Muñecas sexuales: la mujer como mercancía

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Autora: Ali Brancal. Espai FIGA

Cosificar a las mujeres y considerarlas objeto de consumo es una realidad inaceptable que perpetúa la desigualdad y la violencia de género.

El pensamiento machista intenta «salvarnos» manteniéndose fuerte y poderoso.

Un ejemplo de esto es la nueva conceptualización de las muñecas sexuales como una opción que nos salvará de los violadores. Según esto, las muñecas reducirán los niveles de prostitución y acabarán con las agresiones sexuales.

Se trata de muñecas de formato real cada vez más perfeccionadas para que se adapten al gusto de diferentes hombres. Las muñecas de 140 a 150 cm se consideran tamaño grande. Las de 100 cm dice que son una opción para los que tienen problemas de espalda o buscan una muñeca fácil de manejar. Tamaño de los pechos, cara infantil… Todo al alcance de quien pueda pagarlo. En Aliexpress, por unos 300 euros.

Gran éxito tienen las que parecen menores o niñas pequeñas. Si no quieres pagar por una, o te gusta cambiar, están los burdeles de muñecas. Que dice que las limpian y, si encuentran una con restos, los multan. La higiene en muñecas de plástico. La explotación en las mujeres prostituidas.

Una muñeca es un objeto o una máquina de un mundo artificial que no entiende de afectividad, pero que la sustituye.

Mientras tanto, el mundo cada vez es más virtual. Se interacciona cada vez más con máquinas y, como resultado, las relaciones afectivas también se hacen virtuales. O inútiles para el placer.

Estas figuras representan un placer unidireccional donde el hombre es consumidor y la «mujer» se convierte en una propiedad sumisa y obediente. Esta dinámica no solo degrada la imagen femenina, sino que traslada patrones patriarcales a las relaciones reales, consolidando la idea de que la mujer ideal es aquella que no se opone, ni decide, ni compara, ni pide. Ni siente ni sufre. Como hacen las manadas.

La existencia de muñecos sexuales infantiles y los burdeles como espacios que acogen violencias sexuales agrava aún más el problema. Estos fenómenos normalizan la violencia y refuerzan el privilegio masculino en el sistema prostitucional, donde la demanda de menores se incrementa alarmantemente. La idea de belleza asociada a la fragilidad y la falta de humanidad envía un mensaje peligroso: el cuerpo de la mujer debe ser sumiso y disponible.

El aprendizaje respecto a la sexualidad es terrible. Una muñeca sumisa, callada, que no dice a nada que no, a la que no tienes que satisfacer ni te importa, transmite a quien consume la idea de que las relaciones violentas y no consentidas son aceptables. Aprenden a excitarse con esas prácticas y puede reforzar la necesidad de llevar a cabo el comportamiento que se puede tener con una muñeca. Y todo mientras se considera un juego, una ficción.

Los hombres se sienten atraídos porque el poder produce placer. El hecho de tener control sobre un objeto que, aunque parezca humano, sigue siendo inferior. Atrás queda la sensación de ser comparado con las parejas anteriores o ser incompetente para producir el placer de la mujer.

La compraventa de las muñecas sexuales implica la perpetuación de la violencia simbólica contra las mujeres, fomenta la cultura de la violación y contribuye a crear una sexualidad masculina que erotiza la violencia contra las mujeres.

Ya estamos llegando tarde a la regulación jurídica de la fabricación, venta y consumo.

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