Alexandre García Turcan
(Continuación de la entrada anterior)
El argumento teleológico se basa, como su propio nombre indica, en la teleología (a no confundir con teología), que según el diccionario de la RAE es la “doctrina de las causas finales”. Consiste en explicar la causa de algo (en el caso que nos ocupa, Dios) por medio de su función. Es el razonamiento que se hace cuando se dice cosas del tipo “el oxígeno existe para que podamos respirar”, “el agua existe para que podamos beber”, o si escogemos un ejemplo extraído del reino animal, “el plancton existe para alimentar a las ballenas”.
Este tipo de razonamiento presupone que la función que se atribuye a algo es la causa de su existencia. En la teología, este razonamiento suele ser acompañado de un argumento de necesidad del tipo “si el oxígeno no existiese, los seres humanos morirían, luego esto es la prueba de que Dios creó el oxígeno para que podamos vivir”.

“- Mi señor, ¿por qué eliminó a los dinosaurios?
– No me terminaron de gustar y cambié de opinión.”
Este tipo de argumento suele funcionar, máxime cuando además no es siempre un argumento del todo falaz. Al menos, no lo es bajo todas las formas en que existe. Por ejemplo, en el campo de la medicina o de la biología, resulta útil y práctico dar una explicación “mecanicista” del organismo de un ser vivo. No es extraño oír expresiones del tipo “el corazón sirve para hacer circular la sangre”, “los riñones sirven para filtrar la sangre”, “los nervios sirven para transmitir información a los músculos para permitir el movimiento”, o en el campo de la zoología, decir por ejemplo que “el cuello de las jirafa le sirve para que pueda alcanzar alimentos en lugares altos”. Aquí, cabe hablar de razonamiento teleológico, en la medida en que es la función de un órgano lo que sirve para describir o explicar su lugar en un organismo, de tal forma que, retóricamente, se está diciendo que la función del órgano es su razón de ser.
No es algo disparatado decir esto, porque al fin y al cabo, el proceso de evolución de las especies se basa en la capacidad de estos órganos de cumplir una función de forma eficaz. Si estos órganos no cumpliesen con esta función, pues sencillamente el proceso de selección natural no habría seleccionado a los individuos dotados con estos órganos. Lo cual no quiere decir que la función de estos órganos sea exactamente la misma en todos los niveles de la evolución. Por ejemplo, no se ha visto que, de un día para otro, un pez con branquias se convierta en un anfibio con pulmones. Hay unas etapas necesarias para pasar de un estado al otro.
En el caso del ojo, por ejemplo, no se ha visto que una especie sin ojos pase de la noche a la mañana a tener un ojo complejo que distinga la luz, las formas y los colores de manera precisa, por el hecho de que tener un ojo sea necesario para su supervivencia. Al principio de la evolución, lo más normal es que haya una célula fotosensible que permita distinguir el día y la noche; después, esta célula adoptara una forma cóncava, lo cual permitirá localizar la dirección de la luz, y por lo tanto permitirá orientarse; después, adoptará una forma esférica, lo cual permitirá por ejemplo distinguir siluetas, hasta culminar en un ojo complejo como lo es el del ser humano, que permitirá una visión detallada como es nuestro caso (y sabiendo que el ojo humano no es el ojo más perfecto y eficaz que existe en la naturaleza, ni mucho menos [1]).

Por lo tanto, existen casos en los que el empleo de una expresión teleológica (importante el matiz “expresión”) es válido y pertinente, por una mera cuestión de comunicación, para facilitar la divulgación del conocimiento sobre los órganos que tiene un individuo.
Inclusive, el empleo de expresiones teleológicas, inclusive por parte de grandes científicos, es del todo válido si se hace con intenciones poéticas. El gran divulgador y astrofísico Carl Sagan llega a decir en la serie televisiva “Cosmos” (1980) la frase siguiente:
“El cosmos también está dentro de nosotros. Estamos hechos de materia estelar. Somos una forma en la que el universo se conoce a sí mismo.”
¿Esto significa que Carl Sagan creyese en la teleología, que creyese que existe una “voluntad superior” en el universo, trascendente a la vida, que opera con una finalidad destinada específicamente para los seres humanos? En absoluto. Y sin embargo, desde el punto de vista poético puede ser considerado bonito.
Sin embargo, hay una gran diferencia entre estos empleos del teleologismo, y el que nos interesa aquí. En el caso de la zoología que hemos visto antes, no se trata de decir que existe una voluntad divina que esté guiando el proceso de la evolución. No es el individuo, ni la especie, ni una voluntad trascendente la que decide mejorar la función de un órgano, sino que es la selección natural la que selecciona entre lo que es más eficaz para la supervivencia de una especia y lo que es más dañino o inútil para la misma.
Cojamos por ejemplo el caso de un pez que sólo tiene una célula fotosensible simple. Sólo podrá distinguir si hay luz, o no hay luz. Como siempre ocurre siempre en el reino animal, a partir de este animal nacerán otros peces con mutaciones, de tal forma que unos nacerán con una célula fotosensible ligeramente atrofiada, otros nacerán con una célula ligeramente más larga, otros con una célula ligeramente cóncava o ligeramente convexa.

De nuevo, será la selección natural, y no una voluntad trascendente, lo que va a determinar qué células fotosensibles son eficaces para la supervivencia, y cuáles no. Las mutaciones que no son eficaces disminuirán las posibilidades de reproducción, y los genes que están en el origen de las mutaciones desfavorables terminarán por desparecer del acervo génico de la especie. En cambio, las mutaciones favorables van a aumentar las posibilidades supervivencia, y por lo tanto se van a convertir en la norma en el acervo génico. En ningún momento hay alguien, o algo, que “toma una decisión”. Se trata de un proceso puramente mecánico. De la misma forma que un tamiz no “decide” dejar pasar tierra y retener pepitas de oro, por ejemplo. El hecho de que se encuentre una pepita de oro es algo que simplemente ocurre cuando una materia arenosa pasa a través de un tamiz.
En cambio, el argumento teleológico que nos interesa aquí, es el argumento que al contrario atribuye todo a la decisión de una “voluntad divina”. Según este razonamiento, los peces existirían para que los humanos podamos pescarlos, el aire existiría para que podamos respirarlo, la tierra existiría para que podamos vivir sobre ella, el fuego existiría para que podamos calentarnos, etc. Básicamente, el argumento se podría resumir con la siguiente frase: “¡De verdad, es increíble que vivamos en un mundo tan perfectamente adaptado a nosotros! Luego, debe existir “algo” que de alguna manera debe haber intervenido para crear la vida sobre la tierra bajo su forma realmente existente.”
Pero esto no es más que una inversión de causalidad. No es el mundo el que está adaptado a nosotros, sino que es nuestra especie la que se ha adaptado al mundo en el que vive, o, para ser más precisos, la que se ha adaptado al nicho ecológico que ocupa, al igual que cualquier otra especie. Y, de hecho, sólo hace falta observar que todas las especies vivientes, no solamente los seres humanos, están adaptadas a su medio ambiente. Porque una especie que no está adaptada a su medio ambiente, es por definición una especie extinta. Si por ejemplo nos colocásemos en el lugar de los peces, perfectamente podríamos decir: “De verdad, nuestro medio ambiente está perfectamente adaptado a nosotros. El agua ha sido creada para que podamos respirar, el plantón ha sido creado para que podamos alimentarnos, ¡esto es la prueba de que debe haber un Dios Pez que ha creado el universo entero para que podamos existir!” Evidentemente, no hay ningún “Dios Pez”. Simplemente, los peces, al igual que el resto de especies existentes, han evolucionado en función de su medio ambiente.
Ahora bien, este argumento teleológico tiene a su vez dos subvariantes, que suelen ser recurrentes en los debates teológicos, que son los siguientes:
- El argumento del reloj.
- El argumento de la perfección.
El argumento del reloj
El argumento del reloj no es tan presente en el debate público, pero es en cambio muy frecuente oírlo de parte de teólogos profesionales para justificar la existencia de Dios. Viene a decir que la creación está demasiado bien organizada como para no ser fruto de la obra de un “creador”.
¿Cómo se formula esto? De la siguiente forma: imagínense que están en una playa, y que de pronto os encontráis un reloj suizo debajo de la arena. ¿No estaríais impresionados ante la complejidad de este objeto, en contraste con la simplicidad de lo que lo rodea? De allí un teólogo deduciría que este objeto es necesariamente la obra de un creador, que ha dedicado mucho tiempo para crear este objeto con una finalidad precisa. Y efectivamente, es la conclusión a la que llegaríamos, pues efectivamente un reloj es obra de al menos un creador.
¿Qué quieren decir los teólogos con esto? Que somos capaces de reconocer la concepción de algo complejo (lo que en inglés se llama design) en un objeto como ese. Y el conjunto del universo, de la vida sobre la tierra, de los organismos vivientes, etc., es tan complejo y tan perfectamente organizado que sería imposible negar que también es obra de un creador, de la misma manera que sería absurdo negar que un reloj es obra de al menos un creador.
El argumento parece convincente, y hay que reconocer que, en cuanto a retórica, el truco de magia para sembrar la ilusión de que existe un “creador” es perfecto. Y, sin embargo, ese argumento en realidad demuestra exactamente lo contrario de lo que pretende demostrar. Y se refuta haciendo la siguiente pregunta: ¿En oposición a qué cosa deducimos que el reloj tiene un creador?
Si parece evidente que el reloj en la playa ha sido creado con una intención precisa, es por el contraste que tiene con todo lo que está alrededor. La arena, el mar, el viento, las conchas, las plantas, etc., parecen “naturales” en oposición al reloj, que nos parece en cambio “artificial” (por cierto, esto me recuerda a los separatistas que dicen que España es un “estado artificial”, pero sería meternos en otro embolado).
Y, precisamente, el argumento del reloj pretende demostrar que todo ha sido creado, no solamente el reloj. Luego, no hay nada que sea “natural” en sentido estricto. Si tenemos la capacidad de ver la “concepción” de un “creador”, deberíamos ver esa concepción en todo, y no solamente en un reloj. Cada grano de arena, cada gota de agua, cada hoja de árbol, etc., también debe llevarnos a pensar que han sido creados con una finalidad precisa. Luego, no debería haber ninguna razón para que hagamos una distinción con el reloj, con respecto de todo lo demás, cuya concepción debería ser igual de evidente.
Pero entonces, ¿por qué adivinamos que el reloj ha sido creado con una intención precisa, y no la planta que está al lado? ¿Es por un sentido innato de la concepción que hace que instintivamente veamos una “concepción” en los relojes? No. Si lo hacemos, es simplemente por nuestra experiencia de la realidad. Sabemos que los seres humanos son capaces de fabricar relojes. Sabemos cómo y por qué se fabrican. Somos capaces de rastrear todo el historial de la práctica de la fabricación de relojes. Disponemos de registros históricos y arqueológicos de ello. Conocemos las técnicas empleadas para la fabricación de relojes, conocemos los mecanismos existentes para su funcionamiento, e incluso un relojero nos los puede enseñar sin problema. Todo ello son pruebas de que los relojes son una creación, creada intencionadamente por al menos una persona.
Si no existiesen estos elementos de prueba, la distinción entre el reloj en la playa y todo lo que lo rodea no sería tan evidente. Imaginemos que un hombre prehistórico se pasea por una playa y no se encuentra con un reloj en la arena, sino que se encuentra con decenas y decenas de relojes diseminados por toda la playa. Nunca ha visto un reloj, no sabe para qué sirve, no sabe cómo se fabrican, e ignora todo de su funcionamiento. ¿Qué razones tendría el hombre prehistórico para pensar que este objeto ha sido creado intencionadamente por un “creador”, en contraste con todo lo demás? Ninguna. Para él, esos relojes no serían más que una curiosidad más, de cuyo origen desconoce todo. Y si digo “decenas de relojes”, es precisamente porque la recurrencia de la observación de un reloj es lo que va a determinar si el hombre va a pensar que el objeto es “natural” o “artificial”. El hecho de distinguir un único objeto que se distingue de todos los demás, ya es motivo suficiente para sospechar que no está en el lugar que le corresponde, y que por lo tanto es obra de un “creador”. Si, en cambio, es tan recurrente ver relojes como lo es ver granos de arena, cangrejos, conchas, plantas, etc., entonces vamos a pensar que es tan normal ver relojes como lo es ver todo lo demás que le rodea.

Luego, el argumento teológico del “reloj”, por muy impresionante que parezca en un principio, no es un argumento a favor de la existencia de Dios, sino lo contrario. Sabemos que los relojes son creados intencionadamente, no por un “creador” sino por seres humanos, precisamente por el hecho de que disponemos de pruebas de que es así. En cambio, en lo que respecta a todo lo demás que rodea al reloj, no disponemos de pruebas de que son fruto de la voluntad de un “creador”, y en cambio sí disponemos de pruebas de que su origen es puramente naturalista, es decir que son fruto de un proceso evolutivo en la naturaleza.
Y aquí es donde entra el segundo argumento teleológico.
El argumento de la perfección
Ante el argumento expuesto anteriormente, el teólogo de turno, o algún creyente podrá contestarnos lo siguiente: “Sí, pero es que el conjunto de lo que existe es tan perfecto, tan bien organizado, tan funcional, que debe ser obra de la voluntad de algún creador, ¿no?”
Pero… ¿acaso el universo, y el mundo en el que vivimos, son tan perfectos como pretenden los creyentes? Desde luego que no. Esta afirmación se basa en una falacia clásica, el sesgo de confirmación, o “cherry-picking”, que consiste en quedarte únicamente con aquello que beneficia a la argumentación de uno, de entre un montón de otros datos, ignorando cuidadosamente todos aquellos que no benefician su argumentación. Y en general, cuando se dan ejemplos de la armonía y la perfección en el mundo, se toman ejemplos superficiales de paisajes idílicos con campos con flores hermosas, cascadas, montañas, coronados todos ellos por cielos radiantes. Vamos, imágenes de la Casa de la Pradera en las que hombres y mujeres bailan cogidos de la mano cantando Kumbayá y mariposas revoloteando alrededor.

Por supuesto, el hecho de que se escojan intencionadamente estas imágenes no es fruto del azar. Porque en cuanto entramos ya en lo concreto, ya se vuelve muy difícil no ver todo aquello que contradice el mito de una creación perfecta. Sin ir más lejos, el universo mismo, lejos de ser perfecto, es particularmente peligroso y hostil para la vida. De hecho, nuestro planeta, hasta nueva orden, es el único planeta donde tenemos conocimiento de que haya vida. Y podríamos incluso hablar de todas las cosas terroríficas que nos podríamos encontrar, como los meteoritos, los púlsares, los agujeros negros, las erupciones solares, o cosas contra las que directamente podríamos llevarnos una hostia padre, como el asteroide que impactó en Yucatán hace 66 millones de años y que acabó con la existencia de los dinosaurios en la Tierra.
Pero supongamos que nada de esto va a atentar contra la vida en la Tierra, porque Dios nos protege. El creyente de turno podrá seguir afirmando que, al menos en el planeta Tierra, “la vida es tan perfectamente armoniosa, que necesariamente ha tenido que haber sido creada por un creador divino con buenas intenciones, ¿no creéis?”. Con una concepción simplista de los ecosistemas (del tipo “estado adánico”), uno puede verse fácilmente engañado por este tipo de argumento, y eso puede llevar a la conclusión de que, como todo está tan bien organizado y tan bien articulado, como cada cosa está en el lugar que le corresponde, como cada forma de vida sobre la Tierra desempeña una función precisa y necesaria, pues que todo es tan perfecto como los mecanismos del reloj suizo que vimos anteriormente.

Pero cuando se mira de cerca, lo que se observa es que, aunque efectivamente existen ecosistemas, si lo miramos en oposición a la idea del “estado adánico” que funciona como un reloj suizo, en realidad la naturaleza es un pifostio que sólo parece “muy bien organizado” cuando lo vemos de lejos, pero cuando lo miramos de cerca, está lejos de ser así. La propia ley de la selección natural, mil veces observada empíricamente, lo demuestra: la adaptación de una especie en un nicho ecológico es la condición necesaria para que esta especie sobreviva. Y de hecho, la inmensa mayoría de las especies que han existido alguna vez, se han extinguido.
Como decía Carl Sagan en la series “Cosmos”:
“Durante miles de años, los humanos decidieron deliberadamente qué plantas y animales debían vivir. Nos rodean animales domésticos y de granja, frutas y verduras. ¿De dónde vienen? ¿Alguna vez fueron libres, y se los indujo adoptar una vida menos extenuante? No. Nosotros los hicimos a casi todos. En la selección artificial de un caballo, o de una vaca, del arroz, lo esencial es que muchas cosas se heredan y se reproducen. Los humanos alientan la reproducción de algunas variedades, y desalientan la reproducción de otras. Las variedades escogidas siguen abundando, y las variedades desechadas serán raras o se extinguirán. Si se producen tales cambios en pocos miles de años, ¿qué hará la selección natural en miles de millones de años? La respuesta es: toda la belleza y diversidad del mundo biológico. Se ve la evolución de la vida al observar los cambios en los animales y vegetales, así como en los rastros de las rocas. El fósil habla sin ambigüedad de seres que en grandes cantidades vivieron alguna vez y que se extinguieron. Hoy hay más especies extintas que vivas. Son experimentos terminados en la evolución.”
Luego, pretender que cada especie desempeña una función precisa en un mecanismo perfecto como el de un reloj, se hace muy difícil de defender cuando la mayoría de ellas se han extinguido. Lo que se observa es que el “mecanismo armonioso” puede existir perfectamente sin la mayoría de ellas. A dicho “mecanismo armonioso”, que vemos tan perfecto como un reloj suizo, se la suda por ejemplo que existan o no existan los trilobites o los dinosaurios. Entonces, ¿qué debemos concluir de ello? ¿Qué Dios cambia de opinión? ¿Que crea especies chapuceras? ¿Que su creación “perfecta” como viene reflejada en el Génesis, todavía tiene que pasar por otro proceso para ser “más perfectible”?
Y no hablemos ya de la idea de una voluntad divina que tuviera buenísimas intenciones hacia nosotros, los seres humanos. Es muy fácil tragarse el argumento de que cada especie juega un papel preciso y útil dentro de una organización superior de los seres vivientes, cuando solamente nos detenemos en las especies, que desde nuestro punto de vista humano, consideramos “deseables” (cherry-picking). Por ejemplo, el león, pese a ser un animal feroz y particularmente peligroso para el ser humano, suele ser percibido como un símbolo de potencia y de majestuosidad, y ello gracias a la voluntad de Dios. Luego, si el león mata salvajemente a otras especies, es porque a Dios le ha parecido bonito que el león exista en estos términos. Y de allí la película de Disney con Simba cantando Hakuna Matata. Así, se pueden buscar mil justificaciones para explicar la existencia de especies que sean tan terribles para los seres humanos.
El problema de este tipo de argumentos, es que se vuelven mucho más difíciles a la hora de defender la existencia de especies particularmente asquerosas. Mientras escribo estas líneas, espero terminar cuanto antes el artículo, porque lo que viene a continuación va a ser bastante desagradable, aparte de que sufro de entomofobia. Pero haré el esfuerzo por la causa zetética.
¿Cómo justificar, por ejemplo, que un Dios con tan buenas intenciones, haya creado la avispa Hymenoepimecis argyraphaga, también conocida en español como Glytapanteles? Para reproducirse, esta avispa paraliza arañas, para poner sus larvas en el interior de la araña. Larvas que luego se nutrirán de la araña mientras todavía sigue viviendo, además de manipularla para hacerla tejer un capullo, tras lo cual las larvas mutan, matan a la araña y la devoran. ¿Cuál es el papel de un parásito de este tipo, en un orden creado por una voluntad bienintencionada?
Y hay más ejemplos de este tipo. El Leucochloridium paradoxum es un parásito platelminto que infecta los ojos de los escarabajos, de tal forma que acaban pareciendo orugas, y por ello acabarán siendo devorados por pájaros, acabando así con su ciclo de reproducción.
La ameba Naegleria fowleri, también conocida como “ameba comecerebros”, después de haber infectado su huésped, remonta hasta el cerebro del mismo, para devorarlo hasta provocar su muerte en condiciones de sufrimiento atroz (y por cierto, este parásito también puede afectar a los seres humanos).
Tenemos también una especie de pez llamado Vandellia cirrhosa, también conocido como candirú, capaz de remontar un flujo de orina para alojarse por la uretra del pene de su huésped, desde donde se nutrirá de carne y sangre. ¡Delicious!
Finalmente, tenemos la Dracunculiasis, un gusano parásito que se puede atrapar bebiendo agua no filtrada, y que da lugar a la llamada “enfermedad de la lombriz de Guinea”. Después de habitar al huésped, la progenitura de este parásito sale después del cuerpo a través de las piernas o los pies.
Habría muchísimos más ejemplos, pero creo que esto basta para ya rechazar la idea de que el mundo es obra de un creador bienintencionado. Es fácil afirmar la perfección de la creación divina, cuando se observa la naturaleza por medio de unas anteojeras que filtra solamente lo que nos es agradable ver. Pero cuando observamos la realidad de todo lo viviente, ya se vuelve mucho más complicado afirmar que un creador bienintencionado haya tenido la idea de crear especies tan sumamente asquerosas como las mentadas anteriormente.

En cambio, la explicación naturalista, basada sobre todo en la ley de la selección natural, explica mucho mejor la realidad de lo viviente. No hay una “voluntad” superior, ni un “sentido moral” en la creación de las especies. Cualquier estrategia de supervivencia que funciona es válida, aunque se trate de las especies más asquerosas que pueda haber. A partir del momento en que esta estrategia le permita a las especies en cuestión sobrevivir y reproducirse en un nicho ecológico, esas especies existen. Es así de sencillo. Y al mecanismo de la evolución de las especies se la suda olímpicamente si a nosotros, los seres humanos, nos gustan o no nos gustan esas especies. No se trata de que haya una “voluntad creadora”, sino de que existen una cadena causal de hechos.
La existencia de los seres vivientes sobre la Tierra no puede, por tanto, ser explicada de forma teleológica. Es cierto, es muy tentador pensar por ejemplo que Dios haya creado las ovejas para que podamos extraer de ellas la lana y hacer vestidos. Y visto así, las ovejas parecen cumplir una función en un orden viviente en el que los seres humanos, los homo sapiens, parecen tener un lugar privilegiado por obra y gracia de Dios. Pero entonces, ¿cómo explicar que ese mismo Dios se haya tomado la molestia de crear pececitos que nos remontan por el pene para devorarnos por dentro?
Por supuesto, el teólogo de turno podrá ponerse a hacer acrobacias del tipo “los caminos del señor son impenetrables”, o que “es un castigo por nuestros pecados”, o que todo forma parte de un “plan divino” que es inaprensible para nosotros. Pero, una vez llegados a este punto, hemos de admitir que tal vez Dios no tenga la misma idea de la “perfección” y la “armonía” que nosotros, de tal forma que se hace muy difícil deducir la existencia de Dios de la observación del mundo viviente, sólo porque veamos un campo lleno de mariposas y árboles y nos digamos “joder, qué armonioso es todo”.
Fuentes:
- Penseur Sauvage, L’argument téléologique – EP 3 – Les (non-)arguments théologiques https://www.youtube.com/watch?v=duYsOA7d38Q&list=PLoxcu07al0ivmchwZf2zkEIi5DJ8dQi1u&index=4
- https://es.wikipedia.org/wiki/Evoluci%C3%B3n_del_ojo
- Cosmos Episode 9: The Lives of the Stars. Original Subtitulado en Español https://www.youtube.com/watch?v=k1X9mmzPpdY&list=PLEirX8biiQ8vuV4Ff_rdk5BQLG2E0V5lo&index=7
- https://es.wikipedia.org/wiki/Extinci%C3%B3n_masiva_del_Cret%C3%A1cico-Pale%C3%B3geno
- One Voice in the Cosmic Fugue | Carl Sagan’s Cosmos Episode 2 Full Documentary https://www.youtube.com/watch?v=kFWgLZCHe9w&list=PLmqVVt5yHFVkVJXmTKv1vbCFD8IachJMg&index=2
- https://es.wikipedia.org/wiki/Glyptapanteles
- https://es.wikipedia.org/wiki/Leucochloridium_paradoxum
- https://es.wikipedia.org/wiki/Naegleria_fowleri
- https://es.wikipedia.org/wiki/Dracunculiasis
Notas:
[1] Las águilas, por ejemplo, tienen una agudeza visual hasta 8 veces mayor que la del ser humano. Otras aves, como los loros o las palomas, pueden ver la luz ultravioleta, además de los colores que ve el ser humano.








