Llevamos años escuchando lo mismo. En los telediarios, en los periódicos, en boca de políticos de derechas y de economistas de traje: “las pensiones públicas son insostenibles”. El mensaje se repite tanto que ya casi suena a verdad. Y siempre llega acompañado de la misma solución mágica: los fondos de pensiones privados. Ahorra tú, invierte tú, confía tu jubilación al mercado. El Estado no puede, pero el mercado sí.
Pues bien. Mientras ese mantra sigue sonando en España, en Estados Unidos —el gran laboratorio donde se ensayó ese modelo— el experimento se está rompiendo por las costuras. Y casi nadie lo está contando.

Qué pasa al otro lado del Atlántico
En marzo de 2026, BlackRock —uno de los mayores gestores de dinero del mundo, con activos que superan los 10 billones de dólares— ha cerrado la puerta a sus propios inversores. Literalmente. Miles de personas que pusieron sus ahorros en su fondo de crédito privado HLEND, valorados en 26.000 millones de dólares, han pedido recuperar su dinero. Y BlackRock les ha dicho que no. O más bien: que solo puede devolver la mitad de lo solicitado. El resto, bloqueado.
No es un caso aislado. En los últimos meses se ha desatado una cascada:
- Blackstone recibió solicitudes de retirada récord del 7,9% de su fondo y tuvo que poner dinero propio para pagar a los inversores
- Morgan Stanley solo pudo devolver 169 millones de los 1.200 millones que le reclamaban sus clientes
- Blue Owl ya bloqueó retiradas en noviembre de 2025, siendo el primero en caer
- Cliffwater recibió solicitudes de retiro del 7% de un fondo de 33.000 millones
- En Canadá, el 40% de los fondos privados inmobiliarios ya tienen los retiros bloqueados
Fortune, la revista económica estadounidense, lo tituló sin eufemismos: “El derrumbe de 265.000 millones de dólares en crédito privado”.
Por qué no pueden devolver el dinero
Para entenderlo no hace falta ser economista. Imagina que le prestas tu dinero a alguien que a su vez se lo presta a empresas durante diez años. Luego resulta que tú necesitas el dinero ya. El problema es que esas empresas no te lo pueden devolver de un día para otro, porque firmaron un contrato a largo plazo.
Eso es, en esencia, lo que ocurrió. Estos fondos cogieron el dinero de millones de ahorradores, lo prestaron a empresas privadas durante años con contratos ilíquidos —es decir, que no se pueden vender fácilmente—, y luego lo comercializaron como si fueran productos con cierta liquidez. Como si pudieras salir cuando quisieras. Mientras todo fue bien, nadie preguntó. Cuando la gente empezó a querer salir a la vez, el castillo de naipes se tambaleó.
Por encima de eso, muchas de las empresas a las que prestaron dinero —principalmente de software y tecnología— están perdiendo valor aceleradamente por la disrupción de la inteligencia artificial. Los activos dentro del fondo valen cada vez menos. Y el contexto tampoco ayuda: la guerra comercial arancelaria de Trump y el conflicto militar con Irán han disparado la volatilidad e hicieron que aún más gente quisiera recuperar su dinero al mismo tiempo.
Lo que ya era una crisis de liquidez se ha convertido en una emergencia al calor del conflicto militar que Trump abrió con Irán. Y no es casualidad: la guerra actúa como gasolina sobre un fuego que ya ardía.
El coste militar es devastador para las cuentas públicas estadounidenses: se estima en casi 891 millones de dólares al día. Un gobierno que ya pagaba casi un billón de dólares anuales solo en intereses de su deuda ahora tiene que añadir encima el gasto bélico. Para financiarlo, emite más deuda. Y cuanta más deuda emite, más suben los tipos de interés que debe pagar por ella.
Ese aumento de tipos tiene un efecto directo y letal sobre los fondos de crédito privado: los activos que tienen dentro —préstamos a empresas— pierden valor, porque esas empresas ahora pagan más caro su propio endeudamiento y muchas entran en pérdidas. A la vez, los inversores, asustados por la inestabilidad geopolítica, corren en masa a sacar su dinero de activos de riesgo. El resultado: más solicitudes de reembolso que nunca, con fondos aún menos capaces de pagarlas.
El bono estadounidense a 30 años se acerca al 5%, un umbral que los analistas consideran de alarma sistémica. Por encima de ese nivel, los fondos de pensiones que tienen grandes carteras de renta fija empiezan a registrar pérdidas estructurales. Y los bancos, que tienen casi 300.000 millones prestados a estos fondos privados, empiezan a mirar sus balances con miedo. La guerra no creó el problema, pero lo está convirtiendo en potencialmente irreversible.

El silencio en los medios
Aquí viene la pregunta incómoda: si esto es tan grave, ¿por qué no sale en los telediarios? ¿Por qué ningún tertuliano económico habla del derrumbe de BlackRock mientras sí dedican horas a decirte que la pensión pública “no llegará” para ti?
La respuesta no necesita de ninguna conspiración elaborada. Basta con seguir el dinero.
Los grandes grupos mediáticos en España tienen como accionistas de referencia a bancos y fondos de inversión. El Banco Santander, BBVA, CaixaBank y sus filiales llevan años siendo de los mayores anunciantes y, en muchos casos, accionistas indirectos del ecosistema mediático español. Y resulta que esos mismos bancos son los principales distribuidores de fondos de pensiones privados en España. Cada vez que un trabajador contrata un plan de pensiones privado, el banco cobra comisiones de gestión año tras año, durante décadas. Es uno de los negocios más rentables y cautivos que existen: el cliente no puede salir fácilmente, y el dinero está ahí, quieto, generando beneficios para la entidad.
Informar de que ese modelo está quebrando en Estados Unidos sería, literalmente, morder la mano que les da de comer. No hace falta que nadie llame a nadie para decirle qué puede publicar y qué no. Los incentivos económicos hacen ese trabajo solos. Y el resultado es un silencio que no es inocente: es un silencio que vale miles de millones de euros.
La gran trampa: ¿Nos están vendiendo el rescate del sistema que se hunde?
Y aquí llegamos a la pregunta que nadie se está haciendo en voz alta, pero que merece plantearse sin rodeos: ¿es posible que el empeño en privatizar las pensiones en Europa no sea solo un negocio a futuro, sino una operación de rescate del sistema privado que ya se está hundiendo en Estados Unidos?
Piénsalo con calma. Los fondos de crédito privado estadounidenses están bloqueando retiradas porque no tienen liquidez. Necesitan dinero nuevo entrando para compensar el dinero que sale. El modelo es, en su estructura más básica, el de cualquier sistema que necesita flujo constante de capital fresco para mantenerse.
Europa, y España en particular, representa una reserva enorme de ese capital fresco. Decenas de millones de trabajadores con pensiones públicas que aún no han tocado el sistema privado. Si se logra convencer —o forzar legislativamente— a esos trabajadores de que trasladen aunque sea una parte de sus cotizaciones a fondos privados, ese dinero nuevo fluirá hacia los mismos grandes gestores —BlackRock, Blackstone, Apollo, Ares— que hoy tienen la puerta cerrada.
No sería la primera vez que el capitalismo financiero exporta sus crisis hacia nuevos mercados para ganar tiempo. Cuando los mercados hipotecarios estadounidenses se saturaron antes de 2008, los bancos de Wall Street vendieron sus productos tóxicos empaquetados a bancos europeos que no entendían del todo lo que compraban. El resultado fue una crisis global. Lo que está ocurriendo ahora sigue la misma lógica: cuando el dinero de los de dentro ya no alcanza, se va a buscar el dinero de los de fuera.
El mantra de “las pensiones públicas son insostenibles” no es solo una opinión económica. Es, en el mejor de los casos, un argumento interesado. En el peor, es la palanca de marketing de una operación de rescate financiero a escala continental en la que los trabajadores europeos pagarían, sin saberlo, los platos rotos de un sistema que ya se está rompiendo al otro lado del Atlántico
Lo más inquietante no es que un fondo pague tarde. Es lo que podría ocurrir si este efecto dominó se extiende. Los bancos estadounidenses tienen casi 300.000 millones de dólares prestados a estos fondos de crédito privado. Si todos ejecutan sus líneas de crédito a la vez para hacer frente a los reembolsos, los bancos convencionales también sufren. El dinero “privado” y el dinero “de todos” están, en realidad, profundamente entrelazados.
No estamos hablando de una crisis menor. Estamos hablando de una potencial amenaza de contagio sistémico. El tipo de cosa que en 2008 nadie quiso ver venir hasta que fue demasiado tarde.
Ahora Volvamos a España
Mientras todo esto ocurre, en nuestro país el lobby financiero y sus portavoces mediáticos siguen con el mismo disco rayado: las pensiones públicas son un pozo sin fondo, una bomba de relojería, un regalo envenenado que les dejamos a nuestros hijos.
Pero fijémonos bien en lo que nos están proponiendo como alternativa. Nos dicen: “saca tu dinero del sistema público y mételo en fondos privados”. En los mismos fondos que ahora no pueden devolver el dinero a sus inversores en el país donde ese modelo lleva décadas funcionando. En los mismos productos que prometían liquidez y ahora cierran la puerta con llave.
La pregunta que habría que hacerle a cada tertuliano, a cada político y a cada banquero que sale a decirnos que la pensión pública es insostenible es esta: ¿más insostenible que un fondo que no te deja sacar tu propio dinero cuando lo necesitas?
Por qué apenas se habla de esto
La respuesta es sencilla, aunque incómoda: la pela es la pela.
Los grandes medios de comunicación en España tienen accionistas. Esos accionistas tienen cuentas en bancos. Esos bancos venden fondos de pensiones privados. Y los fondos de pensiones privados son uno de los negocios más rentables del sector financiero: cobran comisiones de gestión anuales mientras el dinero de miles de trabajadores está ahí, quieto, trabajando para ellos.
Cada vez que un medio de comunicación difunde el mensaje de que “la pensión pública se acabará”, está, consciente o inconscientemente, haciendo publicidad gratuita a los fondos privados de sus anunciantes y accionistas. No hace falta ninguna conspiración. Basta con que los incentivos económicos apunten en la misma dirección.
Las pensiones públicas tienen retos reales: el envejecimiento de la población, la precariedad laboral, los salarios bajos que generan cotizaciones bajas. Nadie lo niega. Pero estos son problemas políticos con soluciones políticas: ampliar la base de cotizantes, subir los salarios, hacer que las rentas del capital también contribuyan al sistema.
El sistema público de pensiones no “quiebra” porque detrás tiene al Estado, que puede legislar, ajustar, recaudar. Puede hacerse más justo o más injusto, más generoso o más austero. Pero un fondo privado que cierra la puerta a tus ahorros no negocia contigo. No tiene responsabilidad democrática. No responde ante nadie más que ante sus accionistas.
Y cuando en Estados Unidos ese modelo ya está enseñando sus grietas, conviene recordar que lo que nos venden como “la solución” puede terminar siendo exactamente el mismo problema, un salto al vacío pero sin red.







