Cristian Mejías
La relación del feminismo con el matrimonio ha sido problemática, y no sin razón. Para millones de mujeres a lo largo de la historia -y todavía hoy- el matrimonio ha representado una cárcel, un estado de excepción dentro de otro estado de excepción que es la sociedad patriarcal, fuente de explotación y violencia.
Sin embargo, aunque estemos lejos de haber conseguido una igualdad plena, la situación de las mujeres en Occidente en lo que concierne al matrimonio ha mejorado sustancialmente en las últimas décadas gracias a la lucha feminista. La incorporación al mercado laboral, el derecho al divorcio, las leyes contra los malos tratos y el acceso a los anticonceptivos han elevado a las mujeres a la condición de ciudadanas, permitiéndoles elegir si casarse o no, así como poner fin a relaciones abusivas o infelices.
Siguiendo a Alicia Puleo, estos avances suponen la materialización de cambios culturales profundos y necesarios frente al patriarcado coercitivo propio de sociedades tradicionalistas. Pero a su vez esos cambios anticipan un nuevo modelo patriarcal en las sociedades democráticas, basado no ya en el uso de la fuerza y su legitimidad legal, sino sobre el consentimiento sexual.
En Contra la revolución sexual (2023), Louise Perry denuncia cómo el liberalismo sexual perjudica a las mujeres. La autora concede que la Revolución Sexual tuvo aspectos positivos, como el reconocimiento del derecho a la autonomía sexual y reproductiva de las mujeres o una mayor tolerancia hacia las minorías sexuales, pero al despojar a la sexualidad de todo sentido ulterior también contribuyó a la hipersexualización de la cultura, produciéndose un “desencantamiento del sexo”.
La hipersexualización, potenciada por la generalización del acceso a internet y los smartphones, se manifiesta en múltiples indicadores negativos que afectan desproporcionadamente a las mujeres. Entre ellos destaca el aumento de las infecciones de transmisión sexual y agresiones sexuales, la aparición de nuevas modalidades de prostitución y la omnipresencia del contenido pornográfico en la red, así como una precarización de los vínculos interpersonales.
Para contrarrestar los efectos negativos de este desencantamiento del sexo, Perry reivindica la revalorización de ciertas virtudes consideradas obsoletas, como la contención sexual y la estabilidad conyugal. Si bien este tipo de propuestas deben ser tomadas con cautela por lo que históricamente han significado para las mujeres -y continúan significando para una parte importante de ellas-, también cabría analizarlas con seriedad.
Según los datos del Instituto Nacional de Estadística (2023), la tasa de violencia contra las mujeres en relaciones informales y uniones de hecho son muy superiores respecto a los matrimonios. Del total de mujeres víctimas de violencia de género, el 42,2% mantenían una relación de pareja o expareja de hecho, el 34,7% eran novias o exnovias y el 22,1% cónyuges o excónyuges. Además, hay que tener en cuenta que el número de matrimonios es mucho mayor al de parejas de hecho.
Si tomamos como referencia orientativa el número de mujeres víctimas de violencia de género en el año 2023 (15.545 en parejas de hecho y 8.086 casadas) y lo dividimos entre el número de parejas de hecho formalizadas (36.307 según el Centro de Información Estadística del Notariado) y matrimonios contraídos en ese mismo año (172.430, según el INE), asumiendo con fines estadísticos que son con personas de distinto sexo, obtenemos como resultado una tasa de violencia de género aproximadamente 9 veces superior en las parejas de hecho.
En cuanto a las y los hijos menores víctimas de violencia de género, los resultados siguen una tendencia similar pero aún más alarmante. Concretamente, si tomamos de nuevo los datos del INE, la probabilidad de violencia hacia menores por parte de los padrastros en las parejas de hecho es 27 veces superior (259/36.307) que en los matrimonios (45/172.430).
Por lo tanto, un análisis de la realidad material nos obliga a matizar la visión exclusivamente peyorativa del matrimonio. Frente a modelos relacionales menos comprometidos y más inestables, la institución matrimonial parece actuar como un factor protector frente a la violencia contra las mujeres y contra la infancia, y también podría hacerlo frente a la cosificación que impera en las sociedades hipersexualizadas. A diferencia de la prostitución o los vientres de alquiler, cuya naturaleza es estrictamente transaccional, el matrimonio puede ofrecer una lectura más amable, e incluso funcionar como un refugio emocional en un mundo frío y hostil, aunque debemos evitar caer en su idealización.
Sobre esto último, para superar el etnocentrismo conviene distinguir entre la experiencia particular del matrimonio en una sociedad como la española de otras geografías y culturas donde se obliga a las víctimas de violaciones a casarse con sus agresores, a niñas con adultos, se lapida a las acusadas de adulterio o se permite la poliginia. Las instituciones están vivas, y el matrimonio no es una excepción, por lo que no podemos equiparar situaciones tan radicalmente diferentes.
En este sentido, la estabilidad conyugal basada en la autonomía y en el respeto mutuo de sus miembros puede representar una alternativa ante la pinza que conforman por un lado la hipersexualización neoliberal, y por otro el auge de los comunitarismos que instrumentalizan a las mujeres como símbolos culturales. Una alternativa que, al tratar a sus integrantes como fines y no como medios, se alinea con los principios éticos y políticos del feminismo.
Bibliografía:
- Instituto Nacional de Estadística (2023). Estadística de Violencia Doméstica y Violencia de Género (EVDVG) Año 2023.
- Perry, L. (2023). Contra la revolución sexual: una nueva guía para el sexo en el siglo XXI. La esfera de los libros.









Interesante, gracias.