¿Encima el que tiene remordimientos soy yo?

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No les descubro nada si les digo que, por desgracia, no podemos ser muy optimistas en relación con el estado del planeta. Esta misma semana la Antártida nos ha vuelto a dar un serio aviso del progreso del calentamiento global (término que, como saben, sigo usando por ser el nombre original que los científicos dieron a este problema hasta que los lobbies del capitalismo impusieron la expresión más común en nuestros días, cambio climático). La superpoblación humana de la tierra amenaza con hacer realidad la inquietante película de 1973 Soylent Green: Cuando el destino nos alcance. Y en paralelo a todo esto, el volumen de residuos que se acumulan en el planeta y no se gestionan adecuadamente no deja de subir.

Soylent Green, de 1973. Quizás ya no queda tanto para que «el destino nos alcance».

Personalmente, este villano de Madrid les contó su experiencia con respecto a la última cumbre climática, y la profunda impotencia que siente cuando todos sus esfuerzos ecológicos son anulados en un momento por las grandes empresas y los gobiernos que deciden hacer como que el problema no existe para no molestar a los anteriores. Pues bien, no hace mucho experimenté otro episodio que al menos como desahogo, me dispongo a relatarles.

Verán, no llega a diez días que ayudé a limpiar una habitación para rehabilitarla. Entre los enseres que había que sacar estaba un ordenador antediluviano, con un monitor aún con «culo», una impresora literalmente hecha pedazos de un modelo que ya ni se fabrica, y varios cables viejos. El conjunto podía llegar fácilmente a los 25 kilos de peso. Aunque tengo muy claro que los grandes responsables del problema medioambiental no son los ciudadanos de a pie, sino las empresas y gobiernos que antes he descrito, sí que pienso que cada cuál debe hacer su parte para disminuir en la medida de lo posible el impacto de la actividad humana en la Tierra. Cuando, pese a haber sido varias veces catalogada como el principal contaminante de España, Endesa se promocione como empresa verde comprándose las portadas de toda la prensa mientras se celebran eventos como la Cumbre Climática de diciembre, al menos que pueda quejarme con legitimidad. Que ellos no hagan su parte y se lo permitan no debe ser excusa para que yo no haga la mía.

Información veraz y desinteresada, la que nos dio la prensa el 2 de diciembre, día de apertura de la cumbre climática de Madrid

Bueno, pues con este convencimiento, y conocedor de la red de puntos limpios para residuos provenientes de aparatos electrónicos y de su camión móvil, hice un apaño con un carrito de la compra viejo, y cargué el conjunto hacia el lugar donde estacionaba dicho vehículo. Esperé una semana a que llegara el día en que este servicio actuaba en aquel barrio. Cuando 40 minutos más tarde de lo avisado llegó el camión hablé con el operario que lo conducía. Y me dijo algo que me dejó helado: «No, no, yo recojo un solo aparato».

Tras hablarlo unos momentos con él y viendo que sería imposible convencerle de que nos resolviera el problema, pensé cuál de mis bultos sería el más urgente de gestionar, y llegué a la conclusión de que era aquel monitor con un prisma de casi 23 cm3. Le pregunté si podía dejarlo. «Bueno, si no es muy grande déjalo aquí», me dijo.

Es decir, encima el aparato ni siquiera podía ser voluminoso. Inmediatamente uno se pregunta si vale la pena desplegar semejante operativo para ocuparse del tipo de problema que uno gestiona sin inmutarse, caso de tenerlo. Porque yo con una radio vieja no tengo ninguna dificultad en acercarme al punto del distrito y depositarla.

No sé si según sus estándares sería «muy grande» aquel monitor, pero afortunadamente se metió en un portal cercano y se puso a hablar con el conserje. Yo dejé mi monitor, y me paré a pensar qué haría con el resto de mis enseres.

Consulté Google y vi que el punto limpio fijo del distrito se encontraba justo en el otro extremo del mismo. Me puse en camino, y cuando llegué lo encontré cerrado. Llamé a la puerta, pero nadie me atendió. Entonces, de pura casualidad vi uno de los camiones de limpieza del Ayuntamiento. No sé si hice lo correcto o si mi tipo de residuos debía gestionarse de otro modo, pero harto del paquete que llevaba a cuestas, lo dejé en aquel vehículo. Por el camino, encima me venían una especie de remordimientos que me parecían grotescos.

Yo había cumplido con mi deber de ciudadano ante el problema medioambiental, era el Ayuntamiento el que había hecho todo lo posible por dificultar —o «desincentivar», como dice la neolengua de la economía liberal que tanto gusta a los partidos que conforman el gobierno de la ciudad— la recogida y el tratamiento de estos residuos. Un paso más en la infamia medioambiental: no es ya que se deje hacer a los grandes contaminantes, es que se complican las cosas a quien quiera colaborar. ¿Encima era yo el que venía comiéndome la cabeza? Entonces comprendí que mucha gente se haya vuelto tan incívica y haya decidido hasta abandonar su modesta tarea en la lucha contra esta amenaza (porque sí, el estado del planeta ya alcanza categoría de amenaza). ¿Es esto lo que hacen los poderes públicos ante un riesgo tan grave e inminente? ¿Puntos limpios cerrados y camiones que no recogen?

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Yago Pérez Varela (Madrid). Aunque en cierta época se fijó en las ciencias, acabó notando que la historia era su pasión y lo que le gustaba. La historia le ha permitido ejercer labores gratificantes en documentación e investigación, pero al ser un villano también ha conocido empleos precarios. Quiere a su villa natal de Madrid, aunque le preocupa ver que a veces paga el precio de ser capital de un país, y como tal, refugio de oligarcas.

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