Por Candela Aguilar
Empiezo contando tres escenas reales y que pueden ejemplificar perfectamente la situación que vivimos pero que nos empeñamos en tapar.
Escena 1: Un grupo de alumnas de entre 14 y 16 años comparten entre ellas en clase pastillas para engordar o adelgazar (según el deseo que se tenga), técnicas de skincare o de cómo conseguir dinero para empezar a pincharse los labios o hacerse una lipoescultura para aumentar el pecho, dejarse cintura de avispa y un culo grande, de esos que se llevan ahora.
Escena 2: Un alumno me cuenta que la tarde anterior se encontró a una amiga y compañera de clase siendo agredida por el chico con el que mantiene una relación. En una discusión ella le dijo algo que le sentó mal y este empezó a darle patadas y puñetazos. Mi alumno se acercó para separarlos y ella le dijo que no pasaba nada, que le gustaba le pegasen y se marchó con él.
Escena 3: El otro día en un chat con compañeras feministas hablábamos de lo difícil que nos resulta educar a nuestros hijos e hijas en el feminismo y la igualdad. Coincidíamos la mayoría en que educar es más difícil que consentir porque educar supone marcar límites y mantenerte firme en ellos, un trabajo de acompañamiento que es más pesado que dejar hacer, mirar para otro lado y encima pensar que el problema de que tu hijo o hija sea así no tiene nada que ver contigo sino con su grupo de iguales. Y mientras tanto me han llegado a llamar “nazi” (me gustó más lo que dijo una compañera: a ella la habían acusado de dar una educación estalinista, pero, no, a mí me llamaron nazi con todas sus letras) por no dejar a mis hijos escuchar determinada música o ver determinado contenido por la tele, por ejemplo. Y claro, todo esto choca con sus modelos educativos o más bien con la ausencia de los mismos.
¿Y por qué cuento esto? Hace poco estuve en Mollet del Vallés en el Congreso Internacional de Dofemco, congreso al que solo asistimos mujeres y feministas cuando debería ser de obligatoria asistencia para la sociedad en general. Y de allí salimos cuanto menos horrorizadas al comprobar que los discursos machistas y negacionistas de la violencia machista están arrasando en redes y son comprados por ellos y por ellas. Que no solo contribuimos a la hipersexualización de la infancia, sino que empujamos a nuestras hijas a ello cuando ni filtramos ni acompañamos de manera crítica. Como ejemplo, una de las ponentes, maestra de primaria, dijo que nunca había visto niñas tan pequeñas y tan preocupadas por su aspecto; con uñas pintadas y tops, vestidas como adolescentes.
No podemos negar la relación directa que hay entre redes sociales, consumo de pornografía y el uso Smartphones con el aumento de la violencia física y sexual o los discursos machistas y de odio. Pero tampoco podemos negar que el modelo educativo imperante, ese que pone siempre el cuidado por encima de la educación, tampoco ayuda. Cuando criamos no solo protegemos sino que acompañamos en el camino hacia la edad adulta y ese acompañamiento es fundamental para que las futuras generaciones entiendan el mundo y otra manera a relacionarse desde el respeto y la igualdad. Para crear personas adultas funcionales.
Solo hay que escuchar y ver lo que nos rodea con una mirada crítica para comprender que vivimos inmersas en una cultura pornificada donde todo lo que consumimos tiene que ver con la mercantilización y cosificación del cuerpo, en especial el de las mujeres. La música (de hecho la música infantil casi ha desparecido), los dibujos animados y las películas, todo conduce a una visión del mundo hostil para todos, pero sobre todo para nosotras, que somos la mitad de la humanidad.
Hemos pasado de tapar las operaciones de cirugía estética a hacer alarde de ellas. El capitalismo y el consumismo han conseguido que todo se pueda comprar sin importar el precio. El hecho de que modifiques tu cuerpo para gustar no solo es algo deseable sino que además es importante que no sea un secreto ya que demuestra que al menos tienes capacidad adquisitiva para pasar por un quirófano. El hecho de tener dinero y poder fardar de ello se ha vuelto un imperativo para los jóvenes a la misma altura que tener determinado cuerpo o cara.
Pero como decía, y como pasa siempre, las que salimos peor paradas somos nosotras. La violencia extendida y generalizada en todos los ámbitos (sexual, afectiva…) nos impacta con crudeza, ya que somos sus receptoras. Pero lo más grave es que estamos normalizando y relativizando esta violencia. Las chicas jóvenes son cada vez más proclives a buscar relaciones machistas y tóxicas entendiendo que el amor es así. El mensaje feminista flota como un papel dentro de una botella en medio del océano, el transactivismo y el uso que la extrema derecha están haciendo de las redes sociales han creado un cóctel molotov muy dañino y aunque como no hagamos nada todos vamos directos hacia el abismo, como siempre nosotras seremos las que más suframos las consecuencias.








