Refutación de los argumentos teológicos – 1 – Los argumentos atributivos: el argumento histórico

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Alexandre García Turcan

Como prometí en el momento de publicar el artículo Demostración de la inexistencia de Dios (y rehabilitación de Georges Politzer), publicado en El Común el pasado 24 de julio, voy a proceder a publicar una serie de artículos donde voy a invalidar los principales  argumentos a favor de la existencia de Dios esgrimidos por creyentes y teólogos. Es decir, si en el artículo anterior había recogido el guante de la carga de la prueba, asumiendo la responsabilidad, no de afirmar que no tenemos pruebas de que Dios existe, sino de incluso demostrar su inexistencia, en esta nueva serie de artículos me voy a limitar a invalidar los argumentos a favor de la existencia de Dios.

Quiero añadir que, de nuevo, el tronco principal de esta serie de argumentos no es de elaboración propia, sino que se inspira en el youtuber y filósofo francés Penseur Sauvage (que resulta, además, que sufre de TEA como yo). Yo lo que hago es transcribir a texto, y en español, las elaboraciones filosóficas de este creador de contenidos, complementando con reflexiones propias e información adicional. Y, por lo tanto, como se debe de hacer, añado al final del artículo el enlace al vídeo YouTube para indicar cuál es la fuente principal del mismo.

“Observad la belleza arquitectónica que ha producido la civilización cristiana. Si no hubiésemos creído en Dios jamás habríamos construido algo tan bello, esto es la prueba de que Dios existe.”

Como dije al principio, en esta serie de artículos, voy a terminar de triturar los argumentos a favor de la existencia de Dios, pero esta vez abandonando la postura antiteísta que adopté en el artículo anterior, para pasar a adoptar la posición ateísta propia del escepticismo metodológico de Popper. Es decir, no voy a afirmar la inexistencia de Dios, como hice en el artículo anterior, sino que voy a invalidar los argumentos esgrimidos por creyentes y teólogos a favor de la existencia de Dios, que responden a la cantidad de 13 argumentos. Es decir, me voy a limitar a someter los argumentos teológicos al filtro de la refutabilidad. Veremos que los 13 argumentos en cuestión no resisten a dicho criterio de refutabilidad, y esto ya debería ser razón suficiente para no creer en Dios de ninguna de las maneras.

Vamos a empezar pues con el argumento atributivo, aunque en realidad cabría hablar de los argumentos atributivos en plural, porque son cuatro argumentos en total que reúnen todos una misma característica (con lo cual, en realidad, se podría decir que en esta serie de artículos no voy a refutar sólo 13 argumentos sino 16). Según el diccionario de la RAE, se entiende por atribuir el “hecho de aplicar, a veces sin conocimiento seguro, hechos o cualidades a alguien o al algo.” En el caso de estos argumentos atributivos, consisten en atribuir un efecto a Dios, para luego utilizar estos supuestos efectos (siempre benéficos, por supuesto) como una prueba de la existencia de Dios.

Son los siguientes:

  1. El argumento histórico.
  2. El argumento moralista.
  3. El argumento de la revelación.
  4. El argumento de la consciencia.

Puesto que la capacidad de síntesis a la hora de escribir no es, desde luego, mi principal cualidad, en lugar de refutar todos los argumentos atributivos en un único artículo (que sería muy extenso), lo que voy a hacer es ir publicando semanalmente en El Común un artículo dedicado a cada uno de esos argumentos atributivos, aunque aparecerán titulados todos como perteneciente a un único y mismo argumento (el argumento atributivo).

Entonces, dicho esto, empecemos con el argumento histórico. 

Refutación del argumento histórico

El argumento histórico es el argumento según el cual, sin Dios no habría civilización, porque, efectivamente, todas las civilizaciones de la historia han tenido una religión (aunque podrían citarse excepciones como el pueblo pirahã del Amazonas brasileño, del cual nunca se ha sabido que haya seguido religión o mito creacionista alguno). Por lo tanto, según este argumento, esto sería la prueba de que la religión es imprescindible para que haya civilización, y que por lo tanto Dios existe.

Pues bien, esto sencillamente no es una prueba de que Dios existe, sino en todo caso un argumento a favor de una supuesta ventaja (subrayo lo de “supuesta”, porque hasta eso se podría discutir) de la creencia en Dios, no de la existencia de Dios en sí mismo. Y, por lo tanto, este argumento es independiente de la existencia de Dios. Es más, hasta se podría opinar que, si bien admitimos que Dios no existe, aún así sería benéfico creer en Dios pese a todo. Lo cual es, también, sería algo muy discutible desde el plano moral, porque vendría a decir que es necesario manipular a la gente para que crean en algo falso y así sean felices.

Por lo tanto, insisto, aquí no se trata tanto de creer en Dios como de creer en la creencia, lo cual son dos cosas completamente diferentes. Cuando se dice que la religión es necesaria para la civilización (lo cual fue, tal vez, algo inevitable en el proceso de la evolución del ser humano), no se está diciendo que haya que creer en Dios, sino en unas supuestas virtudes que se atribuyen a la creencia en Dios.

Pero admitamos un momento el argumento según el cual, debido al hecho de que prácticamente todas las civilizaciones de la historia han tenido una religión, esto sería la prueba de que la religión es algo que se nos impone de manera ineluctable en el proceso histórico, y ello por la existencia de Dios.

El problema de este argumento es que, si bien es verdad que todas las grandes civilizaciones de la historia han tenido una religión, no es menos cierto que no han tenido todas la misma religión. Y es más, grandes civilizaciones de la antigüedad (como la sumeria, la egipcia o la griega) han tenido religiones que hoy se consideran falsas por todos, inclusive por los propios descendientes o herederos de estas antiguas civilizaciones (difícilmente veremos al muecín de la mezquita de El Cairo convocar a la oración en nombre de Amón-Ra).

“Todas las grandes civilizaciones tienen una religión.” Sí, ¿pero cuál de todas es la buena?

Esto nos obliga a admitir una cosa, que incluso cualquier cristiano, judío o musulmán puede reconocer sin dificultades: es posible que exista una civilización, y que incluso sea una civilización floreciente y con éxito, a pesar de que crea en una o varias divinidades que no existen. Cosa que es un hecho indiscutible, puesto que, al ser contradictorias las unas con las otras, todas las religiones del mundo no pueden ser verdaderas de forma simultánea. Al menos una mayoría de ellas tienen que ser necesariamente falsas. En cambio, sí pueden ser todas falsas al mismo tiempo: si el 99% de las religiones son falsas, es también perfectamente posible, e incluso probable, que el 100% de las religiones sean falsas. Es decir, todas no pueden tener razón al mismo tiempo, pero en cambio todas pueden estar equivocadas al mismo tiempo.

Esto implica que, aunque una de esas religiones dijera la verdad, esto no explicaría que el éxito de una civilización se deba a la religión a la que adhiere, porque existe una cantidad abundante de contraejemplos, tanto en el presente como durante la historia, de civilizaciones que han florecido y han tenido éxito con otras religiones, que son falsas, o bien a) porque no son las religiones que dicen la verdad, o b) porque son religiones que en la actualidad son comúnmente aceptadas como falsas por todos.

Por lo tanto, la constancia de la religión en las civilizaciones humanas no puede pretender demostrar que Dios existe. Si la inmensa mayoría de las civilizaciones existen pese a creer en una religión falsa, entonces lo más probable es que todas las religiones de la historia sean falsas.

Por lo tanto, el hecho de que prácticamente todas las grandes civilizaciones hayan adherido a una creencia religiosa no es una prueba de la existencia real de Dios. Pero entonces, ¿cómo se puede explicar que las grandes civilizaciones han tendido siempre (o casi siempre) a ir acompañadas de una religión?

La apofenia como mecanismo cognitivo

En realidad no es muy complicado de explicar. El homo sapiens es un animal social que ha alcanzado el grado de civilización, pero que proviene de unas condiciones de cultura primitiva (salvajismo). Y nuestras capacidades cognitivas están adaptadas a unas condiciones de supervivencia en condiciones de salvajismo, al igual que el resto de animales. Y esta necesidad de sobrevivir en las condiciones de salvajismo es lo que ha permitido seleccionar los mecanismos cognitivos de los que disponemos hoy, por el principio de selección natural.

Hemos heredado por lo tanto toda una serie de mecanismos cognitivos, que no nos aseguran que “tengamos razón”, sino que simplemente sirven para maximizar nuestras posibilidades de sobrevivir en un estado primitivo.

Tomemos un ejemplo. Si yo soy un hombre prehistórico, y me encuentro en la sabana africana rodeado de altas hierbas secas, y de pronto veo una mata de hierbas moverse a lo lejos, y después otra, y después otra, todas ellas dirigiéndose hacia mí. ¿Qué reacción es más eficaz para mi supervivencia como especie?

  1. Un mecanismo cognitivo que me dice “espérate un poco, no tomes una decisión precipitada, veamos lo que es antes de actuar, lo mismo sólo es un conejo”;
  • O un mecanismo cognitivo que me dice “cuidado, se está moviendo un depredador hacia tu dirección, corre a toda prisa antes de que te mate”.

Evidentemente, es el segundo mecanismo cognitivo el que asegura mi supervivencia, porque, si me has equivocado y efectivamente sólo era un conejo, habré corrido para nada y habré hecho el primo, pero seguiré estando vivo [1]. En cambio, si te equivocas con el primer mecanismo cognitivo, cuando tengas la confirmación de que te has equivocado, ya será demasiado tarde para escapar a la muerte.

Por lo tanto, en las condiciones de supervivencia en estado primitivo, lo que importa no es “tener razón”, sino maximizar tus oportunidades de sobrevivir. Y en el ejemplo que hemos visto, la conclusión según la cual lo que se dirige hacia ti es un depredador, proviene de un simple mecanismo cognitivo. No es una conclusión a la que uno llega por medio de una reflexión activa y un análisis minucioso de la situación. Es una conclusión que te viene a la mente como un reflejo, una intuición, y que te empuja a reaccionar enseguida antes de que te pongas a analizar la situación.

Este mecanismo es una variante de la pareidolia, que es el mecanismo que opera cuando reconocemos caras. Si, por ejemplo, os enseño la siguiente imagen, vais a reconocer una cara:

Y, sin embargo, no es una cara. Son dos puntos negros y un segmento de círculo, hecho con un rotulador.  Pero en nuestro cerebro tenemos una mecanismo que es la pareidolia que hace que veamos una cara, y de hecho si ese mecanismo no existiera, tampoco existirían o al menos no se usarían una inmensa mayoría de los emoticonos que se usan en aplicaciones tipo whatsapp. Si habéis visto la película Dune (no la bilogía espectacular que ha salido recientemente en los cines de la mano de Denis Villeneuve, sino la versión de 1984 de David Lynch), es lo que le pasa al personaje de Paul Atreides cuando pregunta a la tribu de los Fremen cómo se llama “la sombra de ratón que aparece en la segunda luna de Arrakis”, y le contestan que se llama Muad’dib. Pero, evidentemente, no es un ratón. Es una forma que aparece en la luna de Arrakis, que se asemeja a un ratón, y que por el mecanismo de la pareidolia ven como un ratón.

Y lo que está operando, tanto en el ejemplo que he mostrado, como en la creencia en Dios, es un fenómeno del cual ya hablé en el artículo Panfleto contra el conspiracionismo, que es la apofenia. Al menos, la definición no psiquiátrica de la apofenia, que según Wikipedia es “la experiencia que consiste en percibir patrones, conexiones o ambos en sucesos aleatorios o en datos aparentemente sin sentido”.

En otras palabras, la apofenia consiste en atribuir por reflejo intenciones, actores, causalidades o voluntades a la obra allá donde hay una simple correlación de fenómenos observables, pero que no necesariamente están conectados. En otras palabras, es la tendencia a querer atribuirle un sentido a un grupo de eventos que no necesariamente tienen una relación entre ellos, lo cual es un fenómeno muy típico en la esfera conspiracionista.

En Panfleto sobre el conspiracionismo, había utilizado la afirmación del sofista profesional Thierry Meyssan, cuando en un plató de televisión insistió enérgicamente en el hecho de que el día del 11-S (al parecer) hubo un incendio en un edificio de la Casa Blanca, y de allí él daba a entender (sin decirlo abiertamente, por supuesto) que esto tenía algún tipo de nexo con los atentados del World Trade Center. Pero también había hablado del hecho de que, en plena pandemia, en marzo de 2021, el presidente de Tanzania John Magufuli, negacionista del Covid-19, había fallecido. Y esto, en la mente apofénica [2] de alguien aquejado de la enfermedad del conspiracionismo, da lugar al siguiente razonamiento: “es la prueba de que lo que el presidente de Tanzania decía del Covid-19 era molesto para las élites que conspiran contra nosotros, porque probablemente ha sido asesinado, y por lo tanto no quieren que se denuncie que hay una plandemia”.

Ejemplos de apofenia refutados por la industria audiovisual

Si me permitís, voy a tomar otros dos ejemplos sacados de la industria audiovisual, aunque realmente en ambos casos se basan en algo real.

a) En la película Juana de Arco (1999), del director Luc Besson, cuando al final de la película el personaje de Juana de Arco (interpretado por Mila Jovovich) tiene una visión y se encuentra a Dustin Hoffman vestido de monje, ella le insiste que ella tuvo una visión y oyó voces porque vio una espada en medio del campo, y que eso era la prueba inequívoca de que Dios la había enviado señales para salvar a Francia de la ocupación inglesa, ante lo cual, el personaje de Dustin Hoffman le contesta, sencillamente:

Dustin Hoffman: “No, era una espada en el campo.

Juana de Arco: No, era una señal…

D.H: No, eso era una espada en el campo.

J.A: No pudo haber llegado allí por sí misma. No pudo. Una espada no puede llegar allí por sus propios medios.

D.H: Cierto. Cada evento tiene una posibilidad infinitiva de causas. ¿Para qué elegir una? Hay muchas maneras en las que una espada pudiera haber llegado a un campo. Pero de un número infinito de posibilidades tuviste que elegir ésta. No viste lo que fue, Jeanne. Viste lo que quisiste ver.”

Nótese que esto aplica para los teóricos de la conspiración que pretenden demostrar (no se entiende muy bien cómo) que los atentados del 11-S fueron un atentado de bandera falsa porque se dice (importante subrayar lo de “se dice”) que se habría encontrado intacto el pasaporte de Mohamed Atta, uno de los pilotos de los aviones, encima de unos escombros en la zona cero del World Trade Center.

Y el hecho de que se divulgue la noticia de que se haya encontrado intacto el pasaporte de Mohamed Atta encima de unos escombros en la zona cero, provocó sarcasmos en ciertos creadores de opinión de la esfera conspiracionista. De nuevo, imaginemos el razonamiento: “Han colocado un pasaporte de Mohamed Atta en los escombros del World Trade Center, después de que el Boeing 767 explotara al estrellarse en la torre y el edificio se incendiara con keroseno, ¡para que creamos que Al-Qaeda está detrás de los atentados del 11-S! ¡Serán idiotas!”

Bueno, ante todo, un poquito de esclarecimiento sobre estos supuesto hechos. Lo que se sabe realmente, es que, efectivamente se ha encontrado el pasaporte de uno los secuestradores de avión. Pero se trataba del pasaporte de Satam al-Suqami, uno de los piratas del aire que secuestraron el vuelo 11 de American Airlines. Y, además, este pasaporte no se encontró en los escombros del World Trade Center, sino a ras de suelo, en la calle, puesto que se cayó después del impacto del vuelo 11 de American Airlines, pero antes del derrumbe de la torre. En realidad, el pasaporte de Mohamed Atta no se ha encontrado nunca.

Pero supongamos que se haya encontrado el pasaporte intacto de Mohamed Atta intacto entre los escombros del World Trade Center.

La respuesta correcta que había que darle a los teóricos de la conspiración, las Juana de Arco modernas, sería muy parecida a la réplica del personaje interpretado por Dustin Hoffman. Podríamos imaginar este diálogo:

Conspiracionista: “Eh, mira, dicen que han encontrado el pasaporte intacto de Mohamed Atta entre los escombros del World Trade Center, ¡en plena zona cero!

Dustin Hoffman: Sí… ¿y? ¿Qué nos quieres decir con eso?

C: Pues que nos están tomando el pelo, esto es una manipulación para que creamos que Al-Qaeda son los verdaderos autores de los atentados del 11-S.

D.H: Yo, lo único que veo, es un pasaporte, además de alguien que ha participado en el ataque terrorista, con lo cual no entiendo qué tiene de extraño.

C: ¿Pero cómo un pasaporte puede llegar hasta allí intacto?

D.H: Podría haber un millón de razones por la cuales se ha encontrado allí el pasaporte de Mohamed Atta. Sin embargo, tú escoges la única razón que permite alimentar tu narrativa.

C: ¿Pero no crees que podrían haberlo colocado allí para…?

D.H: No. Yo, lo único que veo, es un pasaporte de uno de los terroristas.

C: ¿Pero cómo pudo haber llegado hasta allí intacto?

D.H: Por lo que sea. Ahora mismo no tengo la explicación. Pero es que tú tampoco. Tú sólo te basas en una suposición para convertirla en una certeza.” [3]

b) En la tercera temporada de la serie Fargo (que es un universo inspirado en la película homónima de los hermanos Cohen del año 1996), el Sheriff Dammick (interpretado por Shea Wigham) cuenta una anécdota ocurrida en Inglaterra que le sirve para explicar a la agente de policía Gloria Burgle (interpretada por Carrie Coon) por qué no se cree su versión de unos acontecimientos que rodean la muerte de un anciano de nombre Ennis Stussy. Y en realidad, esta anécdota ocurrió realmente.

Lo que ocurrió es que una chica en Inglaterra lanzó un globo de aire que llevaba atada una nota en la que ponía su nombre, Laura Buxton. Y la nota añadía, que quien encontrase el balón lo devolviese a su dirección. Un millas más lejos, el balón finalmente terminó bajando y aterrizando a un lugar donde fue encontrado por otra chica… también de nombre Laura Buxton. Como dirían en los países anglosajones: “What are the odds?”

Es más, lo que no cuenta la serie Fargo, es que esos hechos ocurrieron en el año 2001, y las chicas no estaban separadas por 40 o 50 millas como dice el personaje del Sheriff Dammick, sino en realidad por 140 millas, y de hecho acabaron conociéndose, descubriéndose más similitudes entre ellas: tenían la misma estatura, el mismo color de ojos, vestían el mismo tipo de ropa en su primer encuentro en persona, ambas tenían un perro labrador, que además tenían la misma edad, y ambas tenían de animal doméstico a un conejillo de indias.

Aquí, la mente apofénica vería claramente un significado, la obra una voluntad superior, una intervención divina o no sé qué destino que uniría a ambas chicas por obra de una realidad trascendental que escapa a nuestros sentidos y que siquiera vehicular un mensaje oculto.

Y, sin embargo, las coincidencias extremas de este tipo, simplemente ocurren. De la misma manera que Juana de Arco pensaba que no podía ser una coincidencia encontrarse una espada en medio del campo y a partir de allí (según relata el mito), oír voces. Pero no era más que una espada en medio del campo, sencillamente.

Apofenia en la edad primitiva

Tomemos ahora un ejemplo de apofenia en la edad prehistórica: supongamos que he dibujado un bisonte sobre la pared de una cueva, y dos días después mi tribu cazó un bisonte. Según el mecanismo apofénico, esto me hace deducir que mi dibujo satisfizo los deseos de los espíritus de la caza, por lo que es probable que, en el estado primitivo, el homo sapiens haya ritualizado los dibujos en las cuevas antes de cada expedición de casa.

Tomemos otros ejemplo: he afirmado públicamente ante mi tribu que los espíritus no existe, y justo la semana siguiente, un tormenta muy fuerte ha destruido de un rayo la cabaña donde vivo, mientras que ninguna otra ha sufrido tantos daños como la mía. Esto debe ser la prueba de que los espíritus existen, y que he sido castigado por haberles faltado al respeto.

El caso es que buscar causalidades e intenciones que operan sobre lo real en nuestra experiencia del mundo es un mecanismo normal en nuestra cognición. En numerosas ocasiones, este mecanismo es hasta benéfico, porque también no permite buscar causalidades reales. Pero en otros casos, y en concreto los casos que he escogido en el estado primitivo, puede llevarnos a creer en cosas falsas, y en particular allí donde no es imposible obtener algún tipo de control sobre los acontecimientos como, en el caso anterior, los fenómenos meteorológicos.  

Porque sin capacidad de control sobre los acontecimientos, somos de hecho vulnerables ante los fenómenos de la naturaleza. Y eso, si nos situamos en el contexto del estado primitivo, es un pensamiento bastante terrorífico, sobre todo para un homo sapiens que vive en condiciones tan impredecibles como las que existen en el estado de salvajismo. En cambio, imaginar que el éxito en la caza o el evitar peligros meteorológicos dependen de una entidad invisible (Dios), es pese a todo mucho más tranquilizante que reconocer que esos fenómenos relevan de la pura suerte.

Porque si estos fenómenos dependen de una entidad invisible (llamémosle “los dioses” o “los espíritus”), esto nos permite suponer que tenemos la posibilidad de tener un cierto control sobre los acontecimientos. Porque estas entidades invisibles deben tener unas voluntades, unas expectativas con respecto a nosotros. Por ejemplo, que les rindamos homenaje por medio de rituales, como sacrificios. Al esforzarnos tratando de adivinar cuál es la voluntad de los Dioses, y al tratar de satisfacerla, así pensamos asegurarnos de que la caza será un éxito y que no seremos afectados por las inclemencias climáticas.

Y allí es cuando se ponen en marcha otros sesgos cognitivos, muy común en sectas protestantes evangélicas por ejemplo: si una cabaña es destruida por una tormenta eléctrica, pese a que hemos realizado todos los rituales que nos piden los dioses, esto debe ser que los Dioses deben estar enfadados por un motivo que ignoramos. Por ejemplo, un miembro de la tribu que hubiese discretamente cometido un sacrilegio, o un ritual que se haya ejecutado mal, o unos espíritus que no habríamos escuchado bien (pero nunca es el principio mismo de creencia en los espíritus lo que se pone en tela de juicio).

Por lo tanto, la adhesión a una religión no tiene nada de necesario para la civilización y no demuestra en nada la verdad de la creencia en cuestión. A lo sumo, se podría admitir que la creencia en una religión es un paso inevitable en el proceso de desarrollo de nuestra especie y en las condiciones de surgimiento de la civilización. Pero, insisto, los frutos que traiga la adhesión a una religión no son una prueba de la existencia de Dios, sino que son en todo caso unos beneficios (y aun así, podría discutirse si son beneficios) de la creencia en Dios, no de la existencia de Dios en sí mismo.

De la observación de nuestra historia natural y del contexto en el cual ha surgido la civilización, podríamos teorizar que es muy poco probable que grupos de humanos hayan podido hacer una interpretación del medio ambiente en el que viven, sin caer en la trampa cognitiva de la creencia en Dios, e incluso me atrevería a decir que habría sido imposible (si exceptuamos, como dije antes, el caso de la tribu de los pirahã).

Pero la conclusión correcta que hay que sacar de esto, no es que sin Dios, no habría civilización, sino que la creencia en una religión es un paso difícilmente evitable para unos homo sapiens que tratan de comprender un medio ambiente del que ignoran prácticamente todo.  Pero no es ninguna prueba de la existencia de Dios.

Notas:

[1] Esto me recuerda a la última frase del personaje de Henry Hill en la obra maestra de Martin Scorsese “soy un gilipollas”. Sí, eres un gilipollas, pero estás vivo.

[2] “Apofénico” no es un término que exista en el diccionario de la RAE, pero es un neologismo inventado por mí.

[3] Nótese que lo que hace el personaje de Dustin Hoffman al final de la película Juana de Arco, no es más ni menos que zetética.

Fuentes:

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