La quinta columna que señala al materialista dialéctico
Este texto no nace en un despacho ni en una biblioteca: nace del cabreo. Tiene su origen en una larga conversación entre Carlos Magariño y yo, mantenida a raíz de una más de esas cacerías periódicas que la quinta columna pseudomarxista que habita en X desata contra todo aquel que osa practicar el materialismo dialéctico con un mínimo de rigor. La ocasión fue, cómo no, una de esas listas de proscritos —la lista de los «rojipardos»—, confeccionada y difundida por cuentas que se dicen marxistas y que, sin haber abierto una página de Marx en su vida, reparten excomuniones en doscientos ochenta caracteres, como si la lucha de clases fuera una cuestión de depurar parroquia.
Lo que sigue es, por tanto, en cierta manera, esa conversación: transcrita, ordenada y adecuada al canal escrito. Sirva esto de advertencia al lector. El tono directo, el enfado e incluso la brusquedad que encontrará en estas líneas no son un recurso estilístico: son la huella de un diálogo hablado, entre dos personas que asistían en tiempo real a cómo los dogmáticos confundían, una vez más, el catecismo con el método, el oráculo con la ciencia y el altar con la herramienta. La forma escrita ordena donde la oral se iba por las ramas y fija lo que la conversación rodeaba; pero la sustancia —y la rabia— es la de la conversación.
Conviene también aclarar el blanco. Esto no es un texto contra el marxismo: es un texto contra quienes, en nombre del marxismo, lo entierran. Contra los marxistas metafísicos que leen el Manifiesto como el seminarista lee el Evangelio. Contra quienes nos llaman «rojipardos» por analizar la realidad material en lugar de recitarla. Contra la quinta columna que, mientras señala a los demás, hace el trabajo objetivo de desacreditar el único método que, hasta ahora, nos ha permitido leer la realidad sin pestañear.
Entre el lector, pues. Y si alguien se siente aludido, no es culpa nuestra: nosotros solo hemos puesto por escrito lo que vimos.

El catecismo que no es catecismo
Existe hoy una estirpe curiosa en el paisaje de la izquierda española: individuos que se autoproclaman guardianes de la ortodoxia marxista y que, sin embargo, practican exactamente lo contrario de aquello que predican. Se dedican a señalar, con dedo inquisitorial, a quienes intentan aplicar el materialismo dialéctico como lo que es: un método científico de análisis de la realidad. Los llaman «rojipardos», los acusan de desviación, los excomulgan del templo. Y lo hacen, paradójicamente, desde la más pura metafísica y el más cándido idealismo.
Aclaremos las palabras, que para eso estamos. En la tradición marxista —de Engels en el Anti-Dühring a Politzer—, «metafísica» no es una disciplina escolástica: es el modo de pensamiento que concibe las cosas como fijas, aisladas e inmutables, opuesto al pensamiento dialéctico, que piensa en movimiento, en relación, en contradicción. El dogmático que lee a Marx como quien lee un catecismo está pensando metafísicamente: convierte categorías históricas en esencias eternas, análisis concretos en mandamientos inmutables. Y tratar los textos como escritura sagrada es, además, idealismo: poner la Idea por encima de la realidad material, la letra por encima de la vida.
Si el materialismo dialéctico es precisamente la superación de esa metafísica, interpretar los escritos de Marx como tablas de la ley constituye la traición más radical a su espíritu. Marx no escribió una Biblia. No dejó un oráculo al que consultar con cada nueva coyuntura. Ofreció un método de razonamiento: valorar los datos objetivos —eso es el materialismo— en la totalidad de sus circunstancias sociales, sopesando todos sus aspectos, todas sus contradicciones. Eso, y nada más que eso, es lo dialéctico. No es una cosa complejísima. Y ahí radica precisamente lo que les resulta insoportable a quienes necesitan un catecismo.
El esencialismo que proyectan
La hipocresía alcanza su cenit cuando estos mismos sujetos acusan a otros de esencialismo por defender la existencia del sexo biológico. «Sois esencialistas», espetan, «porque lo reducís todo a lo biológico y no tenéis en cuenta lo social». Muy bien. Aceptemos la premisa dialéctica: nada se reduce a un solo factor, todo es relación, todo es proceso, todo es contradicción.
Pero entonces, ¿cómo se explica que estos mismos paladines de la complejidad social operen con un esencialismo de libro cuando se trata de inmigración? Su razonamiento viene a ser el siguiente: el inmigrante que no fue revolucionario en su país de origen —donde, presumiblemente, las condiciones materiales eran infinitamente más duras— va a llegar a España dotado de un potencial revolucionario latente que nosotros vamos a despertar con nuestra persuasión. Nosotros, que no hemos conseguido movilizar a los nuestros. Eso no es análisis materialista. Eso es metafísica de la buena voluntad, un idealismo que haría sonrojar a Hegel.
Y cuidado con caer en el mismo error por el lado contrario: no se trata de que el inmigrante sea «por naturaleza» sumiso ni «por naturaleza» revolucionario. Eso sería responder al esencialismo con esencialismo. Se trata de condiciones materiales, no de esencias. Quien llega con hambre lo primero que hace es llenarse la boca. En esas condiciones, la tendencia no es la militancia sino la supervivencia: aceptar el trabajo que aparezca, acogerse a lo que haya. No se va a poner a leer El Capital ni a afiliarse al Partido Comunista porque tú, desde tu comodidad, lo creas así.
Y que esto no es determinismo lo demuestra el único ejemplo serio que manejan: los 200.000 trabajadores chinos que la Rusia zarista trajo durante la Gran Guerra para cubrir los trabajos que nadie quería y abaratar el precio del trabajo. De esos 200.000, unos 40.000 se sumaron a la Revolución de Octubre. Obsérvese bien: un quinto, y se sumaron a una revolución ya en marcha, construida por otros con años de organización, teoría y sacrificio. No la encabezaron: se incorporaron a ella. La idea de que la revolución la van a hacer «los otros», los que vienen de fuera, es una mentalidad pequeñoburguesa de manual: externalizar la lucha de clases, delegar la historia.
El ejército de reserva que se niegan a ver
Y mientras tanto, los datos materiales están ahí, tozudos, esperando a que alguien los mire sin anteojeras dogmáticas. Los salarios bajan. El paro sube. Y el mecanismo no es la «ley de oferta y demanda» de los manuales burgueses —Marx la desmontó en Salario, precio y ganancia al demoler la teoría del fondo de salarios—: es el ejército industrial de reserva. Cuando el mercado laboral se inunda de brazos desesperados, la reserva se amplía, la competencia entre obreros se intensifica y el salario cae por debajo del valor de la fuerza de trabajo.
Ayer ocurrió con la incorporación masiva de la mujer al trabajo asalariado en condiciones de explotación, que quebró el precio de la fuerza de trabajo masculina; ocurre hoy con una migración masiva sin regulación ni política de fronteras alguna. No es xenofobia: es El Capital, libro primero, capítulo veinticinco. Es historia económica. Es Marx leído sin catecismo.
Pero estos marxistas metafísicos prefieren no ver esa relación material, porque verla les obligaría a cuestionar un dogma que han elevado a la categoría de verdad eterna. Y un dogma no se cuestiona: se defiende. Como se defiende un artículo de fe.
«Los trabajadores no tienen patria»: la frase mutilada
El ejemplo más sangrante de su método —o de la ausencia de él— es el uso que hacen del Manifiesto Comunista. «Los trabajadores no tienen patria», repiten como un mantra. Y se quedan tan anchos.
Lo que no dicen —porque no lo han leído, o porque leerlo completo les explotaría la cabeza— es que en ese mismo Manifiesto, unos párrafos después, Marx escribe que el proletariado deberá conquistar el poder político, erigirse en clase nacional y «constituirse en nación», y que por tanto «es nacional, aunque en modo alguno en el sentido burgués de la palabra». Y en el capítulo final precisa que en Alemania los comunistas apoyan a la burguesía siempre que esta actúe revolucionariamente contra la monarquía absoluta, la propiedad territorial feudal y la pequeña burguesía reaccionaria.
¿Era Marx un nacionalista? No. Lo que ocurría es que en 1848 la unificación alemana era una tarea democrático-burguesa revolucionaria contra el orden absolutista y feudal, y apoyar ese paso era apoyar el avance de la historia. Lo que Marx enseña no es «apóyate en el nacionalismo»: es que todo depende del momento, de las circunstancias, de la contradicción principal.
Una frase dice una cosa. Unos párrafos después dice aparentemente la contraria. ¿Se equivocó Marx? ¿Se despistó? No: aplicó la dialéctica. No te está vendiendo una Biblia: te está entregando un documento científico para que tú pienses.
República, autodeterminación y análisis concreto
Cuando uno lee a Lenin sobre el derecho de autodeterminación y la república, se encuentra con «una cosa y la contraria» varias veces. No por incoherencia, sino porque en un contexto determinado una posición es útil para el proletariado y en otro no lo es. Seamos precisos: la república no es igual que la monarquía —ofrece un terreno incomparablemente más amplio para la lucha de clases, y Lenin lo repitió hasta la saciedad—, pero no por cambiar la forma del Estado se acaba la dominación de clase: la república democrática puede ser, como recordaban Engels y Lenin, la mejor envoltura política posible del capitalismo. Por eso no puede adorarse como un fetiche.
Lo mismo con la autodeterminación. El derecho se defiende como principio democrático; lo que se subordina al análisis concreto es el apoyo a una secesión determinada. En unos momentos es emancipador: la liberación de un territorio sometido a una potencia opresora es la liberación de toda su clase trabajadora. En otros es reaccionario: fragmentar el sujeto popular cuando la contradicción principal está en otra parte. En la España de hoy, sometida a la OTAN, la contradicción principal no es entre Galicia y España: es entre el pueblo trabajador en su conjunto y el bloque imperialista que lo tutela. Mientras tanto, que cada cual se sienta gallego, vasco o andaluz cuanto quiera: eso no se discute. Lo que se discute es que ese sentimiento se convierta en el eje que desarticule la lucha principal.
Lenin vivió a principios del siglo XX. Nosotros estamos en la segunda década del siglo XXI. El mundo es diferente. Aplicar las consignas de 1903 como si el tiempo no hubiera pasado no es materialismo: es idealismo, la Idea platónica impuesta sobre la materia cambiante.
La quinta columna que se disfraza de vanguardia
Y aquí volvemos al punto de partida. Estos sujetos —dogmáticos, materialistas vulgares, idealistas con carnet, trostkos, quinta columnistas— nos llaman «rojipardos» a quienes intentamos practicar el materialismo dialéctico sin dogmatismos. Nos acusan de desviación. Nos señalan.
Pero visto lo visto, la quinta columna son ellos. Porque una ideología utilizada hasta el esperpento, repetida mecánicamente sin comprensión, convertida en catecismo y no en herramienta, no trabaja por esa ideología: trabaja contra ella. El efecto objetivo de su práctica es desacreditar el marxismo, reducirlo a religión de frases hechas, alejarlo de la ciencia y convertirlo en motivo de burla.
Cuando la gente ve a estos personajes, ¿qué imagen le queda del materialismo dialéctico? Que es una especie de religión. Que es un oráculo. Que es un conjunto de normas sagradas. Todo lo contrario de lo que es. Y así, el método más avanzado que la humanidad ha producido para el estudio científico de las sociedades queda desprestigiado por quienes dicen defenderlo. No es extraño que la dialéctica tenga mala prensa: está empapada de estos falsos comunistas.
Pensar es revolucionario
Marx no es un oráculo. No es un profeta. No dejó respuestas para cada pregunta del siglo XXI. Dejó un método. Un método que consiste en mirar la realidad material en su totalidad, en sus contradicciones, en su movimiento. Un método que exige pensar en cada momento, en cada circunstancia, sin dogmas, sin esencias, sin metafísica.
Estos marxistas metafísicos que nos señalan, que nos excomulgan, que nos llaman rojipardos, son exactamente lo que denuncian: esencialistas, dogmáticos, idealistas. Reducen la realidad a frases hechas. Convierten el análisis en catecismo. Transforman la ciencia en religión. Y luego se sorprenden de que la dialéctica tenga mala prensa.
No son la vanguardia. Son el obstáculo. Y frente a ellos, lo más revolucionario que puede hacer un materialista es, sencillamente, pensar. Sin catecismo. Sin oráculo. Con los ojos abiertos a la realidad material y a sus contradicciones.
Porque si alguien inventa un método mejor que el materialismo dialéctico para analizar la sociedad, que escriba un artículo urgentemente, porque será un antes y un después en la historia de la humanidad. Pero hasta que eso ocurra —y no ha ocurrido—, lo que toca es usar la herramienta correctamente. Y dejar de confundir la herramienta con el altar.








