Del sueño al horror: El sionismo, las guerras y el silenciamiento de las voces

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Por Fátima Álvarez

El sueño que se volvió pesadilla

El sionismo nació a finales del siglo XIX como el sueño legítimo de un pueblo perseguido de encontrar un hogar seguro. Era la respuesta a siglos de antisemitismo, pogromos y discriminación en Europa. Pero ese proyecto, que buscaba refugio para un pueblo sin Estado, se ha convertido hoy —en su aplicación política por el Estado de Israel— en la pesadilla de otro: el pueblo palestino. Y como en toda guerra, son las mujeres quienes pagan un precio doblemente alto, mientras las voces que intentan documentar esta barbarie son sistemáticamente silenciadas.

En 1897, Theodor Herzl y otros líderes judíos convocaron el Primer Congreso Sionista en Basilea, Suiza, con el objetivo de crear un hogar nacional en la tierra de Israel. Durante el Mandato Británico, la inmigración judía aumentó, especialmente ante el ascenso del nazismo y el Holocausto, que costó la vida a seis millones de judíos. La creación del Estado de Israel en 1948 fue vista por muchos como la materialización de un ideal, pero también significó la Nakba —la ‘catástrofe’— para más de 700.000 palestinos expulsados de sus hogares.

Con el tiempo, especialmente tras la Guerra de los Seis Días en 1967, Israel ocupó Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, comenzando una política de asentamientos y control militar que continúa hasta hoy. Lo que comenzó como un movimiento de liberación nacional para un pueblo sin tierra se ha transformado, en la práctica, en un sistema de ocupación y despojo contra otro pueblo. Y en medio de este conflicto prolongado, las mujeres son convertidas en campo de batalla.

La guerra contra las mujeres y contra la verdad

En Gaza y Cisjordania, las mujeres palestinas no solo enfrentan bombardeos, desplazamientos y hambre forzada; también son objeto de violencia sexual y humillaciones específicas por su condición de mujeres. Testimonios documentados por organismos como ONU Mujeres y Amnistía Internacional hablan de violaciones, desnudez forzada, acoso sexual en retenes militares y amenazas contra sus hijos como método de coerción. A la violencia física se suma la imposibilidad de acceder a atención médica, incluyendo salud reproductiva, lo que ha provocado muertes evitables en embarazos y partos.

Pero hay otra guerra paralela que se está librando: la guerra contra la información. El asesinato del equipo completo de Al Jazeera en Gaza —dos reporteros y dos camarógrafos— no es un daño colateral, es una ejecución deliberada. Murieron en un ataque directo contra la carpa en la que residían, situada junto al hospital Al-Shifa.

Entre las víctimas está Anas Al-Sharif, de 28 años, uno de los periodistas más conocidos de Gaza, quien recientemente denunció ante las cámaras la hambruna que sufre la población y se había convertido en una fuente clave de información para el mundo.

El Comité para la Protección de los Periodistas ya había alertado sobre la campaña de desprestigio militar israelí contra Al-Sharif, señalando que “podría ser el anticipo de su asesinato”. Hoy, esa amenaza se ha hecho realidad. Israel ha eliminado a todo el equipo de Al Jazeera en la Ciudad de Gaza, enviando un mensaje claro: van a aplicar la “solución final” y no quieren testigos.

El patrón histórico: mujeres como botín de guerra, voces como amenaza

Este horror no es exclusivo de Palestina. La historia reciente está marcada por el uso sistemático del cuerpo de las mujeres como arma de guerra y por el silenciamiento de quienes intentan documentarlo: en Bosnia, donde la violación fue reconocida como crimen contra la humanidad mientras periodistas fueron asesinados por informar; en Ruanda, donde miles de mujeres fueron agredidas sexualmente en masacres planificadas mientras se bloqueaba la información internacional; en la República Democrática del Congo, llamada por la ONU ‘la capital mundial de la violación’, donde reporteros enfrentan constantes amenazas por visibilizar la violencia sexual sistémica.

El patrón es siempre el mismo: oprimir a las mujeres y silenciar a quienes lo denuncian. Porque la violencia sexual en contextos de guerra no es solo una consecuencia del conflicto, es una estrategia deliberada de humillación, control territorial y destrucción social. Y documentar esta realidad se convierte en un acto subversivo que las fuerzas ocupantes no pueden tolerar.

La complicidad internacional: un silencio ensordecedor

Lo que indigna no es solo la brutalidad de los agresores, sino la pasividad cómplice de gobiernos y organismos internacionales. Los vetos en el Consejo de Seguridad de la ONU bloquean resoluciones que podrían frenar la masacre. La venta de armas y tecnología militar a Israel continúa. Las sanciones, cuando existen, son simbólicas y tardías. Cada día que pasa sin acción efectiva es un día más de complicidad.

Mientras tanto, los medios de comunicación occidentales replican la propaganda oficial, invisibilizando testimonios de mujeres palestinas y minimizando el asesinato sistemático de periodistas. La muerte de Anas Al-Sharif y su equipo apenas merece unas líneas en los grandes periódicos, mientras que cada declaración del aparato militar israelí ocupa portadas enteras.

¡Basta de complicidad! Las acciones que debemos exigir

Las acciones que podrían tomarse son claras y urgentes:

**Medidas inmediatas:**

  • Suspender de inmediato todo comercio de armas con Israel
  • Imponer sanciones económicas y diplomáticas reales, no gestos simbólicos
  • Enviar misiones internacionales para proteger a la población civil, especialmente a mujeres y niñas
  • Establecer corredores humanitarios seguros supervisados por organismos internacionales
  • Crear tribunales especiales para juzgar crímenes de violencia sexual sistemática

**Medidas estructurales:**

  • Reconocer de forma efectiva al Estado palestino con garantías de seguridad
  • Llevar a juicio ante la Corte Penal Internacional a los responsables de crímenes de guerra y violencia sexual
  • Crear un fondo internacional para reparaciones a víctimas de violencia sexual en conflictos armados
  • Establecer mecanismos de protección efectiva para periodistas en zonas de conflicto
  • Implementar protocolos internacionales que garanticen el acceso a salud reproductiva para mujeres en territorios ocupados

El feminismo en lucha: no hay neutralidad ante el genocidio

El feminismo no puede ser neutral ante un genocidio. Nuestro compromiso es con todas las mujeres, en todas las guerras, en todos los rincones. Porque la guerra siempre es patriarcal, y en ella el cuerpo de las mujeres se convierte en botín y en blanco, mientras las voces que lo denuncian son eliminadas.

La muerte de periodistas como Anas Al-Sharif nos recuerda que la lucha feminista es también una lucha por la verdad, por el derecho a saber, por el derecho a testimoniar. Cada mujer palestina que no puede acceder a atención médica durante su embarazo, cada niña que crece entre bombardeos, cada periodista asesinado por contar la verdad, son heridas en el cuerpo colectivo de la humanidad.

**No podemos seguir siendo espectadoras pasivas.** Cada día de silencio es complicidad. Cada compra de productos israelíes es financiamiento de la ocupación. Cada voto a partidos que venden armas a Israel es legitimación del genocidio.

El llamado a la acción: romper el cerco mediático y político

  • A las organizaciones feministas: Es hora de posicionarse claramente. No hay feminismo posible que ignore el genocidio de las mujeres palestinas o el asesinato de quienes intentan documentarlo.
  • A los medios de comunicación: Dejen de ser altavoces de la propaganda militar. Honren la memoria de los periodistas asesinados amplificando las voces que intentaron silenciar.
  • A los gobiernos: Su silencio los convierte en cómplices. La historia los juzgará por cada día de inacción.
  • A la ciudadanía: Boicot, desinversión, sanciones. Manifestaciones, presión política, visibilización. El genocidio no se observa: se detiene.

El genocidio palestino es nuestro genocidio. La violencia sexual sistemática contra mujeres palestinas es violencia contra todas nosotras. El asesinato de periodistas que documentan esta barbarie es un ataque contra nuestro derecho a la verdad.

Si no lo detenemos, será nuestra vergüenza histórica y nuestro fracaso como humanidad. Pero si actuamos ahora, con la fuerza de nuestras convicciones y la claridad de nuestros principios, podemos escribir una historia diferente.

La revolución feminista es pacifista, pero no pasiva. Es internacionalista, pero no neutral. Es por todas nosotras, o no es.

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