Julián Gómez-Cambronero Alcolea @CongoActual elcongoenespanol.blogspot.com
El ébola es un virus que provoca fiebres hemorrágicas que conducen a la muerte a la mayoría de los infectados en pocos días. Se llama así porque el primer brote conocido surgió en 1976 en Yambuku, en la provincia congoleña de Mongala, al lado del río Ébola, aunque ese mismo año también apareció en lo que hoy es Sudán del Sur. En aquel entonces murieron 2.830 personas, el 83% de quienes se infectaron. Desde entonces la República Democrática del Congo (RDC) ha vivido 17 epidemias.
No obstante, la epidemia más mortífera comenzó en 2014 en Guinea Conakry y no tardó en cruzar a Sierra Leona y Liberia y, posteriormente, también afectó a Nigeria, Senegal y Mali y saltó las fronteras africanas. Aquí la recordaremos, principalmente, porque una auxiliar de enfermería que atendió a un repatriado se contagió y si bien ella sobrevivió, su perro fue sacrificado absurdamente. Murieron 11.300 personas y quedó claro que, pese a las llamadas de ONGs a la acción, la comunidad internacional tardó en reaccionar.
En la RDC la epidemia de ébola más mortal comenzó en la provincia de Kivu Norte en agosto de 2018 y se extendió después a la de Ituri -al revés que en esta ocasión-. Duró hasta junio de 2020 (en pleno COVID-19) y en los 3.470 casos murieron 2.280 personas.
Las diferencias con esta vez
Si alguna ventaja tiene este virus es la forma de contagiarse, al menos visto con nuestros ojos occidentales: se transmiten por el contacto con fluidos de la persona enferma, directamente o por contacto con objetos que mantengan esos fluidos -ropa, cubiertos…-. Una persona enferma contagia de media a 1,5/2,5 personas… aunque el virus puede permanecer activo varios meses en el semen. En estos años siguiendo a diario la actualidad de la RDC he “presenciado” varias epidemias y en todas la intervención ha sido rápida, aislando a los enfermos, localizando contactos y aislándolos… Las cifras comunicadas en el momento de dar la alerta crecían poco, si bien ha sido inevitable que la mayoría de los contagiados murieran. La última, ocurrida en la provincia de Kasai a finales del año pasado, sumo 64 casos y 45 fallecidos.
Esta vez todo parecía diferente desde que se declaró la epidemia con 246 infectados y más de 80 fallecidos. Algo no cuadraba. Después se supo que el virus circulaba un mes antes de comunicada la epidemia (16 de mayo), que una enfermera había muerto por ella el 24 de abril. Después, que no se trataba de la especie habitual de ebolavirus -no cepa ni variante-, la Zaire, sino de la Bundibugoy, sin vacuna ni tratamiento conocido, aunque menos letal.
Jean-Jacques Muyembe, virólogo director del INRB (Instituto Nacional de Investigación Biomédica) explicaba lo ocurrido: en las primeras muestras de afectados se había buscado la especie Zaire; al no detectarla, se habían calificado de “negativas en ébola”… y santas pascuas.
Con el virus suelto y extendido -en el momento de escribir aquí ya hay algún caso en Uganda y en las provincias más al sur de la inicial de Ituri, Kivu Norte y Kivu Sur- había algo que lo hacía especialmente peligroso: que hubiera surgido en la caótica provincia de Ituri. Seguramente no podía haber peor lugar en la RDC para que apareciera un brote de ébola. En la provincia de Ituri hay casi un millón de desplazados internos, muchos de los cuales viven en campamentos en la forma que ya se puede suponer o acogidos por familias. Desde Sudán del Sur han entrado en los últimos meses en la provincia más de 30.000 refugiados que huyendo de la guerra viven como pueden mientras grupos rebeldes de su país entran frecuente en poblaciones congoleñas, saquean, matan y secuestran a congoleños y sursudaneses.
En la provincia de Ituri actúan, además de otros, los que, para mí, son los más sanguinarios grupos armados que hay en el Congo: la milicia lendu de CODECO y la ugandesa musulmana de las ADF, que en muchos casos se mueven libremente porque el gobierno no tiene control sobre esas zonas y provocan periódicamente carnicerías en aldeas y campos de refugiados. Las ADF, además de tener campamentos en la selva, se mueve constantemente por la presión del Ejército y sus actividades criminales. En Ituri también hay fuerzas ugandesas, que colaboran con el Ejército congoleño contras las ADF o controlan territorio congoleño para proteger las prospecciones petrolíferas de Uganda y TotalEnergies en el lago Alberto. Muchos de los centros de salud de la provincia han sido destruidos o están gravemente dañados y en muchas zonas de salud escasean sistemáticamente los medicamentos y son difíciles los desplazamientos humanitarios.
¿Qué más podría desear un virus para extenderse sin control?
Y sí, el mundo está mirando al Congo
Es muy raro oír hablar del Congo en un telediario -siempre por cosas malas, por supuesto-. Si no recuerdo mal, este año solo apareció con motivo del peor de varios accidentes mineros, cuando se calculó en varios cientos los mineros que habían quedado enterrados para siempre. Y ahora, también, son diarias las informaciones más o menos detalladas sobre el Congo… ¿Sobre el Congo o sobre el ébola?
En 2025 más de 71.000 personas se contagiaron de cólera en RDC y más de 2.000 murieron, mientras que con el sarampión hubo 83.000 casos y 1.175 niños y niñas muertos. Dicho sea, así en dos líneas y sin hablar de otras epidemias y enfermedades frecuentes. Lógicamente no concebimos al cólera extendiéndose por nuestros países bien dotados de sistemas de aguas residuales ni a nuestro sistema de salud teniendo problemas para enfrentar el sarampión, pero el ébola… Nos da pánico. Podemos recordar otra vez el caso de la auxiliar de enfermería contagiada en Madrid en 2014 y la alerta diaria en los telediarios y en la propia calle. El 20 de mayo un avión de Air France con destino a Detroit fue desviado a Canadá porque dentro viajaba un congoleño, algo que no está permitido en prevención de la expansión del ébola. Ya he leído hablar del peligro de las pateras que llegan, que lo pueden traer sin que nos demos cuenta…
Esperemos que la epidemia pueda controlarse lo antes posible -a ello contribuye la ayuda internacional de la propia OMS y de diversas organizaciones y países, seguramente estos guiados también por el miedo-. Después se hará el silencio sobre otras muchas epidemias, enfermedades y catástrofes que machacan diariamente al pueblo congoleño y nadie preguntará qué fue de aquello.








