Relato: Un cuento de hadas para una menopáusica

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Rosa Rubio Sánchez, @rosarubio404

Capítulo I

     Rufi salió de una de sus clases particulares y se fue directamente a su librería favorita. Eran las siete y diez de la tarde y en Málaga hacía muchísimo calor. Estaba estudiando Filología Hispánica y llevaba dos veranos dando clases particulares para sacarse un dinero extra y ayudar a la economía familiar. Acababa de salir de una clase de latín a dos hermanas mellizas que cursaban 2º de BUP, mellizas que habían suspendido dicha asignatura. A las siete y media tenía otra clase, pero esta era de inglés para un niño de ocho años, que su madre se había empeñado en que fuera aprendiendo por su cuenta. Y entre clase y clase, y como le cogía de paso, fue a la librería de Jacobo. Era una librería de barrio, muy acogedora. Recordaba haber ido siempre allí: primero, de niña con su madre; y ahora, sola. Leer novelas románticas era su gran pasión, de esas novelas de amores imposibles; pero que luego al final, tras mucho sufrir, acababan con un final feliz. Era una romántica empedernida y no podía evitarlo; aunque no leía tanto como le gustaría porque no disponía de mucho tiempo libre, ya que sus estudios universitarios en invierno, y sus clases particulares en verano, no le dejaban mucho tiempo para la lectura.

     —¿Ha venido algo nuevo para mí? —le preguntó a Jacobo.

     —¿Ya has leído el que te llevaste el otro día? —preguntó el librero extrañado.

    —No, aún no. No soy tan rápida —respondió riéndose—.  Pero como me pillaba de paso, pues he llegado.

     —He recibido libros nuevos, pero no de los tuyos —contestó Jacobo refiriéndose a que se había recibido material, pero no novelas románticas del gusto de Rufi—. Pásate la semana que viene.

     —¿Sabes qué, Jacobo? Algún día me convertiré en una escritora famosa de novelas románticas. Ya lo verás.

     Jacobo se quedó mirándola sin decir nada.

     —¿No confías en mí?

     —Ni confío ni dejo de confiar. Solo que no me esperaba eso que me has dicho. Tendrás que empezar a escribir ya.

     —Ya he empezado. Que sepas que he escrito una novela y mis amigos —refiriéndose a Cleto y a Tina— dicen que se podría vender como churros.

     —¿Ellos la han leído?

     —Sí.

     —¿Y dónde está esa novela?

     —En un cajón.

     —¿Y por qué no la mandas a una editorial?

     —No sé, supongo que por vergüenza, miedo, desconocimiento y mil cosas más.

     —Pero si no lo intentas…

     —Y he empezado a escribir otra —dijo Rufi muy orgullosa—. Bueno, tengo muy poco tiempo libre, pero por lo menos he empezado.

     —Pues te invito a que te animes a publicar.

     —Seguro que es muy difícil.

     —Nadie dice que sea fácil. Pero si no lo haces, jamás verás tus libros en las librerías. ¿Te imaginas tenerlos aquí? ¡Sería un orgullo para mí! Yo recomendaría tus libros, los tendría en el escaparate, podríamos organizar alguna firma de libros — decía Jacobo mientras se iba animando él solo.

     —Muchas gracias, Jacobo, pero primero quiero acabar la carrera, y luego, ya veremos. No es lo mismo que una estudiante de veinte años presente un manuscrito a una editorial, a que lo haga una licenciada en Filología Hispánica. No sé, seguramente lo mirarían con otros ojos —decía Rufi pensativa.

     —Un momento —dijo Jacobo de manera seca, bajando a Rufi de sus pensamientos—. ¿Cómo te llamas?

     —Rufi, Rufina. ¿No lo sabes todavía, Jacobo? Con los años que llevo viniendo aquí…

     —Tu apellido.

     —Membrillo.

     —Rufina Membrillo no vende —dijo Jacobo tajante—. Lo siento, pero una escritora de novela romántica no se puede llamar así.

     —Pero es mi nombre.

     —Pues te buscas un seudónimo. ¿Y tu segundo apellido?

     —Cebolla. Me llamo Rufina Membrillo Cebolla.

     Jacobo se echó una mano a la cara mientras la movía de un lado a otro.

     —No.

     —Pero me llamo así.

     —Pues tienes tiempo hasta que acabes la carrera para buscarte un seudónimo atractivo. Con ese nombre no vas a vender más que tres libros: los de tus amigos íntimos y el mío.

     —Cuatro con el de mi madre —dijo muy seria.

     —Tres o cuatro son la misma mierda. Así que vete pensando en un seudónimo bonito para una futura reina de la novela romántica.

     Y pensando sobre lo que le había dicho Jacobo, Rufi salió de la librería camino a la casa de su siguiente alumno.

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