El eje que incomoda: feminismo más allá de la izquierda y la derecha

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Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)

Nosotras hemos aprendido a movernos en un eje que rara vez es reconocido por quienes dominan el debate político. Ellos —la izquierda organizada, la izquierda partidista, la izquierda que se piensa a sí misma como vanguardia moral— se mueven casi exclusivamente en el eje izquierda-derecha. Ese es su mapa del mundo. Ahí ubican aliados, adversarios y enemigos. Fuera de esa línea, para muchos de ellos, no existe nada políticamente relevante.

Nosotras no negamos ese eje. Sabemos que existe. Sabemos que las políticas económicas, la redistribución de la riqueza, el acceso a servicios públicos y la organización del trabajo afectan profundamente nuestras vidas. Sabemos que el neoliberalismo impacta de manera específica en nuestros cuerpos y en nuestras condiciones materiales. Convivimos con ese eje porque no somos ingenuas. Pero no es el único ni necesariamente el más relevante.

Nosotras nos movemos en el eje feminismo-patriarcado. Ese es nuestro marco estructural. No es una ocurrencia identitaria ni una moda teórica. Es el resultado de siglos de experiencia histórica acumulada. Partimos de una realidad: las mujeres hemos sido subordinadas como clase sexual en todas las formaciones sociales conocidas. El patriarcado no es una opinión; es una estructura de poder.

Ahí empieza el conflicto.

Cuando colocamos el eje feminismo-patriarcado en el centro del análisis, incomodamos. Porque ese eje no se deja absorber fácilmente por la lógica izquierda-derecha. Lo atraviesa. Lo cuestiona. Lo expone. Señala que el patriarcado no desaparece automáticamente con un discurso progresista ni con una redistribución económica. Puede transformarse, puede adaptarse, puede vestirse de retórica emancipadora, pero sigue operando.

Ellos no nos reconocen como interlocutoras autónomas. Nos reconocen sólo si asumimos completamente su tesis. Si aceptamos sin matices su programa político. Si subordinamos nuestras prioridades a su jerarquía de luchas. En el momento en que disentimos, en el momento en que afirmamos que la opresión sexual tiene su propia lógica estructural, dejamos de ser aliadas confiables.

Entonces se activa el mecanismo de expulsión.

O asumimos todo o somos parte del enemigo. Y el enemigo, en su esquema binario, es la derecha. No existe para ellos la posibilidad de un conflicto legítimo dentro del campo progresista. No existe la posibilidad de que señalemos contradicciones sin estar traicionando una causa mayor. Si criticamos, debilitamos. Si cuestionamos, fracturamos. Si insistimos, somos funcionales al adversario.

Y cuando no basta con acusarnos de ingenuidad o de división, nos sitúan directamente en la extrema derecha.

Nosotras conocemos el peso de esa acusación. Sabemos que no es inocente. Sabemos que es una forma de deslegitimación total. Cuando nos etiquetan así, no están argumentando; están clausurando el debate. No responden a nuestras tesis, nos ubican fuera del campo democrático. Nos convierten en amenaza moral.

Pero nuestra trayectoria política no empezó ayer. Hemos combatido la violencia sexual cuando aún se consideraba un asunto privado. Hemos denunciado la explotación reproductiva cuando era invisible. Hemos señalado la industria pornográfica como sistema de dominación cuando se la celebraba como liberación. Hemos defendido derechos laborales, servicios públicos, políticas sociales que sostienen la vida. Nuestra lucha no nació en ningún laboratorio ideológico conservador. Nació de nuestra experiencia como mujeres.

Cuando señalamos como misóginos determinados comportamientos o discursos, no lo hacemos como insulto táctico. Lo hacemos porque identificamos prácticas que reproducen el privilegio masculino. La misoginia no desaparece por autodefinición ideológica. Un hombre no deja de beneficiarse del patriarcado por votar a la izquierda. Una organización no se vuelve automáticamente igualitaria por declararse antifascista.

Nosotras sí reconocemos su eje. Ellos rara vez reconocen el nuestro.

Nosotras entendemos que la clase económica importa. Pero exigimos que se entienda que la clase sexual también importa. Exigimos que se reconozca que el poder masculino atraviesa instituciones, partidos, movimientos sociales y espacios militantes. No aceptamos que el feminismo sea reducido a una “cuestión sectorial” que puede postergarse en nombre de prioridades estratégicas.

Cuántas veces hemos escuchado que ahora no es el momento. Que primero hay que derrotar a la derecha. Que primero hay que consolidar tal reforma. Que nuestras demandas pueden esperar. La historia nos ha enseñado que ese “después” rara vez llega. Las revoluciones que prometieron igualdad universal mantuvieron intactas muchas jerarquías sexuales. La emancipación general no garantizó la emancipación de las mujeres.

Por eso nuestro eje no es negociable. No porque ignore otros conflictos, sino porque sabemos que si lo subordinamos, desaparece. Si aceptamos que el análisis feminista sea absorbido completamente por la lógica partidista, dejamos de nombrar aquello que nos estructura como colectivo.

Nosotras no negamos alianzas. No rechazamos el diálogo. No vivimos en una burbuja política. Pero no aceptamos que el precio de la alianza sea el silencio. No aceptamos que la lealtad se mida por nuestra disposición a callar contradicciones. No aceptamos que denunciar prácticas patriarcales dentro de espacios progresistas sea considerado traición.

Cuando se nos acusa de dividir, respondemos que la división ya existe: es la que produce el patriarcado. Cuando se nos acusa de debilitar el frente común, recordamos que un frente que exige silencio a las mujeres ya está debilitado en su base ética. Cuando se nos llama reaccionarias por defender análisis materialistas del sexo, vemos con claridad que lo que incomoda no es nuestra supuesta alianza con la derecha, sino nuestra negativa a diluirnos.

Nosotras no somos una facción subordinada. Somos un sujeto político. Y un sujeto político necesita su propio marco de interpretación. El eje feminismo-patriarcado no compite con el eje izquierda-derecha; lo obliga a ampliarse. Lo obliga a reconocer que la emancipación no puede ser unidimensional.

Si la izquierda quiere ser coherente con su tradición emancipadora, debe aceptar que el patriarcado también la atraviesa. Debe tolerar la crítica feminista sin recurrir a la descalificación automática. Debe abandonar la comodidad del esquema binario que reduce todo desacuerdo a alineamiento con el enemigo.

Nosotras, por nuestra parte, debemos sostener nuestra claridad. No dejarnos arrastrar por la necesidad de aprobación. No suavizar nuestros análisis para encajar en marcos que nos son ajenos. La firmeza no es sectarismo; es coherencia.

No estamos fuera del debate democrático por señalar contradicciones. Estamos dentro porque las señalamos. No somos extremistas por defender nuestros espacios, nuestros derechos y nuestra lectura estructural del poder. Extremista es la pretensión de que sólo exista una dimensión legítima del conflicto político.

Mientras el patriarcado siga organizando la vida social, nuestro eje seguirá siendo imprescindible. Y mientras se nos exija elegir entre lealtad partidista y lealtad a las mujeres, elegiremos a las mujeres.

No porque neguemos otras luchas, sino porque sabemos que sin nosotras no hay emancipación completa. Y no estamos dispuestas a desaparecer para que otros conserven la comodidad de su mapa unidimensional.

La política real es compleja. La emancipación real también lo será. Y nosotras no vamos a renunciar a esa complejidad para tranquilizar a nadie.

2 COMENTARIOS

  1. Creo que Eva Neula Ausin ha dado en la diana. Por lo menos a mí me faltaba ese nombre, el eje patriarcal. El patriarcado que es la opresión sexual anterior a la opresión de clase, hace que nosotras las mujeres feministas tengamos que hacer equilibrios para que no se nos llame de derechas, de extrema derecha, y también terfas por el transgenerismo…ese mismo que engaña y explota a la infancia y la juventud. Y hay otro territorio por donde también nos movemos con el eje del patriarcado y es cuando las derechas toman medidas que a nosotras nos convienen, por otras razones que las de ellas, como es el caso de la abolición de las leyes trans…

  2. Totalmente de acuerdo contigo, solo apuntar que las mujeres no somos un colectivo sino la mitad de la humanidad. Gracias

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