Una hizquierda de pesadilla

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Por Juana Gallego

Reconozco que estoy muy confundida. No sé si es que estoy durmiendo, si tengo una pesadilla o que me he teletransportado a la Edad Media, pero entre brumas me ha parecido oír que una representante política ha dicho que “prohibir el burka va contra la libertad religiosa consagrada en la Constitución”; otra voz de ultratumba también ha mascullado que “el tema del burka es muy complejo y requiere un debate sosegado”. Pero es que además desde las ondas hertzianas me ha parecido escuchar que la Mutilación Genital Femenina (MGF) es un “tema con muchas aristas”, “que tampoco se podría prohibir si la persona es mayor de edad”.  En mi cabeza febril resuenan otras aseveraciones anteriores parecidas sobre “la dificultad de prohibir la prostitución”. Y no digamos ya poner coto a la compra de bebés mediante “la gestación subrogada”, algo que empodera muchísimo a las mujeres.

Tranquila, Juana, me digo, que todo esto es lo que defiende la derecha y la ultraderecha, pero “los tuyos”, los que has considerado defensores de los derechos de las mujeres no lo van a consentir. Pero cuando mi mente calenturienta se despeja un poco me doy cuenta de que no, de que todos estos disparates los está sosteniendo la que consideraba izquierda, y que la ultraderecha es la que ha propuesto la prohibición del burka y el niqab (y me pasa fugaz la idea de que con el hijab no se ha atrevido porque no es tan vistoso y sería difícil de gestionar). 

Y entonces ya no sé si meter la cabeza debajo de la almohada, tomarme un orfidal para seguir durmiendo el sueño de los justos o darme un chute de dopamina para salir a la calle a quemar contenedores. Me despierto sobresaltada y exclamo, pero ¿esto qué es lo que es?  Intento ser contemporizadora: Juana, entiende que todos estos temas, que afectan a los derechos de la mitad de la población, son muy complejos, que requieren como mínimo quince legislaturas para empezar a abordarlos –a abordarlos, ¡eh! –, que hay que hacer mucha pedagogía para convencer a la opinión pública, que la gente es muy obtusa y hay que explicar las cosas muy bien… Claro, claro, ya me hago cargo. Pero entonces un calambrazo me provoca un cortocircuito cerebral cuando pienso cómo fue posible convencer a la sociedad en tan poco tiempo y sin debate de que es posible cambiar de sexo con solo ir al registro civil y declararlo, y de que es bueno hormonar a menores y mutilar cuerpos sanos para adecuarlos al sexo que no les fue asignado al nacer.

Quizá estoy teniendo alucinaciones, porque estoy percibiendo el mundo al revés: los que yo consideraba defensores de la dignidad de las mujeres están reivindicando que salgan a la calle con la prisión puesta; que es muy rentable dejarse violar cada día numerosas veces por hombres sin escrúpulos; que es “mu bonito” pasar un embarazo para contribuir a la felicidad ajena; que mutilar el cuerpo u hormonarse de por vida es la única manera de “ser quien uno/a es”. ¿Cuáles serán los próximos derechos que defenderá esta hizquierda para llevar la contraria a la ultraderecha?  ¿Clínicas donde se practique la ablación de clítoris? ¿Lapidación de mujeres adúlteras? ¿El derecho de pernada? ¿Agencias matrimoniales de niñas púberes?

Salgo de mi duermevela y percibo que no soy yo la que deliro, sino todos esos (y esas) farsantes que han traicionado a las mujeres haciendo el trabajo que ni la ultraderecha se atreve a hacer. Me lío la manta a la cabeza. Ojalá os hundáis en la miseria. Con mi voto al menos no contéis.

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