“La primera vez como una gran tragedia”: la socialdemocracia frente a la guerra imperialista en vísperas de la Gran Guerra

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Antonio Gil

Esta entrada se enmarca en el dosier que el diario elcomun.es presenta para este Primero de Mayo, en estos momentos en los que más que nunca necesitamos movilización. Como medio apostamos por la alianza fraternal contra toda opresión, toda explotación y por la paz. Frente al rearme, respuesta obrera.

Hoy, cuando en el horizonte asoman nubes que anuncian una posible guerra entre las potencias, conviene recordar aquella frase que el genial Marx escribía en ‘El 18 de brumario de Luis Bonaparte’: «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». En este breve artículo haremos un esbozo de lo que supuso el apoyo de la socialdemocracia, que incluye tanto a los partidos como a los sindicatos, a la carnicería que supuso la Primera Guerra Mundial, conocida en aquel momento como Gran Guerra.

El 4 de agosto de 1914, ya declarada la guerra, el Parlamento alemán se reunió para discutir la aprobación de los primeros créditos de guerra necesarios. Contra todo pronóstico, la bancada de la socialdemocracia votó a favor de los mismos. Siguiendo la estela del SPD, otros partidos socialdemócratas, pertenecientes a países de las dos alianzas enfrentadas en la guerra, también mostraron su apoyo al gasto militar necesario para la contienda.

En el caso del SPD, y esto es extensible a los sindicatos de su órbita, algunos de los argumentos esgrimidos para tal apoyo fueron que oponerse hubiera supuesto perder algunas conquistas organizativas anteriores, como las diferentes imprentas que permitían imprimir prensa con amplia difusión, o la defensa de los derechos de los trabajadores de Alemania frente al “despotismo zarista”. La esperanza era que este apoyo fuese compensado con el respeto a las estructuras socialdemócratas sindicales, a las conquistas de los trabajadores y a las instituciones de la democracia (burguesa). En lugar de ello, ya en 1915 los sindicatos habían sido militarizados y la ley marcial establecía una censura férrea sobre todas las publicaciones hechas en el país. Y, por supuesto, obreros alemanes caían como moscas en las trincheras combatiendo contra sus hermanos proletarios de otros países.

No todo el campo socialdemócrata estuvo a favor de la guerra imperialista, afortunadamente: por ejemplo, en Alemania Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg fueron las principales cabezas del movimiento contra la guerra imperialista en el país. Con respecto a la II Internacional, la ruptura de posiciones entre los que estaban dispuestos a seguir a la burguesía respectiva (o mejor dicho, a enviar a su clase obrera al matadero) y quienes se oponían se hizo patente ya en 1915, cuando en el pueblecito suizo de Zimmerwald se reúnen representantes de once países, tanto participantes en la guerra como neutrales. De allí salieron dos posiciones, una mayoritaria pacifista, que abogaba por alcanzar la paz entre las potencias enfrentadas, y la que se conoció como “izquierda de Zimmerwald”, que, encabezada por Lenin, proponía que la guerra entre naciones debía convertirse en una guerra civil revolucionaria. Aquella propuesta de volver los fusiles contra las clases dominantes acabaría dando lugar al nacimiento del primer Estado proletario del mundo, pero eso es otra historia y no cabe en este artículo. Aunque dicha consigna sigue plenamente vigente, y seguramente tendremos que volver a ponerla a funcionar.

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