Como alguien que se sintiera de repente transportado a un desierto de arenas infinitas, cobré consciencia de golpe de la soledad profunda, gigantesca, que me separaba de mi semejantes.
El golem. Gustav Meyrink
Autor: @DomingoAlbMtnez
Era nochebuena. Cuando salió del bar, era noche cerrada. El sol que le daba en los ojos a las puertas de la cárcel, ese sol inmenso y cárdeno que le deslumbró después de tanto de no mirarlo como lo había hecho aquella tarde, tan fija, despreocupadamente, con una mano a modo de visera, había desaparecido cuando el camarero le soltó eso de oye, capitán, felices fiestas y tal, pero, ejm, es que vamos a chapar. Las farolas iluminaban las calles, más desiertas a cada instante. Padres con niños pequeños a hombros, abuelas del brazo de sus yernos, una bandada de adolescentes bulliciosas, las faldas plisadas y largas, se apresuraban hacia los portales en volandas de la hora y el cierzo, que se avendavalaba al doblar las esquinas. Los dos…, no, los tres vasos de vino tinto que acababa de meterse entre pecho y espalda, con el estómago vacío, le calentaban la sangre; o puede que fueran los nervios. Las gotas de sudor de la barra eran ahora puntaditas de alfiler. Lo mejor sería volver con los suyos: la Chelo, su novia, y su hermano Marcelino, ¡qué ganas tenía de verlos! Había pasado demasiado tiempo.
Tenía veintiún años cuando lo condenaron. Fue una chiquillada, una travesura que se les fue de las manos y acabó mal. Eran jóvenes, estaban decididos a coger la vida por los cuernos. Sus padres habían dejado el pueblo sin otra pertenencia que la boina calada, una maleta de cartón bajo el brazo y, los más afortunados, un capazo de embutidos con un pollo desplumado, que lo mismo podía ser una niña dormida a la espalda que una manta enrollada sobre los hombros. Hombres morenos, achaparrados y recios, que observaban el ir y venir de la gente en los hangares de autocares con una mezcla de resignación y cautela, la colilla olvidada en la comisura; buscaban un futuro que no fuera la miseria y el hambre, y lo que les esperaba era trabajo a espuertas en las fundiciones y las cementeras de la posguerra, en las minas de carbón y hierro y las fábricas de tuberías de asbesto. Crecieron en los arrabales de la ciudad, en las plazas sin árboles ni columpios de los barrios obreros, entre las tapias de los huertos abandonados y los vertederos de escombros, jugando al fútbol en las calles de tierra cortada por las escorrentías y los patios de los bloques de renta limitada, a la sombra de un bosque de monos de faena y patucos, pantalones de pana, camisas de franela y sábanas blancas, calzones largos, más sábanas blancas, entre cubos de pintura que hacían las veces de portería, volcando sin querer uno de los tiestos de doña Cleofás, una viuda cincuentona, rubia oxigenada, que aireaba por la ventana la pechuga suculenta y se ciscaba lindamente en sus muertos con aquella voz estropajosa, el Ducados colgando del belfo, mientras sus padres de herniaban de lunes a sábado o domingo por la mañana descargando camiones de ladrillos o abriendo carreteras a golpe de pico, con sol o con niebla, por un salario de hambre que tenía que alcanzar para la hipoteca, el plazo de la Vespa y, más adelante, el televisor en blanco y negro y el frigorífico electro-automático americano de fama mundial Kelvinator. Si lo piensa fríamente, comprará Kelvinator. Kelvinator, el mejor obsequio para su esposa. Se hicieron adultos convencidos de que la ciudad estaba ahí para ellos, de que solo tendrían que estirar la mano hacia el árbol de las oportunidades con el gesto displicente del Adán de Miguel Ángel. Y sin embargo, tenían que trabajar. Legalmente desde los catorce años, aunque la mayoría empezara antes, limpiando cuadras o apacentando el ganado, cabras, cerdos, mulos, los que pasaban el verano en el campo, las niñas entraban al servicio doméstico como ayudantas y el resto en lo que les salía al paso, recogiendo la carbonilla que caía de las locomotoras entre los raíles de las estaciones o echando una mano en la churrería del Desi, el de la pierna ortopédica, al que le tiraban más los uniformes que a un tonto un Chester, al decir de las malas lenguas. Al principio sin una ocupación determinada, aprendiendo los rudimentos de un oficio sobre la marcha; y si lo que se necesitaba era un fontanero, pues se era fontanero, aunque no se hubiera tocado un desagüe en la vida; y lo mismo valía para electricista, tapicero, pintor de brocha gorda. El que no sabía hacer la o con un canuto acababa de barrendero o guardia de la porra. ¿En qué no habrían trabajado aquellos chicos mientras crecían, jugaban a la rana y luego a las quinielas, intercambiaban novelitas del oeste y acompañaban a sus novias a las sesiones dobles del Argensola, mientras bregaban por salir adelante sin dejar de disfrutar de la vida a los quince, dieciséis años?
El Antoño, al que en la pandilla le decían Goliath, compañero inseparable del Capitán Trueno, por lo fuertote que era y lo muy bruto, trabajó como gasolinero, lavaplatos, peón de albañil, repartidor de electrodomésticos, representante de Anís del Mono y luego de Insecticidas Orión: entre todos, el campeón. De venta en droguerías y farmacias. Eran tiempos en los que se crecía deprisa, tan rápido que un día llevabas pantalones cortos y oías por la radio Matilde, Perico y Periquín con los puños apretados por la zozobra de que doña Pepa Cifuentes, la maestra, descubriese la última trastada de Periquín, y al otro ya te habías adentrado por los ribazos del Ebro de la mano de la Dorita, la hija de la portera, después de que en un guateque, al ritmo del Dúo Dinámico, la cogieras muy fuerte por la cintura para bailar pegado a ella. Eran tiempos de penurias, de farinetas para la cena y largas colas callejeras ante los surtidores de petróleo para las estufas, de azufre por los rincones para envenenar a las ratas y rogativas a la Virgen los meses de sequía, que solían ser todos: «Agua, Padre Santo —cantan, con tozudez de carracla, una docena de estantiguas de peineta y mantilla, iguales como liendres, tarascas renegridas que no saben lo que es parir ni dar el pecho—, agua, Jesús, niño mío, que se nos va la nube sin haber llovido». Tiempos de comulgantas feúchas, feúchas, con alas de ángel, payasos toreros en el coso de la Misericordia y lisiados en las gradas de San Juan de los Panetes: cojos, mancos, ciegos, veteranos de la guerra y las colonias penitenciarias que pedían limosna por la gracia de Dios y el Caudillo haciendo el saludo fascista con el brazo estirado (el que lo conservaba, ojo; el que no, con el otro) y hasta silbaban el Cara al sol si les caía una rubia; de limpia, señor, limpia, y afiladooooooor, ha llegado el afiladoooooor, de viejas pelando patatas al sol de los balcones, con la bandera de España (una grande y libre) atada fuertemente a la baranda. Más balcones: peluquería de señoras La Higiénica. Doña Paquita. Alquiler de nodrizas, servicios varios. Se hacen copias a máquina. Eran tiempos que encallecían las manos, tiempos en los que la esperanza era lo primero que se arrastraba por el suelo, que hacían de las almas borrufalla, pura farfolla, un baile de máscaras vacío de significado como la procesión del Corpus una tarde de mayo.
Se presentaron a las puertas de la mili casi sin darse cuenta. La que había sido su vecina de toda la vida, la Chelito, era ahora su novia, la del Antoño, que para entonces ya no era Goliath, y no precisamente porque hubiera dejado de crecer o se hubiera convertido en un dechado de delicadeza, sino porque hay motes que van y vienen y otros que uno debe arrostrar toda la vida. Se presentaron a las puertas de la mili y seguían siendo niños; sabían fumar, conducir, beber hasta caer redondos al suelo e irse a las putas de la calle del Caballo, y seguían siendo niños. «Vamos a hacer algo grande», les propuso el Libo, que perdería las piernas al pisar una mina. «¿Algo, cómo?», intervino Pedro Luis el Botijero, el hijo del aguador, frotándose un ojo. Pedro Luis el Botijero siempre tenía sueño, por más que hubiera dormido la víspera una hartada de horas. «Yo qué sé…, una broma. Algo divertido. Para despedirnos como Dios manda», y todos dijeron amén. La sangre les bullía en la cabeza como recién salidos de una verbena y tenían ganas de hacer algo sonado antes del sorteo a filas. «Vamos a gastarle una broma a alguien, ¿estamos? Una inocentada. Ya veréis qué risas», y todos estuvieron de acuerdo. Todos menos su hermano Marcelino, el Mortadelo que le decían por las gafas de culo de vaso, once meses más joven que él y que, como siempre, se rajó a las primeras de cambio.
Una inocentada, vale. Pero, ¿a quién?
Al Sietemesino se le encendió la bombilla. Tenía una picardía especial para estas cosas. Por de pronto, propuso, ¿por qué no a Mustafá el Guarro?
Había llegado a las calles más oscuras, las que tantas veces pateó en su infancia. Las avenidas del centro lucían decoradas con adornos luminosos, puede que incluso demasiado luminosos; unos con forma de campana, otros de estrella o de copo de nieve. Feliz Navidad, ponía, avenida César Augusto, Felices Fiestas (las bombillas parpadeaban, alargando la pausa dramáticamente), La Droga Alfonso. Iluminaban el vacío nocturno de las arterias principales de la ciudad; empedraban con fantasías de autorrealización personal el camino de las compras compulsivas, recordando a los consumidores, noche tras noche durante semanas, los presentes de oro, incienso y mirra (o en su defecto la Game Boy de Nintendo, el Hundir la flota electrónico de Falomir y, para papá, un frasco de Acqua di Parma de Acqua di Parma, a 12 700 pelas la broma) que los Reyes Magos les dejarían envueltos en papel de celofán con cargo a la tarjeta de crédito, mientras los más necesitados dormían a la sombra de un porche, metidos en la caja de cartón de un frigorífico.
A diferencia del centro, el manojo de calles paralelas que se alargaban entre Echegaray y Caballero y Conde de Aranda, Ebro arriba, hacia el barrio de la Química y la estación del Portillo, así como los callejones que las cortaban y a la vez las interconectaban, formando una red de caminos que era también un laberinto para quien no estuviera familiarizado con sus recovecos, era a estas horas un remanso de oscuridad. Los caserones del Setecientos, la mayoría apuntalados, las iglesias, los conventos convertidos en viviendas, lo mismo que aquellos bloques tan feos levantados hacía cuarenta o cincuenta años, descollaban entre solares de tierra dura y maleza, cobrando a la luz de la luna el aspecto de severos farallones. Entró por Boggie-ro. Y en la noche que en el barrio de San Pablo era auténtica noche de soledad, bogar en una barca a la deriva por un océano sin faro ni orillas, un sentimiento de vuelta al hogar le inundó el pecho.
«Vamos a hacer una locura —les propuso el Li-bo—. Algo que nos acordemos siempre». Y todos estuvieron de acuerdo porque eran como niños, una cuadrilla de niños grandes, de esos que andan a la caza de murciélagos para hacerlos fumar y arrancarles las alas. Todos menos su hermano Marcelino, once meses más joven que él y que, como de costumbre, se rajó a las primeras de cambio. «Ten cuidao, Antoño —le rogaba la Chelo—. A ver si os vais a meter en un lío». Él se sentía más hombre cuando la Chelo pasaba miedo a su lado. «Anda, mujer. Pierde cuidado, ¿pero qué va a pasar?». Pero pasó. Pasó que quisieron gastarle una broma a Mustafá el Guarro, un quincallero magrebí que recorría las calles del Casco con un carro a cuestas, un remolque de madera con ruedas de bicicleta, en el que iba metiendo los trastos que rescataba de los contenedores de basura, los descampados llenos de ratas o los callejones que olían a meado; también lo que le dejaban coger en las casas con muerto próximo. En la gusanera de herederos políticos y beneficiarios, fumando impacientes en la salita, bebiendo café o coñac y rumiando pastas, mientras sacaban a relucir los trapos sucios de la familia sin levantar la voz apenas, Mustafá el Guarro se movía como pez en el agua, concretamente como una anguila por el lecho de un estanque. Le daba el pésame a este, asentía a lo que decía aquel otro con una reverencia, se ofrecía a un tercero entre asentimientos rastreros y carantoñas, y los familiares, superados muchas veces por las circunstancias, ni siquiera se paraban a ver lo que aquel tipo tan estrafalario echaba en el saco. ¿Y de qué lo conocería el tío Bienve, con lo dandi que fue siempre? Mustafá el Guarro llegaba como las moscas, muchas veces antes de que el moribundo, tumbado en la cama (la nariz afilada, los ojos hundidos y vítreos, con una pelusa en el lagrimal que nadie se atrevía a apartarle) soltase su último suspiro. Para eso conocía él a todos los porteros y las golfillas de la zona, a los carteros y recaderos que entraban y salían de las casas, a quienes recompensaba el chivatazo con un «porito bueno, bueno, el porito de La Jábana» y Alá sabrá con qué otras cosas. Sufián El Aouar, que así es como se llamaba Mustafá el Guarro, daba la impresión de estar alegre a todas horas. Sonreía sacando los dientes, el manojo de dientes que le quedaba, incisivos torcidos, amarillos por el sarro, pero lo que en realidad hacía era guiñar los ojos, porque a pesar de las gafas, que se les escurrían hacia la punta de la nariz, donde les hacía de tope una verruga del tamaño de un garbanzo, tenía miopía. Llevaba un gorro de lana que era puro remiendo, más agujero que remiendo, hasta las cejas; en realidad, solo tenía una ceja, negra y gruesa y como trazada a rotulador, que le cruzaba la frente de un extremo al otro; bajo la nariz rapaz, un bigotillo escaso, canoso ya, a lo cepillo de dientes. Por su aspecto abandonado, mal afeitado, los ojos pitañosos y la boca entreabierta, siempre con una colilla en la oreja, por su urbani-dad puntillosa hasta con los desconocidos, a quienes saludaba familiarmente, en el barrio tenía fama de corto de entendederas. Él sonreía siempre, guiñando los ojos; se sonaba la moquita con la falda de la chilaba y sonreía: «La pas sía contigo, hombre», saludaba. Y sonreía. Y vuelta a la buhardilla. Mustafá el Guarro examinaba sus últimas adquisiciones con ojo de especialista; pegaba esto con cola, ataba aquello con hilo de pesca, sacaba una arandela de un cajón lleno de tuercas. Cargaba el carro y a la calle otra vez, a su puesto en el rastro. Lo más valioso lo llevaba al montepío o se lo vendía a un anticuario. En otras ocasiones, él mismo ejercía de perista. Y así vivía y prosperaba, y le daba para mandar cada mes o mes y medio un giro postal a Tánger a nombre de su madre.
Se pusieron un pañuelo en la cara como quien va a robar. Lo único que querían era darle un susto, echar la puerta abajo y ver si encontraban hachís. El cuarto estaba en penumbra, no se distinguía bien. Notaron, eso sí, nada más entrar, el olor a tabaco rancio y cerrazón, a pesar de los batientes entornados del balcón. Mustafá el Guarro había empezado a cubrir los desconchones de las paredes con papel de periódico, las manchas de humedad y las grietas, pero se había cansado pronto o lo había dejado por imposible. El techo era bajo, inclinado, y tuvieron que agacharse para entrar, sobre todo el Antoño. Tropezaron con los bultos, las sombras de baúles y taquillones, los secreteres sin cajones y la nevera sin puerta que hacía las veces de armario. Pupitres escolares del año del trivio y el cuadrivio, maletas apiladas, banquetas; encima, todo tipo de cachivaches, desde vírgenes de escayola y santos repintados hasta relojes que no daban un tictac desde la guerra civil (la primera carlista), pasando por cascos prusianos y chirimbolos de dentista, llaves de bicicleta; había botijos a porrillo, porrones, jarrones a pedazos, felpudos sin pelo y paraguas sin tela, aguamaniles y palanganas, orinales, espejos salpicados de cagaditas de mosca, abanicos pegados con cola y máquinas de escribir a las que les faltaban la mitad de las teclas; había teléfonos por piezas, piezas de repuesto, bombines y tijeras, escupideras, lámparas sin tulipa y candelabros de latón envueltos en telarañas para regalo, un millar de timbres (de tranvía, de recepción, de puerta de casa, para avisar a los criados), pero lo que no había por ninguna parte, o al menos ellos no lo encontraron, fue el hachís, por mucho que pusieran todo patas arriba. Se oyó un portazo, un golpe de corriente, y el Antoño, que empezaba a sofocarse por el pañuelo en la cara y la atmósfera de aquel sitio, tuvo un repeluzno; aun así, no se achicó ni dijo nada. «No. Kif no. No te breocupes, el Sufián no tenar —se justificaba Mustafá el Guarro, gesticulando sin descanso. Cogía los objetos más variados, se los ponía en los morros al Libo o a Luquitas Calvo, el Sietemesino, y los dejaba en un sitio distinto como el que hace juegos de prestidigitación. Andaba con el sigilo de un gato, dando vueltas a toda prisa, pero sorprendentemente no tropezaba con nada—. El Sufián solo las shatarras. Las shatarras sí, buena. Sempru, sempru buena. Es la balabra mía, la del Sufían. Las shatarras, el trabajo mío. Grasias a Dios. El kif no. La pas sía contigo, hombre». Amontonadas en estantes contra la pared del fondo, el Antoño vio títeres y marionetas, muñecas de mirada estrábica, unas desnudas, despatarradas, otras ictéricas, peponas escrofulosas, el pelo estropajoso y alfileres en la boca, de cartón piedra con los miembros dislocados, un popurrí de brazos y piernas por una parte, por la otra los torsos y las cabezas, payasos siniestros con la cara quemada, bebés embalsamados, de papel maché, muñecas con los mofletes hinchados como si tuvieran paperas y cabezas de todos los tamaños: pequeñas, jibarizadas, despellejadas, con hidrocefalia, con la boca cosida, ojos de cuentas que te seguían allá donde fueras. Vio osos de peluche abiertos en canal, destripados, sin relleno, y una muñeca de porcelana tan realista que casi parecía viva, una niña pequeña a punto de decir algo, si no fuera porque le faltaba un ojo, y por el agujero, de tanto en tanto, asomaba las antenas una cucaracha gorda como un duro. Nadie les creyó. Sonaba a broma grotesca, a La pequeña tienda de los horrores. Y los acusaron de allanamiento, robo con intimidación y homicidio involuntario. El abogado de oficio tampoco es que fuera ninguna lumbrera. «¡Tú, chitón, moro mierda! Menos palique o te cando yo el morro. Y suelta el hachís o-o… ¡o te rajamos como a un pollo! —le amenazaba Luquitas Calvo, el Sietemesino—. No nos vengas con candangas, tú…, pulgoso, malastrazas. Y ahuecando el percal. ¿Cuántas cucas habrá en esta leonera?, ¿eh, macho? Te lo digo a ti, no te escaquees. Menudo palacete tienes aquí montao, ¿eh? Anda, esgarramantas, ¿o es que te crees que me la ibas a dar a mí con queso?, ¿que me chupo yo el dedo, es eso? ¿Cómo que ni cinco? ¡Amos, hombre! Menos lobos, Caperucita, ¡pues apañaos estábamos, si no! ¿Te crees que aquí el menda nació ayer?». Mustafá el Guarro no era tan tonto como todos creían. Sacó una navajita que llevaba entre los pliegues de la chilaba y se la plantó en el cuello a Pedro Luis el Botijero, que siempre tenía sueño, por mucho que hubiera dormido una hartada de horas. Pedro Luis el Botijero, el hijo del aguador, quería ser camionero. «Por to’a España, ya veréis. Y tendré a una gachí en cada pueblo de la ruta. Las gachises, buf. Anda, lo que tiran los camiones, ¡buf, buf! —y soplaba, agitando una mano— ¡A cien por carretera y me quedo corto!». Como se quedó es tieso y con la boca abierta, no se sabe muy bien si por la sorpresa o porque lo interrumpieron a mitad del bostezo. El Antoño se abalanzó sobre Mustafá el Guarro, fue el primero en reaccionar. Le arreó un bofetón con el dorso de la mano que hubiera tumbado a un camello, con tan mala suerte que el quincallero reculó unos pasos, tropezó con el reborde del balcón y se fue de espaldas por el barandal abajo. Todos oyeron claramente el croc. «¡Cristo bendito! —exclamó el Antoño, echándose las manos a la cabeza—, ¡pero qué hemos hecho!». «Un pan como unas hostias», se le oyó responder al Libo, el más espabilado de la cuadrilla. Y el único que acertó a correr escaleras abajo antes de que llegase la policía.
Dobló a la derecha por Mayoral. Comparada con otras calles del Casco, esta era ancha, al menos la calzada, porque las aceras estaban puestas para ir en fila india. Al otro lado de los adoquines, casi treinta años después, vio bloques recientes, de varias alturas, con fachada de ladrillo caravista y portales desahogados. Algo habíamos ganado, al menos. La entrada del 26, sin embargo, seguía siendo la de siempre: una caja de cerillas. El Antoño se chupó el pulgar, apagó el pitillo con el dedo y lo devolvió al paquete, mientras echaba una ojeada rápida antes de colarse dentro. Junto al portal estaba la papelería de toda la vida (Revistas Ubrique, material escolar) y el cubil del zapatero, con la persiana echada y un cartel de se traspasa; el pobre hombre, aquel vejete socarrón de pelo blanco y manos negras, siempre con una broma picantona para sus clientas, debía haber pasado a mejor vida. Había también un cartel nuevo: Segunda manno, ponía, literalmente. Compras & ventata. Artículos nuevos i seminuevoevos, y debajo un teléfono escrito a rotulador, tachado y otro número diferente al lado, que se iba empequeñeciendo para caber en el cartel. Sobre la zapatería, en el tercero derecha, había vivido él con sus padres y su hermano. Era un cubículo frío, sobre todo en invierno, cuando helaba o se levantaba el cierzo y se oían crujidos por todos los rincones; aun así, su madre, la señora Merche, que se levantaba todos los días a las cinco menos cuarto para ir a fregar, lo tenía limpio como una patena. Limpio y escoscao que daba gusto. Su padre murió joven, a los cuarenta y tantos, de un derrame cerebral. Fumaba sin descanso. Su madre, envejecida de la noche a la mañana, asendereada y triste, no le sobrevivió más que un par de años. Para entonces él ya andaba liado con la Chelo, la Chelito, su vecina de enfrente, la del tercero derecha, donde vivía con su tía, la señora Encarna, una sesentona menuda pero gritona, rabiosa por las hemorroides (cundía más que el Avecrem), que se pasaba el día con la oreja pegada a la radio oyendo rancheras de José Alfredo. En Torrero, a quien más echaba en falta era a la Chelo. La chica iba cada semana, solo ella. En cuanto lo veía, echaba a llorar y casi no podía articular palabra, hipaba y se tapaba la cara con un pañuelo. El Antoño no podía sufrir aquello. Estar así, sin que le dejasen abrazarla, encerrado en una jaula como un periquito. «Calla, mujer —terciaba él, e intentaba animarla—: Ya verás qué pronto se arregla todo». La Chelo hablaba poco. No le contaba lo que pasaba fuera, o lo hacía muy vagamente. Era la chica más mona del Casco, de toda Zaragoza. Pero cada vez que iba a la cárcel la notaba diferente; había algo, un cambio imperceptible para cualquiera, excepto para él, que la tenía bien metida entre las telas de los ojos. La Chelo, la pobre, se iba mustiando. Cada semana, mes tras mes. Luego, cuando pasó un año, dejó de ir. No supo nada de ella hasta el mensaje: te quiero, ponía. Nada más.
«Espero que haya recibido mis cartas», se dijo mientras subía por las escaleras. En el descansillo se acordó del señor Angulo como quien se acuerda de un chiste, y suspiró. Después de tanto tiempo, estaría ya muerto. El señor Angulo era un artista fracasado, un poeta del lumpen, como decía él mismo en el café, de una ventana a la de la fachada de enfrente o cuando cogía capazo en la calle, que venía a ser cada vez que salía. «¡Y a mucha honra! —añadía, levantando un dedo como el Quijote de Doré—. Dichoso camino este de mortificación y catarsis si por él han peregrinado antes don Alejandro Sawa o el gran Guillermo Apollinaire». Cansado de los poetas oficiales que monopolizaban los medios (a los que el señor Angulo, no sin malicia, llamaba los contables de sílabas), los ganadores, siempre los mismos, de los certámenes florales con sus odas a los baturros y las joteras o a los mantos de la Virgen, aquellos poetuchos, duros de cuatro pesetas, harto de las envidias y las puñaladas traperas, el señor Angulo había decidido no publicar más, ¡ni un solo verso! En su lugar, distribuía sus composiciones, que unas veces eran romances, otras letrillas satíricas a lo Quevedo, o décimas o espinelas («que son buenas para las quejas», reconocía), en hojas volanderas que él mismo pasaba a máquina, auténticos incunables con sus faltas de ortografía, sus manchas de café y sus motitas de caspa. El señor Angulo había publicado poco en sus años mozos y nada en los siguientes, pero lo que era hablar, no daba tregua a la lengua. «Soy un rapsoda», se justificaba él. Un parlanchín, sonreían quienes le conocían. Y su mujer: un charlatán. «Bendito hombre, ¡qué cruz! Si es que se le va la fuerza por la boca. ¡Anda a por el pan, desustanciao!».
Todas las tardes, porque el señor Angulo, como buen bohemio, tenía la costumbre de no madrugar; todas las tardes, decíamos, aquella algarroba seca del señor Angulo, con su boina y sus mocasines de diario, algo desmayados ya, tras patear el barrio en busca de inspiración y volver con un periódico bajo el sobaquillo, uno que alguien había dejado (¡casi nuevo!) en la papelera, bajaba al descansillo para aprovechar el solecito que se colaba por la ventana. Allí fumaba y leía, leía y fumaba. En casa no podía porque la parienta, doña Reme, decía que la ahogaba y le montaba el cirio. A la hora de cenar más o menos, cuando sentía rebullir el estómago, doblaba el periódico y volvía a casa, acarreando la banqueta. «¡A crear!», exclamaba, todo ufano, pero a lo que iba es a cenar, porque las letras no llenan la tripa y la tortilla con alcachofas bien se sabe que sí.
El Antoño también escribía en Torrero. Le escribía a la Chelo, porque ella no había vuelto a visitarle. Cartas cortas, con abundantes rayones, embarulladas como su pensamiento. Nunca hubo contestación, quitando aquel único mensaje: te quiero, ponía. Nada más. «Espero que las haya recibido todas». Sacó las llaves del tercero derecha, el piso de la Chelo. Ella le hizo una copia cuando llevaban un año festejando y él las guardaba desde entonces como oro en paño. Pero la llave no entraba. Normal, pensó. Después de tanto tiempo…, igual la había metido al revés. La mano le temblaba un poco. Le dio la vuelta y lo mismo. Probó con otra…, nada. Dichosas llaves. Probó con todas, una por una. Las del piso de la Chelo y las que no lo eran, las del candado de la Vespa (¿qué habría pasado con la moto?) y la del trastero. Ninguna. Y si alguna entraba, se negaba a girar. Una hasta se atascó y tuvo que dar un tirón, a riesgo de partirla. ¿Qué estaba pasando? Vamos a ver, se dijo. Tranquilidad. Respiró hondo. Iba a empezar otra vez cuando la puerta se abrió de sopetón y apareció una mujer.
—¡Quién es usté! —le soltó—. ¿Se puede saber que está haciendo en mi casa?
Era una cuarentona pequeñita, regordilla, con aspecto de albóndiga embutida en un traje de fiesta rojo chillón con floripondios, con una permanente tan reciente que atufó el rellano a laca. Tras ella, el Antoño sintió voces que debían venir de una tele o de la radio (de la tele, seguramente) e incluso un coro que cantaba un villancico:
Soñaba yo que tenía
alegre mi corazón,
mas a la fe, madre mía,
que los sueños, sueños son.
—Yo… verá —no sabía qué decir—. Yo vivo aquí, señora. No aquí mismo, enfrente.
—¿Qué usté qué? Pues bueno está eso, venir a molestar a estas horas. Que vive enfrente, me suelta el andoba. ¿Y qué hace intentando meterse en mi casa? Oiga, ¿qué se ha creído? Aquí somos gente honrada. Y enfrente no vive, porque yo sé quién vive enfrente y no lo he visto a usté antes de ahora, ni por aquí ni por la calle, ¡ni por ningún sitio! Así que arreando, que es gerundio. A otro la’o con la jodienda.
—P-pero es que yo… —tartamudeó, perplejo.
—Puaj, lo que usté güele a vino que da gusto —le interrumpió, agitando la mano—. Váyase de aquí o llamo a mi marido, que trabaja en el Registro Civil y hace pesas en el balcón. Avisao.
—¿Dónde está la Chelo? —aventuró él.
—¿Cómo q-que? Usté lo que está es borracho, pero a base de bien. ¡Váyase, le digo! A dormir la mona a otra parte. ¿O es que no me entiende? Habrase visto, el tío este…
La mujer intentó cerrar la puerta, pero el Antoño puso el pie y que si quieres arroz. Ella dio un gritito y vuelta la mula al trigo, a empujar con más fuerza. El Antoño porfió. Le dio un golpe a la puerta y la mujer quedó arrinconada contra la pared.
—¡Carlos! —chilló alarmada—. Ay, Virgen del Pilar, que me da un jamacuco. ¡Carlos!, ¡coño ya!
El Antoño había dado un paso en el recibidor cuando oyó ruido de cisterna y vio asomar por el fondo del pasillo a un tipo que se abrochaba la bragueta, un larguirucho flaco, fino como un palillo, con más nuez que cabeza, una bata que cerró sobre el pijama y unas pantuflas de pelo. Este tenía que ser el Chuarchenaguer del balcón.
—O-oiga, hágame el favor. ¿Se puede saber qué está haciendo? P-por favor, le digo. Le insto a que salga in-inmediatamente de esta casa, que es la mía, caballero, o me voy a ver obligado a-a… me voy a ver en la necesidad de llamar a seguridad…, eh, esto. A los agentes de la seguridad del estado, quiero decir. P-por favor, no moleste y espere su turno.
Esto último le salió así, sin más. La fuerza de la costumbre.
—¡Chelo! —El Antoño le ignoró—. ¿Dónde estás, Chelo?
El oficinista de medio pelo del tercero derecha, el antiguo piso de la Chelo, no dijo nada. O no lo dijo de buenas a primeras. Estaba acostumbrado a que le ignorasen. Pero enseguida se sobrepuso. Bien fuera por las burbujitas de la gaseosa, que le hacían cosquillas en el paladar, bien porque jugaba en casa, delante de su señora, que no le quitaba ojo desde la puerta, el caso es que decidió pasar a la acción, reconduciendo al interfecto hacia la salida. El interfecto, claro, era el Antoño, y el Antoño la verdad es que nunca había tenido excesiva paciencia. Al ver que el otro le pellizcaba tímidamente la manga, se lo quitó de encima con un soplamocos que casi lo monta en el taquillón. Los dos cisnes de imitación de porcelana temblequearon sobre la ola de nenúfares que les servía de pedestal y a punto estuvieron de levantar el vuelo. El chupatintas de las pesas en el balcón chocó contra el espejo, que por suerte no se rompió. La mejilla, en cambio, se le hinchó como un pomelo por el encontronazo y la nariz le empezó a sangrar. Cuando el Antoño lo cogió por los hombros y lo sacudió como al Telesketch, los aullidos de su señora podían oírse desde el repetidor de La Muela.
—¡Dónde está la Chelo, cabrón! —le increpaba, como si el pobre la hubiera metido en un cajón—. ¿Dónde?, ¡eh! ¿Es que no me oyes?
Uy, si le oía. Más que bien. Lo tenía tan cerca que cada oclusiva, fricativa o africada, cada bilabial sonora o sorda, que a estas alturas era casi lo de menos, desataba incontinenti un bombardeo de saliva que ríete tú del mes de abril (por lo de las aguas). Lo que no alcanzaba era a responder. Vamos, y casi, casi, ni a respirar.
—¡Ay, que me le matan! Carlos, haz algo. —Como si fuera tan fácil, pensaba Carlos—. ¡Ay, que me le matan! —Y con el desembarazo de una sirena de fábrica—: ¡Caarloooooos!
Carlos notó el sabor a herrumbre de la sangre en la garganta y las piernas se le ablandaron, se le volvieron morcillas de Soria, que era precisamente de donde venía. De Los Rábanos, en concreto, a diez minutos en coche de la capital, ¡y qué níscalos salían de esos pinares!, ¡qué rebollones! «¡Que me desangro, joder! —pensaba el soriano, alarmado de veras—. De esta me desangro y no alcanzo el año nuevo».
Él que había escondido un puñadico de mazapanes para empezar el año con buen pie y mejor gusto de boca. Ahora se los comería su suegro, ese záforas. ¡Hay que joderse!
Para el Antoño lo siguiente hubiera sido liarse a puñetazos si no llega a ser por lo que ocurrió entonces: una niña pequeña, de unos tres o cuatro años, salió de la cocina con un jersey de los Aristogatos, las mejillas arreboladas y una sonrisa traviesa, como si hubiera sorprendido a los mayores en medio de un juego y también ella quisiera participar.
—¿Qué haces, papi?, ¿quién es este señor? —preguntó, apartándose el pelo de los ojos con un manotazo—. ¡Ay, ji, ji! Ya te he visto, mami. Estás escondida detrás de la puerta. A mí también, papi, súbeme a mí también a caballito…
Media hora después estaba en el bordillo, acariciándose los nudillos despellejados. Observaba la fea cicatriz que le cruzaba la mano hasta la muñeca. En alguna parte alguien cantaba un villancico: era Nochebuena. Era noche fría y el cierzo cortaba como una navaja. El Antoño entró en Torrero con veintiún años recién cumplidos. Entonces era un niño y la Chelo estaba a su lado. Ahora tenía más de cuarenta y se sentía como una colilla pisoteada. En la cárcel lo había perdido todo.
Mientras mordisqueaba el pitillo a medio fumar, pasó revista a los últimos años, tan sofocantes y lentos. En la cárcel había perdido a la Chelo y la inocencia.
La Nochebuena se vie-ene, ¡tururú!
La Nochebuena se va-aá.
Y nosotros nos ire-emos, ¡tururú!Y no volveremos ma-aá








