Por Candela Aguilar
Cada inicio de curso se repite una escena en cualquier pueblo o ciudad de nuestro país, y me atrevería decir que en casi todos los países en los que la educación es un derecho y un deber. Tiendas atiborradas de madres, padres, niños y niñas en busca del dichoso material escolar, las prisas de última hora y la excitación de lo nuevo, una página en blanco sobre la que empezar a escribir el flamante año escolar que empieza.
Como decía, esta escena se repite a lo largo y ancho del país junto con otra que quizá pasa más desapercibida pero que llevo años observando. Un niño le pide a su madre (no lo vamos a negar, en su mayoría somos madres las que estamos comprando) unas botas rosas. La madre lo mira entre asustada y escandalizada, mira a todos lados para comprobar que el comentario del niño no ha sido escuchado por nadie y le contesta en voz baja: “no, estas son más chulas.” Señalando unas botas azules con algún superhéroe dibujado. “Quiero estas”, el niño vuelve a señalar las rosas, que además tienen brilli-brilli. La madre lo vuelve a mirar, no quiere montar un escándalo en la tienda, ni llamar la atención de los demás porque la gente va a pensar que su hijo es rarito así que le dice: “no, cariño, esas no te las puedes comprar porque son de niña”. Y así de fácil zanjamos la discusión. Como venía diciendo esta escena se repite año tras año y yo salgo de la tienda indignada, pero sobre todo muy triste. Triste porque veo la cara de desilusión de ese niño que no se ha podido comprar las botas que le gustaban, la de su hermana que interioriza que las cosas de niñas (y por ende las niñas) son peores que los niños y me imagino la de mi hijo cuando llegue a clase de piscina con sus gafas y sus chanclas rosas y ese mismo niño u otro al que le haya pasado lo mismo le dirá, como si eso fuese un insulto: “Llevas gafas de niña, eres una niña”.
Porque vamos a ser realistas… ¿qué niño no atraviesa la fase rosa? Yo diría que casi todos. El bombardeo constante al que estamos sometidos desde bien pequeños con el consumo y la publicidad nos crea muchas necesidades que no son necesarias y manipula nuestros gustos hasta el punto de no poder distinguir qué nos gusta realmente y qué nos gusta por moda, y más aún ¿hay algo que nos guste al margen de la sociedad en la que vivimos? Pues con los niños pasa igual. Haz la prueba, entra a una tienda de ropa infantil y verás lo que digo. Dos secciones completamente separadas, una rosa y la otra azul. Una sobria y llena de violencia, acción y superhéroes, pero sin pasarse y la otra rosa y hasta arriba de arcoíris, unicornios y cosas brillantes. Vamos a ver, ¿qué niño no querría ir a un sitio tan llamativo como la sección de niñas? Y más aún cuando son pequeños y aún no les hemos contaminado con el género y sus estereotipos. Pero entonces entramos en acción nosotras, las personas adultas, con nuestros prejuicios. Premiando a los niños y las niñas que no se salen de los patrones marcados y reforzando aquellos comportamientos que tienen que ver con los estereotipos de género.
Y viendo como aumenta la violencia entre los más jóvenes creo que es trabajo de todas y todos como sociedad, si queremos realmente acabar la desigualdad que sufrimos las mujeres, luchar por abolir el género y sus estereotipos. Porque no basta con decir “es que a mi hijo le gustan las peleas y los superhéroes” o “es que a mi hija le gusta vestirse así, y pasarse el día jugando a cuidar”, no basta porque todas sabemos que esas cosas no les gustan porque las mujeres y los hombres tengamos cerebros diferentes que nos lleven a tener gustos diferentes, sabemos que tiene que ver con la socialización y con repetir unos patrones de comportamiento patriarcales que mantienen a la mujer en una posición de sometimiento respecto al hombre. Desde pequeños tenemos que inculcarles el feminismo aunque a veces entre en conflicto con ese sentido de la educación que tenemos ahora de “respetar todo lo que digan nuestros hijos”. Porque no, mi hijo de 7 años aún se está formando y pide armas de juguete o disfraces de ninja no porque lo tenga inscrito en su ADN sino porque lo ve en sus compañeros de clase, en los dibujos y en la publicidad y poco a poco su personalidad se va modelando según lo que se espera de él por ser un hombre. Y si no queremos seguir viviendo en una sociedad como esta uno de nuestros trabajos, quizá de los más duros e importantes, es educar a las nuevas generaciones para que sean lo que quieran ser libres de estereotipos.









Clara y concisa Candela Aguilar en sintonía con el tiempo de inicio de curso plantea el dilema casi eterno de los colores del género y la necesidad de abolir éste. Dicho así de sencillo parecería fácil pero a mi me parece que es uno de los problemas más difíciles de resolver que tenemos las madres feministas cuando el rosa y el azul se imponen quieras o no en la ropa, juguetes y enseres de las criaturas desde las tiendas mismas. No menos difícil es la lucha del feminismo por cambiar los estereotipos, los mandatos y los hábitos de género…y si se trata de violencia de género…lo dejamos para otro día que no suenen las pulseras…porque qué horror!
Gracias Lola por tus bonitas palabras, me alegra que me leas y te guste lo que escribo. La lucha del feminismo es ardua pero somos incansables y seguiremos plantándole frente al horror que vivimos.