A 30 años del fin de la RDA (y III): la necesaria derrota del movimiento obrero

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«No existe una verdadera lucha, seria y capaz de lograr conquistas, sin organización. No hay conflicto social que pueda vencer al adversario de clase en ausencia de fuerza política. Esto es lo que el pasado nos ha enseñado. Si los nuevos movimientos no recogen el legado de la gran historia del movimiento obrero para hacerla avanzar en nuevas formas, no hay futuro posible para ellos. Nuevas prácticas y nuevas ideas, sí; pero en el marco de una larga historia.
Tener en cuenta que lo que asusta a los capitalistas es la historia de los obreros, no la política de las izquierdas. A la primera la enviaron con los demonios al infierno, a la segunda la recibieron en los palacios de gobierno. Y a los capitalistas hay que darles miedo».

Mario Tronti
La política contra la historia

https://edspace.american.edu/theworldmind/2016/10/13/life-without-the-flashing-lights-the-reality-of-living-in-east-germany/

Los marxistas -y más si se dedican al trasiego del estudio de la historia- siempre estamos a vueltas con las famosas “condiciones estructurales necesarias” para entender, primero, la configuración de nuestras sociedades; segundo para exponer y argumentar, a partir de las enseñas históricas, las vías de avance político, social y económico que deberían seguirse en la construcción de un mundo mejor -pues, la Historia como disciplina, no lo olvidemos, debe (o debería) cumplir una función social-; y, tercero, si el materialismo histórico nos ha de ser útil -desde este mismo prisma- es por y para explicar las causas y los porqués de las sucesivas derrotas de las organizaciones de las izquierdas transformadoras así como del movimiento obrero en el último cuarto del siglo XX.

En esta tercera, y última, entrega en torno al fin de aquel proyecto socialista, bajo el nombre Deutsche Demokratische Republik (DDR), nos interesa, de nuevo, detenernos en los antecedentes y posteriores causas de su inesperada liquidación. No a nivel interno sino a través de su contexto internacional. El objetivo no es otro que comprender cómo lo impensable sucedió. Sin que pareciera ni apareciera capacidad de detenerlo. Internarnos por tal coyuntura previa puede sernos realmente provechoso para hacernos una idea de las dimensiones que acarreó la consumación de una era histórica y cuyo punto de cierre definitivo llegó con la caída de la URSS.

Un contexto marcado por una brutal ofensiva del neoliberalismo -característica del nuevo régimen de acumulación capitalista postindustrial- y que sí algo tuvo algo claro fue que su éxito pasó por debilitar al movimiento obrero y hacer retroceder las conquistas acumuladas. Dicho objetivo se consiguió en buena medida.

Pendiente de reflexión -e iniciamos así un conjunto de interrogantes que tenemos pendientes de debatir y que iremos exponiendo a continuación- sigue estando el preguntarnos como supuestamente un estado socialista consolidado, cohesionado política y socialmente y avanzado pudo caer con tal facilidad. No de la noche a la mañana pero con sí con una falta de capacidad de resistencia que sorprendió a propios y extraños. Probablemente ni aquella idea de una RDA fuerte, desde el prisma socialista, era tal, ni tampoco puede darse pábulo a toda aquella literatura liberal-conservadora sobre lo atroz de dicha supuesta dictadura. Entre el blanco y negro siempre coexisten una amplia gama de tonalidades de grises. Nos sean más del agrado o no.

Las conmemoraciones redondas tienen en común la publicación de una abundante bibliografía -habitualmente y dependiendo de los casos pues el mercado ideológico-editorial manda y mucho- como ha sucedido con el 30º aniversario de la Caída del Muro de Berlín en noviembre del año pasado. Junto con las obras más reseñadas -véase la apretada selección realizada por Babelia– a sumarse a otras ya de referencia -William F. Buckley Jr., La caída del muro de Berlín (2004), por cierto, un conservador norteamericano de cuño y lomo- debe subrayarse, no obstante, la ausencia de libros generalistas en castellano que aborden una posible historia total de la RDA. Especialmente desde el necesario “sesgo disidente” del que nos hablara el ya mencionado Michael Parenti. La historia de las derrotas no suele ser lo suficientemente atendidas por los “nuestros”. Escasas han sido las excepciones en tal sentido en dicho aniversario como fue el caso de Diego Díaz en elsaltodiario.com con su artículo Otra RDA fue posible (2019).

Ahora bien, si algo nos debería ilustrar los tres lustros que recorren los años comprendidos entre 1973 a 1989 -a modo de antecedente directo del fin de la RDA- es que el capitalismo financiero -organizado en torno al FMI, la OCDE y por supuesto el BM- y sus representantes políticos -empezando por los EEUU de Reagan, seguido por la Gran Bretaña de Thatcher y completado por la mayor parte de los gobiernos de la antigua CEE, no lo olvidemos mucho de ellos encabezados por partidos teóricamente socialdemócratas- es que supieron leer de forma adecuada la “ventana de oportunidad” que se abrió con la crisis económica internacional de mediados de los años 70. Una crisis que se explica en lo sustancial por un problema de rentabilidad para el Capital.

Dicho desde otro ángulo: los años que median entre 1945 a 1973 constituyen la “gran excepción” de la historia del capitalismo moderno y contemporáneo. Tiempo caracterizado por la construcción del Estado del Bienestar en los países desarrollados, el avance histórico en derechos políticos, económicos, sindicales y sociales -lo que no significa, en ningún caso, un periodo de “paz social”- y el fortalecimiento -y lo más relevante- y la institucionalización de la mayor parte de las organizaciones obreras. Si aquello fue posible y viable, entre otros tantos factores, fue por las luchas obreras emprendidas y sobre todo sostenidas en dicho periodo histórico. Ni un avance se conquistó sin lucha ni sacrificio. Nada se regaló. Ni por el miedo a la URSS ni a través de cualquier otro de los habituales argumentos que se pueden leer en la manualística al uso.

Un escenario de fondo que explica la capacidad de resistencia frente a la ofensiva neoliberal, pero también la violencia estructural que se tuvo que emplear para desarmar lo avanzado. Y, en donde, rápidamente, se visualizó el enemigo de clase a batir: el movimiento obrero.

Tres etapas se pueden, de forma aproximada, dibujar en la construcción del nuevo “consenso neoliberal”, teniendo el misma un carácter globalizador como nunca antes. La primera podría dibujarse entre 1973 a 1979. El punto de arranque de esta “historia no oficial del libre mercado”, tal y como explicó Naomi Klein en La doctrina del shock (2007), se sitúa, obligadamente, en el Golpe de Estado en el Chile de Pinochet en 1973 y la aparición estelar de los Chicago Boys: quienes tras pasar décadas a la espera pusieron en marcha su programa de reconstrucción del capitalismo fundacional. Sin embargo, esta vía militar no era válida para el resto de los casos.  Por tanto, a lo que se asiste en estos años de transición es a una lenta relaboración teórica, de cara a asentar las bases del nuevo programa económico en medio de más dudas que certezas.

La segunda etapa la marcaron los triunfos electorales de Thatcher (1979) y Reagan (1981), quienes como auténticos profetas de la nueva religión neoliberal, se convirtieron en sus más aplicados alumnos. Acercarnos al caso británico puede alumbrarnos cómo se combatió al movimiento obrero con todas las armas: políticas, económicas, legales, culturales, policiales y con los servicios secretos y las fuerzas armadas al frente. Ya en 1977, dos años antes de acceder al poder la propia Thatcher, se elaboró desde el Partido Conservador el conocido “Plan Ridley”, que como ha recordado David Peace en su magistral GB84 (2018) fue “un proyecto de acción antisindical” por parte de quién se convertiría en uno de los consejeros de la propia primera ministra británica. Un Plan “que contemplaba las distintas medidas a tomar para hacer frente a una huelga en una industria nacionalizada”. Todavía más: “[d]ichas medidas iban encaminadas a desarticular el movimiento sindical británico, dividir a los trabajadores y potenciar el aparato de represión estatal” (p. 254). Pese a la previa preparación no les fue fácil derrotar a los mineros británicos en lo que, sin duda, marcó un punto de inflexión en la historia internacional del movimiento obrero -véase aquí la también aclaratoria obra de Seumas Milne, El enemigo interior. La guerra secreta contra los mineros (2018)-.

Justamente son los años ochenta los que terminaron por transformarse en la “década de la derrota” para el movimiento obrero. Parcialmente, cabe añadir, y no sin presentar batalla. Incluso puede confirmarse un hecho histórico transcendental y que el propio Eric Hobsbawm ya detectó en un escrito en 1981 –¿Se ha detenido la marcha hacia adelante del movimiento obrero? texto recogido en Política para una izquierda racional (Crítica, 1993)-: cómo fue su paso de protagonista central de las sociedades contemporáneas a una posición subalterna.

El caso de España resultó altamente significativo: un gobierno socialista, desde 1982, aplicando un programa económico liberal -no tan brutal pero siempre en la misma dirección y bajo la consigna de “no hay otra política posible”- para cuya realización resultó imprescindible derrotar a un movimiento obrero todavía organizado tras la postransición política. Les costó. Para ello se tuvieron que aplicar casi todas las estrategias y herramientas puestas en prácticas en Gran Bretaña. De hecho, aquel movimiento sindical capitaneado por CCOO -aunque no en exclusiva- protagonizó el último episodio “lucha de clases” entre 1983-1988 en España con un alto nivel de violencia.

Lo expuesto nos lleva a un planteo sobre el que tampoco se ha recapacitado con la necesaria profundidad. Desde Callaghan en Gran Bretaña, Mitterrand en Francia o el propio González desde España con gobiernos teóricamente (muy teóricamente) socialdemócratas -y la lista es mucho más extensa- se terminó por producir una convergencia hacia un programa único económico que, con mayor o menor cercanía ideológica con el neoliberalismo, coincidió tanto en las recetas como en la identificación del enemigo de clase a batir. Alcanzada la convergencia programática en lo macroeconómico, las diferencias políticas entre los socialdemócratas y conservadores con posibilidades de aspirar al poder se estrecharon hasta hacerse, en no pocos casos, imperceptibles en las grandes cuestiones económicas -para el caso español consúltese la obra coordinada por Juan Torres López, La otra cara de la política económica, 1982-1994 entre una considerable bibliografía-.

La última etapa se sitúa en los años que medían de 1989 a 1991: pudiéndose hablar, en adelante, de un proceso de definitiva institucionalización del nuevo régimen de acumulación capitalista. Régimen, por cierto, que también supo hacer valer la enésima crisis financiera de la primera década del siglo XXI para seguir desmostando lo avanzado entre 1945-1973. Entonces con un movimiento obrero debilitado cuando no en retirada.

Insistimos: aquella fue una operación que se empezó a orquestar en el propio entretiempo de posguerra y con resultados largamente esperados y que Josep Fontana describió al milímetro con su habitual maestría en Por el bien del Imperio (2011). Una estrategia que ha de ser leída en términos de guerra en, al menos, tres frentes.

El ideológico. Primer paso obligado. Hemos hablado de los Chicago Boys cuyo programa fundacional terminó por resultar altamente funcional para ir desmontando el gran mito del pacto keynesiano. ¿Por qué gran mito? Sencillo: los soportes del capitalismo se vieron obligados a “consensuar” un naciente contrato social de posguerra ante la configuración definitiva de los dos Bloques y la necesidad de dar una respuesta ordenada a las contingencias que fueron sucediéndose. Cuánto y en qué medida pesó la consigna del miedo a la extensión del comunismo está todavía por debatir. Lo cierto es que se alcanzó una cierta correlación de fuerzas en los países capitalistas entre Capital-Trabajo -y en donde el caso italiano se configura como uno de sus máximos exponentes- lo que no permitió demasiadas aventuras sin riesgo a la desestabilización de los mecanismos de consenso y dominación del Sistema.

En cualquier caso, llegó la crisis y estaban preparados. Más que nadie. La habían predicho en numerosas ocasiones. Fue el suyo un trabajo lento. Sin grandes ruidos. Más allá de algún golpe de estado o determinadas quiebras económicas de algún país subdesarrollado como sucedió con la década perdida en América Latina. La gran pregunta que persiste todavía entre una parte, aunque minoritaria, es ¿por qué la floreciente intelectualidad de izquierda no previo tal ofensiva?

La idea-fuerza de superar la sociedad industrial -justificada con argumentos que, visto desde ahora, no han dejado de repetirse desde entonces- se impuso mediante una relectura de los fundamentos originales del capitalismo del siglo XIX. Asistiéndose, a continuación, a la construcción de una nueva hegemonía ideológico-cultural forjada en los ya mencionados brazos financieros del capitalismo internacional.

El segundo frente de guerra -el más duro y cruel- resulto el económico. También se encuentra pendiente el realizar un balance global de los costes sociales y humanos que ocasionó en todo el mundo. Entre otros, sin duda, habría que destacar la imposición -con diferentes niveles de ejecución dependiendo el nivel de correlación de fuerzas y la capacidad de resistencia del movimiento obrero- de aquel programa de reconfiguración del capitalismo internacional. Privatización, desmantelamiento de los servicios públicos, cuestionamiento de los pilares del Estado del Bienestar con el objetivo siempre del cuestionamiento de lo público y que han pasado a engrosar las cuentas de beneficios de aquel terrorífico balance.

Por otro lado, ¿cómo se intentó destruir las bases fundacionales del movimiento sindical? Lo hemos avanzado: se pusieron en práctica todas las medidas imaginables y no imaginables. Desde el cuestionamiento del propio hecho sindical con acusaciones de todos conocidas, a los procesos de liberalización y desregulación del mercado de trabajo a través de la floreciente ideología de la flexibilidad. Debilitar tanto la organización obrera como la solidaridad de clase resultaron condiciones indispensables en esta aventura. La consigna fue elemental: divide y vencerás tal y como explicó en un obra fundamental Beverly J. Silver –Fuerzas de trabajo. Los movimientos obreros y la globalización desde 1970 (2005)- escasamente conocida en España.

Súmense los procesos de desindustrialización de las principales empresas de cada país, con los subsiguientes procesos de deslocalización y desertificación industrial a otros países menos desarrollados. Los resultados globales hablan por sí mismos: ruptura del siempre precario equilibrio entre Capital-Trabajo, incremento de la tasa de explotación, nacimiento, desarrollo y consolidación de intensos proceso de precarización laboral hasta conformar el nuevo proletariado del siglo XXI. Sin olvidarnos de los profundos procesos de exclusión social.

Aquella consigna del progreso indefinido tocó a su fin. Como a su fin tocó la idea de estabilidad o la de un trabajo para toda la vida. La construcción, en otras palabras, de un proyecto biográfico-vital-laboral en torno a bases estables.

Los resultados aquí también hablan por sí mismos: bajas tasas de afiliación sindical y una mermada capacidad de movilización y de organización del conflicto laboral. Pero, pese a todo, hoy el movimiento obrero sigue constituyendo la principal vía de resistencia a una oleada neoliberal que no termina nunca. Ahí está el reciente ejemplo del caso francés. O, lo que sucedió, sin ir más lejos, y desde una perspectiva microhistórica, con los supermercados en Asturias en la navidad pasada. Un caso singular en donde se ha asistido, sin disimulos, a la institucionalización del esquirolaje de trabajadores contra trabajadores -véase aquí el artículo de Antonio Maestre, Esquiroles, costras y peste obrera (2019)-.

¿Y qué decir de la guerra cultural? Por esta vía, precisamente, llegaron las principales derrotas históricas de la izquierda política, tal y como la entendemos aquí, hasta anularse, por momentos, la capacidad de retomar la obligación de ser utópicos como nos advirtió Paco Fernández Buey en una de sus últimas obras –Utopías e ilusiones naturales (2007)-.  ¿El fin de las certezas? En verdad, el descoloque ideológico continúa acentuándose como ha denunciado repetidamente Daniel Bernabé En la trampa de la diversidad -y que lleva, además, por subtítulo Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora (2018).

Ante a la ofensiva neoliberal se resistió en defensa de las conquistas -lo que no fue poco visto en perspectiva- pero sin capacidad de ofrecer una respuesta real a la ofensiva frente a las nuevas consignas y doctrinas que proponían una vuelta al individualismo -envuelta en el falso sueño de la clase media y de la categoría política de ciudadano- y que tuvo en la “sociedad de propietarios” su principal representación de la mano otra vez de Thatcher. La hegemonía cultural, a nivel ideológico y social, que ostentó por momentos la izquierda se diluyó.

A todo esto, la izquierda comunista todavía tiene todavía por resolver otra gran pregunta -sin contestar desde hace décadas y que se suma a las hasta ahora ya apuntadas- y que sigue apareciendo como irresoluble: ¿por qué los trabajadores votan a sus verdugos de clases?, tal y como recientemente se interrogaba el propio Juan Carlos Monedero en La izquierda que asaltó al algoritmo (2018).

A finales de los años ochenta y noventa no pocos autores hablaron de una tesis que antecedió a la del “fin de la historia”: el “fin de la clase obrera” y por, ende, de la posibilidad de otro mundo posible o, al menos, que tuviera por protagonista antagónico del capitalismo a la clase trabajadora. Un falso argumento con el que se pretendió intentar cerrar en falso cualquier posibilidad de “lucha de clases”. Ejemplo de esta debilidad intelectual y cultural fueron las escasas obras que salieron a rebatir aquella consigna neoliberal y que ha calado hasta el presente -una brillante excepción (entre otras pocas) en Andrés Bilbao, Obreros y ciudadanos. La desestructuración de la clase obrera (1995) y todo ello en medio del vendaval neoliberal-.

Quedan así dibujadas algunas líneas -ni siquiera las principales- que nos ayudan a explicar y a entender cómo la caída del Muro de Berlín y la posterior destrucción de la RDA, sumada a la debacle de la URSS, inició un tiempo histórico totalmente nuevo y en el que el Capital apareció como el gran ganador de una batalla soterrada durante décadas.

Por esta mismas razones expuestas, deberíamos profundizar en el estudio de esta sucesión de derrota tras derrota para no caer en los mismos errores. Con al menos una lección que esperemos que haya quedado clara: como decía Tronti si algo teme el Sistema es la organización de la clase trabajadora ya que a lo largo de la historia del capitalismo -desde que Marx lo estudiara- ha demostrado ser el principal actor garante de las conquistas que hoy todavía nos permiten reconocernos como una sociedad medianamente civilizada.

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Sergio Gálvez Biesca. Madrileño de origen. Internacionalista convencido. Cercano a la terrible frontera de las 40 es Doctor en Historia Contemporánea y pertenece al Cuerpo de Archiveros del Estado lo que le da para alimentar a su prole. Ha pasado por mucho y, en concreto, por muchos de los espacios de la izquierda política, social y sindical intentando nunca perder la coherencia ni la salud mental. En la actualidad es investigador del proyecto I+D HISMEDI, en el IberoamericanInstitute of theHague así como forma parte de la Sectionon Archives and Human Rightsonthe Internacional Council on Archives (ICA-SHR). Entre sus últimas aportaciones se encuentran La gran huelga general. El sindicalismo contra la «modernización socialista» (Madrid, Siglo XXI, 2017), y la co-coordinación de la obra colectiva El acceso a los archivos en España (Madrid, Fundación 1º de Mayo / Fundación Largo Caballero, 2019).

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