La izquierda que mató el futuro

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El problema no es solo el capitalismo.

Hay una frase que se repite en ciertos círculos progresistas con la naturalidad de quien cita el tiempo que hace: “Hay que ser realistas”. Es una frase que suena a madurez, a responsabilidad, a política seria. Pero si la analizamos con honestidad —con la honestidad que exige cualquier tradición crítica digna de ese nombre— veremos que esa frase es, en realidad, el certificado de defunción de la imaginación política. Y lo más perturbador no es que la pronuncien los tecnócratas liberales o los gestores del capital. Lo más perturbador es que la pronuncien, con orgullo, quienes se llaman a sí mismos izquierda.

No voy a repetir aquí el diagnóstico habitual sobre cómo el capitalismo nos ha alienado, cómo el consumismo nos ha vaciado, cómo la precariedad nos ha dejado sin tiempo para pensar. Todo eso es cierto, pero ya lo sabemos. Lo que quiero señalar es algo que incomoda más, algo que pocas veces se dice con claridad: la izquierda institucional, en su conjunto, ha sido el principal agente de liquidación de la utopía en las últimas décadas. No el enemigo desde fuera. El traidor desde dentro.

Figura alienada en la ciudad del mal menorismo

El mal menor como horizonte ideológico

El “mal menorismo” —esa doctrina nunca escrita pero omnipresente— no es simplemente una táctica electoral. Se ha convertido en una cosmovisión. En una forma de entender la política que parte de la premisa de que el capitalismo es el suelo firme sobre el que todo lo demás se construye, y que la tarea de la izquierda no es transformar ese suelo sino gestionar con más amabilidad la arquitectura que hay encima.

¿Cómo hemos llegado aquí? La respuesta larga recorre décadas: la derrota cultural del movimiento obrero en los años 80, la integración de los partidos socialdemócratas en la gestión del Estado neoliberal, la conversión de los sindicatos en maquinarias de cogestión empresarial. Pero la respuesta corta es más brutal: la izquierda dejó de creer en la posibilidad de ganar de verdad, y en lugar de reconocerlo, lo teorizó como virtud. Lo llamó pragmatismo. Lo llamó responsabilidad. Lo llamó “política real”.

El resultado es una izquierda que llega al poder para administrar la austeridad con mejor relato. Que firma recortes con cara de pena. Que celebra como victoria histórica lo que hace treinta años habría sido considerado una derrota inaceptable. Y lo más grave: que educa a sus bases en esa lógica. Que castiga a quien pide más. Que llama “infantilismo” o “purismo” a quien se atreve a imaginar algo distinto.

La colonización del imaginario

Marx entendía que el problema no era solo material sino también ideológico: la clase dominante no solo controla los medios de producción, controla los medios de producción del pensamiento. Y la gran victoria del capitalismo tardío no ha sido económica sino cultural: ha logrado colonizar el imaginario político hasta el punto de que resulta literalmente impensable imaginar una organización social radicalmente diferente.

Fredric Jameson lo formuló con precisión quirúrgica: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. No lo decía como crítica al capitalismo en abstracto. Lo decía como diagnóstico de nuestra incapacidad colectiva para ejercer la imaginación política. Y esa incapacidad no es natural. Es producida. Es fabricada. Y la izquierda institucional ha sido uno de sus principales fabricantes.

Cuando un partido que se llama de izquierdas gobierna y aplica políticas de austeridad, no solo daña a las clases populares materialmente. Las daña ideológicamente. Les enseña que la alternativa no existe. Que el capitalismo es el horizonte inevitable. Que la política es gestión, no transformación. Cada legislatura de izquierda moderada que administra el orden existente es una lección de pedagogía reaccionaria, más efectiva que mil editoriales de derechas, porque viene de quienes supuestamente debían representar otra cosa.

La radicalidad de escaparate

Lo más perverso del momento actual es que esta capitulación ideológica se ha sofisticado. Ya no se presenta como moderación honesta. Se disfraza de radicalidad estética. Hay partidos y movimientos que utilizan el lenguaje de la ruptura, la retórica anticapitalista, incluso referencias marxistas o decoloniales, pero cuyo programa real no va más allá del keynesianismo suave y la redistribución cosmética dentro del marco existente.

Es una radicalidad de consumo. Sirve para diferenciarse electoralmente, para captar militancia joven, para construir identidad. Pero en el momento en que hay que elegir entre el sistema y la transformación, eligen el sistema. Siempre. Con distintas justificaciones: la correlación de fuerzas, la presión europea, los mercados, la estabilidad. El nombre cambia. La capitulación es la misma.

Y esta radicalidad de escaparate es, en muchos sentidos, más dañina que la moderación honesta. Porque agota a la gente. Porque quema los movimientos sociales que se acercan con expectativas reales. Porque convierte la frustración en cinismo, y el cinismo en desmovilización.

Enajenación sin horizonte

El resultado de todo esto es una sociedad occidental profundamente alienada no solo en el sentido marxista clásico —desconectada de su trabajo, de su producción, de sí misma— sino alienada también de su propia capacidad de desear colectivamente. Una sociedad sin proyecto. Sin tensión utópica. Sin la energía que solo genera creer que otro mundo es posible y que merece la pena luchar por él.

La alienación clásica que describía Marx era la del obrero separado del producto de su trabajo. La alienación contemporánea es más profunda: es la del ciudadano separado de cualquier idea de futuro colectivo. No hay horizonte compartido. No hay proyecto de civilización alternativo que movilice energías, que dé sentido al sacrificio, que justifique la organización.

Y aquí es donde la izquierda institucional ha fallado de manera histórica. Porque su función no era solo gestionar el presente. Era custodiar el futuro. Era mantener viva, en la conciencia colectiva, la posibilidad de que las cosas pueden ser radicalmente diferentes. Esa función la ha abandonado. La ha canjeado por cuotas de poder dentro del sistema que teóricamente debía transformar.

Volver a soñar

No estoy hablando de utopía en el sentido peyorativo que le han dado sus críticos: ensoñación irresponsable, esquemas perfectos e irrealizables. Estoy hablando de utopía como principio esperanza. Como la función humana fundamental de proyectarse hacia lo que no existe todavía. Como el motor sin el cual ninguna transformación histórica ha sido posible.

El movimiento obrero del siglo XIX no ganó las conquistas que ganó porque fuera “realista”. Las ganó porque era capaz de imaginar un mundo donde los trabajadores tuvieran derechos, donde la jornada laboral tuviera límites, donde la dignidad no estuviera en venta. Esas conquistas parecían imposibles. Las clases dominantes de su tiempo usaban exactamente los mismos argumentos que usa hoy la izquierda moderada para desacreditar a quienes piden más.

Lo que necesitamos no es un programa de gobierno más elaborado. Lo que necesitamos es recuperar la capacidad de imaginar radicalmente. De hacer preguntas que el sistema declara ilegítimas. ¿Para qué existe la propiedad privada de los medios de producción? ¿Por qué el trabajo asalariado es la única forma de organizar la vida productiva? ¿Por qué la acumulación de capital es el único principio organizador de la economía?

Esas preguntas no son retóricas. Son el punto de partida de cualquier política que merezca el nombre de izquierda. Y mientras la izquierda institucional siga considerando obsceno plantearlas, seguirá siendo, más que un adversario del capitalismo, su mejor gestor de crisis.

La esperanza no nos la robó el capitalismo solo. Nos la robaron también quienes tenían el mandato de protegerla y eligieron, una y otra vez, la comodidad del orden existente sobre la incomodidad de imaginar otro.

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