Por Sonia Mauriz Pereira
Cuando pasa cualquier cosa, lo que sea, desde catástrofes naturales hasta crisis territoriales como Ceuta, una pregunta inunda las redes: «¿Dónde están las feministas?».
De dónde estamos ya hablé en otro artículo. Spoiler: estamos en todas partes. La militar en Ceuta o la bombera en la DANA que me pones de ejemplo para sacarme los colores, querido/a cuñado/a, pueden serlo. No llevamos pins identificativos.
La ceutí cabreada, con justicia, que sale en la tele pudo estar el 8M. No somos seres humanos morados con superpoderes. No vamos presentándonos como si fuéramos de la cuadrilla de El Señor de los Anillos: «Soy Sonia, hija de Mariceli, nieta de María, Celia y Fina, feminista del Norte».
¿Y quiénes son estos personajes tan preocupados por dónde estamos y qué hacemos?
Pues culturalmente les llamamos «cuñados».
Y eso. Viven preocupados, nunca ocupados.
¿Dónde están? Pues antes no salían del bar, pero ahora son un virus, peor que cualquier troyano, y se multiplican cual cucarachas en redes.
En bibliotecas, por lo que sea, no. Lo consideran un ambiente hostil.
Pero las redes, ese es su paraíso, porque su característica principal es la cobardía. Se alimentan de criticar a los hacedores, da igual el tema. Si convocas una concentración por la violencia, te dirán: «¿Y la vivienda?». Si es por el empleo, te dirán: «¿Y en el Gobierno de X por qué no dijiste nada?».
Y el maravilloso hit “ Irene Montero ¿qué dice?”. Pues nada feminista Manolo, no te preocupes.
Todo esto desde la comodidad del sofá, con la marca del trasero hecha y tecleando muy fuerte. Así se hacen las revoluciones. Lenin aprende.
Pero especialmente su mayor ansiedad es que las feministas tomen el poder. Es obvio que están convencidos de que podemos arreglar cualquier cosa. Por eso preguntan por nosotras.
Pilar, feminista de Burgos, administrativa en una gestoría, puede coger libre disposición del trabajo un lunes, volar a Afganistán, acabar con los talibanes para el miércoles, pero no lo hace porque no quiere.
No estamos en la frontera de Ceuta y parando las lluvias en Valencia porque nos coincide mal.
Entonces los cuñados nos dicen: «Pues yo no lo veo» («¿Dónde está el feminismo que yo lo vea?»).
Recogemos la crítica, hacemos autorreflexión. Los cuñados y cuñadas no nos ven.
«Lo esencial es invisible a los ojos».
Pero el problema no somos nosotras. Nosotras estamos. Somos muy activas en redes y en la calle.
No siempre llevamos pancarta explícitamente feminista, obviamente, pero nos implicamos en otro tipo de concentraciones y en ellas nos adaptamos. Porque si hay violaciones, por ejemplo, en una ciudad como Ceuta ahora, lo más feminista es ir al origen del problema. Unirte a tus vecinos para reclamar que las administraciones resuelvan esta crisis y la normalidad vuelva a las calles.
Tampoco se ve a los del Betis y seguro que alguno hay.
Pedir a un solo movimiento social proletario que resuelva todo es absurdo.
No nos veis porque no queréis ver nada que contradiga vuestro sesgo ideológico. Es más, no queréis asumir ese sesgo reafirmado por el algoritmo.
Vivir en una burbuja ideológica es lo que tiene: que acabas como una gallina encerrada, siempre con los mismos cacareando entre vosotros y dando vueltas en círculo.
No salen a la calle por ninguna causa. Los de Crepúsculo pisaban más pasto.
No leen a los que consideran de «otro palo» para construirse un criterio propio. Han delegado el pensamiento en cuatro incels que inventan estadísticas.
Reducen al absurdo los argumentos que les dan sin darles una vuelta, no buscan la fuente ni deshidratados, el INE les parece leyenda urbana. El fake es su pastor.
Los cuñados y cuñadas son los que antes le hablaban a la tele, los turras de los grupos de WhatsApp y de Nochebuena. Totalmente incapaces de identificar que el silencio que se hace a su alrededor no es estar de acuerdo: es hartazgo de su entorno y un cierto cautiverio, porque de Nochebuena está difícil irse.
No, no son personas vitamina.
Son los que en el franquismo habrían vendido al vecino. Y no por ser nacionalcatólicos. Por envidia. Porque los hacedores dan envidia.
Y peor aún, las hacedoras.
Resulta que a las mujeres se les ha ocurrido tomar el espacio público para protestar. Para ejercer un derecho humano y constitucional: el de manifestación.
Y para pedir cosas para ellas.
Porque si el 8M se lo dedicásemos a los machitos, estarían encantados. Entonces nos verían.
Y sus cuidadoras, las cuñadas, en primera línea, a recoger pines de validación.
(Pero no juzgamos las decisiones de las mujeres; juzgamos qué las lleva a esas decisiones).
¿Dónde están los cuñados? En resumen, no están. No se puede contar con ellos. Diría que son como el ruido de la lavadora: molestos. Pero la lavadora, por lo menos, hace algo útil.
¿Son constructivos? Alguno lo monetiza y, para él mismo, sí. Pero socialmente, no. Podrían desaparecer mañana y lo notaríamos por la paz que dejarían, pero vamos, que no habrá aportaciones de cuñados pasando a la historia. No se analizarán textos de incels en la EBAU.
Ya lo siento, Manolo. Tú poniendo la neurona a currar para escribir sesudos pensamientos como «Gatos y vino serán tu destino», «¿Para cuándo el día del hombre?», «Con los moros no se meten las feminazis» y no pasarás a la Historia. ¿Qué tendría ese Marco Aurelio que tú no?
Son la punta del iceberg de la desidia social.
Como clase, la trabajadora es mucho más numerosa que la oligarquía burguesa y, por tanto, mucho más poderosa.
Si estuviéramos unidos.
Se nos acusa al feminismo de dividir. Realmente, el feminismo busca unir. Queremos ser en nuestras sociedades ciudadanas de primera, como ellos, y no invitadas en un mundo que también es nuestro. Queremos tener voz en qué sociedad construir, no acatar lo que otros deciden.
Eso es todo.
Pero si por ello nos insultas, inventas bulos y te obsesionas con mujeres uniformadas de morado, que exiges ver en todas partes como un reclamo moral, mientras tú lo juzgas todo desde un móvil… el que divide eres tú.
Y eres tan tonto que no te das ni cuenta de que le haces el juego a los que realmente tienen el poder para arreglarlo.
Si preguntaras por los gobiernos y las administraciones y les sacaras los colores por ser siervos del poder empresarial, y lo hicieras en masa desde la calle, entonces tus preguntitas serían útiles.
Gritándolo y rodeando el congreso incluso más.
Entonces la clase que no es la tuya tendría miedo. Entonces se resolvería.
Mientras busques camisetas moradas en fotos y vídeos, mientras le reclames a tu propia clase, será como protestar en la frutería por lo que te hizo el panadero. Inútil y absurdo.
No se hacen revoluciones alternando el móvil con el mando de la Play. No se hacen revoluciones creyéndose burguesía porque tienes Netflix y viajas una vez al año. No se hacen revoluciones buscando páginas feministas para culparlas de que las mujeres te huyen como al COVID y para preguntar por el hombre al cargo.
¿Dónde están los cuñados? ¿Realmente a quién le importa?








