Por Reis A. Peláez
Leo el periódico como llevo haciendo desde hace más de 40 años: ojeo en diagonal una noticia, artículo, entrevista… cuyo titular me ha ofrecido información que considero de mi interés y paso a la profundidad cuando la lectura superficial me confirma que, efectivamente, esa lectura me será nutritiva a la par que agradable, ya que leer un diario forma parte de mi onanismo cotidiano. Un titular que menciona las palabras “feminismo” y “autora” son el gancho perfecto para la primera aproximación oblicua al contenido, pero las imágenes que acompañan el texto (entrevista, en este caso) con una mujer cuyo rostro se presenta decorado con maquillaje propio de los estereotipos que hipersexualizan el sexo femenino y la palabra “cabaretera” me anuncian que la entrevista no solo no será nada nutritiva, sino que puede resultar hasta indigesta. Tras el rechazo de la lectura profunda me asalta otra duda: ¿se trataría la entrevistada realmente de una hembra nacida con sexo femenino o de un varón identificado como mujer? Asociar un varón identificado como mujer con una imagen cargada de decoración facial y la palabra “cabaretera” no es baladí y hace entender muy bien en qué se ha convertido el mundo que conocíamos.
Hace 10 años no me habrían producido ningún repudio todos los signos que hoy me han alejado de leer la entrevista. Quizá decidiera no leerla por hastío, pero de lo que no hay duda es que me habría producido mucha curiosidad el dislate de que en un mismo mensaje se asociaran a la misma persona las palabras “feminismo” y “cabaretera”. Hoy, sin embargo, me hace pensar automáticamente en un macho de la especie humana tras este singular maridaje imposible. Hace poco más de una década ninguna feminista hubiera puesto en duda que todo el campo semántico del cabaret pertenece al ideario machista que convierte a las mujeres en objeto de deseo alejándolas de ser sujetos de todo: deseo, proyecto de vida, político…
El paso de una sociedad que iba dejando con descuido que los postulados feministas entraran e impregnaran el ideario común, con mujeres que dejaban de dedicarse en exclusiva al trabajo esclavo que llevamos milenios desempeñando, que abandonaron la obsesión por responder al gusto de los hombres, que empezaron a ocupar sin el mínimo pudor espacios que les estaban vedados, que rechazaban la violencia sexual implícita en la erótica androcentrista de la escena y la pantalla, a una sociedad en que todo lo rechazado pasa a considerarse transgresor y feminista es la jugada maestra del patriarcado del siglo XXI para desarticular una lucha de extremo peligro para el sistema.
Los defensores de esta estructura social que subyuga a las mujeres entendieron muy bien el discurso feminista radical que defiende que la opresión de las mujeres es la base de todas las demás opresiones y desigualdades, por eso saben que el fin de dicha opresión sería el desmantelamiento absoluto del régimen patriarcal y sus expresiones tales como el propio capitalismo. Y es así como se gesta y desarrolla el credo que sustenta el posmodernismo político.
Así se concatenan una serie de hechos y consecuencias que nos llevan a este retroceso en derechos e igualdad con el que tanto nos llenamos la boca. Se empezó por negar la verdad de la opresión de las mujeres como base de toda desigualdad hablando de discriminación en vez de opresión, de interseccionalidad en vez de feminismo, diluyendo el sujeto político de todas las mujeres en un número infinito de sujetos políticos y de individuos… Se continuó expulsando a patadas el materialismo dialéctico de la academia para sustituirlo por un subjetivismo individualista que introduce el concepto de género excluyendo el sexo como clase oprimida e incluyendo, por primera vez en la historia del pensamiento feminista a los hombres como víctimas del patriarcado. Desde la Academia Norteamericana y la Europa blanca y burguesa se extiende la postverdad de que todo pensamiento anterior a estos postulados descafeinados de lucha social es, curiosamente, blanco, burgués…
Junto a este poderoso proceso de cambios semánticos en términos con fuerte carga política, asistimos, casi sin darnos cuenta a la creación de una neolengua que no ha dejado de recordarnos al visionario George Orwell y su afamada 1984. Se convierten conceptos machistas en feministas para desvirtuar el ideario feminista y descargarlo de lucha política y se nos vende como el nuevo feminismo. Hombres caracterizados como caricaturas del estereotipo más patriarcal impuesto a las mujeres, pasado por el tamiz de la pornificación de las mujeres, pasan a formar parte del sujeto político del feminismo y violencias sexuales como la prostitución o la pornografía se consideran loables en ciertos movimientos ideológicos que hemos de aceptar como “feminismos”. Ante el rechazo frontal de gran parte del activismo feminista, se impone el silencio mediático, la cancelación y, como última medida del Hermano Mayor, la inclusión en el código penal de la condena al sentido común.
La consecuencia de todo este circo político de la lucha social, que no solo afecta al feminismo, sino que también extiende sus virus entre la lucha del proletariado, el ecologismo, los movimientos antirracistas…, es el auge de postulados centenarios que creíamos muertos y solo estaban dormidos. El fascismo, evolucionado a la inmersión neoliberal y vestido de Gogo Graham en vez de Hugo Boss, con el populismo que lo caracteriza, ha sabido ocupar el espacio que deja este caos irracional y posestructural en las generaciones más jóvenes y las urnas nos están devolviendo al pasado más temido.








