Por Pilar Aguilar Carrasco
Dos afirmaciones: 1. “Todos los ríos son cursos de agua” y 2. “Todas las religiones son misóginas”.
Al oír la primera frase, nadie dirá que estoy afirmando que el Amazonas y el Manzanares son iguales ¿verdad? Pero, sin embargo, ante la segunda, algunas personas nos acusan de igualar la situación de las mujeres en los países árabes más misóginos con la de los países donde las mujeres hemos conseguido más libertad y, donde la sociedad civil, en general, ha logrado mayor independencia de las religiones, a costa -no lo olvidemos- de siglos de lucha, de herejes y brujas quemados en hogueras (Miguel Servet, Juana de Arco, Giordano Bruno, por citar solo estos tres nombres conocidos de los miles de víctimas anónimas).
Pues pasemos ahora a las metáforas. Si digo: “Lucía es la luz de mis ojos” o “Pedro es un cavernícola” o “Este coche tiene 150 caballos”, nadie va a deducir que Lucía lleva una poderosa linterna alumbrándome, ni que Pedro vive en una caverna, o que del capó saldrán nada menos que 150 caballos ¿verdad que no? O sea, todo el mundo usa metáforas y, por supuesto, las comprende. Todo el mundo, salvo quienes, cuando oyen que “En occidente las mujeres también tenemos nuestros propios velos”, nos vuelven a acusar de igualar la situación de las mujeres de Afganistán con la de las mujeres en USA, por ejemplo.
Cabe preguntar: ¿lo hacen porque su entendimiento es así de corto? Sí y no. Algunas de esas personas son, sin duda, poco espabiladas, aunque compruebo que su tontería es selectiva y se ejerce, sobre todo, en ciertos temas. Verbi gratia: los malvados emigrantes (y más si son árabes). En realidad, les da bastante igual lo que sufran o padezcan las mujeres. Así, no exigen a sus propios partidos que la EU tome serias medidas contra Afganistán o contra Qatar. Ni reclaman medidas contra la violencia misógina en nuestro país (al día de hoy, ya han sido asesinadas 39 mujeres), ni piden educación para la igualdad. Nada, todo lo que no les sirva para atacar a la emigración les da igual.
Alguien decía que los nazis podían ser inteligentes y buena gente, pero no las dos cosas a la vez porque, para tener esa ideología, una debe excluir a la otra, sin duda. Creo que esta afirmación es extensible a cualquier ser de extrema derecha.
Pero también hay individuos inteligentes y feministas (aclaro, feministas somos quienes defendemos los derechos y la igualdad de las mujeres) que se dedican a distorsionar y manipular nuestras palabras a fin de atacarnos. A estas personas ¿qué les guía? Pienso que necesitan ser siempre vedettes protagonistas y, cuando no lo son, se lanzan sin freno a denigrar a otras feministas.
Además de las fascistoides y de las personalidades dadas a las pendencias ¿existe una tercera categoría? Sí, claro, siempre hay gente ingenua que se deja embaucar. Pero yo confío en que terminen reflexionando.
En cualquier caso, nosotras, las afiliadas de PFAC, no vamos a perder tiempo desmintiendo bulos malintencionados.
Y no lo vamos a hacer por dos poderosas, muy poderosas, razones: 1. Tenemos una ingente tarea por delante a la que debemos consagrar todos nuestros esfuerzos ya que somos pocas y la mies es mucha (vaya, otra metáfora, menos mal que esta proviene del evangelio de Mateo y así nadie podrá acusarme de ser proislamista). 2. Uno de nuestros principios fundamentales es el de trabajar por la mayor cohesión del movimiento feminista evitando al máximo las disputas entre nosotras.
¿Ignoramos acaso que existen asuntos en los que no todas las feministas estamos de acuerdo? No lo ignoramos ni obviamos. Pero sabemos que en lo fundamental coincidimos: todas somos abolicionistas de la prostitución, del género, de los vientres de alquiler. Todas combatimos la sumisión de las mujeres a los deseos masculinos, todas nos oponemos a que las mujeres cuiden sin ser igualmente cuidadas, todas nos rebelamos contra las injusticias y la desigualdad…
Aunque también sabemos que, en algunos aspectos -más bien ligados a opciones personales y/o de índole táctica y estratégica- nuestras opiniones no coinciden exactamente.
Ejemplo: el velo. Todas las feministas -todas sin excepción- lo consideramos un símbolo de sumisión de las mujeres. También pensamos lo mismo de los tacones (aunque solo quien busca gresca deduce de tal afirmación que igualamos la gravedad de ambas sumisiones y, sobre todo, su obligatoriedad).
Pero las feministas sin colmillo retorcido sabemos que aún hay que seguir debatiendo y profundizando algunos aspectos. Por ejemplo ¿debemos exigir que se prohíba el velo en los centros de enseñanza?
¿Cuál es nuestra conclusión? Pues que hemos de continuar argumentando y profundizando entre nosotras … y estamos seguras, además, de que el intercambio de reflexiones y análisis nos enriquece a todas.
Y por eso seguiremos haciéndolos (pero sin confundir tales debates con pendencias estériles y mal intencionadas).








