Alexandre García Turcan
Nota: este artículo se inscribe en la serie de artículos que empecé a escribir el verano pasado para ir refutando, uno por uno, todos los argumentos teológicos a favor de la existencia de Dios, inspirándome en una serie de vídeos realizados por el youtuber francés Penseur Sauvage. En el último artículo, publicado en El Común el pasado 17 de octubre, habíamos terminado de ver los argumentos atributivos, es decir los argumentos que atribuyen la existencia de algo a Dios. Recordemos, estos argumentos son a) el argumento histórico, b) el argumento moralista, c) el argumento de la revelación, y d) el argumento de la conciencia. Pero todos estaban enmarcados como subvariante de un único tipo de argumento, el argumento atributivo. Ahora la serie va a proseguir con otros tipos de argumentos, y después creo que puedo prescindir de este tipo de notas preliminares.

La “apuesta de Pascal” es un argumento clásico de la teología, y está inspirado en un razonamiento del matemático, físico, y filósofo francés Blaise Pascal (1623-1662), que después de una depresión profunda en 1654, se dedicó también a la teología católica.
Hay que distinguir en Pascal dos argumentos distintos: uno que le sirve para demostrar la existencia de Dios, y otro, distinto, que incita, dando buenas razones para ello, a creer en Dios, lo cual no es lo mismo que afirmar con certeza la existencia de Dios.
Empecemos por el argumento de Pascal a favor de la existencia de Dios. El argumento se podría resumir de la siguiente manera:
- Disponemos de la revelación cristiana plasmada en la Biblia, en la que se dice que Jesús es el hijo de Dios. A partir de allí:
- O bien Jesús dice la verdad, y Dios existe, o bien Jesús miente, y Dios no existe [1].
- Pero sería absurdo pensar que Jesús haya mentido, puesto que pagó su mentira con la crucifixión, sin haber obtenido ningún beneficio de ello.
- Por lo tanto, Jesús necesariamente dijo la verdad, luego Dios existe.
¿Tenéis como la sensación de que no os acaba de convencer este argumento? Es normal, este argumento es una bacalá completa y total. Mayormente porque contiene dos falacias lógicas.
Una de ellas (que abordaré especialmente, si Dios quiere, cuando escriba mi artículo sobre los atentados del 11-S) es lo que se llama la falacia de incredulidad, que consiste en atacar un argumento alegando que es muy difícil de entender o de concebir, y que por tanto no puede ser cierto. En otras palabras: “no me puedo creer que esto sea posible, luego esto no es posible” (o, si ya quiero rizar el rizo: “no me puedo creer que las torres del World Trade Center se haya derrumbado así, luego fue un atentado de falsa bandera”). En este caso, sería “no me puedo creer que Jesús haya mentido, luego dijo la verdad”.
Pero el problema de este tipo de razonamiento radica sobre todo – que no solamente – en una falta de imaginación. Se puede imaginar perfectamente que Jesús haya mentido como un bellaco y que haya sacado beneficios tangibles de ello: la adulación de sus discípulos, la fama o, quién sabe, hasta beneficios en dinero o especie, que la historia no ha recogido para embellecer su imagen. Subrayo una cosa: no digo que esto sea lo que haya pasado, digo que es perfectamente posible que haya pasado, luego el argumento de la incredulidad no vale. Es más, se puede incluso imaginar que el hecho de mantener la mentira hasta el final, aunque le haya costado la muerte, pudo haber sido una estrategia por parte suya, esperando que sus fieles le salven la vida en el último momento.
Pero es más, supongamos que Jesús no haya mentido. ¿Esto le daría la razón a Pascal? Pues no, porque aquí entra en juego otra falacia, que es la falacia del falso dilema, que es un argumento que involucra una situación en la que se presentan dos puntos de vista como las únicas opciones posibles, cuando en realidad existen una o más opciones alternativas que no han sido consideradas. Un ejemplo de manual de ello lo tuvimos cuando en 2016 el diputado Gabriel Rufián le preguntó a la entonces ministra de defensa Dolores de Cospedal si tenía pensado reducir el gasto militar, y ante la negativa de Cospedal, él le espetó “ahora salga a la calle, y dígale a la calle que coma balas y duerma en tanques”. Como si el aumento del gasto militar fuera incompatible con el aumento en gasto social, aunque esto nos llevaría a temas que aborda la Teoría Monetaria Moderna, así que dejo de divagar [2].
En el caso de Pascal, él reduce el problema de la sinceridad de Jesús a un problema de naturaleza binaria: a) o bien Jesús es sincero, y Dios existe, b) o bien Jesús miente, y Dios no existe. Pero hay una tercera posibilidad, del todo evidente, que Pascal se cuida mucho de no tener en cuenta: Jesús pudo haber sido sincero, y haberse equivocado. Jesús pudo haber estado completamente convencido de ser el hijo de Dios, véase Dios en persona, y estar equivocado, ya sea por autoengaño, por influencia de otros, o por causas psiquiátricas. Por ejemplo, la esquizofrenia impide a los que sufren de ella distinguir la realidad del producto de su imaginación. Un esquizofrénico que oye voces, como Jesús o Juana de Arco (supongamos), está convencido de que las voces que oye son reales, y esto no es una cuestión de ingenuidad. Es algo que está estudiado y constatado en el plano neurológico. Por lo tanto, suponiendo que Jesús o Juana de Arco hayan sufrido de esquizofrenia, no mintieron cuando dijeron que ellos oían voces. Para ellos, las voces que dijeron oír habrían sido tan reales como las voces que ustedes y yo oímos cuando mantenemos una conversación. Y ello sin mencionar que no hace falta ser esquizofrénico para creer equivocadamente una cosa. Se podría mencionar algo tan prosaico como, por ejemplo, creer que llevabas las llaves de tu casa en el bolsillo de tu pantalón, cuando en realidad estaban en tu abrigo. Esto es algo que nos ha pasado a todos, y no hace falta comentarlo mucho más. Equivocarse es algo humano, luego ser sincero no basta para tener razón. Luego, aunque supongamos que Jesús no haya mentido, ello sigue siendo insuficiente para afirmar que Dios existe.
Pero, como decía en introducción, está el otro argumento que, más que demostrar con certeza la existencia de Dios, incita a creer en Dios, que es la famosa “apuesta de Pascal”, que consiste en evaluar qué es la mejor apuesta para el beneficio de uno mismo: ¿creer en Dios, o no creer en Dios? De hecho, el tema de apostar no era algo desconocido para Blaise Pascal. Se sabe que no solamente jugaba a las cartas por diversión, sino que incluso estuvo involucrado en el estudio de los juegos de azar, analizando matemáticamente las probabilidades asociadas a los juegos de azar, como se sabe por su correspondencia con el matemático Pierre de Fermat. Por lo tanto, ese interés de Pascal por las apuestas en general, fue transpuesto por él al terreno de la teología, sobre todo con la intención, como buen teólogo, de incitar a creer en Dios a gente amante de los juegos de cartas, que tenían poco interés por esta cuestión.

Y Pascal planteaba la disyuntiva de la siguiente manera:
- O bien Dios no existe, y entonces no tengo nada que ganar ni que perder, en creer en él o no creer en él,
- O bien Dios existe, y entonces tengo todo que perder en no creer en él, y todo que ganar en creer en él.
- Conclusión: tenemos todo que ganar en creer en Dios, y todo que perder en no creer en él.
Si bien este argumento parece un poco más convincente que el anterior, el problema es que también contiene una falacia lógica. Porque presupone falsamente una cosa, a saber que la creencia en Dios sea gratuita. El argumento dice que no hay nada que perder si creemos en Dios. Nada más lejos de la realidad. Creer en Dios no es algo que no tenga consecuencias: implica que tengamos en cuenta todo tipo de cosas en nuestra vida cotidiana: respetar las prohibiciones de la religión (como es la prohibición de practicar el coito fuera del matrimonio, por dar solamente un ejemplo), o dedicar tiempo a su práctica. Pascal era teólogo católico, y si ya ser cristiano supone una cierta dedicación, no os cuento ya lo que implica ser musulmán, como es el caso con el rezo cinco veces al día, obligación fundamental en el Islam. Lo mismo se puede decir de otras religiones como el judaísmo, que prohíbe el consumo de cerdo, conejo, marisco, crustáceos, y que prohíbe cocinar carne con productos lácteos (desde luego, para ir al McDonald’s, no facilita las cosas).

Y eso fue precisamente la respuesta que le dieron a Pascal sus amigos amantes de los juegos de cartas: creer en Dios, se mire por donde se mire (al menos si se cree sinceramente, respetando los preceptos de la religión) conlleva sacrificar beneficios inmediatos y concretos, con la esperanza de luego de obtener después de la muerte unos beneficios distantes, intangibles e inciertos. Desde luego, el coste de oportunidad es elevado.
Pero es que además hay otra respuesta posible a la argumentación de Pascal. Porque en el argumento de la apuesta de Pascal, de nuevo nos vemos confrontados ante un falso dilema: el argumento de Pascal sólo sería válido si la alternativa fuese binaria. Es decir, a) creer en el verdadero Dios, o b) no creer en el verdadero Dios. En el caso de la apuesta de Pascal, tendría que matizarse que la disyuntiva sería más bien: “creer en el Dios cristiano, o no creer en él”. Y como ya hemos visto en el artículo sobre el argumento de la revelación, el problema es que hay miles de dioses.

Supongamos que ustedes hayan sido seducidos por el argumento de Pascal, y os hayáis convertido al catolicismo, con el pretexto de que hay todo que ganar con ello, y nada que perder. Entonces usted vive su vida de acuerdo con los preceptos del cristianismo, hasta que usted se muere, y entonces, ¡mala suerte!, resulta que el Dios verdadero era Alá y que la religión verdadera era el islam (hablo de Alá para escoger el ejemplo de una religión seguida masivamente, incluso en Europa mismamente, aunque podría haber dicho Ganesh, Yahvé, Zeus, Amon-Rá o el Monstruo del Espagueti Volador). Porque podría ocurrir perfectamente, ¿no es así? El Dios verdadero podría ser cualquiera, excepto el Dios cristiano que usted ha elegido, y si queremos rizar el rizo, hasta se podría decir: podría ser cualquiera excepto la definición precisa que usted entendió del Dios cristiano.
En este caso, usted corre seriamente el riesgo de ser acusado de herejía, véase idolatría, que, en el caso del islam que hemos mencionado antes, es lo que se llama shirk (شرك), y es un pecado mucho más grave que el ateísmo. Aunque, en realidad, la idolatría es un pecado grave en prácticamente cualquier religión que ha existido en la historia.
Por lo tanto, usted estaría en una postura aún más comprometida que un ateo que hubiese evitado la idolatría y que, ante el Dios verdadero, siempre podría jugar la carta del “ai, lo siento, no lo sabía, no tuve ninguna buena razón de creer en usted con las capacidades cognitivas que usted me dio al nacer, pero ahora que lo veo ante mis ojos, me doy cuenta de que usted existe, y me convierto de inmediato a su religión”.

Y claro, esto invalida por completo el argumento de Pascal, puesto que la conclusión ya no es “tengo todo que ganar en creer en Dios, y nada que perder”, sino que sería más bien: “voy a adherir a la creencia en un Dios de forma totalmente arbitraria, de entre las (muchas) posibilidades que hay, y correr el riesgo de sufrir consecuencias aún peores, si resulta que en el más allá el Dios verdadero no es el que yo elegí”. Una vez más, el coste de oportunidad es elevado, elevadísimo incluso, y la apuesta desde luego no es ganadora.
En cambio, apostar por el ateísmo, es una apuesta mucho más ganadora: no creer en ningún Dios porque no hay ninguna buena razón para ello, y si resulta que después de la muerte hay un Dios, pues tendremos una oportunidad de salvar los muebles diciéndole a Dios “yo lo hice lo mejor que pude con las capacidades cognitivas que usted me ha dado, y al menos yo no he caído en el pecado de la idolatría”.

En resumen, de acuerdo con el razonamiento de Pascal, creer en Dios sólo sería una buena apuesta si existiese una sola forma de creer en Dios. A partir del momento en que existen varios dioses, entonces no es suficiente con creer en Dios, sino que además hay que jugar a la ruleta rusa y elegir a la religión verdadera, entre miles de posibilidades. Y, ante la imposibilidad de discernir cuál de todas es más verdadera que las otras, entonces optar por no creer en Dios sin una buena razón, es con diferencia la apuesta más segura.
Notas:
[1] Esto es evidentemente lo que ocurrió, a menos que Cristo se haya creído sus propias mentiras, puesto que Cristo existió realmente, como expuse en un hilo de Twitter hace unos años desde mi cuenta @zeteticiano. No descarto hacer un breve artículo al respecto para El Común.
[2] Aunque el tema tiene su importancia, de hecho tiene mucha importancia. Porque decir “si se gasta dinero en armamento militar, se deja de gastar en sanidad y educación” (como si el dinero es algo que pudiera faltar), luego es lo que legitimará a un gobierno de PP y VOX decir que “no se pueden subir las pensiones, porque entonces se dejará de gastar en otras cosas”.








