Memoria sí, pero ¿para qué?

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Por Pilar Aguilar Carrasco

El día 4 de abril, en Sevilla, tuvo lugar un acto de “reparación y agradecimiento” hacia quienes fuimos represaliados por luchar contra el franquismo. Estaba promovido por la asociación Memoria, Libertad y Cultura Democrática y apoyado por otras organizaciones e instituciones y concretamente por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. 

Me encomendaron que hablara en nombre de los represaliados por el TOP. 

Es imposible hablar en nombre de todos ellos, pero sí afirmé que a todos y todas nos parecía importante ese acto. No porque necesitemos reparación ni agradecimiento, sino porque, como sociedad, necesitamos memoria. La necesitamos imperiosamente.

Porque ¿reparar? ¿cómo? 

¿Cómo reparar los 600.000 muertos de la guerra y del periodo inmediatamente posterior? Todos imputables -los matara quien los matara- a los que sublevaron contra la legitimidad republicana. 

Reparar… ¿cómo reparar el atroz retroceso de la cultura y la economía española? ¿Quién repara el asesinato de Lorca? ¿Yel de Miguel Hernández o el de Machado? (porque, aun de forma indirecta, ellos también fueron asesinados). 

¿Y el dolor de quienes vieron sus pueblos y sus casas destruidas? 

¿Y el del medio millón de exiliados? Como dijo Cernuda: Ellos, los vencedores/ Caínes sempiternos/ De todo me arrancaron/ Me dejan el destierro.

¿Y el hambre de los años posteriores? 

¿Cómo se reparan los más de cuarenta años de represión, abuso, despotismo e iniquidad del franquismo?

No hay reparación posible. Pero sí obligación de recordarlo. La desmemoria no es solo una traición sino -y, sobre todo- una enajenación colectiva que pone en peligro nuestra vida presente y futura. 

Es una locura temeraria ignorar lo que pasó y las consecuencias que tuvo. Pero, desgraciadamente, muchos jóvenes ni lo sospechan. Y por eso son presa fácil de la demagogia y la brutalidad. Los programas escolares ignoran o pasan de puntillas por nuestra historia reciente. Y, si la abordan, suelen optar por “contar batallitas”, en vez de promover la reflexión y el auténtico conocimiento.  

Nuestra generación, la que padeció el franquismo, aún vive ¿cómo es posible que ya haya tantos españoles que ignoren lo que supone que seres crueles, prepotentes y sin entrañas tengan poder?

Hemos de aprender de la historia. Los jóvenes deben saber que estos fascistoides de ahora, aunque usen otros medios, tienen la misma ideología brutal, desalmada y fullera. Para cerciorarse, basta con oírlos hablar, por ejemplo, de los emigrantes. Olvidan que en los años 60 y 70 había tres millones de españolas y españoles emigrados. La mitad, ilegales. 

Por eso, nosotros y nosotras, la generación nacida en los años posteriores a la guerra, la que pudo de nuevo ponerse en pie y pelear por la democracia, reclamamos que se conozca la historia. 

No podemos consentir que nos cuenten que, un buen día, el rey se despertó magnánimo y algunos franquistas se despertaron demócratas. Entonces, llamaron a Felipe Gonzalez y a Santiago Carrillo y nos regalaron la democracia. 

Porque no fue así. La peleamos. Cierto, España resultaba una anomalía en Europa. Pero, si hubiera sido una balsa de aceite, todo hubiera seguido igual. El capitalismo es perfectamente compatible con la dictadura (ejemplo: China) y es perfectamente compatible con regímenes atroces. En Afganistán la mitad de la población, las mujeres, viven en condiciones infrahumanas y nadie actúa. Se hacen vagas declaraciones, y ya. Cosa distinta es si hubiera petróleo de por medio… 

En España, el “apaño” entre poder económico y dictadura no pudo perpetuarse porque nuestra generación no lo permitió. Y no es un farol.

Basta con recordar que, en los años 70, este era el país donde se hacían más manifestaciones, asambleas y huelgas. Todas prohibidas y reprimidas, pero que cada día iban a más. Por eso el poder económico obligó al poder político a mover ficha ¿Qué otra solución había? ¿Sacar el ejército a la calle, generando una nueva carnicería y, sobre todo, el hundimiento económico? Tal cosa que no le convenía al gran capital internacional.

Así fue. Eso es lo que ocurrió. 

De modo que, sí, la memoria es necesaria, pero no como acto simbólico-emotivo. Es necesaria como reflexión política, como trasmisión de pensamiento ético y de conocimiento ilustrado y crítico. No podemos permitir que las nuevas generaciones se dejen embaucar. Tienen que saber las consecuencias de los lemas y proclamas que oyen. Deben saber que, en nombre de la tan cacareada patria, esos desalmados demagogos están dispuestos, si lo consideran necesario, a destruir la vida de la mitad de sus habitantes. 

A los jóvenes hemos de decirles que no sean conformistas, que no se resignen, que no se refugien en el egocentrismo, ni se ahoguen en el atontamiento y la evasión. Deben pelear por una humanidad más humana (y no es un pleonasmo), más igualitaria y justa porque tener un horizonte ético de esperanza es la única forma de vivir una vida digna. Y, por supuesto, tenemos que decirles con toda la claridad y contundencia que la lucha colectiva esel único camino para mejorar el mundo. 

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