En la Palestina ocupada, el colono israelí no es un simple vecino que busca un hogar más barato, sino la punta de lanza de un proyecto sistemático de desposesión y limpieza del territorio palestino. Lejos del mito del «pionero» idealista, este colectivo combina fanatismo religioso, oportunismo económico y una violencia cotidiana ejercida casi siempre bajo la sombra protectora del Estado israelí.
Los asentamientos israelíes en Cisjordania y Jerusalén Este no son barrios más en un mapa neutro, sino enclaves implantados en un territorio ocupado en violación directa del derecho internacional, que prohíbe trasladar población de la potencia ocupante al territorio ocupado. Cada nueva urbanización de chalets con vallas y torres de vigilancia se levanta sobre tierras palestinas expropiadas, declaradas arbitrariamente como «estatales», «zonas militares» o «parques naturales» para expulsar a sus legítimos habitantes.
Detrás del discurso de la «seguridad» y de las supuestas necesidades de vivienda se esconde una estrategia deliberada: fragmentar el territorio palestino en islas desconectadas, rodeadas por colonias y carreteras de uso exclusivo para israelíes, hasta hacer inviable cualquier Estado palestino soberano. El colono de hoy no llega a un «desierto», llega a un pueblo, a un olivar, a una casa con dueño, y su mera presencia materializa la negación de que los palestinos tengan derecho a seguir viviendo en su tierra.
Fanáticos y buscavidas: el rostro social del colono
El movimiento de colonos combina dos almas: la del fanático mesiánico y la del buscavidas que sabe dónde están las gangas del sistema. De un lado, los núcleos ideológicos del sionismo religioso, heredero de Gush Emunim, convencidos de que Cisjordania —rebautizada como «Judea y Samaria»— es propiedad divina del pueblo judío y que cualquier presencia palestina allí es un obstáculo a eliminar.
Del otro lado, una amplia capa de colonos que simplemente aprovecha las enormes ventajas materiales que el Estado ofrece a quien esté dispuesto a instalarse en territorio robado: hipotecas subvencionadas, descuentos masivos en el suelo, exenciones fiscales y servicios sobredimensionados con respecto al resto de municipios israelíes. Es el oportunismo de la peor calaña de cada casa disfrazada de épica nacional: se acepta vivir sobre la ruina del vecino palestino a cambio de una vivienda unifamiliar más grande, una escuela mejor dotada y un salario un poco más alto.
Los asentamientos de Cisjordania han disfrutado durante décadas de un régimen preferente de ayudas públicas inimaginable para cualquier pueblo palestino cercado por muros y puestos de control. El propio Estado israelí ha declarado decenas de colonias como «Áreas de Prioridad Nacional», lo que se traduce en enormes descuentos en el precio del suelo, bonificaciones en hipotecas, incentivos para nuevas familias y un flujo constante de inversión pública muy por encima de la media.
Mientras tanto, los palestinos sufren demoliciones de viviendas por carecer de permisos casi imposibles de obtener, confiscaciones de tierras agrícolas enteras bajo pretextos militarizados y restricciones de acceso a sus propios campos, convertidos de la noche a la mañana en zona de tiro o reserva natural para justificar el paso a manos colonas. La ecuación es clara: al colono se le promete un hogar y una vida mejor, siempre que acepte que su bienestar se construye sobre la expulsión silenciosa —o a golpes— de quienes vivían allí desde generaciones.
De civiles armados a milicia subcontratada
Se presenta al colono como «civil armado» que sólo se defiende, pero en la práctica existe una arquitectura organizada de milicias colonas integradas en la seguridad israelí. Cada asentamiento cuenta con un «coordinador de seguridad» financiado por el Ministerio de Defensa, que dirige una «escuadra de respuesta rápida» formada por decenas de colonos armados, equipados y adiestrados en coordinación directa con el ejército y la policía fronteriza.
Estas unidades no son espontáneas ni marginales: reciben fusiles de asalto, munición y entrenamiento pagados por el contribuyente israelí, y operan bajo la cobertura legal de la estructura militar de ocupación. Tras el 7 de octubre de 2023, el gobierno de extrema derecha aceleró la distribución de miles de armas adicionales y relajó los requisitos de licencias, reforzando el carácter paramilitar de este colectivo.
En las colinas de Cisjordania, la impunidad es la verdadera arma de los colonos. Durante años se han documentado miles de incidentes de violencia: ataques a aldeas, incendios de viviendas y olivares, agresiones físicas, tiroteos y expulsión forzada de comunidades rurales palestinas enteras. Estos pogromos contemporáneos a menudo se producen ante la presencia complaciente —cuando no colaboradora— de soldados israelíes, que detienen a palestinos que intentan defender sus casas mientras dejan actuar a los colonos.
No se trata de errores aislados, sino de un patrón. Incluso mandos militares israelíes han descrito algunos de estos ataques, como el ocurrido en la localidad de Huwara, como verdaderos «pogromos». El mensaje para el colono es inequívoco: se puede golpear, quemar y disparar sabiendo que la probabilidad de ser investigado, y mucho menos condenado, es mínima. La violencia se convierte así en herramienta eficaz para vaciar zonas enteras de presencia palestina.

La violencia de los colonos no es un exceso incontrolado, sino un componente funcional de la ingeniería territorial israelí. Cada ataque, cada incendio de campos, cada paliza sufrida por un pastor palestino empuja a las comunidades hacia la renuncia: abandonar la aldea por miedo, vender la tierra por desesperación, aceptar un trabajo precario dentro del propio asentamiento que les ha robado el horizonte.
Organizaciones sobre el terreno documentan cómo, en cuestión de meses, decenas de comunidades pastoriles y agrícolas palestinas han sido forzadas a irse por la presión sostenida de colonos armados, siempre bajo protección militar. Donde antes había tiendas de campaña, corrales y huertos, hoy se levantan caravanas y casas prefabricadas de colonos, conectadas a agua y electricidad que se niega al pueblo expulsado.
Mientras el derecho internacional es claro —los asentamientos son ilegales y constituyen una violación grave del IV Convenio de Ginebra—, las autoridades israelíes se esconden en tecnicismos para justificar lo injustificable. La ocupación se suaviza como «disputa territorial» y los colonos aparecen como meros ciudadanos ejerciendo su supuesta libertad de residencia, cuando en realidad son la expresión humana de una anexión de facto.
Las decisiones de la Corte Internacional de Justicia y las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU son sistemáticamente ignoradas, mientras se sigue aprobando la construcción de nuevas colonias, la legalización de puestos avanzados previamente ilegales e incluso la reversión de antiguas retiradas. El resultado es un régimen jurídico dual: ley militar y asfixia burocrática para palestinos, ley civil y subvenciones para colonos.
Los colonos son el músculo social del sistema de apartheid que se impone sobre el pueblo palestino. Sin ellos, la arquitectura de muros, carreteras segregadas, puestos de control y zonas militares perdería buena parte de su razón de ser. Son los colonos quienes llenan de muerte —y de violencia— los enclaves que parten el territorio, los que presionan para más demoliciones, más cierres, más castigos colectivos.
Lejos de ser una excentricidad marginal, el movimiento colono se ha convertido en un bloque de poder clave dentro de la política israelí, capaz de chantajear gobiernos, imponer agenda y garantizar que cualquier solución justa para los palestinos sea políticamente impensable dentro del actual marco sionista. Su existencia cotidiana es la normalización del expolio.
El colono armado, fanático u oportunista, es el ejecutor directo de una política de robo de tierras y expulsión del pueblo palestino. Retratar a este colectivo con claridad es un ejercicio de justicia, es romper el disfraz humanitario de un régimen que necesita colonos dispuestos a vivir en casas construidas sobre ruinas ajenas. Quien acepta esa ventaja sabe, o elige no saber, que su jardín y su piscina existen porque a pocos metros hay familias palestinas encerradas, despojadas o de luto por sus muertos. Desenmascarar al colono es, por tanto, un paso imprescindible para entender la naturaleza real del ente que lo arma, lo protege y lo recompensa por ocupar y matar.








