Por Sonia Mauriz Pereira
El 8M siempre despierta reacciones, muchas increíblemente negativas. Con 70 asesinadas al año, 199.000 denuncias de violencia machista anuales (lo que son 500 denuncias al día), de las cuales, por ejemplo, de 2009 a 2024, con casi 3 millones de denuncias, las falsas confirmadas fueron alrededor del 0,008 %, una por cada 5.622 denuncias.
De 2009 a 2026 solo encontramos 79 condenas por denuncia falsa, cuya condena es la cárcel, de 6 meses a dos años. Y estos datos los doy por los Jose Luises y Jose Luisas que corren a hablar de denuncias falsas, noches en calabozos de Bangladesh y hombres con vidas más destrozadas que un superviviente de Auschwitz.
Pero lo cierto y verdad es que hay agresores con órdenes de alejamiento incluso entre las fuerzas del Estado y ni se les quita el arma. No se les echa ni del WhatsApp del AMPA.
Que incluso condenados hay un entorno social que está dispuesto a creerlos antes que a la víctima, aunque esta desde el nicho solo pueda defenderse por ouija y deje una familia destrozada y, en muchas ocasiones, niños huérfanos o bajo la custodia de un asesino.
Los crímenes contra la mujer son los únicos en que parece necesitarse la versión del otro. A nadie le preocupa la versión de un terrorista político, pero el terrorista machista tiene toda la comprensión de estos Jose Luises y Jose Luisas, que en su campaña por la bondad de los agresores olvidan que en este Estado de derecho, muy garantista con el reo, la que lleva las de perder es la víctima.
Si no la vida, pierde la libertad. Vivirá en el terror pendiente de pulseras, de órdenes de alejamiento, de lo que crea VioGén que es riesgo, mirando siempre a sus espaldas como en los 80 un guardia civil no salía de casa sin mirar debajo del coche, en juicios interminables de custodia, en muchas noches sin dormir porque se le ha obligado a dejar a sus hijos con un agresor.
¿El dato mata relato? Así debería ser, pero cuando llega el 8M o el 25N y la prensa publica fotos de las manifestaciones, para mi vergüenza ajena me toca leer comentarios que, por otra parte, dices tú: “Oye, qué ganas de movilización por la lucha obrera hay en mi comarca”. Es raro, porque luego en las asociaciones sociales y en las movilizaciones ves siempre las mismas caras, que son las mismas que se movilizan el 8M y el 25N.
Pero ves docenas de opiniones del tipo: “Con la de cosas serias que hay para manifestarse” (1.263 asesinadas y 34.684 mujeres víctimas registradas en 2024 no son serias).
Para tener derechos laborales primero hay que estar viva, pero qué sé yo.
“Por el paro, la vivienda, la cesta de la compra no se manifiestan”. Bueno Paco, en realidad sí. Doy fe de que las mismas mujeres que ves esos días con la bandera morada muchas pertenecen a otras plataformas que suelen manifestarse por esos temas. Pero Paco, tú no. Por eso no sabes que son las mismas, porque tú del sofá no levantas el trasero ni para ir a buscar cerveza.
Si todos los Pacos que se indignan por la supuesta falta de movilizaciones por el bienestar social se movilizaran, el gobierno temblaría. Estaríamos por primera vez ante la dictadura del proletariado.
Pero no lo van a hacer, porque lo que en realidad no quieren es que alguien luche por sus derechos.
“Yo no lo voy a hacer, soy cobarde de teclado. El sistema me ha dado esta arma de opinador de todo, movilizador de nada. Pero además, no quiero que tú lo hagas. Soy el perro del hortelano”.
Entre los comentarios, por supuesto, suelen aparecer los que parecen creer que las feministas movilizadas no ejercen profesiones. Ponen carteles de científicas, de militares, bomberas con el lema “el verdadero feminismo”. Porque, como todo el mundo sabe, estas profesiones (que les parecen más admirables que cajera o cuidadora porque las creen “de hombres”) son incompatibles con pertenecer a una asamblea feminista: te lo prohíben por contrato.
Pues ahí va el dato, señoros, para sus pesadillas: las feministas estamos en todas partes y ejercemos cualquier oficio. Y a lo mejor tu abuela, la que crió 7 hijos fregando escaleras, la que también pones de ejemplo de verdadero feminismo, hoy estaría con nosotras gritando la que más. No hables por ella.
Luego, los entrañables, que dan ternura. Los de “prefiero el feminismo de antes”. No sabemos en qué momento se romantizó un tiempo de un feminismo “molón”, que se ve que pedían todo “por favor y si no os molesta”. Es un misterio, porque desde hace 300 años la agenda reivindicativa es la misma y la teoría política igual de firme.
Y, de hecho, quizás estemos ante el momento más pedagógico del feminismo y en el que menos se habla de la acción violenta, al menos en Europa.
Un ejemplo del feminismo de antes, del feminismo cuqui: de 1912 a 1914 el Women’s Social and Political Union, liderado por Emmeline Pankhurst, realizó una campaña militante para exigir el voto femenino. Para ello provocaron incendios, colocaron artefactos explosivos y rompían escaparates.
El grupo Rote Zora, que de 1977 a 1995 en Alemania llevó a cabo 45 ataques contra empresas y empresarios.
No sé Paco, ¿de verdad quieres volver al feminismo de antes? El movimiento lesbofeminista que aboga por un lesbianismo político, que nace en los 70, propone no relacionarnos con hombres ni física ni emocionalmente.
En Frente Negro en Latam toman edificios públicos.
No sé Rick, parece que aquí, en esta esquinita de Europa, tienes la “suerte” de encontrarte con feministas bastante amables. Incluso demasiado si vuelves a leer el primer párrafo del artículo.
Estamos llenas de rabia. De justa rabia.
Hartas de minutos de silencio institucionales.
De concentraciones de repulsa que no se hicieron en vida de la víctima cuando el agresor campaba a sus anchas por el vecindario y todo el mundo sabía y todo el mundo oía los gritos.
Hasta la náusea de tertulianos, de escritores misóginos, poniendo en duda en medios de comunicación el terrorismo machista.
Ira desde el útero cuando vemos mujeres defendiéndose y defendiendo a sus hijos del sistema cuando por fin huyó de su asesino.
Y aquí, hermanas, compañeras, también os tiro de las orejas un poco.
La ira, la rabia, el dolor, el duelo por las que ya no están no puede manifestarse como un evento turístico o festivo. Con globos, música y pelucas. No pido que vayamos como plañideras, pero el tema es serio. Si otras luchas sociales han convertido sus reivindicaciones en eventos turísticos, nosotras no tenemos por qué seguirles.
Bastante con aguantar banderas de otras causas, de sindicatos, de partidos, hombres en las pancartas y agresiones en nuestros espacios.
No voy a pedir incendios o explosivos, pero sí el rigor y la seriedad que la causa exige. No demos armas a los Jose Luises y aliadas.
Y por respeto a las víctimas, por eso también. Volvamos a las proclamas de 2018. A los gritos demandantes y exigentes. Acabemos con las fotos de Instagram de políticas y políticos en las pancartas del 8M como si fuera el patrón del pueblo. Y gritémosles cuando los veamos, porque son las y los responsables. Ni siquiera entiendo a qué vienen a manifestarse. ¿A exigirse a ellos mismos?
El pueblo se manifiesta, el poder tiene que escuchar.
Me voy a quedar, por quedarme con lo positivo, con el hecho de que en mi pueblo y, supongo que en todos, la preocupación por el bienestar social está. En teoría, desde el teclado y exceptuando el derecho de las mujeres a seguir vivas. En las asociaciones y movilizaciones seguirán los mismos, eso sí.
Y en las redes los perros del hortelano: yo no lucho por nada y quiero que tú tampoco.








