¿Las mujeres importamos realmente a los partidos?

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Por Tamara Gorines de Pablos

El pasado día tres de febrero en este periódico, Lidia Falcón acertadamente afirmaba en su artículo de opinión, titulado Cómprate un paraguas, que  «las mujeres son el sector social que suma más víctimas mortales(…)». Continuaba diciendo que, «si se contabilizaran estas cifras entre diputados, jueces, militares, médicos, abogados, ingenieros y otros sectores masculinos, el gobierno habría decretado estado de excepción y el ejército patrullaría por las calles, además de que a los amenazados se les pondría protección permanente».

El otro día escuchaba a un escritor hablar sobre la socialdemocracia y cómo ésta vive cómoda, -yo matizaría que, ahora más que nunca, mejor sería hablar de supervivencia en un contexto mundial resquebrajado de radicalismos y embadurnado de un denso manto que calienta la defensa de la regresión de derechos-, en hábitats o entornos sociales, sostenía el escritor que ahí se desenvuelve bien la socialdemocracia, donde se reconocen cada vez más derechos a las personas. 

Y en contraposición situaba al derechismo, al que decía encontrarlo en serias dificultades por tratar de defender sus ideas y al tiempo acercarse a un cierto progresismo para no quedar fuera del sistema y resultar demasiado reaccionario, pero haciéndolo sin convicción, lo que consideraba que suscitaba antagonismos. Me pareció interesante y escuché atentamente sus reflexiones.

Pensé que quizá fuera también es magma de hipocresía, en su intento de construir una nueva identidad dentro del conservadurismo, donde los derechos, o ciertos derechos, pasen por parecer que importan, lo que haya  que sumar al resto de piezas a la hora de encontrar responsabilidades al problema de vivir en un mundo cada vez despiadado y desprovisto de moralidad. Por tanto, parece inevitable pensar que ya no sólo sea atribuible a los partidos que se consideran progresistas, y a lo mal que lo están haciendo, ser los únicos causantes del renacimiento de ideas y movimientos cada vez más restrictivos de derechos.  Hay un trabajo compartido en volver cada vez más vulnerables a los derechos y libertades conquistados, teniendo por responsables a un lado, a quienes parecían llevar en la historia que corre por sus venas un compromiso social, pero al que han acabado traicionando una vez llegados al poder, convirtiéndose así en su más sorprendente enemigo, y al otro lado, a aquellos que no saben qué deben defender cuando tienen una crisis de identidad originada en parte por nuevos partidos que les obligan a reposicionarse.

Yo me preguntaba si entonces deberíamos volver a una sociedad estamental, acusando más las desigualdades, o a la subyugación total de la mujer, para que así los partidos más conservadores no sufran de tanta disonancia, y no tengan que disimular y puedan abiertamente expresar su no rotundo a cierto reconocimiento de derechos.

Llama la atención lo inconcuso de ciertas afirmaciones o creencias y, sin embargo, en ciertos casos la falta de vehemencia en defender la violencia de género que se lleva por delante la vida de una mujer asesinada por quien es o fuera su pareja, o la observancia de que se haga con cierta o mucha tibieza, o la vergüenza de que se desnude de protección a ciertas personas.

Estos días ha vuelto al debate público las denuncias por acoso no atendidas de mujeres que se mueven en el entorno de la política. 

Si volvemos a la argumentación de Lidia Falcón, en este caso aplicado a los casos de acoso, sea cual sea su naturaleza, sería escandaloso que el sexo acosado fuera el masculino,  levantando con ello una verdadera alarma social,  muy lejos de lo que vemos que sucede en la actualidad, en la que, en contra de lo esperado, las cifras son espeluznantes. Observemos los datos que arroja un estudio promovido por la Delegación del Gobierno contra la violencia de género:  el 80% de las mujeres participantes, manifestó haber padecido algún tipo de discriminación en el trabajo que pudiera ser constitutiva de acoso por razón de sexo.  

Según recoge el INSST haciéndose eco de los datos obtenidos de la Encuesta Europea de Violencia de Género dirigida por Eurostat, el 28,4% de las mujeres de entre los 16 y 74 años que viven en España, han sido víctimas de acoso sexual en el ámbito laboral.  Y añade que en el 88,5% de los casos, el agresor era un hombre.

No es raro seguir buscando la responsabilidad en la esfera que rodea a la víctima, o en circunstancias extrañamente misteriosas que impiden investigar lo ocurrido y que se limitan a explicar la inacción apoyándose en vocablos informáticos ininteligibles. También en no saber directamente  cómo resolver la situación, saliendo del paso  haciendo un uso despreciable de los esfuerzos llevados a cabo a través de supuestas, confusas y dudosas mediaciones, que en realidad esconden un falso  feminismo tras una bandera demasiado manoseada.

En cambio, si fuera el hombre el  objeto de acoso, se pensaría en otros términos.  No sería asumible escuchar argumentaciones como que el acosado es un trepa, que las denuncias interpuestas en el canal interno desaparecieron  por “ofuscación “ del sistema; como impensable sería escuchar a un político de cualquier órgano de representación ciudadana, contar una vaga y difusa historia sobre su papel en una medicación llevada a cabo en persona con el denunciante de un posible acoso, todo esto mientras el partido hace oídos sordos.

Resulta aterrador ver cómo los diferentes sistemas de partido han gestionado las denuncias por acoso. Las respuestas han sido tan ignominiosas como lamentables, y todas coinciden en haber desoído a las posibles víctimas, y en el peor de los casos en el descreimiento absoluto de lo relatado. También se vuelven concomitantes en haber ofrecido alguna forma de protección, bien explícita o envuelta en sutilezas, a los supuestos agresores. Pero no sólo protección,  también se les ha intentado promocionar para otros puestos bien remunerados.

El escritor hablaba sobre el posicionamiento ideológico como determinante para alinearse o no en favor de la defensa creciente de unos derechos cada vez más numerosos. 

Lo que parece probado es que las denuncias por acoso dentro de los partidos son algo  transversal, y no es menos manifiesto que las miserables respuestas que se preparan desde los partidos para evitar enfrentar el problema, y que no hacen sino espolear la dignidad de la mujer, comprometen por igual los derechos de las mujeres, sean progresistas, conservadoras o medio pensionistas.

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