Cuando la bata blanca juzga

0

Alex Giménez en su página de Substack

Todo comenzó con una coincidencia de esas que no parecen casualidad. Dos familias, dos historias distintas, el mismo malestar. Mientras nuestros hijos corrían por el parque, descubrimos que habíamos vivido experiencias casi idénticas: habíamos acudido a urgencias con nuestros hijos pequeños y, en cuanto se supo que las madres aún daban el pecho, el trato cambió. No de forma violenta ni explícita, sino con esa incomodidad que lo dice todo sin decir nada: una sugerencia de que la madre saliera de la consulta, el médico dirigiéndose exclusivamente al padre, una mirada de reproche que decía más que cualquier diagnóstico.

Soy enfermero. Sé cómo funciona el sistema. Lo último que quiero es ir a un punto de atención continuada rural por capricho. Si voy, es porque realmente lo necesito. Y aun así, también hemos tenido que justificar nuestra presencia en urgencias ante profesionales que parecían hacernos un favor por atendernos. Este artículo no nace del rencor ni, como algunos podrían sospechar, de ningún tipo de xenofobia. Nace de una pregunta legítima que merece un debate honesto: ¿puede la formación y el contexto sociocultural de origen de ciertos médicos extranjeros estar influyendo en la calidad de la atención sanitaria en España?

Un sistema en desequilibrio

España atraviesa una paradoja sanitaria de primera magnitud. En 2023, el país homologó más médicos extranjeros (8.239) que los titulados en sus propias facultades (6.587), lo que significa que un 25% más de profesionales foráneos se incorporaron ese año al sistema. Dicho de otro modo: el 57% de los nuevos médicos que entraron al SNS ese año se habían formado fuera de España.

Esta situación no es accidental. Es el resultado directo de la fuga de talento: según datos del sector, unos 300-350 médicos españoles emigran cada año, atraídos por mejores condiciones en países como Emiratos Árabes o Canadá. Formamos residentes de altísimo nivel y los exportamos; a cambio, importamos profesionales de otros sistemas para tapar los agujeros. Andalucía, por ejemplo, ha multiplicado por cuatro los contratos a médicos extranjeros en los últimos cinco años y ha prorrogado la exención del requisito de nacionalidad para sanitarios no comunitarios durante todo 2026, argumentando razones de “interés general” ante la escasez de especialistas.

Lo más grave es que muchos de estos profesionales están cubriendo guardias en puntos de atención continuada, especialmente en zonas rurales, sin tener reconocida ninguna especialidad en España. El presidente de la Organización Médica Colegial, Tomás Cobo, ha denunciado públicamente que esta práctica “puede poner en peligro la seguridad clínica”. La Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SemFYC) la ha calificado directamente de “ilegalidad flagrante”. El propio Ministerio de Sanidad trabaja ya en un plan para frenar estas contrataciones irregulares.

Para entender lo que sucede en la consulta, hay que entender lo que ocurre en las aulas de medicina. No todos los países forman médicos desde el mismo paradigma.

El modelo biomédico tradicional —todavía predominante en muchos planes de estudio de Latinoamérica y otras regiones— centra la práctica en la enfermedad como fenómeno biológico: el cuerpo es una máquina, el médico el técnico que la repara, y la relación es asimétrica por definición. El paciente es objeto de diagnóstico, no sujeto de cuidado. Factores psicológicos, sociales, familiares o culturales quedan fuera del foco clínico.

El modelo biopsicosocial, que es el paradigma dominante en la formación médica española actual, parte de una premisa radicalmente distinta: la salud es el resultado de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales. El paciente es un ser activo y el médico tiene la obligación de escucharle, no juzgarle. Este modelo exige una visión holística del entorno familiar y comunitario, algo que tiene consecuencias directas en situaciones como la lactancia materna, la salud mental o el uso de servicios de urgencias.

Es importante matizar que, Latinoamérica inició una transición desde la Declaración de Edimburgo (1988) para integrar el enfoque biopsicosocial en sus currículos. Sin embargo, que el plan de estudios diga una cosa no garantiza que el médico la internalice. La socialización previa —los valores adquiridos desde la infancia en entornos culturales específicos— actúa como un filtro invisible que aflora especialmente en situaciones de estrés clínico. En urgencias, donde el tiempo escasea y la presión es máxima, los automatismos culturales pueden tener más peso que el currículo universitario. Uno de los efectos más invisibles y devastadores del sesgo biologicista combinado con una escasa formación en perspectiva de género es la catalogación errónea de pacientes como hiperfrecuentadoras. Una mujer que acude repetidamente a urgencias o a su centro de salud con dolencias difusas —dolor crónico mal localizado, cefaleas recurrentes, ansiedad, insomnio, lesiones inespecíficas— puede estar describiendo, sin saberlo o sin poder decirlo, el cuadro clínico de una víctima de violencia de género. Bajo un paradigma estrictamente biomédico, donde el cuerpo se examina como una máquina y los síntomas deben tener una causa orgánica clara e inmediata, estas mujeres simplemente no encajan. No hay fractura visible, no hay fiebre medible, no hay marcador analítico que justifique la consulta. El resultado es predecible: se las etiqueta de «pacientes difíciles», se las deriva a salud mental como trámite de descarte, o directamente se las disuade de seguir consultando. El sistema falla precisamente cuando más se le necesita. Un médico sin formación en violencia de género y sin herramientas de escucha activa no solo no detecta la situación: puede, inadvertidamente, reforzarla. Porque decirle a una mujer que «no está tan mal» o que «viene demasiado» en un contexto de maltrato no es un error diagnóstico menor. Es una segunda victimización institucional.

La lactancia como termómetro del sesgo

Que un médico cuestione a una madre por seguir dando el pecho a un hijo de dos años no es un hecho aislado ni anecdótico. Es un síntoma. La OMS y UNICEF recomiendan mantener la lactancia materna hasta los dos años o más si la madre y el hijo lo desean. Sin embargo, el 93% de los sanitarios españoles reconoce no haber recibido suficiente formación en lactancia materna durante su carrera. Un estudio de 2018 documentó que muchas madres que interrumpieron la lactancia atribuyeron esa decisión a que los profesionales que las atendieron realizaron “prácticas contrarias a su instauración y mantenimiento”.

La pregunta que nos hacemos no es si la lactancia prolongada se cuestiona —sabemos que sí, y que no es exclusivo de médicos extranjeros— sino si existe una mayor probabilidad de que este cuestionamiento ocurra cuando el médico proviene de un contexto cultural donde la crianza respetuosa tiene menos arraigo institucional y donde la relación médico-paciente es más jerárquica y paternalista por defecto.

Sería deshonesto ignorar los estudios que miden la competencia clínica de los médicos graduados en el extranjero. El análisis de Tsugawa et al. (2017) en The British Medical Journal, con más de 244.000 hospitalizaciones en Estados Unidos, encontró que los pacientes tratados por médicos graduados internacionalmente tuvieron una mortalidad ajustada del 11,2%, frente al 11,6% de los médicos estadounidenses, una diferencia estadísticamente significativa. Un estudio anterior de Norcini et al. (2010) en Pennsylvania con 244.153 hospitalizaciones llegó a conclusiones similares: no existe diferencia significativa en tasas de mortalidad entre médicos formados en el extranjero y locales.

Esto no contradice la tesis del artículo; la matiza y la perfila. Los médicos extranjeros son técnicamente competentes. El problema no está en si curan —curan igual o mejor—, sino en cómo tratan. La calidad percibida, la relación médico-paciente, la comunicación empática: estas dimensiones no se miden con tasas de mortalidad hospitalaria.

Además, y esto es crítico: estos estudios provienen de sistemas con características radicalmente distintas al español. El mercado sanitario estadounidense exige requisitos de homologación muy estrictos, pruebas estandarizadas (USMLE), periodos de supervisión rigurosos y una cultura de acreditación continua que no tiene equivalente en España. En el contexto español coexisten características únicas que ningún estudio internacional ha analizado de forma específica:

  • Una sanidad pública universal que genera una demanda masiva y heterogénea muy diferente a la privada o asegurada de EE.UU.
  • La atención en zonas rurales despobladas con puntos de atención continuada donde los médicos trabajan aislados, sin supervisión de especialidad y con recursos limitados.
  • Un proceso de homologación que, en la práctica, ha suprimido el requisito de aportar los programas formativos para titulados de ciertas universidades, reduciendo el escrutinio sobre los contenidos reales de formación.
  • La contratación de médicos sin especialidad reconocida, algo que en EE.UU. sería directamente ilegal.
  • Una cultura de crianza, lactancia y salud comunitaria con rasgos propios del sur de Europa que difieren significativamente de la anglosajona.

La transferencia directa de esos hallazgos a España no está validada, y reclamar esa validación no es xenofobia: es metodología científica.

El problema es el sistema, no la nacionalidad

Sería cómodo pero inexacto concluir que el problema son “los médicos extranjeros”. El problema es un sistema que importa profesionales a un entorno que tampoco forma adecuadamente a sus propios médicos en competencia cultural. Según datos sobre educación médica en España, el 82% de las facultades integran algún tema de seguridad del paciente, pero solo el 11% cumplen con los 5-7 temas mínimos recomendados por la OMS. La medicina transcultural no es enseñanza obligatoria en España, y los propios profesionales sienten dificultades en el trato con pacientes inmigrantes.

Los sesgos de género tampoco son patrimonio exclusivo de ninguna nacionalidad. Un estudio con estudiantes de medicina peruanos encontró que el 29,5% presentaba actitudes machistas según criterios científicos validados, con mayor prevalencia en regiones de sierra que en zonas costeras —lo que confirma que el contexto sociocultural local importa tanto o más que el plan de estudios—. Pero estudios realizados en España demuestran que los sesgos sexistas existen desde los primeros años de formación médica también aquí: cuando se presentan casos clínicos idénticos con distinta fotografía del paciente, los estudiantes solicitan menos pruebas diagnósticas y son menos propensos a referir al hospital cuando la fotografía muestra a una persona extranjera no europea (Soler-González et al., 2014).

La diferencia es de grado y de contexto: un médico formado en una sociedad más jerarquizada y patriarcal, sin formación específica en competencia cultural y ejerciendo en un entorno de baja supervisión como la atención primaria rural, concentra varios factores de riesgo a la vez que ningún estudio ha analizado en combinación.

El objetivo de este artículo no es señalar a nadie. Es contribuir a un debate que las instituciones sanitarias evitan por incómodo. Las propuestas son concretas:

  • Formación obligatoria en competencia cultural y perspectiva de género para todos los médicos que se incorporen al SNS, con especial énfasis en quienes proceden de sistemas sanitarios con paradigmas más biologicistas, con un mínimo horas acreditadas.
  • Reconocimiento real de especialidades antes de asignar guardias en puntos de atención continuada. La ilegalidad actual no puede seguir siendo la solución a la escasez.
  • Indicadores de calidad percibida por género: satisfacción de pacientes desagregada por sexo, tiempo de diagnóstico en síntomas atípicos, tasa de prescripción de psicofármacos vs. investigación diagnóstica real.
  • Investigación española específica: los datos que necesitamos no están en Pennsylvania ni en Boston. Están en los PAC de la España vaciada, en los centros de salud de Andalucía rural, en las urgencias pediátricas de municipios medianos. Hasta que no los generemos, estaremos debatiendo sobre suposiciones.

Que una madre salga culpable de una consulta por seguir dando el pecho a su hijo de dos años no es un problema de diagnóstico. Es un problema de humanidad. Y la humanidad, a diferencia de la técnica, no se aprende en ningún temario de homologación.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.