América primero

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Tamara Gorines

La Gran Guerra supuso una gran revolución propagandística en la sociedad norteamericana con la creación en 1917 del Comité de Información Pública (CPI), conocido con el sobrenombre de Comité Creel.

En el imaginario colectivo norteamericano se mantenía la idea principal de «América para los americanos», que había expuesto casi cien años antes el presidente James Monroe cuando en 1823 declaró su discurso sobre el Estado de la Unión ante el Congreso.

Con la doctrina de Monroe se empezaba a definir una política exterior de un Estados Unidos aún débil, que sólo llevaba desde 1776 como país independiente, y en un contexto europeo donde los imperios de Rusia, Austria y Prusia se habían integrado en el Tratado de la Santa Alianza, defendiendo las monarquías absolutas como formas de gobierno, el cristianismo y la contención de cualquier forma de liberalismo y de secularismo, surgidos a partir de la Revolución francesa.

Estados Unidos, junto a Gran Bretaña, -que acabaría siendo su gran aliada al contar con importantes relaciones comerciales en los nuevos estados americanos, además de ofrecer su poderosa flota naval-, se convertía en el antemuro para la defensa de la soberanía del continente americano.

Había un temor a que se pudiera restituir el poder borbónico dominante de la Corona española antes de que sus colonias fueran alcanzando la independencia.

En 1904 el presidente Theodore Roosevelt asumía en su Discurso del Estado de la Unión los postulados de la Doctrina Monroe, rechazando la injerencia de potencias extranjeras en el continente americano. El Corolario Roosevelt ( dos siglos después llegaría el Corolario Trump) iba un poco más lejos al extender su política expansionista y de defensa de sus intereses financieros, convirtiendo a Estados Unidos en el principal valedor de América Latina con capacidad de intervenir, si se consideraba vulnerada su autonomía.

El presidente Franklin Delano Roosevelt continuó con el legado de su primo Theodore Roosevelt en el desarrollo del panamericanismo con su política de Buena Vecindad, convirtiendo a Estados Unidos, sustituyendo a la poderosa Gran Bretaña, en el principal actor comercial y económico en esos territorios.

El conflicto bélico de 1914 que se disputaba en el viejo continente entre antiguas potencias coloniales, no era un tema que preocupara en absoluto a los norteamericanos, a quienes el contexto europeo que desencadenó la Primera Guerra Mundial les quedaba muy lejos.

La sociedad norteamericana de principios del siglo XX vivía en un plácido aislacionismo y pacifismo, que encontraría su máximo respaldo en la reelección del presidente Thomas Woodrow Wilson en 1916 con su eslogan de campaña “He kept us out of war” -él nos mantuvo fuera de la guerra-. Se comprometió a una neutralidad que no pudo cumplir al firmar la Declaración de Guerra a Alemania en abril de 1917.

El presidente Wilson se vio obligado a modificar toda su posición anterior en política exterior y crear entre los norteamericanos una corriente de opinión favorable para apoyar la entrada en la guerra; para ello se sirvió de la creación en el Congreso del Comité de Información Pública, un poderoso instrumento de propaganda gubernamental.

Y junto al CPI destacar la importante participación que tuvo en todo esto Gran Bretaña. Por un lado, mediante el papel que ejerció el poderoso magnate de prensa, Alfred Harmsworth, conocido como Lord Northcliffe, que dirigió la propaganda hacia Estados Unidos.

Y por otro lado, la inteligencia británica que descifró el telegrama Zimmermann y lo envió a Estados Unidos buscando persuadirles para su urgente participación en el conflicto bélico, al revelarse una supuesta alianza entre Alemania y México en la que se proponían recuperar los territorios que habían sido arramblados años antes por Estados Unidos.

Para crear en el norteamericano  la percepción del alemán como un  enemigo, hizo falta impulsar el  alistamiento  en el ejército, siendo célebre la creación del cartel por el dibujante Montgomery Flagg en el que aparecía el Tío Sam, icono de Estados Unidos, solicitando del ciudadano su apoyo «I Want You For U.S. Army».

Había que financiar la guerra, para lo cual fueron fundamentales la venta de bonos de guerra.

Y por supuesto resaltar el papel fundamental pero instrumental de  la  mujer,  como  factor estratégico de apoyo en la industria,   que permitiría continuar  con la mano de obra necesaria para no interrumpir su producción.

Después de la Segunda Guerra Mundial se planteó para los Estados Unidos un escenario de cooperación y alianzas comerciales y económicas con Europa Occidental. El Plan Marshall, aunque ayudó a la reconstrucción de una Europa destruida por la guerra, no fue tan benévolo como se cree. Se constituyó una hábil estratagema para consolidar el liderazgo norteamericano, frente a una  aclamada Unión Soviética que había soportado el mayor peso de la guerra junto a un Partido Comunista que obtenía un buen apoyo y suponía una amenaza clara a Estados Unidos.

Estados Unidos exportó todo su american way of life principalmente a través de la todopoderosa industria cinematográfica, que enamoró a una Europa en ruinas.

Con el eslogan America first de Donald Trump, parece recuperarse la doctrina  Monroe y en este segundo mandado más presidencialista que el primero y con menos contrapesos, regresa la idea de un imperialismo más feroz al tratar de recuperar el control del Canal de Panamá, reconquistando así el dominio añorado del siglo XIX, y de mantener su influencia y hegemonía en América Latina y al tiempo alejar a la temida China.

Las ansias expansionistas han mirado a Canadá para cumplir su deseo de integrarla en el estado número 51 y por supuesto a Groenlandia, asunto que le ha servido para ejercer presión y asegurar su soberanía en el Ártico, poniendo patas arriba a toda la alianza transatlántica.

Llevamos varios días oyendo hablar sobre una cada vez más cercana intervención en Irán, buscando seguramente eliminar la producción de misiles balísticos, algún ataque al corazón del programa nuclear y el cambio de régimen; sobre esto último la historia nos recuerda cómo Jimmy Carter apoyó la caída del sah a favor de la Revolución Islámica en su estrategia de contener el comunismo con la doctrina del ‘cinturón verde’.

El Estados Unidos que está dejando un Trump 2.0 está abandonando las políticas basadas en el libre comercio y la cooperación multilateral. Su poder blando (soft power) ha desaparecido abriendo camino a una nueva política exterior dura (hard power), sustentada entre otras muchas cosas en aranceles fijos y otros sujetos a chantajes, en la eliminación del 83% del programa de ayudas para el desarrollo internacional (USAID) y en una actitud desafiante hacia una Europa a la que no parece respetar.

Un nacionalismo cuyo rostro más amargo se presenta como MAGA, que reclama mantenerse en el ‘America first’, pero también con otra cara del mismo rostro, que mira con celo a América Latina a la que Estados Unidos siempre ha considerado su patio trasero. De esta forma, han usado el tramposo intervencionismo, que ha tensionado un cada vez más extinto derecho internacional que cambia las reglas a beneficio de inventario, actuando sobre Venezuela y que ha generado temblores en muchos países latinoamericanos, dejando consecuencias nefastas para una ya terriblemente expoliada y devastada Cuba.

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