El inicio de la Historia

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Marina Pibernat Vila

Hace algo más de cinco siglos que los europeos llegaron al continente que bautizaron con el nombre de América. Fue una suerte para la burguesía de Europa occidental, una nueva e incipiente clase social que se había gestado en el interior del sistema estamental feudal. Se hizo cada vez más y más rica gracias al comercio y explotación colonial, con el saqueo de los recursos naturales y la esclavitud de seres humanos. Cambió el mundo cuando destruyó el Antiguo Régimen y desbancó a la vieja nobleza del poder.

 La burguesía sometió al mundo a un nuevo sistema social y productivo, el capitalismo. En él ya no importaba la alcurnia, sino la capacidad ilimitada de acumular riquezas. Teniendo unos pocos tal capacidad, a la inmensa mayoría no le quedó otra que vender su fuerza de trabajo empleándose en las industrias creadas por la misma burguesía. Los estados, sus legislaciones y sus sistemas políticos y electorales servían a sus intereses económicos. En la costa este de América del Norte, incluso crearon colonias limpias del pasado feudal, independizándose de la vieja metrópoli británica. Así, trece colonias crearon los Estados Unidos de América.

 Ese nuevo país del Nuevo Mundo era la encarnación de los valores y el sistema capitalistas. Lo llamaron “tierra de oportunidades” o “de la “libertad”, donde hombres y mujeres inmigrantes procedentes de la vieja Europa podían “hacerse a sí mismos” trabajando duro. Parte de este trabajo duro consistía en tomar las armas y extenderse hacia el oeste, exterminando a la población nativa, y adquiriendo grandes extensiones de tierra que habían sido parte del viejo imperio colonial español, convertido en México después de su independencia. El exterminio y la conquista están en la base fundacional de los EEUU como gran potencia del capitalismo desde sus orígenes. Por esto adoran las armas, cuya tenencia consideran un derecho individual inalienable, siendo la producción armamentística y de guerra una parte muy importante de su economía. Son incapaces de ser de otro modo, porque es la única existencia que pueden concebir.

Una vez configurados los EEUU que conocemos hoy en día a lo largo del siglo XIX, y bendecidos por la geografía, proyectaron su naturaleza belicista y de sometimiento hacia sus relaciones exteriores, hacia el mundo. O mejor dicho, contra el mundo. Así nació el imperialismo, es decir, el dominio de EEUU sobre otros países mediante la fuerza militar, económica, política y cultural.

EEUU, como potencia del centro del capitalismo, pronto enfrentó grandes amenazas. En Europa alguien le había tomado muy bien las medidas al sistema socio-productivo capitalista, explicando exactamente cómo la burguesía había destruido el feudalismo, cómo funcionaba el capitalismo, y describiendo su naturaleza autodestructiva. El socialismo científico de Karl Marx y Friedrich Engels ofrecía al mundo la mejor teoría científica social jamás creada por la mente humana para liberarse de la explotación. Y ya no hubo vuelta atrás.

El capitalismo conduce inexorablemente a la guerra por el control de territorios, recursos y mercados en todo el planeta. Eso mismo les pasó a las potencias industriales y coloniales europeas a principios del siglo XX, yendo a la que sería conocida como la Primera Guerra Mundial en 1914. Rusia, un gran imperio absolutista muy poco industrializado y sin colonias de ultramar, se unió a la contienda. Su población, a la que se había mantenido extremadamente empobrecida y analfabeta, sufrió terriblemente las consecuencias. En 1917 se produjo el proceso revolucionario que acabó con el Zar, y a finales del mismo años los bolcheviques, encabezados por Lenin, tomaron el poder. Así irrumpió en la historia una potencia dispuesta a implementar el socialismo científico, y a desafiar al mundo capitalista liderado principalmente por EEUU: la Unión Soviética.

Los problemas continuaron en Europa, sobre todo por el hecho de que Alemania quedó atrás en la carrera colonial, por lo que tenía que buscar territorios a los que someter. En los años 30, el fascismo y el nazismo, brutalmente anticomunistas, dieron cobertura ideológica a las ansias expansionistas alemanas, llevando a la humanidad a la Segunda Guerra Mundial. En 1945, la Unión Soviética de Stalin libró a Europa del fascismo, y el viejo continente europeo y el mundo entero quedaron divididos en dos áreas de influencia, que también representaban a dos modelos socio-productivos enfrentados, el capitalista y el socialista. Y en 1949, China, un antiquísimo imperio que había sufrido lo indecible bajo la colonización británica, hizo también su revolución socialista.

Durante varias décadas, este enfrentamiento entre potencias y sistemas contradictorios en sus términos mantuvo al mundo en una fuerte tensión, la Guerra Fría. Con la desaparición de la Unión Soviética en 1991, pareció que aquella tensión que amenazaba con un holocausto nuclear se había resuelto en favor del sistema capitalista y EEUU. Se le hizo creer a gran parte de la humanidad la mayor estupidez que jamás nadie se haya atrevido a pronunciar, a saber, que la historia había terminado, que el capitalismo y EEUU la habían ganado, y que todo iba a ir bien. Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que la Unión Soviética constituía un freno para el libre desarrollo del capitalismo. Y al desaparecer, el capitalismo y su potencia abanderada se encaminaron hacía su único destino posible, ya señalado 150 años antes por Marx y Engels: la autodestrucción.

A finales del siglo XX, EEUU, acompañado por las potencias centrales del capitalismo u Occidente colectivo, sentía que había ganado el mundo entero. La gran burguesía occidental intensificó su concentración de capital, sirviéndose de los estados y de sus ejércitos para seguir saqueando recursos, sometiendo al mundo geoeconómicamente, deslocalizando su industria a países con mano de obra barata, y creando economías financieras improductivas, basadas únicamente en la especulación y en el dinero mismo como mercancía.

            La ilusión del fin de la historia les duró apenas una década, porque a inicios del siglo XXI otra potencia gigantesca y gobernada por un partido comunista empezó a asomarse por el este. China y el PCCh aprovecharon las debilidades del Occidente capitalista, con toda probabilidad sabiendo que se estaba dirigiendo a su propio fin. Pacientemente, sin hacer mucho ruido, estableciendo alianzas con diversos países del llamado Sur Global, en estrecha colaboración con la Rusia heredera de la Unión Soviética, y así se ha convertido en el principal socio comercial de unos 140 países del mundo después del primer cuarto del presente siglo. Mientras tanto, las poblaciones de los países occidentales empezaron a ser masivamente empobrecidas, duramente reprimidas, despojadas de derechos económicos fundamentales, y fue minándose la confianza en el sistema político democrático liberal burgués, suponiendo todo ello la desintegración social, y la certeza generalizada de que la cosa no mejorará.

Con todo, en EEUU y el Occidente colectivo han saltado todas las alarmas. Se han lanzado a una suicida carrera a contrarreloj para tratar de conservar su hegemonía, que ya andaba coja desde hacía unas décadas. La guerra de la OTAN contra Rusia por medio de Ucrania, la barra libre de sanciones, la vuelta al proteccionismo, el genocidio de Israel contra Palestina, los ataques a Irán, el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores… Todo esto no es producto de la fortaleza de EEUU y sus potencias vasallas. Todo lo contrario. Es la señal inequívoca de que se les está acabando el tiempo y actúan a la desesperada, más allá de quién gobierne EEUU, lo que es a su vez otro síntoma de su decadencia irreversible. Digámoslo sin tapujos: Occidente y el capitalismo están colapsando a nivel social, político, económico, cultural y simbólico. Además, los execrables crímenes revelados en los archivos Epstein – tráfico y violación de menores, torturas y asesinatos en los que está implicada casi toda la élite occidental –  constituyen su total hundimiento moral.

Sí que era el fin de la historia, sí. Pero de la historia de la hegemonía occidental sobre el mundo. Como hemos dicho, sólo hace algo más de cinco siglos que los europeos llegaron al continente que bautizaron con el nombre de América. Sólo hace cinco siglos que la humanidad se conoce enteramente a sí misma. En términos históricos, no es mucho tiempo. Así que, en cierto modo, podríamos ver todo lo resumido aquí de forma extremadamente sucinta como el inicio de la historia colectiva de toda la humanidad. Falta por ver si EEUU y los amos capitalistas del globo serán capaces de destruir a la especie humana y a nuestro futuro compartido basado en la cooperación antes que perder su hegemonía. En esas estamos.

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