La cumbre del rearme

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Ankara 2026: 140.000 millones para la guerra y la factura que pagará la clase trabajadora

Los días 7 y 8 de julio de 2026, Ankara acogió lo que los medios oficiales han bautizado como una cumbre histórica. Y tienen razón, pero no por las razones que creen. Fue histórica porque por primera vez la máquina militar occidental se destapó sin complejos: 70.000 millones de euros para Ucrania en 2026 y otros tantos en 2027, 50.000 millones de dólares en contratos de armamento firmados en el Defence Industry Forum, y la ratificación del objetivo del 5% del PIB para gasto militar para 2035. Si esto no es una economía de guerra, que venga Dios y lo vea.

70.000 millones para Ucrania: la factura de una guerra que no es nuestra

La Declaración de Ankara compromete a los aliados a proporcionar 70.000 millones de euros en equipo militar, asistencia y entrenamiento para Ucrania este año, con el mismo nivel confirmado para 2027. Es decir, 140.000 millones en dos años. La Unión Europea, además, aprobó un préstamo plurianual de apoyo a Ucrania. El discurso oficial lo vende como solidaridad con un pueblo agredido. Pero preguntémonos algo: ¿de dónde sale ese dinero? ¿De los presupuestos de sanidad, de educación, de vivienda? Porque no sale de otro sitio. Cada euro que va a un misil es un euro que no va a un hospital. Y la pregunta que nadie se atreve a hacer es: ¿por qué España, un país que tiene listas de espera de meses en sanidad pública, que tiene a jóvenes que no pueden emanciparse, que tiene a un 30% de abstención porque la política no resuelve nada, tiene que pagar la cuenta de una guerra que responde a la lógica del imperialismo estadounidense en su pugna con Rusia?

50.000 millones en contratos de armamento: el negocio de la muerte

En el Defence Industry Forum que acompañó a la cumbre, las empresas de defensa firmaron contratos por más de 50.000 millones de dólares. Sistemas de defensa aérea, drones, capacidades conjuntas. La industria militar no había tenido un escaparate así desde la Guerra Fría. Y aquí es donde la narrativa oficial se derrumba del todo. Nos dicen que el gasto en defensa es para protegernos. Pero si el objetivo fuera la protección, la pregunta sería: ¿protección frente a quién? Frente a Rusia, un país con un PIB inferior al de Italia y una demografía en colapso. Frente a China, que no tiene bases militares en Europa. El negocio no es la protección. El negocio es el negocio. La industria armamentística necesita guerras y amenazas para justificar sus contratos, y la OTAN es su principal oficina de ventas. Mark Rutte, el secretario general, anunció además una inversión de 35.000 millones de euros en defensa contra drones durante los próximos cinco años. ¿Contra drones de quién? No lo dice. Pero el contrato ya está firmado.

El 5% del PIB: la locura que se vende como sensatez

En la cumbre de La Haya, en junio de 2025, se aprobó que los aliados destinaran el 5% del PIB a defensa y seguridad para 2035: un 3,5% en defensa propiamente dicha y un 1,5% en seguridad. La cifra es escalofriante. Para España, con un PIB de algo más de 1,6 billones de euros, el 5% significaría 80.000 millones de euros al año. Ochenta mil. El presupuesto actual del Ministerio de Defensa ronda los 17.000 millones. Estamos hablando de multiplicar por casi cinco el gasto militar. ¿De dónde salen esos 63.000 millones de diferencia? De la sanidad, de la educación, de las pensiones, de la vivienda. No hay otra fuente. Es una transferencia masiva de recursos públicos desde las necesidades de la clase trabajadora hacia la industria de la muerte.

La prensa oficialista celebra que España ya alcanzó el 2% del PIB en 2025 y que ha dejado de ser el socio paria de la Alianza. ¿Paria por no gastar suficiente en matar? Qué orgullo. El Gobierno aprobó 6.287 millones de gasto adicional en defensa horas antes de viajar a Ankara. Seis mil doscientos ochenta y siete millones que salieron del Consejo de Ministros como quien saca un pañuelo, sin debate parlamentario, sin consulta social, sin nada. Y luego nos dicen que vivimos en una democracia.

El acuerdo Sánchez-Rutte: una victoria pírrica

La narrativa del Gobierno es que Sánchez logró un acuerdo con Rutte para que España no esté obligada a alcanzar el 5%. Según esta versión, España se compromete al 2,1% del PIB con una fórmula de flexibilidad. Rutte envió una carta a Sánchez confirmándolo. Se vende como una victoria diplomática. Pero veamos lo que realmente pasó. Primero: Trump dijo públicamente que tiene el presentimiento de que los países que no se comprometieron al 5% acabarán haciéndolo. No es una concesión, es una amenaza con fecha de caducidad. Segundo: Rutte avisó de que la OTAN actuará contra los países que rechacen el 5% y que tienen los medios para hacerlo. Eso no es flexibilidad, es coacción. Tercero: la supuesta flexibilidad es en diferido. No significa que España no tenga que llegar al 5%, significa que tiene más tiempo para hacerlo. Es como decirte que no te van a ejecutar hoy sino mañana. El resultado final es el mismo: la subordinación de la soberanía nacional a las exigencias del complejo militar estadounidense.

Hacia qué mundo nos llevan

La Declaración de Ankara no es solo un documento militar. Es un programa político. Define el mundo en que vamos a vivir las próximas décadas, y ese mundo es una economía de guerra permanente. La OTAN reconoce a Ucrania como contribuyente a la seguridad transatlántica, lo que la acerca aún más a la adhesión sin decirlo abiertamente. Se discutió la amenaza de Irán y la necesidad de defender las rutas marítimas, lo que justifica la presencia militar en el Golfo Pérsico y el Mediterráneo. Se habló de China como desafío sistémico. Todo se encuadra en la lógica del enfrentamiento bipolar: o estás con Washington o estás contra Washington.

El World Socialist Web Site calificó la cumbre de Ankara como una cumbre bélica histórica, marcada por la escalada de la guerra imperialista. La Radio del Sur y teleSUR informaron de protestas en Turquía contra la militarización, con el Partido Obrero de Turquía denunciando que la cumbre promueve el militarismo. EcoAvant recogió las críticas de entidades de paz que reclaman más debate social sobre gasto militar. Pero estas voces no aparecen en los titulares principales. El relato hegemónico es otro: la OTAN nos protege, el gasto militar es necesario, no hay alternativa. La vieja cantinela de TINA: There Is No Alternative. Como si la paz, el diálogo y la diplomacia no fueran alternativas. Como si descolonizar la política exterior, salir de la órbita militar estadounidense y construir una Europa neutral no fueran opciones políticas válidas.

Lo que no se habló en Ankara

En Ankara no se habló de las listas de espera en los hospitales. No se habló del precio del alquiler. No se habló de que una generación entera no puede emanciparse. No se habló de que el 30% de la población ha dejado de votar porque la política no le resuelve nada. No se habló de que mientras se firmaban contratos de 50.000 millones en armas, la pobreza infantil en España supera el 28%. No se habló de que la industria militar es una de las más rentables del mundo mientras los salarios de los trabajadores llevan décadas estancados. No se habló de que la guerra es el negocio más lucrativo que existe y que los que la pagan nunca son los que la venden. En Ankara se habló de seguridad. Pero la única seguridad que importaba allí era la de los contratos, la de las cuotas de mercado, la de las líneas de producción. La del obrero que trabaja ocho horas y no llega a fin de mes, esa no salió en el orden del día.

La cumbre de Ankara no fue un ejercicio de defensa colectiva. Fue un ejercicio de extracción. Extracción de recursos públicos hacia la industria militar, extracción de soberanía hacia Washington, extracción de futuro hacia una lógica de guerra que solo beneficia a quienes viven del conflicto. Y mientras tanto, el Gobierno español vende su 2,1% como un logro y su acuerdo con Rutte como una victoria. No es una victoria. Es la rendición con  lubricante. El 5% vendrá. Los 80.000 millones vendrán. Y cuando lleguen, saldrán del mismo sitio de donde siempre salen: de los bolsillos de los que menos tienen.

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