La burbuja bursátil de la IA

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Las burbujas financieras tienen una pauta reconocible: nacen del fervor, crecen con el crédito y estallan cuando la promesa deja de sostener el precio. La historia económica del capitalismo está trazada por esos ciclos: las ferroviarias del siglo XIX, la burbuja de las puntocom en el año 2000, que borró miles de empresas pero consolidó a unas pocas, y la crisis subprime de 2008. La expansión especulativa en torno a la tecnología de la IA reproduce el mismo patrón de los ciclos anteriores.

La internacionalización de la producción —en manos de las empresas multinacionales y sus cadenas globales de valor— modificó el mapa de los flujos de bienes y servicios entre países; la circulación del capital productivo y financiero a su vez generó efectos relevantes en la cantidad, la calidad y la localización del empleo. La narrativa dominante asocia la Inteligencia artificial con una nueva era de prosperidad, pero las cifras sugieren otra cosa. Gran parte de la inversión en IA no se dirige a innovación productiva, sino a operaciones financieras, fusiones, emisiones de deuda y recompra de acciones.

La producción real y la valorización financiera aunque analíticamente se presenten como dos esferas escindidas se trata de un único fenómeno por el cual la economía en su conjunto queda sometida a la lógica del capital financiero. El carácter distintivo de esta nueva etapa del capitalismo es la internacionalización del capital y la creciente canalización del excedente hacia la acumulación financiera, que desplaza a la acumulación productiva. En este contexto EEUU atraviesa un ciclo de sobreinversión bursátil alimentado por expectativas de la productividad futura de la IA que aún no se materializan.

El auge bursátil que recorre EEUU se sostiene sobre una sola promesa: la IA.  Reconfigura la economía financiera hasta convertirse en el nuevo eje de acumulación capitalista, pero la expansión de la revolución tecnológica depende más de la especulación financiera que de la productividad real.

Nunca la rentabilidad de Wall Street había dependido tanto de un solo sector, ni en los tiempos de las puntocom ni en la burbuja hipotecaria de 2007, en el horizonte paralelismos con la víspera del Crack de 1929: meses consecutivos de récords, euforia inversora, relajamiento de las normas y una fiebre tecnológica que empuja a los capitales a asumir riesgos cada vez mayores. Como indica el economista marxista Michael Roberts: “Enormes inversiones cuyas ganancias son, sin embargo, en términos de tasa, mínimas. Y un crecimiento infinito del consumo de energía eléctrica de los centros de datos”

El ratio Buffett indicador que compara el valor total del mercado bursátil con el PIB de EEUU alcanzó el 217% superando en más de dos desviaciones estándar los niveles previos a las crisis de 2000 y 2008, es decir el valor financiero de las empresas estadounidenses duplica con creces la riqueza real que el país produce.

El Premio Nobel de Economía, Robert Solow, ya señaló en 1987: “La era de las computadoras está en todo el mundo, menos en las estadísticas de productividad”, en 1980, un año antes de la introducción de la computadora personal moderna, el crecimiento anual de la TFP estadounidense[1] fue del 1,2% (promedio de 5 años). En 2014, la TFP de los EEUU era todavía sólo el 1,2%. Por lo tanto, 34 años de avances tecnológicos revolucionarios en Internet y las TIC no han dado lugar a ningún aumento de la productividad en EEUU. Los datos muestran claramente que, por tanto, el avance tecnológico en el sector de Internet y de las TIC por sí solos no producen aumentos de la productividad.

En septiembre de 2025, las corporaciones con calificación de grado de inversión, es decir, aquellas consideradas más seguras, emitieron más de 210 mil millones de dólares en bonos, el volumen más alto jamás registrado en un solo mes. Incluso el mercado de deuda de alto riesgo, los llamados “bonos basura”, mantiene una actividad intensa.

De por medio la acumulación global y el control social

Al analizar la IA, más allá de las definiciones de “inteligencia”, el método marxista se centra en los monopolios globales de las grandes plataformas.

El nuevo eje de acumulación global, las llamadas “Siete Magníficas” (Microsoft, Apple, Nvidia, Amazon, Meta, Google y Tesla) concentran el 80% de las ganancias totales del mercado de valores estadounidense en lo que va de año, y han atraído casi 300 mil millones de dólares en inversión extranjera sólo durante el segundo trimestre de 2025.

Formular una teoría del conocimiento comprometida con la tesis marxista según la cual las relaciones de producción determinan el desarrollo de las fuerzas productivas, los artefactos tecnológicos moldean el diseño de las relaciones sociales, ejemplo visible: ChatGPT, con millones de personas conectadas desde su casa o la oficina a un único centro de datos ubicado en Utah donde está alojado este gran modelo de IA, brinda respuestas e interactúa con una multitud de personas conectadas desde todo el mundo en consonancia con la definición de Marx de una máquina como medio para la amplificación de la plusvalía.

Gilbert Simondon [2] en 1958 observó cómo las máquinas industriales ya eran transmisores de información, introduciendo por primera vez una bifurcación entre la fuente de trabajo mecánico (energía natural) y la fuente de información (es decir, el trabajador).

Por su parte Romano Alquati [3], realizó un análisis marxista de las prácticas laborales en las fábricas italianas de la FIAT y de Olivetti, una de las primeras contribuciones a la sociología del trabajo en Italia, escribía en 1963: “La cibernética recompone global y orgánicamente las funciones del trabajador colectivo que se pulverizan en microdecisiones individuales: el bit vincula al trabajador atomizado con las figuras del Plan”, acuñó la noción de valorización de la información como un puente conceptual entre la plusvalía de Marx y la definición cibernética de la información, el concepto moderno de la información entra en la definición esencial del trabajo vivo y, por ende, en la idea misma de plusvalía, que se absorbe continuamente en las máquinas y, por lo tanto, se condensa en mercancías.

El algoritmo[4] se describe como el motor de nuevas formas de valorización, una medida de la plusvalía de la red y un «espejo» del conflicto social y la lucha de clases. Desde el punto de vista del capitalismo, el algoritmo es principalmente una forma de «capital fijo», es decir, son simplemente medios de producción. Codifica una cierta cantidad de “saber social” (extraída de la que elaboran matemáticos, programadores, y la actividad de los usuarios), es valioso en la medida en que permite la conversión de tal saber en valor de cambio: monetización, y la creciente acumulación de capital por el monopolio de las plataformas.

Las nuevas formas de control biopolítico describen una sociedad de metadatos como una evolución de la «sociedad del control«, Deleuze en 1990 describía la relación con el «poder» ejercido a través de las bases de datos. La máquina informática abre nuevos escenarios, no es simplemente una «máquina lingüística«, sino un nuevo enlace entre la información y los metadatos con nuevas formas de dominación.

Destrucción creativa

Las tecnologías transformadoras suelen seguir un patrón predecible: innovación, adopción, euforia que deriva en una burbuja y, finalmente, corrección, ejemplos históricos: el auge ferroviario de la década de 1840, en 1999, decenas de compañías emergentes con ingresos escasos o inexistentes atrajeron grandes sumas de capital de riesgo con propuestas centradas en aprovechar el incipiente crecimiento de internet. Este fenómeno generó una sobrevaloración sin precedentes, alcanzando una estimación de más de 4 billones de dólares. Sin embargo, en los primeros tres meses del año 2000, muchas de estas startups colapsaron al no cumplir las expectativas, provocando pérdidas históricas en los mercados financieros globales, la era de los smartphones en los 2010 demostraron este ciclo.

La última ilusión de estabilidad del capitalismo financiero se rompió con la crisis de la crisis de las subprime de 2008, la tecnología persistió y se consolidaron unas pocas empresas, el economista Joseph Schumpeter define el fenómeno de destrucción creativa, cómo la innovación que se abre paso destruyendo las formas anteriores de acumulación. En su análisis, el capitalismo se sostiene sobre su propia inestabilidad, transformando la crisis en método y la ruina en oportunidad.

David Cahn, analista del fondo de capital de riesgo Sequoia Capital, anticipó este escenario el año pasado. Señaló que, para que la industria de la IA sea realmente rentable, debería generar alrededor de 600,000 millones de dólares en ingresos anuales. En un informe, advirtió que aunque las grandes tecnológicas han recaudado recursos millonarios para desarrollar infraestructuras cada vez más sofisticadas, su capacidad de generar utilidades mediante soluciones inteligentes no ha crecido al mismo ritmo, lo que compromete la viabilidad del negocio, una brecha entre el valor del ecosistema y la sostenibilidad del negocio.

En un reciente informe exhaustivo sobre el crecimiento de la productividad en las principales economías, la OCDE descartó el impacto de internet en el aumento de la productividad en los últimos 25 años: “Durante el último medio siglo, hemos llenado oficinas y bolsillos con computadoras cada vez más rápidas, pero el crecimiento de la productividad laboral en las economías avanzadas se ha desacelerado de aproximadamente el 2 % anual en la década de 1990 a alrededor del 0,8 % en la última década. Incluso la otrora vertiginosa producción por trabajador de China se ha estancado”. La «productividad investigadora» ha decaído. El científico promedio ahora produce menos ideas innovadoras por dólar que su homólogo de la década de 1960.

El problema radica en que los milagros económicos suelen surgir del descubrimiento, no de la repetición de tareas a mayor velocidad. Hasta ahora, la IA impulsa principalmente la eficiencia, no la creatividad. Una encuesta a más de 7000 trabajadores del conocimiento reveló que los usuarios intensivos de IA generativa redujeron las tareas semanales de correo electrónico en 3,6 horas (31%), mientras que el trabajo colaborativo se mantuvo sin cambios. Sin embargo, una vez que todos delegaron las respuestas de correo electrónico a ChatGPT, el volumen de la bandeja de entrada aumentó, anulando las ganancias iniciales de eficiencia. “El breve resurgimiento de la productividad en EEUU en la década de 1990 nos enseña que las ganancias de las nuevas herramientas, ya sean hojas de cálculo o agentes de IA, se desvanecen a menos que vayan acompañadas de innovaciones revolucionarias”. (OCDE)

La burbuja de la inteligencia artificial sí podría marcar el inicio de una nueva reconfiguración global del sistema financiero. La expansión especulativa en torno a la tecnología de la IA reproduce el mismo patrón de los ciclos anteriores, su estallido no solo arrastraría a los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, sino también a los flujos financieros internacionales que dependen de ellos.


[1] PTF (Productividad Total de los Factores) representa la eficiencia con la que se utilizan los insumos para producir bienes y servicios.

[2] Simondon, G. (1958) “El nodo de existencia de los objetos” Ed. Prometeo

[3] Alquati, R. (1963) “Composizione organica del capitale e forza-lavoro alla Olivetti”. “Quaderni Rossi”, 2 y 3“

[4] Descripción del método mediante el cual se lleva a cabo una tarea a través de secuencias de pasos o instrucciones, grupos de pasos ordenados que operan sobre datos y estructuras computacionales.

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