejar de pensar de forma individual para llegar a comprender que si a nuestra colectividad le va bien, a mí también me irá bien. Muy poca gente lo ha
pensado, pero esto que estoy escribiendo también es extensible a las residencias de mayores (donde un gran número de ancianos han fallecido), a los servicios de la dependencia (que en gran parte están externalizados), a las aulas de escuelas públicas masificadas de alumnos (donde la calidad de la enseñanza se deteriora por momentos) o por los recursos que disponen gobiernos, autonomías y ayuntamientos para atender a miles de familias que por diversas circunstancias no puedan hacer frente al costo de una vida digna.

Una fiscalidad acorde a los beneficios empresariales y a las rentas del trabajo es más que suficiente para no tener ningún problema con la financiación de estos sectores clave, teniendo en cuenta que, grandes empresas multinacionales son las principales defraudadoras en nuestro país. A día de hoy, ser un buen compatriota es pagar impuestos en tu país, defender el empleo de calidad, y dar de comer a los comercios que te rodean, para que esa riqueza que generamos todos sea lo más distribuida posible. De esta forma, todos esos autónomos y pequeños empresarios no deberían haberlo pasado tan mal debido a estos cierres temporales que desgraciadamente se están dando para poder seguir manteniendo esa difícil balanza entre la economía y la salud.

He aquí la reflexión de un ciudadano cualquiera, un servidor público de la escuela castellano-manchega, que quiere para todo el mundo, simple y llanamente, un mundo mejor.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.