Propongo a los lectores un breve juego de ficción. Imaginen a un preso que se encuentra en el famoso corredor de la muerte de una cárcel norteamericana. A este preso, que ha sido condenado injustamente, le queda la única esperanza de un último alegato de su abogado, días antes de su ejecución. El abogado se entrevista con su defendido y le comenta: tengo dos noticias para ti, una es positiva y la otra negativa; la negativa es que definitivamente vas a ser ejecutado y la sentencia se cumplirá en breve, pero debes mantener el ánimo porque la parte positiva es que en mi alegato haré una crítica despiadada de la pena de muerte en el mundo y será escuchada en los medios de los cinco continentes.
¿Qué pensaríamos si fuésemos el desafortunado preso? Obviamente, tras reponernos de la indignación pensaríamos que habíamos perdido el tiempo con semejante abogado. El orden de las cosas era justo al revés. Primero poner todas las fuerzas en conmutar la sentencia y luego plantearse la lucha contra la pena de muerte, empezando además por la crítica a la norma legal norteamericana y su sistema penitenciario.
Los recientes sucesos en Siria, sumados al creciente ritmo de los tambores de guerra en Europa y a la vergüenza internacional del genocidio del pueblo palestino, dejan una triste sensación de derrota en el movimiento obrero europeo. La entrada de este nuevo año se aprecia con pesadumbre y miedo. Es necesario regresar a los pilares de nuestra ideología, la que defiende los intereses de la clase trabajadora, y recordar la importancia de la unidad.
La clase trabajadora española se encuentra en una situación muy preocupante, similar al resto de países de la Unión Europea. Van a sacrificar nuestra salud, nuestra educación, nuestra vivienda o nuestras pensiones -tal como anunció Mark Rutte recientemente- en el altar de los intereses de las grandes empresas afines al imperialismo. Están creando un nuevo patio trasero, como conocen nuestros hermanos en Latinoamérica, que en otros tiempos controlaban compañías bananeras y hoy son sofisticados fondos de inversión.
Para sostener el margen de beneficio de sus grandes compañías, el imperialismo no va a dudar en dejarnos a los pies de los caballos. Esta lamentable situación sólo es posible porque el imperialismo utiliza una poderosísima fuerza, que es la de la ideología dominante. Todo el entramado legal, mediático, político, de costumbres, normativo y cultural que sostiene a los privilegios de la clase dominante.
Esta fuerza es tan poderosa que produce auténticas confusiones. Personas de izquierdas afirman que conocen a un amigo, o les llegan noticias de fuentes muy fiables, que les aseguran que en Siria hubo una dictadura. No pongo en duda su criterio porque yo carezco de esas fuentes. Pero sí sé que esto es algo recurrente, porque de igual modo hubo testimonios semejantes en Libia, Irak, Yugoslavia, en las revoluciones coloridas, en Ucrania, etcétera etcétera (podríamos continuar la enumeración allende el océano con Venezuela, Nicaragua, Cuba y otros).
Yo también tengo amigos y conocidos, que no son anónimos, puedo ofrecerles sus nombres. Estas personas no han estado jamás en Siria, viven en España, de hecho apenas salieron de España sino en alguna ocasión y de vacaciones. Estos amigos y conocidos, incluso familiares, murieron esperando una atención domiciliaria. Otros murieron esperando una prueba médica. A otros les desahuciaron. Otros fueron despedidos de sus empleos. Y también los hay que sufren persecución policial por denunciar estas realidades.
Esa poderosa fuerza, la de la ideología dominante, es capaz de llegar a la distorsión de que, pese a las evidencias, las dictaduras y los efectos del imperialismo se producen sólo en lugares remotos, curiosamente los que más interesan a las grandes empresas, y sin embargo no se producen delante de nuestras propias narices.
Fueron otros tiempos y otras circunstancias, pero ya el Che lo expresó en una célebre frase: ¡al imperialismo ni tantito así, nada! Lo expresó, además, en un discurso en el que rememoraba el asesinato de Patrice Lumumba, asesinado en 1961 por mercenarios imperialistas belgas en el Congo, al tratar de liberar a su pueblo de la opresión imperialista.
En ese mismo discurso, el Che habló: es la naturaleza del imperialismo la que bestializa a los hombres, la que los convierte en fieras sedientas de sangre que están dispuestas a degollar.
Hoy son los fanáticos pagados por Occidente los que degüellan a inocentes en Siria, tal como hicieron antes en Afganistán o en otras partes, bajo el patrocinio imperialista. ¿Imaginan que entonces, en 1961, intelectuales y responsables políticos restaran importancia al asesinato de Lumumba porque unos conocidos les hablaron de injusticias?
Sabemos, por la teoría y por la experiencia, que la única forma de contrarrestar ese gigantesco poder de la ideología dominante está en desarrollar una fuerza similar, de al menos la misma intensidad y con la misma trayectoria, pero de sentido opuesto. Esto es, la ideología que defiende los intereses de la clase trabajadora.
Es la única baza que poseemos pero a la vez se trata de una fuerza que, aplicada de tal modo, con el mismo sentido y trayectoria, es capaz de sumar una intensidad imparable. Pero para ello debe mantener una unidad y firmeza absolutas. Porque si duda o flaquea o se pierde en vericuetos, acaba cediendo a la fuerza opuesta, de modo que sus componentes terminarán eliminados uno por uno. Triunfará únicamente si sabe distinguir al enemigo y concentrar su intensidad en una única fuerza.







