Bajarnos las bragas

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Los hombres no se sacan la polla solo para penetrarte, sino para asustarte. Para enviarte un mensaje directo al cerebro acerca de lo que son capaces. De lo que pueden hacer contigo, si quieren. No hace falta que te bajen las bragas ni que te violen. Tan solo con echarse las manos al paquete, o meterse la mano bajo los pantalones, muchas ya nos hemos echado a temblar alguna vez. Porque todas sabemos lo que viene después. Aunque no venga. Aunque luego no pase “nada”. Aunque luego todo quede en un susto. En un miedo interiorizado. En un trauma no tratado. Es a lo que Nerea Barjola se refiere en su obra cuando habla de terror sexual. De ese miedo en el que todas y cada una de nosotras hemos sido educadas. El terror sexual. La posibilidad. La amenaza. Constante. Punzante. Cual goteo incesante que acaba por erosionar tu calma y tu confianza. Y es que no hace falta que nadie te baje las bragas para que el miedo se te pegue en la piel como una capa viscosa y asquerosa que todo lo cubre. Basta con una mirada, un gesto o una palabra. Todas hemos sido adoctrinadas y violentadas en la cultura de la violación. Sabemos muy bien de lo que hablamos. 

Escuchar la forma en la que el juez Adolfo Carretero interrumpe a Elisa Mouliaa —presunta víctima de violencia sexual por parte de uno de los cofundadores de Podemos, Iñigo Errejón— me ha desbloqueado un recuerdo de niña: tendría apenas 11 o 12 años cuando algunos de mis compañeros de clase —“amigos” los llamaba yo por aquel entonces— nos arrinconaron a mí y a dos amigas más en uno de los espacios más alejados del colegio, protegidos ellos y aisladas nosotras por los altos setos que crecían alrededor de aquel lugar, de repente uno tras otro comenzaron a sacarse sus penes erectos e insinuaron —amenazantes— que tuviéramos cuidado, que nos estaban vigilando, que podían hacer con nosotras lo que quisieran, que ellos tenían un poder que nosotras no teníamos. Que entre sus piernas yacía un arma y que la próxima vez no dudarían en utilizarlo si hablábamos. Si nos volvíamos a quejar de que nos tocaban el culo o las tetas a la mínima oportunidad. Recuerdo quedarme paralizada, en shock. No entendía nada y lo entendía todo. Esos chicos que hasta entonces eran mis amigos, ahora me daban miedo. Eran niños con los que había compartido pupitre durante años. Habíamos crecido juntos. Nos habíamos contado secretos. Habíamos reído, soñado y jugado juntos. Y ahora esto. Ahora se convertían en una amenaza. En personas con las que evitar quedarte a solas en una clase, en un pasillo solitario, en un lugar aislado del recreo. Ya nunca más volvería a fiarme de aquellos chicos. De ellos ni de ningún otro. A partir de entonces, desarrollé un miedo inconsciente a los hombres que no tardaría en alimentarse y crecer a medida que pasasen los años y me viera envuelta en tantas otras situaciones de acoso y abuso. Pero yo no soy nadie especial. Ni lo es mi experiencia. Ese es el verdadero problema. Que esta es la historia de muchas. De tantas. De todas esas niñas y mujeres que entendieron desde muy pequeñas que no hacía falta que un hombre te bajase las bragas. Bastaba con que se sacase el pene o se lo tocase delante de ti, que lo mencionase, que se restregase contra tu trasero en un bar o en el autobús… para que tú te echaras a temblar. 

Desde que me especialicé en violencia machista, no son pocas las mujeres que, a lo largo de todos estos años, me han confesado sus experiencias de violencia. Episodios que las han llevado a meterse bajo la ducha y frotarse la piel con la esponja hasta casi hacerse sangre en un intento por quitarse el miedo, el asco o la mirada lasciva de su agresor de encima. Así que no, señor juez, no hace falta que un hombre te quite las bragas para violentarte. Basta con que haga uso del poder que el sistema patriarcal le ha concedido como hombre, como medida de todas las cosas, como sujeto y no objeto. Basta con que usted revictimice y violente verbalmente de esa manera a una mujer que se ha atrevido a dar la cara y denunciar a su agresor para que todas las demás nos lo pensemos dos veces antes de dar el paso. En esto consiste la violencia patriarcal. En mantenernos calladas, asustadas y violentadas. ¿Lo ve? Usted ni siquiera ha tenido que bajarnos las bragas.     

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