El aumento de las bajas laborales por motivos de salud mental no puede ni debe interpretarse como un abuso del trabajador. Los datos son claros: desde 2017 hasta 2024, las incapacidades temporales en España han aumentado un 60%, y las bajas relacionadas con salud mental lo han hecho más de un 80%. Sin embargo, detrás de estas cifras no se encuentra la «flojera» de los empleados, sino un contexto de precariedad integral, inestabilidad laboral y vulnerabilidad social que afecta directamente a su salud física y emocional.
Los médicos de familia y comunitarios, representados por la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria, han señalado repetidamente que la incapacidad temporal por salud mental tiene una clara indicación terapéutica. No es un mero trámite administrativo ni un recurso para eludir responsabilidades laborales, sino una herramienta médica para proteger la salud del trabajador frente a entornos de alta presión, jornadas extensas, exigencia emocional y contratos inestables.
Es fundamental entender que el trabajo no solo genera ingresos, sino que también determina la salud.
La Organización Mundial de la Salud y estudios de medicina laboral coinciden: cuando el empleo es explotador o inseguro, aumenta la incidencia de ansiedad, depresión y trastornos musculoesqueléticos. Las mujeres, los jóvenes entre 30 y 40 años y los colectivos vulnerables son los más afectados, especialmente cuando deben compatibilizar empleo remunerado con cargas de cuidado no remuneradas. Esto demuestra que la supuesta “abundancia” de bajas laborales no es más que la respuesta natural de trabajadores que necesitan tiempo para recuperarse y seguir siendo productivos.
Legalmente, la protección del trabajador en España frente a la incapacidad temporal está bien fundamentada. La Ley General de la Seguridad Social reconoce el derecho a percibir prestaciones durante períodos de incapacidad temporal derivados de enfermedad común, profesional o accidente. La Ley establece además que estas bajas tienen carácter médico-terapéutico y deben ser respetadas por el empleador, garantizando que ningún trabajador sufra represalias por cuidar su salud. La normativa laboral protege incluso a los autónomos en determinados supuestos, aunque, como evidencian los estudios, estos presentan menor duración de bajas por su necesidad de mantener ingresos, muchas veces en detrimento de su propia recuperación.
El discurso de que las bajas por salud mental son un abuso laboral no solo es injusto, sino que invisibiliza un problema estructural: la precariedad integral. Los salarios insuficientes, la temporalidad, los horarios imprevisibles y la falta de estabilidad en el empleo generan un estrés psicosocial que no se puede curar con simples exhortaciones a «resistir». La incapacidad temporal funciona como una medida de ajuste, de protección de la salud, y debe formar parte de un plan terapéutico más amplio que incluya coordinación entre médicos de familia, empresas y sistemas de bienestar social.
Negar, restringir o estigmatizar las bajas por salud mental constituye una vulneración de derechos fundamentales.
El artículo 43 de la Constitución Española reconoce el derecho a la protección de la salud, y la Ley de Prevención de Riesgos Laborales obliga a los empleadores a garantizar condiciones de trabajo que no comprometan la salud física o mental de los trabajadores. Por tanto, la incapacidad temporal no solo es legalmente amparada, sino que constituye un mecanismo preventivo frente a daños mayores que podrían derivar en incapacidad permanente o exclusión laboral.
Defender al trabajador significa reconocer que su salud no es negociable, que los incrementos en bajas por salud mental reflejan problemas de organización, explotación y falta de apoyo, no una supuesta negligencia. Las soluciones no pasan por limitar las bajas, sino por mejorar las condiciones laborales, garantizar estabilidad y coordinación con los servicios de salud, y promover una cultura de respeto hacia quienes necesitan tiempo para recuperarse.
En definitiva, criminalizar al trabajador por cuidar su salud es ignorar la realidad de millones de personas que enfrentan un mercado laboral hostil. La incapacidad temporal es una herramienta terapéutica, un derecho amparado por la ley y un indicador de que el sistema debe proteger, no castigar, a quienes sostienen con su esfuerzo la productividad y la economía. Defender al trabajador frente a la precariedad integral es, en última instancia, garantizar que la salud y la dignidad laboral prevalezcan sobre los intereses puramente administrativos o económicos.








