Juan López Páez Área China CEFMA
El debate se centra sobre si China en el sistema-mundo puede ser considerada una potencia imperialista o un contrapeso clave frente al hegemonismo occidental. A través de un análisis estructural basado en la teoría económica tradicional y en los flujos de capital contemporáneos se refuta las acusaciones de «capitalismo depredador» y «trampa de la deuda» dirigidas hacia Pekín. En tiempos donde el hegemonismo unipolar recurre a la violencia desesperada, las dinámicas internas del Estado chino direccionado por el PCCh con la Iniciativa de la Franja y la Ruta y el impulso hacia un orden mundial multipolar configuran una estrategia de cooperación y desarrollo que ayuda a descentralizar la hegemonía global de EEUU, haciendo que China se configure como un motor de soberanía económica para el Sur Global y un dique de contención antiimperialista que la izquierda consecuente no puede ignorar.
La anatomía económica: El rol de las empresas estatales y la soberanía del PCCh
Para dilucidar si China actúa bajo lógicas imperialistas, es indispensable examinar la naturaleza de su modo de producción y la estructura de su poder político. En el capitalismo monopolista occidental, el Estado es un instrumento capturado por la oligarquía financiera; las corporaciones dictan la política exterior y fuerzan intervenciones militares para abrir mercados o capturar materias primas.
En China, la correlación de fuerzas es inversamente proporcional: el Estado mantiene el control firme de la economía y las herramientas de mercado están supeditadas a la planificación central. El núcleo duro del aparato productivo chino descansa sobre las Empresas de Propiedad Estatal (SOE) y un sistema financiero estrictamente público. Los cuatro bancos más grandes del mundo son estatales chinos y no responden a los intereses de la maximización del beneficio privado a corto plazo, sino a los planes quinquenales de desarrollo social y científico diseñados por el PCCh.
Al no depender de la voracidad de la tasa de ganancia privada ni enfrentarse a las crisis cíclicas de sobreproducción endémicas del capitalismo occidental, el capital chino no se ve forzado a la superexplotación sistemática de la fuerza de trabajo en el extranjero. La inversión china en el Sur Global no busca subyugar mano de obra para extraer plusvalía absoluta, sino consolidar alianzas estratégicas de largo aliento e infraestructuras de conectividad que benefician tanto a Pekín como a los países receptores.
El análisis empírico de los flujos internacionales demuestra que China ha sido históricamente la fuente de valor extraída y no el centro beneficiario. Un estudio icónico de 2008 sobre la cadena de valor del iPod de Apple reveló que los 12.250 trabajadores chinos encargados de su ensamblaje recibían en conjunto una masa salarial de 19 millones de dólares (apenas el 6% del salario medio minorista estadounidense). En contraste, los empleados de Apple en Estados Unidos sumaban una masa salarial de 719 millones de dólares por una cantidad similar de puestos de trabajo.
Asimismo, las investigaciones de los economistas Guglielmo Carchedi y Michael Roberts [1]sobre el intercambio desigual confirman que existe una transferencia neta continua de plusvalía desde China hacia el bloque imperialista. Este drenaje ha representado entre el 5% y el 10% del PIB chino de forma sostenida desde la década de 1990.
Estos datos ubican categóricamente a China dentro del bloque de los países dominados y explotados por el capital financiero occidental. Aunque las empresas chinas invierten hoy en el exterior, sus principales destinos de inversión privada han sido países como Estados Unidos, el Reino Unido o Australia, flujos que bajo ninguna métrica teórica pueden catalogarse como una superexplotación de la mano de obra del Sur Global.
Desmontando el mito de la «trampa de la deuda»
La narrativa de la «trampa de la deuda» es un andamiaje ideológico elaborado por los laboratorios de ideas de Washington y replicado de forma acrítica por los medios de comunicación como Jacobin. Según este mito, Pekín asfixia deliberadamente a los países en desarrollo con préstamos insostenibles para luego embargar activos soberanos e infraestructura estratégica, replicando los métodos coloniales del siglo XIX.

La realidad factual desmiente por completo esta acusación. Los estudios empíricos demuestran que las tasas de interés de los créditos chinos suelen situarse en torno a la mitad de las exigidas por los bancos y mercados financieros occidentales. A diferencia de los créditos del Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial, la asistencia financiera china no impone condicionalidades de Ajuste Estructural. Pekín no exige recortar el gasto público, privatizar la sanidad, congelar salarios o desmantelar los subsidios estatales.
Asimismo, los datos revelan que la inmensa mayoría de la deuda externa del Sur Global —especialmente en África y América Latina— sigue estando en manos de fondos buitre, gestores de activos y bancos comerciales occidentales. Mientras Occidente históricamente ha financiado burocracia o condicionado sus fondos a la reprimarización económica, el 70% de los préstamos chinos a África se destina directamente a resolver la brecha de infraestructura: redes de transporte, telecomunicaciones, puertos y proyectos de generación energética.
Cuando los países prestatarios atraviesan crisis de liquidez, la práctica habitual de Pekín no es el embargo coercitivo, sino la reestructuración de los plazos, la moratoria bilateral o, en numerosos casos documentados con los países de menores recursos, la condonación total de la deuda

La Franja y la Ruta: Infraestructura para la desconexión del dólar
Como expusieron Marx y Bujarin, el capital se traslada al extranjero buscando una mayor tasa de beneficio basada en una mayor tasa de explotación. El economista John Smith [2]conceptualiza este fenómeno contemporáneo como arbitraje laboral global: la deslocalización masiva de la producción de la «Tríada Imperialista» (Estados Unidos, Europa Occidental y Japón) hacia economías de bajos salarios para amortiguar la caída de la ganancia en los países centrales. Hoy en día, el 83% de la fuerza laboral manufacturera mundial reside en el Sur Global, expuesta a salarios de miseria que sostienen la rentabilidad del capitalismo occidental.
La Iniciativa de la Franja y la Ruta representa un proyecto alternativo de infraestructura y diplomacia económica más ambicioso de la historia de la humanidad. Lejos de constituir un mecanismo de subordinación neocolonial, este corredor transcontinental funciona como una vía de escape frente al bloqueo económico y las sanciones unilaterales con las que Estados Unidos estrangula a las naciones que deciden no alinearse a sus dictámenes.
Al dotar al Sur Global de ferrocarriles modernos, puertos de aguas profundas y redes satelitales y de telecomunicaciones propias, China rompe el monopolio tecnológico occidental. Países históricamente marginados encuentran en Pekín un socio comercial alternativo que ofrece tecnología de punta —como energías renovables y sistemas de pago electrónico— sin exigir sumisión política a cambio.
Este codesarrollo de infraestructuras favorece de forma directa la desdolarización del comercio internacional. Al permitir transacciones en monedas locales o en yuanes, los países en desarrollo blindan sus economías contra las crisis provocadas por el ciclo del dólar estadounidense y neutralizan el uso del sistema Swift como arma geopolítica de castigo. La Franja y la Ruta provee la base material indispensable para que la soberanía política de las naciones oprimidas sea, finalmente, una realidad económica viable
Como explica el economista marxista Samir Amin[3], el imperialismo contemporáneo no opera únicamente a través de la ocupación militar directa, sino mediante el control absoluto de cinco monopolios clave por parte de la Tríada (EE. UU., Europa y Japón): el monopolio tecnológico, el control de los flujos financieros, el acceso a los recursos naturales del planeta, los medios de comunicación y las armas de destrucción masiva.
Para Amin, la única vía de emancipación para la periferia oprimida era la «desconexión» (delinking)[4]: la subordinación de las relaciones exteriores a la lógica del desarrollo interno de cada país. La estrategia de China, lejos de replicar el esquema de la Tríada, provee al Sur Global de los elementos materiales (tecnología, financiamiento alternativo e infraestructura) indispensables para romper esos monopolios y hacer viable la desconexión frente al chantaje de los centros imperiales.
A finales de los años 70 y principios de los 80, la izquierda y la economía política estaban dominadas por las teorías de la dependencia. Occidente instalaba la idea de que para que los países del Tercer Mundo progresaran, debían integrarse más y «copiar» las etapas de desarrollo de Europa y EEUU, Amin lo refuta radicalmente y demuestra que la inserción de la periferia en el mercado global globalizado solo profundiza el subdesarrollo y la transferencia de riqueza hacia el centro imperialista.
Conclusión
La historia del imperialismo está indisolublemente ligada a la guerra, la conquista brutal y el exterminio. Históricamente, la exportación de capital imperialista ha requerido del uso implacable de la fuerza militar. El analista estadounidense Thomas Friedman [5] sintetizó esta simbiosis estructural al afirmar que «la mano oculta del mercado nunca funcionará sin un puño oculto: McDonald’s no puede prosperar sin McDonnell Douglas, el fabricante del F-15″. Desde la conquista colonial hasta las invasiones contemporáneas de Estados Unidos y la OTAN en Irak, Libia o Afganistán, el imperialismo ha sido inseparable de la agresión bélica.
Pues bien desde 1949, el historial militar de la República Popular China muestra una naturaleza cualitativamente distinta. En casi medio siglo, Pekín ha mantenido una doctrina militar defensiva de no primer uso de armas nucleares que contrasta drásticamente con el rastro de destrucción dejado por la OTAN en Yugoslavia, Irak, Libia o Afganistán.

El orden mundial unipolar liderado por los Estados Unidos se encuentra en una fase de declive histórico, y su respuesta es una violencia geopolítica desesperada a través de guerras por delegación y bloqueos comerciales. En este escenario crítico, la emergencia de un mundo multipolar coorganizado en el que China participa activamente e impulsa una extensa red de organismos multilaterales que fortalecen la soberanía del Sur Global a través de espacios de concertación política como los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái o el G77+China, o en Mecanismos regionales y financieros: La CELAC (Foro China-CELAC), FOCAC (Foro sobre Cooperación China-África) y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BIIA) demuestran que China no constituye un simple cambio de amo hegemónico.
China participa activamente e impulsa una extensa red de organismos multilaterales que fortalecen la soberanía del Sur Global: La multipolaridad democratiza las relaciones internacionales. Al quebrar el absolutismo de la Tríada imperialista, abre un margen de maniobra histórico para que los pueblos del Sur Global decidan sus propios caminos de desarrollo sin el temor a ser bombardeados o bloqueados. Aquella izquierda que levanta la consigna de «Ni Washington ni Pekín» renuncia al análisis materialista de la realidad, asume los marcos teóricos del enemigo de clase y sabotea la arquitectura de resistencia global. Defender la soberanía económica, apoyar la transición hacia la multipolaridad y caracterizar correctamente a China como un dique de contención antiimperialista. En un momento histórico en que el bloque unipolar recurre a la coerción militar y económica para preservar su hegemonía, la consolidación de la multipolaridad representa una oportunidad histórica para la estabilidad y el desarrollo de los pueblos.

El análisis riguroso de los datos económicos y el registro histórico confirma que China no es una potencia imperialista: no sustrae plusvalía mediante la superexplotación del trabajo en la periferia, no utiliza la fuerza militar para conquistar mercados y su estructura política impide que el capital financiero capture la política exterior del Estado.
[1] «The Economics of Modern Imperialism». Ed. Brill 2022
[2] “Imperialismo en el siglo XXI” Revista Estudios Críticos del Desarrollo (Vol. VIII, Nº 14) Universidad Autónoma de Zacatecas. 2018 México.
[3] Amin, Samir (1988): “La desconexión hacia un sistema mundial policéntrico” Ed. Colihue, Ba As
[4] Delinking: significa subordinar las relaciones exteriores de un país a las necesidades de su desarrollo interno. Dejar de organizar la economía nacional en función de lo que el mercado extranjero demanda (por ejemplo, ser simples exportadores de materias primas con mano de obra barata) y empezar a planificar el tejido industrial y social en beneficio de las clases populares locales.
[5] «A Manifesto for the Fast World» The New York Times 28 marzo 1999








