El caso Epstein desnuda la impunidad del patriarcado y la clase social

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Por Eloína Terrón Bañuelos (Profesora Técnica de FP Servicios a la Comunidad, Documentalista)

“La vergüenza debe cambiar de bando.” Las palabras de Gisèle Pelicot resuenan hoy con una fuerza especial. Lo que se ha denominado “caso Epstein” no es solo un escándalo individual: es la exposición descarnada del funcionamiento de la élite patriarcal y de clase.

El llamado caso Epstein deja al descubierto la arrogancia de las élites —políticas, económicas, tecnológicas, culturales…— y su comportamiento marcado por el egocentrismo, la soberbia y un profundo sentido de impunidad. La convicción de estar por encima del resto de los seres humanos, especialmente de las mujeres.

También revela cómo operan las redes de clase: un entramado donde se entrelazan e intercambian favores, negocios, información y  apoyo mutuo. 

Esta es una forma de violencia de clase y de género. No utilizan armas, pero destruyen, humillan, atemorizan y marcan de por vida. Marcan a las niñas que “aprenden” así a ser sometidas. Marcan a las mujeres que “aprenden” así cuál debe ser su lugar dentro del esquema de dominación e impunidad que estos hombres tienen. Con el consentimiento de su propia clase y del patriarcado que lo sustenta. Si no se hubiera hecho público socialmente, aunque fuera conocido en sus ámbitos, probablemente nadie lo hubiera condenado de su círculo y de ese patriarcado de clase que se mantiene con complicidad y redes permanentes.

Y lo hacen hombres socialmente reconocidos, con prestigio, considerados “respetables”. 

Viene a la memoria la frase de Bertolt Brecht en su obra Los negocios del señor Julio César: “Han sabido elegir al verdugo.”

También aquí “han sabido elegir” a quienes disciplinan más profundamente: gente “bien”, figuras de prestigio, hombres intachables en apariencia, que aparecen en medios de comunicación, con responsabilidades públicas, admirados, … y, por otra parte, niñas, jóvenes y mujeres, que aspiran a una vida mejor y que ven difícil rebelarse contra ese poder adornado de prestigio social. 

No es solo Epstein. Es la élite patriarcal en funcionamiento. Es cierto que hubo mujeres también en ese grupo, que estaban o que pasaban en visitas, ¿Cuál era su papel?, ¿No vieron nada?, ¿Todo les pareció normal?,  ¿O aprendieron que callar y apoyar era la forma de mantenerse dentro del círculo de poder y participar de sus privilegios?

La ideología patriarcal, y en este caso, inseparable de la lógica de clase, educa en la falta de empatía hacia las mujeres. No considera a las niñas y mujeres como sujetos humanos plenos, sino como objetos al servicio del deseo y del estatus masculino. ¿Cómo empatizar si se las concibe como “bellos objetos” que adornan?

Con Celia Amorós entendimos que son las “fratrías”, los pactos patriarcales que sostienen el sistema de dominación, que el patriarcado es un pacto entre varones que utiliza a las mujeres como objetos de intercambio para consolidar poder, estatus y alianzas en los ámbitos político, social, económico y cultural. Pactos que atraviesan ideologías y unen tanto a líderes demócratas como republicanos, dentro de ese esquema de patriarcado y clase social.

Las mujeres, en este esquema, se convierten en el objeto símbolo de estatus, de poder y de intercambio. En esta trama las mujeres son despojadas de su capacidad de ser sujetos de derecho y se convierten en el «objeto» con el que los hombres realizan transacciones, que “les da brillo”. Se convierten en símbolo de «capital», aquello que representa el estatus del hombre que “la posee” o la intercambia. Son moneda en acuerdos económicos, regalos, celebraciones, cierres de negocios o espacios de ocio.

Y ahí es donde la prostitución, como institución del sistema, funciona al servicio de este modelo de relaciones. Normaliza la posesión y el control de los cuerpos femeninos y juveniles en función del deseo masculino, del beneficio económico, intereses y relaciones de influencia. Por eso existe tanto empeño en regularla y legitimarla: porque sostiene un sistema que convierte el cuerpo de mujeres y niñas en recurso disponible.

Este caso revela la desigualdad estructural entre hombres con recursos ilimitados y mujeres jóvenes sin protección ni respaldo. En términos feministas, hablamos de violencia sexual estructural: una violencia arraigada en relaciones desiguales de poder entre sexos, clase y edad. 

En el caso Epstein se cruzan múltiples violencias: física, psicológica, económica, simbólica, manipulación mediante promesas de dinero, ayuda, contactos y futuro profesional, coerción y disciplinamiento. Hay una violencia estructural y una desigualdad extrema: Mujeres y niñas atrapadas en redes de dependencia y silenciamiento. El lugar también importa: una isla. ¿Cómo llegar? ¿Cómo salir? ¿Qué red de apoyo existe cuando no hay siquiera un espacio al que escapar?

¿Y la impunidad? ¿No va a pasar nada?

Tantos nombres, tantos hombres. Estuvieron, vieron, oyeron, conocieron, participaron o miraron hacia otro lado. Veían, sabían. Es la banalidad del mal de la que hablaba Hannah Arendt: colaborar, sostener, permitir, mirar hacia otro lado, callar.

No es “el caso Epstein”. Epstein es la cabeza visible de un sistema.

Ahora vemos la punta del iceberg. Pero pronto llegarán otras noticias, otros escándalos, nuevas saturaciones informativas que desplacen el foco hasta que todo se diluya.

Que en esto el poder tiene experiencia, en tiempos del poder absoluto del Señor Feudal, estaba “el derecho de pernada” o ius primae noctis, ‘derecho de la primera noche’, el derecho que otorgaba a los señores feudales el poder de mantener relaciones sexuales con su sierva-doncella cuando iba a contraer matrimonio con uno de sus siervos. Ahora ya se dice que es un bulo, que no hay certeza de estos hechos,… este cambio debe ser algo así como limpiar el linaje. El poder de clase y patriarcal escribe la historia, pero sólo si le dejamos.  

¿Cuándo cambiará la vergüenza de bando? 

Con la Señora Pelicot hemos aprendido algo fundamental, la vergüenza,” per se” no cambia de bando. Hay que obligarla a cambiar, solo nosotras vamos a hacer que la vergüenza cambie de bando

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