¿Y si las hostias cambiaran de bando?

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“¡Sean capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia, cometida contra cualquiera, en cualquier país del mundo!” Si no recuerdo mal, así acababa la carta de despedida de Ernesto Guevara de la Serna, alias Ché Guevara.

Todos los que nos consideramos de izquierdas nos sentimos identificados con estas palabras y, cada día, sentimos esa indignación que nos produce alguna injusticia.

El pasado jueves 24 de septiembre se convocaron por todo Madrid más de 50 concentraciones pacíficas para protestar por el confinamiento de clase a la que “la innombrable” está sometiendo a la población obrera de toda la comunidad madrileña. En la popular Vallekas se dieron cita las vecinas y vecinos del barrio más humilde, obrero y luchador de todo Madrid. Pedían más recursos sanitarios para los ambulatorios de la zona y estaban hartos de ser considerados madrileños de segunda. Rodeadas en todo momento por varias docenas de agentes, la concentración ante la Asamblea de Madrid discurría con normalidad con gritos de “Sanidad Pública”, “No al confinamiento de clase” y otras más. Pero la Policía decidió cargar cuando las y los manifestantes estaban profiriendo el grito de “aquí están los antifascistas”. Puede parecer baladí, sin embargo estas curtidas huestes, estas aguerridas hienas repletas de testosterona, y vete tú a saber qué sustancias más, atacaron, sí, atacaron en ese preciso instante. ¿Se sintieron aludidos? ¿Se sintió aludido quien ordenó la carga? ¿Qué pasaría si el pueblo, harto de recibir hostias por todos los dados, en forma de leyes injustas, de decisiones arbitrarias y de palos como ruedas de molino, se decidiera a devolverlas? ¿Qué pasaría si el pueblo se organizara de tal manera que ante las injusticias fuera quien diera las hostias a quien corresponda? Ya sé que nos sabemos la respuesta pero dejad correr vuestra imaginación ante un pueblo que dejara su docilidad en las cocinas, en las escuelas, en los centros de trabajo y saliera dispuesto a cambiar las cosas.

Nos transformaríamos en Terroristas, así, con mayúscula. ¿Pero qué tenemos que perder? La dignidad del obrero es una dignidad de clase. Una dignidad hecha de esfuerzo, de trabajo, harta de resignación. Nos han vencido porque nos han quitado nuestra conciencia. Cuando observo lo que hacen los Chalecos Amarillos en Francia, las manifestaciones que organizan e incluso cómo plantan cara a los antidisturbios y su conciencia y su republicanismo impide que los observadores franceses califiquen sus demandas como injustas, sino todo lo contrario, que cierta dureza en sus formas es considerada como lógica por la sociedad francesa, me pregunto cómo lo han conseguido. Es evidente que con una historia donde las cuchillas afiladas son cantadas por los poetas si cortan sangre real. Así que les invito a ustedes sean quienes sean y vengan de donde venga a considerarse a sí mismos como CLASE OBRERA.

A veces me imagino a esos Policías de vuelta a casa, abrazando a sus hijos y a sus parejas y sintiéndose tremendamente orgullosos de lo que han hecho. De sacarle un ojo a una transeúnte, de acabar con la vida de un pobre chaval en un callejón sin salida, de romperle los morros a un anciano porque sí, de tocarle el culo a una joven porque le da la gana y es la autoridad, de aplastarle la cabeza a una persona que estaba reclamando sus derechos constitucionales. Me lo imagino mirándose al espejo y masturbándose con la pulserita rojigualda, con el cuadro del Rey sobre su cama, dándose golpes en el pecho al son de “Arriba España.” Me lo imagino volviendo de madrugada, después de celebrar con sus otras hienas sus fechorías, tras meterse por la nariz lo que le sale por la porra.

Tengo una amiga exPolicía que siempre me dice lo cerca que está la Policía de la extrema derecha. No hay más que recordar los selfies en el Barrio de Salamanca, la connivencia con las personas que llevaban la bandera franquista frente a la casa de Irene y Pablo, las buenas palabras con los manifestantes de Colón, el “A por ellos” tras el 1 de octubre y la brutalidad policial de aquellas semanas sangrientas en Catalunya.

Uno se pregunta, ¿hasta cuándo va a permitir que el fascismo español siga impregnándolo todo? A veces creo que no hay horizonte más allá de plantearnos una revolución pero luego salgo de mi ensimismamiento y caigo de bruces a la realidad de este país. Un país que a lo largo de su larga historia no ha sido capaz de mantener más allá de unos pocos años unas políticas de reparto de la riqueza, un país que llegó tarde y mal a la Europa del bienestar y que sigue guardando como un tesoro su pasado fascista encarnado aún en togas, militares y cuerpos y fuerzas de seguridad del estado. No nos engañemos. No vivimos en una democracia. Vivimos en un reflejo sectario y escorado a la derecha de lo que algunos llaman Estado de Derecho pero que no es más que un Estado de derechas.

Hemos de saber que cuando salgamos a la calle tenemos que estar dispuestos a recibir unas hostias como panes que, al cabo del tiempo, hemos de transformar en justicia social y libertades públicas. Tenemos una sanidad pública de la que enorgullecernos, un cuerpo de sanitarios, doctoras y celadores que es la envidia de Europa, pero también tenemos una clase política deleznable y bautizada en democracia con el agua del franquismo. Así poco podemos hacer más que remover las aguas y llamar al Kraken, pero con el puño en alto.

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