Cada Día Internacional de los Trabajadores vuelve con su liturgia reconocible: calles llenas, consignas, balances y cifras. Se habla de lo conseguido, de los convenios firmados, de las subidas salariales arrancadas tras meses de tensión y, sin embargo, bajo esa superficie de avances, permanece una pregunta que rara vez se formula con claridad: ¿hasta dónde puede llegar la negociación dentro de un sistema que no está hecho para los trabajadores?
Porque la negociación colectiva no se da en el vacío. Como señalaba Vladimir Lenin, no estamos ante un diálogo entre iguales, sino ante una relación atravesada por una desigualdad estructural: de un lado, quienes controlan los medios de producción; del otro, quienes solo disponen de su fuerza de trabajo para subsistir. En ese marco, cada acuerdo nace condicionado, cada avance tiene techo, cada victoria contiene ya sus propios límites.
En el último año lo hemos visto con claridad. Se firman acuerdos, se anuncian mejoras, se desconvocan huelgas. El lenguaje es siempre el de la conquista, pero la realidad es más ambigua. Se recupera poder adquisitivo en algunos casos, se estabilizan condiciones en otros, y sin embargo nada esencial se mueve y no hablemos ya de aquellas negociaciones que son literales atropellos de los derechos conseguidos, como es el caso del convenio del metal de Cádiz.
La vida sigue organizada en torno a las mismas relaciones de dependencia, a la misma lógica de fondo donde trabajar sigue siendo, para la mayoría, una obligación marcada por la necesidad.
La negociación, en este sentido, cumple una función doble. Por un lado, permite arrancar mejoras reales, necesarias, urgentes; nadie que viva de su salario puede despreciar una subida o una reducción de jornada. Pero, al mismo tiempo, actúa como mecanismo de cierre. Cuando el conflicto comienza a tensar la normalidad, cuando la huelga empieza a mostrar la fuerza colectiva de quienes producen, aparece el acuerdo. Se concede lo suficiente para calmar, para ordenar, para devolver las cosas a su cauce y así, lo que podía abrir una grieta más profunda se reconduce hacia un equilibrio conocido.
No es una cuestión de mala fe ni de decisiones individuales, es el propio marco el que empuja en esa dirección. Un sistema que necesita estabilidad no puede permitir que el conflicto se desborde y una práctica sindical centrada casi exclusivamente en la negociación corre el riesgo de adaptarse a ese límite, de moverse dentro de él sin cuestionarlo. Poco a poco, sin necesidad de declararlo, el horizonte se estrecha. Se negocia mejor, pero no se discute qué se está negociando realmente. Por eso, reducir la huelga a un simple instrumento de presión económica es empobrecerla. Para el marxismo-leninismo, la huelga es también, y sobre todo, un momento de aprendizaje colectivo; es ahí donde los trabajadores descubren su fuerza, donde se hace visible la dependencia del capital respecto al trabajo, donde se puede empezar a pensar más allá de lo inmediato. Cuando ese proceso se interrumpe sistemáticamente en cuanto aparecen concesiones parciales, lo que se pierde no es solo capacidad de presión, sino también posibilidad de conciencia y de organización.
El Primero de Mayo debería servir para algo más que para hacer balance de lo conseguido. Debería servir para preguntarse por lo que no cambia, por lo que permanece intacto a pesar de cada acuerdo, por los límites que se repiten año tras año. Porque hay una forma de victoria que, sin ser falsa, es incompleta: aquella que mejora las condiciones sin alterar las causas que las empeoran.
Negociar seguirá siendo necesario. Pero convertir la negociación en el centro absoluto de la acción obrera implica aceptar, aunque no se diga, los márgenes que el propio sistema impone y esos márgenes, por definición, no están diseñados para ser superados desde dentro. Hay que reventarlos.
En este Primero de Mayo, la cuestión no es si se negocia o no, sino si se es capaz de mirar más allá de la negociación. Porque cuando todo termina en acuerdo, el conflicto deja de ser una amenaza real y cuando el conflicto deja de serlo, también lo hace la posibilidad de cambiar algo más que sus condiciones más inmediatas.








