Por Eva Neila Ausín (presidenta de Amables Titulares de Derechos)
Mujeres y hombres no somos adversarios, sino interdependientes. Nuestra convivencia no se sostiene en la competición, sino en la colaboración. Como especie, los humanos dimos el salto a la cima de la cadena trófica gracias precisamente a la colaboración: forma parte de nuestra naturaleza. Esta idea, que puede parecer evidente, se pierde con frecuencia en el debate público, donde el feminismo es presentado como una confrontación entre sexos. Sin embargo, reducirlo a esa lógica no sólo es impreciso, sino que también limita su capacidad transformadora.
El feminismo no surge como una lucha de mujeres contra hombres, sino como una crítica a las estructuras sociales, económicas y culturales que organizan el poder y distribuyen de forma desigual el tiempo, los recursos y las oportunidades. Cuando se interpreta como un conflicto interpersonal, se desplaza el foco desde esas estructuras hacia los individuos, generando tensiones que, aunque reales, derivan en gran medida de un marco más amplio que pocas veces se cuestiona con la profundidad necesaria.
Esta lectura simplista tiene efectos concretos. Mientras el debate se centra en reproches mutuos entre hombres y mujeres, las condiciones estructurales que sostienen esa desigualdad permanecen intactas. El conflicto se vuelve visible en el ámbito cotidiano —en las relaciones, en los hogares, en los espacios de trabajo—, pero sus causas profundas quedan fuera del foco. De este modo, se produce una paradoja: se intensifica la confrontación en el plano personal al mismo tiempo que se debilita la capacidad de transformación en el plano estructural.
Para comprender esta dinámica es necesario situar el feminismo en su contexto histórico. Sus avances no pueden explicarse únicamente por la fuerza de sus reivindicaciones, sino también por las condiciones materiales que hicieron posible su desarrollo. La expansión de la educación, por ejemplo, abrió espacios laborales vinculados a la enseñanza, lo que permitió a muchas mujeres acceder a ámbitos de conocimiento que hasta entonces les estaban vedados, favoreciendo la articulación de un pensamiento crítico propio. Las grandes guerras, con un elevado número de bajas masculinas, generaron una demanda de mano de obra que facilitó la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado. Estas dinámicas se inscriben en las grandes transformaciones económicas del siglo XX. A estos factores se suma el papel del consumo. La entrada de las mujeres en el mercado laboral no solo incrementó su autonomía económica, sino que también amplió su capacidad como agentes consumidoras. Este cambio impulsó el desarrollo de productos y servicios orientados a reducir parte de la carga del trabajo doméstico, al tiempo que abría nuevas oportunidades económicas. En muchos casos, los indicadores económicos de los países que incorporaron mano de obra femenina mostraron mejoras significativas. En conjunto, estos procesos contribuyeron a modificar el lugar de las mujeres en la sociedad, pero lo hicieron en un marco donde los avances en igualdad resultaban, en muchos casos, funcionales al sistema económico.
Reconocer este punto es clave. Los progresos sociales no dependen exclusivamente de la legitimidad moral de las demandas, sino también de su encaje en determinadas dinámicas económicas y políticas. Esto no invalida los logros alcanzados, pero sí obliga a entenderlos con mayor complejidad. Cuando las transformaciones en favor de la igualdad coinciden con incentivos económicos, tienden a avanzar con mayor rapidez. Cuando dejan de hacerlo, tienden a encontrar resistencias más fuertes.
En la actualidad, muchas de las reformas necesarias para profundizar en la igualdad se sitúan precisamente en ese terreno de conflicto. No se trata ya sólo de garantizar el acceso formal a derechos, sino de modificar las condiciones materiales que permiten ejercerlos. Esto implica abordar cuestiones como la organización del tiempo de trabajo, la redistribución de los cuidados o el diseño de los sistemas de protección social.
Estas transformaciones tienen un coste. Reducir jornadas laborales, reforzar servicios públicos de cuidado o reequilibrar las responsabilidades dentro y fuera del mercado exige recursos y cambios en las prioridades económicas. En un contexto marcado por la competencia global y la maximización de beneficios, no todos los actores están dispuestos a asumirlos. La producción de los países occidentales compite con la de determinados países asiáticos donde, en algunos sectores, las jornadas laborales pueden superar las 60 horas semanales. Como resultado, se configura un modelo en el que se promueve la participación de las mujeres en el mercado laboral, pero sin una redistribución equivalente de las cargas que sostienen la vida cotidiana.
Esta contradicción es central. Por un lado, se impulsa la autonomía económica de las mujeres; por otro, se mantiene una organización social que sigue descansando en gran medida sobre su trabajo no remunerado. El resultado es una doble exigencia: participar plenamente en la producción sin dejar de asumir la mayor parte de la reproducción social. Esta tensión no es accidental, sino estructural.
Sus efectos se hacen especialmente visibles en el ámbito doméstico. Cuando el tiempo disponible es limitado y las exigencias laborales son elevadas, las decisiones sobre quién asume las tareas de cuidado no se toman en un vacío social ni económico. Factores como la diferencia de ingresos, las trayectorias profesionales o las expectativas sociales influyen de manera decisiva. En muchos casos, esto conduce a que sean las mujeres quienes reducen su jornada, interrumpen sus carreras o asumen una mayor carga de trabajo no remunerado.
De este modo, desigualdades que tienen su origen en la estructura económica y social se reproducen en la esfera privada. Lo que desde fuera puede interpretarse como una decisión individual o un acuerdo entre partes está, en realidad, condicionado por un conjunto de restricciones previas. La llamada “guerra de sexos” emerge, así como la expresión visible de una tensión que no se origina en las relaciones personales, sino en el marco en el que estas se desarrollan.
Plantear el problema en términos de enfrentamiento entre hombres y mujeres no solo es reduccionista, sino también contraproducente. Tiende a generar dinámicas defensivas, dificulta la identificación de intereses comunes y fragmenta la capacidad de acción colectiva. Además, oculta el hecho de que muchos hombres también se ven limitados por un modelo que restringe su participación en los cuidados y condiciona sus formas de vida.
Esto no implica negar la existencia de privilegios o desigualdades, sino situarlas en un contexto más amplio. Un enfoque estructural permite entender que las posiciones individuales están mediadas por reglas de juego que ningún individuo define por sí solo. Desde esta perspectiva, la transformación no pasa por invertir jerarquías, sino por cuestionar el propio sistema que las produce.
Un feminismo orientado a ese objetivo necesita ampliar su marco de acción. No basta con sensibilizar o modificar actitudes individuales, aunque ambas cosas sean necesarias. Es imprescindible intervenir en las condiciones materiales que organizan la vida social: el tiempo de trabajo, los sistemas de cuidados, las políticas fiscales y los mecanismos de protección. Solo así es posible avanzar hacia una redistribución efectiva de recursos y responsabilidades.
En este proceso, la implicación de los hombres no es opcional. No se trata únicamente de una cuestión de justicia, sino de viabilidad. Un cambio estructural que afecta a la organización del trabajo y de la vida cotidiana requiere la participación activa de todas las personas implicadas. La corresponsabilidad en los cuidados, por ejemplo, difícilmente puede construirse si se concibe como una cesión unilateral en lugar de como una reorganización colectiva.
Además, integrar a los hombres en este proyecto permite desplazar el foco del conflicto hacia la cooperación. Esto no elimina las tensiones, pero las sitúa en un terreno donde pueden abordarse de forma más productiva. En lugar de interpretar las desigualdades como agravios entre individuos, se entienden como problemas compartidos que requieren soluciones comunes.
A lo largo de su historia, el feminismo ha demostrado una notable capacidad para adaptarse a contextos cambiantes. Hoy, uno de sus principales desafíos consiste en evitar la simplificación de su mensaje sin perder fuerza movilizadora. Esto implica resistir tanto la caricaturización externa como las inercias internas que pueden reducir su alcance.
Mantener un enfoque estructural no significa diluir las reivindicaciones, sino dotarlas de mayor profundidad. Permite conectar experiencias individuales con dinámicas sociales más amplias, identificar causas más allá de los síntomas y diseñar estrategias que vayan más allá de la respuesta inmediata.
El objetivo final no es que unas personas sustituyan a otras en posiciones de poder, sino transformar las reglas que definen esas posiciones. Esto requiere tiempo, recursos y, sobre todo, una comprensión compartida del problema. Sin ese marco común, el riesgo es quedar atrapados en conflictos parciales que, aunque legítimos, no alteran las condiciones que los generan.
Por eso, insistir en la idea de una “lucha de sexos” no sólo es conceptualmente erróneo, sino estratégicamente limitado. Mientras el conflicto se formule en esos términos, el sistema que produce la desigualdad seguirá operando sin ser cuestionado en su raíz.
Superar esta lógica no es sencillo. Requiere revisar marcos interpretativos, asumir complejidades y, en ocasiones, renunciar a explicaciones más inmediatas pero menos precisas. Sin embargo, es un paso necesario si se aspira a una transformación real y duradera.
El feminismo, entendido como proyecto emancipador, no puede permitirse reducir su horizonte a la confrontación entre individuos. Su potencial radica precisamente en su capacidad para articular un análisis que conecte lo personal con lo estructural y lo inmediato con dinámicas más amplias.
Solo desde esa perspectiva es posible avanzar hacia una sociedad en la que la libertad y la igualdad no dependan de la posición que se ocupa, sino que formen parte de las condiciones básicas. Y ese es un objetivo que, lejos de ser un campo de batalla entre mujeres y hombres, es el único terreno desde el que puede construirse una convivencia que merezca ese nombre y sea viable.
P.D.: Muchas gracias por inspirar estas líneas a ese amigo (y tantos como él) que me comentó que últimamente las feministas damos miedo. Confío que, tras leerlas, las feministas dejemos de darlo. Un abrazo.








