Por Silvia Carrasco (antropóloga, especialista en migraciónes y educación)
El pasado 17 de febrero el Congreso debatió la “Proposición de Ley Orgánica para la protección de la dignidad de las mujeres y la seguridad ciudadana en el espacio público” presentada por Vox y apoyada por el PP y UPN, que contenía un artículo único: “Prohibición de utilización en el espacio público de los velos denominados nicab y burka”, con multas administrativas por usarlos y medidas penales por obligar a usarlos. La propuesta fue rechazada por un estrecho margen: 170 votos a favor, 177 en contra y una abstención
Con esta propuesta,aprovechando que la izquierda posmoderna se dedica a celebrar identidades ficticias diversas en lugar de denunciar desigualdades reales acuciantes, Vox pretende erigirse como adalid de los derechos de las mujeres y de los valores que considera cristianos y europeos, y exige que todos los partidos y tertulianos mediáticos se posiciones ante su propuesta de prohibición del burca y el nicab, como diciendo “a ver si hay huevos”.
Desgraciadamente no nos sorprende que la izquierda parlamentaria caiga en la trampa metiendo la pata hasta el fondo a base de insultos y afirmaciones delirantes, sin argumentos, como viene haciendo ante toda discrepancia, y lo sabemos muy bien las feministas. Por ejemplo, con comparaciones como la que hizo Ada Colau equiparando el burka con los capirotes de los nazarenos que, según ella, también deberían prohibirse si se aplica el argumento de no poder ocultar el rostro por motivos de seguridad.
Una cosa es pensar que prohibir no es la manera más efectiva de acabar con el burca y el nicab y, otra muy diferente, es legitimarlos. Sin una denuncia contundente y un mensaje inequívoco de que estos marcadores sexistas extremos son incompatibles con la dignidad de las mujeres y con una sociedad democrática e igualitaria, la izquierda no solo pierde la oportunidad de ponerse al lado de las mujeres, sino que esgrime los mismos argumentos que la extrema derecha islamista que las deshumaniza.
Marcadores sexistas como el velo simbolizan esa idea misógina que comparten muchas religiones que es la de “mujer decente”, según la cualel cuerpo de la mujer es una provocación sexual en sí mismo y la verdadera mujer decente debe cubrirse, al menos la cabeza. Los islamistas, usando el islam para fines políticos, promueven tanto el velo como una versión exagerada del velo y proponen, ya puestos, que las mujeres se tapen de la cabeza a los pies, si no quieren ser responsables del comportamiento sexual violento de los hombres. Esto incluye también a las propias mujeres islamistas, de extrema derecha, que lo llevan como bandera política, que haberlas, haylas.
Los posmodernos les dan la razón esgrimiendo cosas como la libertad religiosa, el respeto a la diversidad, que si libre elección, que si racismo, islamofobia… como ya sabemos, la acusación de fobia es otro invento para desacreditar el pensamiento crítico.
Ante esta posición erróneamente relativista y cobarde de la izquierda, parece que solo la derecha defiende los derechos de las mujeres. Pero aquí es cuando hay que recordar que Vox también critica la regularización de la población inmigrante, para que siga siendo más explotable; día sí y día también embarra redes y medios señalando a la inmigración como la causa del aumento de la violencia sexual, al mismo tiempo que niega la existencia de la violencia machista; por supuesto, no se preocupa en absoluto por la sobrerrepresentación de niñas y niños inmigrantes en el vergonzoso 30% de pobreza infantil que existe en nuestro país; y tampoco parece importarle que exista una industria basada en la explotación sexual de mujeres migrantes y pobres, en la que nuestro país es tristemente líder mundial.
Por su parte, el PP y Junts per Catalunya, defienden lo mismo que Vox, aunque con otra exposición de motivos. Junts propone en un artículo único la “Prohibición del uso de piezas que impidan la identificación en el espacio público”. Una mujer que cubre su rostro no puede hacerlo en el espacio público, entendiendo que este incluye transporte y dependencias administrativas de todo tipo. Lo que le ocurra en el espacio privado parece irrelevante, por no hablar de la imposibilidad de acudir a las instituciones que pueda necesitar, por ejemplo, ¡para huir!
La realidad es que unos y otros esconden el impacto que han tenido las prohibiciones en otros países. En este y en muchos otros temas, en España siempre vamos tarde y parecemos incapaces de incorporar los aprendizajes que se derivan de países que nos llevan años de ventaja. Sin ir más lejos, en Francia se ha triplicado el uso del hiyab desde su prohibición. Parece evidente, pues, que para erradicar su uso la prohibición no es un camino efectivo, igual que los modelos prohibicionistas de la prostitución no son el camino para abolirla, sino que ponen en peligro los derechos de las mujeres igual que los regulacionistas.
Por eso, a las feministas no nos engañan ni unos ni otros, ni Vox, ni Junts, ni los delirantes, ni los que echan balones fuera, ni los que proponen una comisión para estudiar qué hacer y no hacer nada, como hasta ahora. Hay que decirlo alto y claro: dejemos de poner el foco sobre las mujeres y las niñas que sufren estos marcadores sexistas y pongámoslo donde es urgente actuar.
Hay mucho por hacer, por ejemplo, desde las escuelas, mandando mensajes claros sobre la igualdad entre mujeres y hombres, trabajando con las familias y que la inspección educativa actúe de oficio ante casos de vulneración de derechos. Las autoridades educativas no pueden dejar a los centros solos sin poner todos los recursos para garantizar la educación y la vida en igualdad a niñas y jóvenes. Esto implica tejer redes de colaboración y complicidad con las madres, sin ninguna exclusión de ninguna mujer,porque nosotras no impugnamos las decisiones de las mujeres sino las circunstancias que las llevan a tomarlas.
También debemos exigir que se ponga fin de inmediato a los pactos y la connivencia con líderes religiosos y políticos integristas que controlan las comunidades de inmigrantes musulmanes y se infiltran en las escuelas, las universidades, las entidades del tercer sector e incluso en los partidos y en los gobiernos, con agendas contrarias a la democracia y a la igualdad. Hay que poner el foco en quién financia a estos actores y por qué.
En conclusión, hay que hacer cumplir las leyes que ya tenemos, desde el artículo 14 de la CE hasta la Ley orgánica de igualdad entre mujeres y hombres de 2007 y todas las leyes autonómicas que la replican, ya saben, todas aquellas contra las cuales está Vox.
Pero no sirven de nada las leyes si no se entienden y menos aún si no se aplican. Recordemos que ninguna persona puede ser discriminada por su sexo ni por sus creencias y, por lo tanto, ninguna creencia puede discriminar por sexo. Y repetimos que educar para la igualdad es esencial, con mensajes claros y atención a la limitación de derechos a las niñas y las chicas. Así que, por supuesto, apoyo inequívoco a las mujeres que viven sometidas a maltratadores y persecución de los maltratadores que atentan contra su dignidad y libertad, de oficio.
Las políticas de igualdad deben llegar a todas las mujeres, pero los métodos para lograrlo no pueden dirigirse nunca contra las mujeres. Porque las feministas queremos que todos los derechos reconocidos por las leyes cuenten con todos los recursos y la voluntad política para que podamos ejercerlos.








