La épica del pobrecito padre víctima y la violencia vicaria que nadie quiere oír

0

Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)

Querido Victimito Álvarez, Martínez, Pérez o como quiera que te apellides:

Te escribo esta carta porque, sinceramente, ya es hora. Ya es hora de explicarte —con dibujitos si hace falta— qué es la violencia vicaria y, sobre todo, de explicártelo a ti, que vas por la vida proclamando tu sufrimiento como si fueras un héroe griego castigado por los dioses… pero sin dioses, sin tragedia y, desde luego, sin heroísmo.

Porque lo tuyo no es una tragedia: es postureo emocional envuelto en autocompasión de saldo.

Empecemos por lo básico, que sé que te hace sudar la neurona: durante años mantuvisteis una casa entre dos personas, tu ex y tú. Dos sueldos, dos manos, dos cuerpos sosteniendo la vida cotidiana. Y eso —oh sorpresa— es más barato que mantener dos viviendas una cada uno solo. Pero llega la ruptura y tú descubres una verdad que jurarías haber inventado tú mismo: “¡Uy, es que ahora tengo que pagar mi alquiler!” Y también alguien que limpie, y planche, y recoja… Un descubrimiento digno de premio Nobel, desde luego. Y pobrecito, no te llega. Qué injusticia cósmica.

Pero vamos a tu greatest hit, tu single favorito, el que repites como si fueras un experto mundial en economía doméstica: “Le pago X euros a mi ex.”

No, cariño. A tu ex no le pagas nada. Pagas una parte —mínima, microscópica, casi simbólica— de lo que cuestan tus hijos. Y encima tienes la desfachatez de decirlo como si fueras un filántropo incomprendido.

Dime, ¿quién crees que es capaz de vivir con 250€, 300€ o 400€ al mes pagando vivienda, comida de 30 días, ropa, cultura, ocio, imprevistos…? ¿A quién conoces, aparte de ti, que aporte semejantes limosnas y aún tenga la cara de quejarse? Si existiera un ranking global de gente que aporta poco y se victimiza mucho, tú tendrías asegurado estar dentro del top 3.

Mientras tanto, la persona que se queda con los menores —esa a la que sigues llamando “mi ex” alternando entre como si fuera una extensión de tu propiedad o una funcionaria de Hacienda enviada para arruinarte según el contexto— sostiene horarios imposibles, desplazamientos agotadores, conciliación cero y responsabilidades infinitas. Pero claro, tú no ves nada. Estás demasiado ocupado llorando porque pagar tus propios recibos te convierte, según tú, en un mártir doméstico digno de beatificación.

Y ya que hablamos de martirios, hablemos del tema estrella: la violencia vicaria. Últimamente se habla mucho de ella, pero solo cuando se trata de los casos más atroces. Los que salen en titulares, los que tienen minutos de silencio. Tú, desde tu pedestal de víctima autoproclamada, aseguras que nunca jamás les has puesto la mano encima a tus hijos. Te indignas si alguien te compara con esos casos. Te atragantas. ¡Qué ultraje! ¡Qué insulto!

Pero… ¿y la violencia vicaria que sí ejerces? Esa que no aparece en las noticias porque es demasiado gris, demasiado cotidiana, demasiado cobarde. ¿Qué pasa, que dejarlos con el plato vacío —el emocional y el otro— no cuenta?

Esa que cuela su veneno por las rendijas: hablas mal de la otra parte delante de tus hijos, sueltas indirectas, dejas comentarios ante amigos comunes, largas tu letanía de pobrecito incomprendido en el portal, en el parque, en WhatsApp. Y aunque tú no lo sepas —o no quieras saberlo— tus hijos no son sordos. Ni ciegos. Y desde luego, no son idiotas. Te oyen. Te leen. Te descifran.

Y cada vez que sueltas que eres el único humano en la Tierra obligado a pagar manutención, algo dentro de ellos se fractura. Los partes en dos, les abres una grieta que atraviesa toda su infancia. Y encima les haces sentir que ambos los estáis fallando. Y desde su mirada infantil no reparten responsabilidades, vosotros, ambos dos, deberíais protegerlos del conflicto, no arrastrarlos dentro como si fueran maletas emocionales.

Pero lo tuyo no termina ahí. Ojalá. Porque si solo fuera quejarte, serías hasta entrañable. El problema es que también juegas. Para ti, la violencia vicaria emocional es un deporte. Un ajedrez donde el jaque mate es siempre el mismo: el control. Amenazas con dejar de pagar. Con desaparecer. Con “este mes no puedo”. Con “ya veremos”. Con “así no”. Con “si sigues así, me planto”. Con que los días de vacaciones que están contigo te los descuentas de la manutención. Prometes lujos, sabiendo perfectamente que la otra parte jamás podrá pagarlos… Y después transmites a tus hijos la idea de que es tu ex quien les está arruinando la vida privándoles de esas experiencias. Como por ejemplo un verano en el extranjero aprendiendo otra lengua, o un curso entero.

La mayoría de las veces ni siquiera cumples tus amenazas. Pero basta con que lo hagas una sola vez para dejar a la otra persona hecha polvo. La devastación es brutal. La incertidumbre —ese juego tuyo del gato y el ratón— es tortura. A ti te entretiene. A la otra persona la destruye. A tus hijos los revienta.

Y luego preguntas, muy digno tú: “Si tan malo soy, ¿por qué no lo demuestra ante un juez?” Y tienes razón, no se demuestra. Porque lo tuyo es una violencia tan perfectamente calibrada que duele como una puñalada y deja la misma marca que el viento.

Y mientras tanto, la víctima objetivo de tu juego —agotada, rota, sola, conciliando como puede, sobreviviendo a la precariedad emocional y económica— carga con la prueba, la culpa, la ansiedad y el miedo. Y sobre todo están las víctimas secundarias: tus hijos, con la autoestima por los suelos, atrapados en un conflicto que no han elegido y que terminan llevándose dentro. Y tú, pobrecito, sigues proclamando que eres una víctima.

Pero no te basta con eso. No. También desautorizas a tu ex. La empujas al foso delante de vuestros hijos mientras te eriges en “el bueno”, el comprensivo, el colega que no pone límites. Y ellos, indefensos, te lo compran. Eres su confidente, su héroe. El padre guay. Tú, mientras tanto, repartiendo pizzas y permisos como si la educación consistiera en evitar cualquier incomodidad. Nada de límites, nada de esfuerzo, nada de rutinas. Libertad, lo llamas, pero es desentendimiento.

Y cuando ya están cerca de la mayoría de edad, ahí vuelves a aparecer, flamante, pidiendo la compartida o la custodia total. Con acusaciones de maltrato contra esa ex que los ha sostenido durante años. Esa misma persona a la que llevas tiempo demonizando en sus cabezas. Esa que tus hijos, agotados por tu campaña constante, están deseando quitarse de encima. Y lo peor es que sí pasa, más veces de las que cualquiera querría admitir.

En el mejor de los casos, gracias a que te has podido dedicar a ti mismo, tu carrera profesional ha proliferado en buenos ingresos que te permiten conceder caprichos de cuando en cuando y mantenerte como héroe ante sus ojos, inconscientes del abandono en el que se encuentran y de las cicatrices que ya llevan dentro. Y mientras tú les sirves libertad en platos llenos de pasta barata, ellos tragan, sin saberlo, el menú entero de tus carencias emocionales.

Y entonces ejecutas tu truco final: los mantienes empadronados contigo pase lo que pase, aunque ya no vivan ahí ni te necesiten. ¿El motivo? Fácil: así la madre te paga manutención a ti, incluso cuando ya no corresponde, incluso cuando esos hijos están viviendo por su cuenta. Recuperas lo que pagaste antes como quien cobra una deuda imaginaria. Un negocio redondo.

Qué ironía. Qué tristeza. Qué crueldad. Y qué cómodo, qué descaradamente cómodo, te queda el papel.

Enhorabuena, Victimito. Bravo. Ojalá algún día tus hijos te puedan decir lo mismo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.