Por Adriana Flórez
“Soy ministra de Igualdad porque soy marica”
Juan Carlos Froilán
Laissez Faire. El capital se muestra dispuesto a arrasar al mundo y a la humanidad, en su materialidad y como tal.
En medio del dolor, ya casi sin palabras, se hace todavía más difícil, a la vez que necesaria, la autocrítica dentro de la izquierda: ¿Tenemos algo que ver en lo que nos pasa?
Tal vez el acceso al poder por parte de la nueva izquierda era imposible de otro modo, pero cuando éste pende de la complicidad con ciertos lobbies, tiene la obsolescencia programada: atentar contra los derechos de la mitad de la población, las mujeres, y contra el sentido común de la enorme mayoría de la gente, a largo, medio o corto plazo, tiene consecuencias.
Dato: en su última semana de campaña, Trump se centró en el ataque al discurso de la identidad de género. Fue uno de los recursos que le funcionaron, hay datos que lo indican.
Pero, ¿quién dice que la nueva izquierda está atentando contra los derechos de las mujeres?, ¿no se supone que eso es una contradicción en términos?
A principios del 2024 me publicaron en Tribuna Feminista un texto que la redacción tituló: Al presidente de México le llego la hora (de pasar por el aro transgenerista).
Obrador había incurrido en “malgenerización” y tuvo que abrir una cuenta de tiktok, para disculparse. “El amor no tiene sexo” declaró, buscando, como buenamente pudo, salir del trance.
Pues bien, resulta que, en días recientes, Juan Carlos Froilán se puso al frente del Ministerio de Igualdad de Colombia. Un hombre que, auto identificado “marica”, pide que le llamen “ministra”. Y, las declaraciones que hizo al respecto Gustavo Petro, presidente de Colombia, me hicieron retomar aquel texto a propósito de López Obrador, porque: donde dice Obrador, puede decir Petro. Considero oportuno ponerlo nuevamente a disposición, actualizado. Optimización de recursos, que le llaman.
Antes de empezar, un dato personal metafórico:digamos que “mi abuelita” tenía en el salón de su casa la imagen de López Obrador junto con la de Pedro Infante iluminada con la luz de una veladora; que fue el modo que encontró para que le cuadraran las cuentas con la vida en sus últimos días; que escuchaba extasiada las mañaneras, conferencias de prensa diarias de AMLO; que “mi abuelita” se fue feliz, con una sonrisa en la cara y que yo, además de quererla, la entendía.
El triunfo de Andrés Manuel López Obrador en México tuvo una enorme significación para un gran segmento de su población. De ello es indicativo el triunfo reiterado y arrollador de su partido en la última contienda electoral, la que llevó por primera vez a una mujer, Claudia Sheimbaum, a la presidencia de este país.
Del triunfo de Gustavo Petro se puede decir otro tanto: significó un vuelco enorme en la historia de Colombia. Una enorme alegría.
“El respeto al derecho ajeno es la paz” dijo en su día Benito Juárez, presidente de México en el siglo XIX. De él se consideraba heredero Obrador, quien, emulándolo, también eligió un lema para su mandato: “Por el bien de todos, los pobres primero”.
Y bien, “hombre vestido de mujer”, fue la expresión que usó para referirse a Salma Luévano. Y, en la disculpa que le ofreció en tiktok, dijo: “yo soy muy respetuoso … el amor no tiene sexo, está por encima de todo, es como la libertad.”
“Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar”, podría llamarse la película. Pero, se mire por donde se mire, nadie puede negar, ateniéndonos a la gramática más estricta, cuál es la frase entre líneas que se desprende de sus palabras: “La libertad está por encima de todo”.
Por su parte, Petro, después de ratificar el nombramiento de Juan Carlos Froilán, como “ministra” de Igualdad, ante la crítica feminista escribió en X: “Si una persona siente que es hombre o mujer, lo dice esa persona. Ese es su derecho y nadie, absolutamente nadie puede obligarle a lo contrario, ni juez, ni policía, ni padre, ni sociedad, ni Estado.La priorización de la libertad personal es lo que nos hace socialistas democráticos, liberales de verdad, libertarios.” (Las negritas son mías).
¿Así la nueva izquierda?, no puede una sino preguntar. Más en estos tiempos en los que se acusa de “hablar como la derecha” a quien exprese su disentimiento en relación con el sistema de creencias transgenerista. Porque, ¿acaso no comenzaron Marx y Engels su Manifiesto advirtiendo del engaño que entraña hablar de la libertad en abstracto y ponerla por encima de todo? ¿No es precisamente esta lección, el sine qua non de una izquierda que se precie de serlo?
¿Qué está pasando?
Como dije en otro escrito, los hombres de gris que imaginó Michael Ende, al final consiguen robarse nuestro tiempo. Todo el santo día pegados al móvil o a cualquier otra pantalla, todo el día trabajando, todo el día consumiendo, contaminando, y cada vez más rápido, venga, venga; que entre más ciclos del capital se completen en el menor tiempo posible, se expolia mayor plusvalía, se obtiene mayor ganancia.
Pero como tratándose del capital, nunca nada es suficiente ⎯I can’t get no⎯ los hombres de gris ahora han venido por las palabras, por aquellas con las que tropieza la lógica de la máxima ganancia, por aquellas que le puedan hacer obstáculo, ponerle un límite. Han venido a robar su significado, para que así, más ligeras, vaciadas, o se las lleve el viento o se puedan rellenar con lo que mejor convenga. “Un término existente es colonizado y su significado subvertido para nuevos fines políticos”: gentrificación semántica, le llama David Hewittdave.
Y nos encontramos con que haciéndoles el trabajo a las palabras “mujer”, “hombre” y “sexo” el trabajo, según se conjugue, “feminismo” tiene también otro significado. Por eso, seguir usándolas como hasta ahora, puede ser un acto de resistencia y también de libertad, ¡oye!, porque ya puestos… Pero está penado. Tan es así que hasta al mismísimo ex presidente de México, que solo pasaba por ahí y ya se iba, estando ya por concluir su mandato, le llegó la hora de pasar, y en tiktok, por el aro.
Con todo, la disculpa del presidente no fue suficiente para evitar que los grupos de presión transactivista lo acusaran de complicidad, aunque fuera involuntaria, en relación con hechos gravísimos: en ese año cinco personas trans femeninas habían sido asesinadas en México.
En ninguno, pero menos aún en el contexto de hechos tan delicados, habríamos de facilitarle el trabajo a los hombres de gris, abonando en la confusión que daña tanto a las víctimas como a la ciudadanía en su conjunto. No deberíamos de renunciar a consensos conceptuales básicos que dan significado a palabras tan importantes como “mujer”, “hombre”, “sexo”, “feminismo” e “izquierda”: su relevancia social es inmensa. Menos aún debiéramos de hacerlo en nombre de una libertad que, dicha en abstracto, sin atender a sus condiciones materiales de posibilidad ⎯lo explicó Marx con apabullante claridad⎯, no hace sino enmascarar la opresión estructural que se ejerce bajo la ley de la máxima ganancia y que hay que distinguir de la discriminación que esta misma ley también abriga.
A la izquierda, para serlo, corresponde un diagnóstico y una apuesta ética determinadas:
- Diagnóstico de la izquierda: la lógica de la máxima ganancia sin límite (la libertad por encima de todo), la lógica del capital, lleva a la lógica de la máxima exclusión de la mayor parte de la humanidad, al incremento exponencial de desplazados en el mundo, a la guerra, a la aniquilación de pueblos enteros, al cinismo descarnado y jamás imaginado que hoy estamos viendo.
- Apuesta ética de la izquierda: construir o reconstruir instancias reguladoras nacionales e internacionales, que lejos del laissez faire, garanticen las condiciones materiales para poner por encima de todo, no la libertad, sino el respeto de los derechos humanos, sin los cuales, no hay libertad que valga.
Más allá del mayor o menor fracaso que hayan tenido los intentos históricos por materializar la apuesta ética de la izquierda, y de las enormes paradojas a las que se ve abocada cada vez que lo intenta, no habría de tirarse al niño con el agua. Al menos a nivel conceptual, su diagnóstico y su apuesta ética debieran seguir siendo el derrotero que caracterizaran a aquellas fuerzas que se quieran llamar “de izquierda”. Y, ni “la priorización de la libertad personal” que alega hoy Petro, ni “la libertad por encima de todo” que en su día alegó Obrador, cumplen con esa premisa: la libertad, así dicha en abstracto, no puede ser emblema de la izquierda; en cambio, “Por el bien de todos, primero los pobres”, al menos en algunas de sus interpretaciones, sí.
De manera que, señores presidentes, Petro y Obrador, ¿en qué quedamos?
La libertad por encima de todo no es compatible con el respeto a los derechos humanos, a menos que en su ejercicio se conjugue con aquello de que “la libertad de una llega hasta donde llega la del otro” y viceversa, o con aquello de que “el respeto al derecho ajeno es la paz” que decía Benito Juárez. Habría sido particularmente oportuno que, como en otras ocasiones, Obrador lo recordara para que, a la hora de pasar por aquél malgenerizante trance, no pasara también por el aro. Y lo podría haber hecho, incluso sin dejar de disculparse a nivel personal, con quien ahora quiere nombrar “compañera” y no “señor vestido de mujer”. De hecho, venía muy a cuento: ya que había dado el paso a tiktok, en nombre del amor y la libertad por encima de todo, podría haberlo hecho también para recordar, ya no por una cuestión personal, sino como mandatario de todo un país, el derecho a disentir.
¿Por qué el ex presidente López Obrador en México en su día y el actual presidente Gustavo Petro en Colombia hoy, esgrimen el valor de “la libertad” pero no se desmarcan de la cancelación a la que se está sometiendo a las mujeres que no comparten las creencias transgeneristas y alertan de sus peligros? ¿Por qué no, aunque fuera desde una posición equidistante, pronunciándose a favor de un diálogo social abierto y constructivo, apostando por la palabra?
Pero la pregunta es, ¿de verdad habrían podido? Y la respuesta es NO. Ninguno de los dos, pero tampoco, por ejemplo, Pedro Sánchez en España. Son primeros mandatarios y no pueden. Aunque quisieran, que también lo dudo ⎯lamentablemente, no creo que se hayan estudiado a profundidad el tema⎯ no podrían. Están atrapados: en el universo semántico de la llamada “nueva izquierda”, la gentrificación semántica engrasada por apabullantes poderes fácticos, ha conseguido dar por hecho que cuestionar las creencias transgeneristas es cuestionar los derechos humanos.
El hecho es que en este momento, a nivel internacional, parece imposible estar en el poder o aspirar a él con una pretendida tendencia más o menos de izquierda y desmarcarse de la promoción activa del transgenerismo como pensamiento único incuestionable. Y cabe señalar que, entre los primeros documentos en los que apareció recogido “el género” como identidad, suplantando al sexo, fue en los documentos bancarios. Ningún movimiento social que venga desde abajo ha tenido ni tendrá esta suerte.
No, no es el amor ni la libertad, sino otros poderes, lo que está por encima de todo y, al parecer, también de la izquierda en la medida en la que detenta el poder o aspira a él. Y tristemente, eso cuestiona su autenticidad, su apego a la apuesta ética a que se debe.
Por su parte, el feminismo es anticapitalismo y viceversa, porque lo es la defensa de la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, incompatible con la tan rentable devaluación, impago e invisibilización de la mayor parte del trabajo ⎯realizado por las mujeres⎯ que implica la reproducción de la fuerza de trabajo objetiva y también subjetiva: no es casual aquello de llamar “materna” a la lengua que se adquiere en primera instancia.
Gran parte de la labor que hace posible la reproducción de la fuerza de trabajo, objetiva y subjetiva (gestación, crianza, labores domésticas, gestión del hogar, gestión de los afectos y cuidados en general) está a cargo de las mujeres; y, gran parte de ella ¡sale gratis!
Esto es así, no por una cuestión de identidad ni porque tengamos una esencia femenina, sino porque es ese el rol que con gran facilidad se nos han podido imponer dada la condición material de nuestro cuerpo, de nuestro sexo, de nuestra muy específica capacidad reproductiva.
La sociedad y la cultura, asignan roles sexistas, no como quien borda en el aire, sino sobre la base material del sexo, aprovechando esa condición; aunque, por supuesto, otro mundo sea posible. De eso va el feminismo que, no puede ser tal sin reconocer la función que tiene la determinación material del sexo en la opresión de las mujeres: sólo reconociendo esa determinación y la manera como se instrumentaliza para su opresión, se puede aspirar a trascenderla. Negarla va, por lo tanto, en sentido contrario.
Por eso, es el reclamo de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres y no el de la inclusión de la diversidad ⎯con el que el primero se está suplantando⎯, lo que es, de raíz, materialmente incompatible con la lógica neoliberal extractivista de la máxima ganancia. Una lógica que, aprovechando la misma corriente, que diluye el reclamo de igualdad poniendo el acento en la inclusión de la diversidad, es capaz de convertir las capacidades reproductivas de las mujeres en mercancía; cuando, dejando de hablar de las mujeres como hasta hace poco, consigue normalizar la desarticulación de sus ciclos vitales ⎯en realidad indisociables⎯ refiriéndose a ellas como “cuerpos menstruantes”, “cuerpos uteroportantes”, “cuerpos gestantes”, e ir, como Jack, por partes.
Una pena que la experimentación con seres humanos esté prohibida, menos mal que se puede jugar con las palabras y realizarla en nombre del “avance en libertades y derechos”, y hablando de “los cuerpos”, así en abstracto, que se oye tan “moderno”. Lo que pasa es que no estamos hablando de “los cuerpos”, sino de nuestros cuerpos; y éstos, indisociables de la subjetividad que con nombre y apellido los anima, están marcados por el continuo de una historia que no se puede trocear. No sin consecuencias.
“El respeto al derecho ajeno es la paz”, lo vio claro el presidente Juárez, benemérito de las Américas, jurista y político de origen indígena de la etnia zapoteca. Y, si tenemos a una sociedad polarizada a nivel global en torno a la temática transgenerista en este turbulento siglo XXI, acaso será, precisamente, porque no se está respetado “el derecho ajeno”.
En efecto, se están superponiendo derechos de dos segmentos de la sociedad. Los de un colectivo discriminado minoritario, sobre los de la mitad de la humanidad que soporta una opresión estructural milenaria: las mujeres. Dos segmentos que así se han visto abocados a un enfrentamiento que transcurre lastimoso e innecesario, mientras otros hacen caja o se aferran al sillón de turno, y el feminismo se pone, como poco, entre comillas. Cuando, no se trata ⎯como se quiere hacer creer⎯ de negar los derechos humanos de nadie, sino de armonizarlos, que es la función de las leyes. El tema amerita un análisis largo y detallado que aquí no cabe, por eso se están escribiendo al respecto tantos libros.
Pero, volviendo ⎯ya para terminar⎯ a la circunstancia que motivó este escrito: ¿de qué lado están unos presidentes, Petro y Obrador, en este caso, que consienten el acallamiento de las feministas que señalan:
- el peligro que entraña para las mujeres elevar a la categoría de identidad los roles sexistas a través de los cuales se han visto históricamente oprimidas y
- lo bien que esto rima con la senda neoliberal a ultranza que estamos viviendo? ¿Acaso, así, del lado de los pobres?
“Por el bien de todos, primero los pobres”. Un presidente ⎯Obrador⎯ que convirtió en su emblema esta frase, junto con su homólogo, Petro, de la izquierda colombiana, tendrían al menos que escuchar a quienes les recuerdan que, según datos de Amnistía Internacional, por cada dólar que ganan los hombres en ingresos laborales a nivel mundial, las mujeres ganamos 51 céntimos de dólar. Deberían de escuchar a quienes les demuestran con esmerados argumentos y toda una historia de pensamiento a sus espaldas: que esto no tiene que ver con que nos sintamos o no mujeres, sino con que lo somos, con que tenemos de nacimiento ciertas capacidades reproductivas, y no por obra del espíritu santo, sino por razón de nuestro sexo.
Y a todo esto, volviendo a las palabras de Obrador, “el amor está por encima de todo”, hay un día al año, y sólo uno, en el que ese tipo de “amor” supuestamente “incondicional”, “por encima de todo”, se celebra y agita como bandera de manera frenética en todo el mundo, no hace falta decir cuál.
Ejercer la función materna, cuando se tiene la suerte de hacerlo en buenas condiciones, puede ser un privilegio. Acompañar a un ser en su constitución como ser humano, puede ser una de las experiencias más edificantes, asombrosas e interesantes de la vida. El problema no es la función, el problema es el precio que por ejercerla hemos pagado históricamente y seguimos pagando las mujeres. Está recogido en estadísticas de países tan desarrollados como Dinamarca: en una pareja heterosexual, el nacimiento de un bebé está acompañado de una caída en picada que dura varios años, del rendimiento económico profesional de la mujer, y de un repunte en el del hombre.
Tal vez por eso, en el día de las madres, se nos recuerda con tanto ahínco ⎯no sea que nos dé por dudar⎯ que “el amor materno es incondicional”, que “está por encima de todo”; porque, claro, decir que “la lógica de la máxima ganancia está por encima de las mujeres”, suena un poco peor, la verdad.
“Por el bien de todos, primero los pobres”, estamos de acuerdo señor presidente ⎯le dijimos en su día a Obrador⎯, pero hay que dejar de hablar en abstracto ⎯le decimos hoy también a Petro⎯; pues, entre los pobres hay clases y los más pobres son mujeres. Un dólar contra 51 céntimos de dólar, ya lo dijimos.
No, ni la libertad personal ⎯que mienta hoy Petro⎯ ni el amor ni la libertad ⎯que mentó en su día Obrador⎯ dichos así en abstracto, deben blandirse por encima de todo haciendo caso omiso de sus condiciones materiales de posibilidad. Y dentro de estas condiciones materiales está el hecho de tener unas u otras capacidades reproductivas sexuales, sea en acto o en potencia. Si esto no lo tiene claro la izquierda, ¿quién entonces? Y, ¿a quién conviene que decirlo sea considerado “discurso de odio”?
“Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar”, podría llamarse la película, dijimos al principio. Pero en realidad, no hay mayor misterio: “El amor no tiene sexo”, dijo el presidente López Obrador, con toda la razón, porque ni el amor ni el odio ni ningún otro sentimiento tienen sexo. Más allá de la libertad personal que sorprendentemente dijo “prioritaria” Petro, lo que sí que tiene sexo, somos nosotros y nosotras. Y el sexo… el sexo importa.
¿A quién le conviene negarlo?








