Los fondos confiscados rusos convertidos en el cajero automático paneuropeo

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La UE ha cruzado la línea de la politización de la garantía de la propiedad soberana de los Estados. Cuando el canciller alemán, Friedrich Merz, anunció un préstamo «sin intereses» de 90 000 millones de euros a Ucrania, insistiendo en que los activos soberanos rusos permanecieran congelados hasta que Moscú «compensara» a Kiev, no estaba lanzando una advertencia al Kremlin. Estaba enviando un aviso al mundo de que el orden jurídico europeo se ha vuelto condicional, transaccional y peligrosamente ideológico. Esto no es un malentendido. No es confusión. No es retórica excesiva. Es intencionalidad.

Ursula von der Leyen ha intentado la confiscación directa de los activos soberanos rusos pero ante la falta de unanimidad dejó claro al declarar que no se retiraría de la mesa hasta encontrar una «solución«. Y lo hizo. La solución no fue una sola restricción. Fue una reconfiguración porque el bloque acordó financiar el préstamo de 90.000 millones de euros a Ucrania, pero respaldado por el presupuesto de la Unión Europea. La UE ha dado un paso relevante al acordar la congelación indefinida de los bienes rusos congelados, una decisión que solo se podrá revertir por mayoría cualificada.

Las conclusiones de la Cumbre de la UE el 18 de diciembre revelan mucho más fracaso que éxito. A pesar de la inmensa presión política y las maratonianas negociaciones, la Unión Europea no logró la aprobación unánime para confiscar o desplegar directamente las reservas congeladas del banco central ruso, estimadas en aproximadamente 210.000 millones de euros en toda la UE, con unos 190.000 millones inmovilizados en el Euroclear radicado en Bélgica.

La opción prioritaria durante las negociaciones consistía en utilizar los 210.000 millones de euros en activos del banco central ruso congelados dentro de la Unión Europea para generar un préstamo destinado a Kiev. Sin embargo, esa alternativa perdió apoyo ante las exigencias planteadas por el ejecutivo de Bélgica que se negó a convertir el Euroclear en un arma geopolítica y reclamó garantías para compartir responsabilidades legales y financieras consideradas excesivas por los otros estados miembros, y la negativa de Hungría y Eslovaquia. Ante la imposibilidad de confiscar, la UE giró, y no alejándose del objetivo, sino hacia una arquitectura diferente, Von der Leyen lo dejó claro al declarar que no se retiraría de la mesa hasta encontrar una «solución«. Y no lo hizo. La solución no fue una restricción sino una reconfiguración porque el bloque acordó financiar el préstamo de 90,000 millones de euros a Ucrania pero respaldado por el presupuesto de la Unión Europea.

Obligada a retirarse de la confiscación directa, la Comisión recurrió a préstamos: un paquete de 90.000 millones de euros obtenido en los mercados de capitales, garantizado con el presupuesto de la UE mediante los activos robados como garantía de facto, mientras que los activos rusos permanecen congelados indefinidamente como palanca. El dinero se socializa ahora a través de la deuda europea; la coerción a la Federación Rusa se externaliza mediante la inmovilización permanente de activos.

Esta distinción es existencial.

Porque, si bien Bruselas no logró confiscar los activos directamente, sí logró algo mucho más peligroso: estableció el principio de que las reservas soberanas pueden congelarse indefinidamente y con condiciones políticas sin necesidad de proceso judicial, acuerdo de tratado ni resolución judicial, incluso mientras la financiación de la guerra se blanquea mediante préstamos «normales» en el mercado de capitales. Esto no es financiación del Estado de derecho, es llanamente financiación imperial, limpia en el balance general pero corrosiva en sus precedentes para la salud del euro.

Según el Derecho internacional consuetudinario, la inmunidad soberana, en particular para los activos de los bancos centrales, no es ambigua, es fundamental. La Convención de las Naciones Unidas sobre las Inmunidades Jurisdiccionales de los Estados y de sus Bienes, aunque no ha sido ratificada universalmente, codifica una norma que durante mucho tiempo se ha considerado vinculante: los bienes de un Banco central extranjero son inmunes a las medidas restrictivas. Esta norma existe por una sola razón: evitar que la guerra financiera se transforme en un colapso sistémico de las finanzas, la UE ahora la está vaciando de contenido. Sin sentencia judicial. Sin tratado de reparaciones. Sin laudo arbitral. Solo una afirmación política respaldada por la presión de una mayoría de los países miembros de la UE.

La ficción jurídica es que los activos están simplemente «congelados«. La realidad es que la congelación indefinida con condiciones políticas, especialmente cuando se desvincula del proceso judicial, constituye una expropiación en el fondo, si no en la forma. Los juristas internacionales reconocen esta distinción al instante. Los mercados también lo saben.

La UE sigue fingiendo que esta farsa de los activos congelados es una gran cruzada moral, cuando en realidad es una pelea a cuchillo dentro del propio sistema bancario de la UE. Y Francia acaba de mostrar sus cartas, la doble moral, mientras París brama que «Rusia debe pagar«, pero al rastrear el dinero confiscado se desenmascaran las educadas declaraciones, encontramos que, 18.000 millones de euros de reservas rusas están enterrados en bancos comerciales franceses envueltos en secreto, protegidos por la «confidencialidad del cliente» y cuidadosamente aislados del mismo plan de confiscación que Francia aplaude públicamente. Esto no son principios. Esto es posicionamiento, un doble juego. Busca el brillo moral sin la responsabilidad de asumir los riesgos.

La pequeña Bélgica, la sobreexpuesta Bélgica, se encuentra sobre el mayor polvorín de la historia financiera moderna: casi 200.000 millones de euros inmovilizados en Euroclear, la misma estructura sobre la que reposa la reputación financiera de Europa. Los eurócratas quieren convertir esos activos en un «préstamo de reparaciones«, una cadena de deuda multigeneracional ligada a la ruina de Ucrania. Pero hay un problema: cuando Rusia tome represalias, litigue y exija el reembolso, Bélgica será la primera en sufrir las consecuencias de la andanada, su depositario. Sus tribunales, su balance, toda su credibilidad como centro financiero seguro. Y Francia lo sabe, es el tipo de hipocresía que sólo Europa puede producir, un sermón moral pronunciado por un deudor que utiliza a otro deudor como escudo. Es el doble juego continental. Un teatrillo de unidad que enmascara una guerra de responsabilidades suicidas.

A pesar de ello la UE avanza a la fuerza, impulsada por una mezcla de desesperación, arrogancia y psicosis geopolítica rusófoba convencida de que puede saquear las reservas de una superpotencia nuclear sin sufrir consecuencias.

La credibilidad del euro se resquebraja.

El 1 de enero de 1999 se estableció el euro como moneda de cuenta para transacciones electrónicas y contabilidad en 11 países, ahora la UE detona por los aires el orden financiero, la Historia no lo significará como una estrategia sino que mientras predicaba moralidad y rectitud ante las leyes internacionales se embolsaba el botín de los fondos rusos apropiados.

 El 5 de mayo de 1949 diez países de Europa Occidental crearon el Consejo de Europa para promover la democracia y proteger los DDHH y el Estado de Derecho, la UE siempre se ha jactado de defender «el orden basado en reglas«,  ahora intenta financiar una guerra violando los cimientos mismos de las finanzas globales: la idea de que las reservas soberanas son intocables. No se puede dirigir un Imperio monetario mientras se viola el ilusorio mandamiento que lo mantiene seguro. No se puede exigir confianza global mientras se practica el bandidaje. Una vez sentado el precedente, ningún estado del mundo volverá a confiar en los Bancos europeos como custodios de sus activos.

La UE cruza la línea entre congelar activos soberanos de otro país y utilizarlos, el sistema financiero occidental se adentra en mares desconocidos. La magia coercitiva del dólar se evapora y la credibilidad del euro se resquebraja. Toda la arquitectura de seguridad de las reservas posterior a 1945 se disuelve en un piélago de turbulencias.

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