Por Adriana Flórez
“No tenemos una manera científica de distinguir a un hombre de una mujer”, afirmó el Presidente del Comité Olímpico Internacional, y después, en la clausura, ya para despedirse de su cargo proclamó: “estos han sido los Primeros Juegos Olímpicos de una Nueva Era”. No sabemos a qué se refería.
De una cosa podemos estar seguras: si el puercoespín extraterrestre y dorado que clausuró las Olimpiadas, pudo antes asomarse a la inauguración y ver a María Antonieta decapitada; después, al ver a la estatua de La Victoria, también sin cabeza, no habrá podido sino hacerse algunas preguntas.
El potencial simbólico que pueden llegar a tener en nuestro mundo unos Juegos Olímpicos como los que acaban de pasar, así como su inauguración y su clausura, merece una profunda consideración. No es porque sí que tantas feministas hayan dicho ya tantas cosas y tan bien dichas sobre el evento, en este y otros medios. Que valgan los restos de tinta que todavía quedan, ahí al fondo del tintero, para decir algunas cosas más desde otra perspectiva.
Fue hace casi un siglo, entre guerras, cuando uno de los pensadores más influyentes de la historia de la humanidad, escribió:
“A mi juicio, el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si ⎯y hasta qué punto⎯ el desarrollo cultural logra hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de la pulsión de agresión y autodestrucción, [esto es, de la pulsión de muerte que] Thanatos [representa]. Sólo nos queda esperar que la otra de ambas potencias celestes, el eterno Eros, despliegue sus fuerzas para vencer en la lucha con su no menos inmortal adversario. Mas, ¿quién podría augurar el desenlace final?” Es la pregunta con la que Freud concluye El malestar en la cultura.
Y bien, casi cien años después, su incertidumbre acerca del destino de la humanidad, reaparece a propósito de la inauguración de los Juegos Olímpicos 2024, bajo la forma de un veredicto: ¡Thanatos ha vencido!, “el jinete que recorrió el Sena con la bandera olímpica era La muerte”. “No podía esperase menos de una Ceremonia Satánica, que preciándose de ello, fuese como Dios manda”.
Como es sabido, en algunos círculos populares de las redes sociales se quiso ver en cada detalle de la Inauguración Olímpica eso; una Ceremonia Satánica, y en la Torre Eiffel, la invocación de un triángulo simbólico, “cosas de masones”.
Pero ¿por qué podría todo esto llevarnos a rimar feminismo con psicoanálisis? La presencia de la niña en la controvertida bacanal, las dos mujeres “sin cabeza” (María Antonieta y La Victoria), junto con la alucinación de algunos que vieron a Thanatos cabalgando por el Sena, lo hacen inevitable. Ahora bien, advierto que para darme a entender, voy a tener que esbozar previamente algunos principios del psicoanálisis, a muy grandes y metafóricos rasgos, pero con cierta amplitud.
La inauguración y clausura de los juegos olímpicos 2024, los mitos y la interpretación de los sueños.
Como se recordará, la inauguración que se antoja hoy ya tan lejana, desató una encendida polémica que le costó a Thomas Jolly ⎯su director artístico⎯, reproches, insultos y amenazas de muerte. Además de poner una denuncia, el artista se defendió explicando el significado de su obra en un escrito en el que aclaraba ⎯o eso pretendía⎯ que no había sido la muerte en un caballo pálido, sino la diosa del Sena, Sequana, quien cabalgó por sus aguas para representar el espíritu olímpico. “La mujer sin cabeza era María Antonieta. Gobernaba sobre Francia y fue declarada culpable de traición, conspiración y robo al país. ¿Te suena familiar?”, le pregunta Jolly a su “Querido lector” imaginario, ¿acaso cuestionando su nivel de escolaridad y/o su inteligencia? Eso parece.
En cualquier caso, el artista se expresó, muy “pedagógico”: “por si no lo sabías, una bacanal era una fiesta incontrolablemente promiscua, extravagante y ruidosa que a menudo duraba varios días, celebrada para honrar a Dionisio, dios del vino y la fertilidad”. Lo que todavía no nos explica, no al menos en ese escrito, es ¿por qué, dentro de todas las manifestaciones de la cultura griega, eligió una bacanal para evocarla?, y sobre todo, dada su descripción de lo que eran estas fiestas, ¿qué hacía ahí una niña?, ¿cómo para qué la invitaron? Por mucho que también aparezca una niña en La Fiesta de los Dioses de Jan Harmensz Van Bijlert, dado el contexto de pornificación que está sufriendo la infancia, el despropósito, más allá de las disculpas, amerita una explicación cuya omisión llama la atención.
En cualquier caso, a todo artista le conviene ser cauto a la hora de hablar de la significación de su propia obra una vez puesta en escena. Una nunca sabe, con el tiempo, quizás el propio Jolly descubra dentro de sí escondido ⎯muy escondido⎯ además de a un visionario, a un feminista radical. Quizás el tiempo convierta sus obras inaugural y de clausura de los Juegos Olímpicos 2024, en una obra surrealista de denuncia involuntaria, por revelar, como un sueño, algunas cosas que nos están pasando.
Porque efectivamente, quizás no sea tan mala idea tomar la Inauguración y clausura de los Juegos Olímpicos, como si de un sueño se tratara, asumiendo, a diferencia de su autor, que un mismo significante puede tener infinitos significados. Y habida cuenta de que el mito es una ficción, que no obstante, encierra una verdad del momento histórico y de la sociedad en la que se produce; quizás también resulte iluminador, suspender por un momento la reprobación que nos producen, y tomar las teorías de la conspiración que generó el evento, como si de mitos se tratara, y así podernos preguntar: ¿qué realidad de nuestro tiempo trajo Jolly a la escena, como para que más allá de su intención, algunos vieran a Thanatos y no a Sequana, cabalgando por el Sena?, ¿es casual que a la hora de obedecer el mandato de hacer presente la “diversidad” e “inclusividad” bajo la forma en boga de “lo trans”, el artista haya acudido a una bacanal?
La desolación que después de la bacanal se encontró erizado, el extraterrestre protagonista de la ceremonia de clausura, en un primer momento; ponen en la misma bandeja de plata, en la que Jolly puso a Dionisio y su desenfreno, la ocasión para hablar … del freno. Algo que resulta de máxima importancia, si admitimos que es precisamente la desolación, lo que nos espera al fondo del precipicio, hacia donde el laissez faire neoliberal a ultranza y su imperativo de goce, conduce hoy nuestra nave.
Me refiero al freno, a los límites, a las barreras de la cultura y a lo que en psicoanálisis se conoce como la ley (no todo está permitido ni se puede). Al freno, bajo la forma de su manifestación psíquica por excelencia: la represión, pero no la de la policía ⎯no por supuesto⎯ sino a la represión tal como la entiende el psicoanálisis. Un proceso psíquico que a pesar de llevar un nombre que tenemos asociado a algo tan deplorable ⎯deberíamos cambiárselo⎯ es de enorme importancia; no hay psiquismo que pueda construirse sin su participación. Por decirlo rápido y mejorar un poco la imagen de este término que nos suena tan mal, digamos que es precisamente la represión, lo que le falla a un psicópata.
Así de que un poco de represión, sí que nos interesa, pero no demasiada, pues es también la represión lo que puede martirizar al neurótico. Y no se trata de encontrar un punto medio, ni nada por el estilo, el asunto es un poco más complicado que eso. Baste aquí con decir, que en ocasiones, la susodicha trabaja del lado de Eros ⎯que todo lo une y construye⎯ pero que también le hace a Thanatos ⎯que todo lo desune y destruye⎯ algunos trabajos, destacando entre ellos por perniciosa, el de la culpa inconsciente; es su especialidad.
El hecho es que cuando hablamos de represión en psicoanálisis, nos referimos, por ejemplo, al proceso por el que solemos olvidar la “mejor” parte de nuestros sueños, o por el que ⎯menos mal⎯ nos despertamos de nuestras peores pesadillas, y por el que disfrazamos, hasta hacerlos irreconocibles, a sus personajes. Es algo que nos hacemos nosotros a nosotros mismos, sí, y por motivos muy claros, pero no es un acto voluntario en el que sea nuestro Yo quien se encuentra al mando.
Eso sí, aunque involuntario, el proceso de la represión, es algo que se puede ver favorecido o no, durante la constitución de la subjetividad en las primeras etapas de la vida, es parte de la herencia simbólica que se transmite entre generaciones, también de manera más o menos involuntaria. Cabe mencionar que hay otro proceso, hasta cierto punto alternativo a la represión, que salva a algunos afortunados de la neurosis y tiene que ver con el arte: la sublimación.
Una niña en la bacanal y “no pasa nada”: el pretendido anti moralismo; un moralismo inconsciente.
En nuestro devenir humanos, la cultura, sus reglas, la ley, el lazo social, los ideales y algunos de sus correlatos psíquicos, tales como la represión y la sublimación, suplantan al instinto, dando lugar a algo que es de otro orden: el deseo. “La adquisición del lenguaje; la pérdida del instinto como única brújula en la búsqueda de la satisfacción… y el desarrollo del psiquismo, de la subjetividad; son tres aspectos de un mismo acontecimiento: el surgimiento de nuestra especie”, escribió Freud en un momento dado.
Y una vez que esto ha ocurrido, los seres humanos tenemos dos modos de relacionarnos con el placer. A uno de ellos, que Freud vinculó a la pulsión de muerte, Lacan le llamó goce y está marcado por la búsqueda insidiosa de una satisfacción absoluta, en realidad imposible; tiene como paradigma las adicciones y conduce a la autodestrucción, está en la contienda, del lado de Thanatos. Por otra parte, tenemos una relación con el placer, que lejos de la indiferenciación thanática, transita por causes simbólicos, dando lugar al deseo, dentro de su campo se puede alcanzar un grado de satisfacción importante, pero nunca total, manteniéndose así encendidas nuestras ganas de vivir, está en la contienda del lado de Eros. El goce thanático, que desune y destruye y el deseo erótico que une y construye, son los dos términos opuestos en pugna.
Así pues, la represión es el mecanismo del que se vale un sujeto para rechazándolas, mantener fuera del alcance de la consciencia determinadas representaciones, ideas, significaciones, pensamientos, recuerdos o deseos; para mantenerlos en ese no lugar que es lo inconsciente. Por decirlo metafóricamente: es el proceso psíquico que se encargaría, por ejemplo, de que no se te ocurra organizar en tu casa, una bacanal como la que organizó Jolly, o al menos, si lo hicieras, se encargaría de que ni se te pase por la cabeza invitar a ninguna niña ni a ningún niño.
Ahora bien, lo inconsciente, lejos de ser un contenedor de desechos como pudiera pensarse, es un gran reservorio de energía libidinal de gran valor para la vida. Tiene que ver con cosas luminosas, por ejemplo, con el sentido del humor. Es un poco como el niño o niña ⎯todavía sin límites⎯ que todos llevamos dentro; no es buena idea que sus deseos lleven el timón de nuestras vidas; pero sin él o ella, no tendríamos ganas de vivir. Funcionamos de un modo complejo, dialéctico y aparentemente contradictorio ⎯eso no es noticia.
Y bien, la represión, para bien y para mal, es en sí misma inconsciente, pero en ocasiones tenemos acceso a sus manifestaciones, se asoma, por ejemplo, bajo la forma del pudor. Más o menos, todos tenemos un poco, y en los niños y en las niñas es un signo del desarrollo psíquico, cuya ausencia total, a partir de cierta edad, puede considerarse patológica.
No obstante ⎯para entrar ya en materia⎯ en ciertos ámbitos el pudor está desprestigiado. Ha habido una especie de concesión de la patente del pudor al conservadurismo, y ha sido, sin duda, un mal negocio, ¿o acaso no pierde gracia o “morbo” ⎯si así se quiere decir⎯ el erotismo sin rubor? Pero es que además, desde hace muchos años, en la clínica se han venido observando los efectos negativos de dicha concesión. Me refiero, por ejemplo, al daño que ha hecho ⎯a pesar de las mejores intenciones⎯ el rechazo casi automático a todo lo que tenga que ver con el pudor en general, y en particular, en la educación de los hijos e hijas en torno a la sexualidad. Me refiero a ese rechazo, que baila al son del consabido “no hay que tener prejuicios que no pasa nada”, y que parte de la necesidad de diferenciarse de posiciones retrógradas, aunada a otras determinaciones personales; pero que paradójicamente, bebe de un prejuicio ingenuo y en algún sentido moralista, porque se apoya en una visión bucólica de la naturaleza humana, dentro de la cual, hablar de la función constitutiva que pueden tener ciertas normas culturales, porque vehiculizan, entre otras cosas, algo tan importante como a prohibición del incesto, está mal visto. “¡Ay, por Dios! qué cosas tienes”, se persigna más de uno y de una, sin querer ver la realidad de que, aunque infantil y germinal, los niños y las niñas, también tienen sexualidad y hay que saber preservarla del contacto con la sexualidad adulta, precisamente para que se desarrolle de la mejor manera (nunca perfecta); es una necesidad psíquica característica de nuestra especie.
Con que es del realismo y no del moralismo, de donde viene la importancia de mantener las barreras generacionales en general, pero muy especialmente en el campo de la sexualidad, pues difuminarlas en este campo, se encuentra en un continuo, que en su extremo más o menos inconsciente, toca al incesto, lo evoca, y … ¿no pasa nada? Estoy segura de que aquí no hay quien no de un paso atrás, ya lo he dicho; es constitutivo de nuestra psique.
A propósito, está desde hace mucho tiempo de moda decir que es importante hablar con los hijos de sexualidad, y el asunto es delicado, porque sí, pero no; no de cualquier modo y en realidad, más que de hablar, se trata de generar un clima de confianza al respecto, y para ello, es importante no invadir la intimidad de los hijos y las hijas, donde en ocasiones, aunque se haga con la mejor intención, obedecer el mandato de “hablar sin prejuicios de sexualidad con ellos” no hace sino hacerles sentir invadidos. Lo más importante en este campo se transmite sin saber y sin querer, pero más que de hablar, se trata de mostrar alegría por la vida y por lo tanto, también en relación con la sexualidad, aunque no sea de un modo demasiado explícito.
Así pues, en todo caso, conviene señalarles, cuando venga a cuento, los lugares adecuados donde, cuando sientan la necesidad, ellos mismos pueden obtener información; y alertarles, sin mostrarse escandalizados, pero al mismo tiempo con discreción, de lo que les podría hacer daño; poner a su alcance materiales apropiados para su edad que hablen, por ejemplo, del daño que produce la pornografía, pero de verdad que no hace falta verlos con ellos; no hacerlo, de hecho, les da un mensaje muy valioso que propicia el desarrollo de su intimidad, la preserva.
Obviamente, cuando se trata de niños pequeños es diferente, pero en todas las etapas, lejos de lo que se suele pensar en algunos ámbitos, conducirse con pudor, que no con susto, cuando viene a cuento poner en común algún asunto relacionado con la sexualidad, es algo que puede hacer sentir mejor a los hijos e hijas; aunque parezca paradójico, favorece la confianza: les ayuda a sentir, que si necesitan comunicarse con sus padres y madres al respecto, eso no abrirá la puerta para verse invadidos en su intimidad.
Si de educación sexual en casa se trata, lo decía precisamente una psicoanalista parisina, Françoise Dolto; lo verdaderamente importante es que opere la prohibición del incesto, y a veces, hablar de sexo con los hijos, o simplemente entre generaciones, puede adquirir un cariz incestuoso, donde saber reconocerlo, pasa precisamente por no tener prejuicios moralistas que nos lleven a la negación y a la incapacidad de verlo, aunque sea de reojo, de frente ⎯por suerte⎯ no podemos.
Desde este punto de vista, el pretendido “anti moralismo” que desafortunadamente ha confundido a parte de la izquierda, es una suerte de moralismo ingenuo negacionista e inconsciente que cual si fuéramos ositos de peluche, menosprecia la función de los límites. Y lo digo así por no hablar de perversión, que también existe, donde, si se trata de “no tener prejuicios”, mejor no hacer como si no fuera el caso.
El hecho es que de la confusión que lleva al menosprecio de los límites, para muestra, tenemos a la niña en la bacanal de la tan sonada inauguración de “las Primeras Olimpiadas de la Nueva Era”, según las refirió ⎯ya lo dijimos⎯ Thomas Bach.
Pero, ¿acaso tiene que ver con esto lo que le pasó al otro Thomas, a Jolly ⎯su director artístico? No podemos saberlo, no del todo. Quizás también mareado por su contexto personal y por las innumerables exigencias e intereses a las que seguramente tuvo que responder; no atendió a otro contexto más amplio e importante.
Tal vez cerró los ojos a lo que está pasando en nuestro mundo con la pornografía, la prostitución y la infancia, ¡ay!, cuanto duele decirlo. ¿Qué nos está pasando? Es como si para unas cosas estuviéramos muy woke y para otras, no tanto, y encima, con mucho tino; obedeciendo a una tendencia favorable, se mire por donde se mire, a los intereses del capital, cuyo modelo de relación con el placer, es el adictivo y thanático, el del consumo sin límites ni causes simbólicos, el que disuelve todo lazo social.
Así pues, por resumir, pienso que el hecho de que Jolly haya escogido dar tanto realce a una bacanal, habiendo podido elegir otras muchas manifestaciones culturales de la Grecia antigua para evocarla, es elocuente del desvarío en el que ha caído cierta izquierda y cierto feminismo posmoderno; y de cómo el generismo que protagonizó dicha bacanal, más allá de las intenciones de los implicados, al menos en algunas de sus manifestaciones, está sirviendo de Caballo de Troya a la pornificación de la sociedad, tan conveniente para el laissez faire a ultranza del neoliberalismo patriarcal en su camino thanático al precipicio. Porque sí, la pornificación es la joya de la corona del patriarcado, lo veremos en el apartado final. Una pornificación que además, tiende a borrar los límites intergeneracionales, dejando ⎯por contigüidad⎯ trastocada la prohibición del incesto, constitutiva del psiquismo, de nuestra humanidad, tal como lo muestran la antropología y el psicoanálisis, y tal como lo saben los criminales de guerra, a la hora de ponerse a destruir a un pueblo en sus cimientos más profundos.
Ojalá las fuerzas que se dicen de izquierdas y feministas, lejos de lo “pro sexo” y lo “pro derechos”, como le llaman, y que dicho así en abstracto resulta tan superficial, pongan mejor en valor el erotismo, en el amplísimo y profundo sentido de la palabra. Porque el deseo, hijo de Eros, no respira ⎯ya lo hemos dicho⎯ sino cuando transita por causes simbólicos y navega, rubor incluido, en sentido contrario al imperativo de goce, al capital, al laissez faire pornificante, que enajena, esclaviza y tortura, aunque sobre todo, no sólo al “cuerpo de obra”, sino al consumidor compulsivo de pornografía y/o prostitución, atado a una adicción que le consume y es exactamente lo contrario al deseo.
¿Y las mujeres?
Hablando de la pornificación de la sociedad, tenemos que recordar, que en lo que a la prostitución se refiere, aproximadamente el 99% de los consumidores son hombres, mientras el “cuerpo de obra” está constituido aproximadamente, en un 95%, por mujeres prostituidas. Donde alguien como Amelia Tiganus, autora de La revuelta de las putas y sobreviviente de la prostitución, para rechazar el estatuto de “trabajo” que se pretende dar a esta actividad, denunciando su carácter de esclavitud y tortura, dice que “no es lo mismo fregar pisos que ser la fregona (trapeador)”, “fregona (trapeador) en cuerpo y alma”, agregaría yo; pues cuando se trata de seres humanos, no podemos hablar de sexo sin más, como con los animales: tenemos que hablar de sexualidad y de todas las implicaciones que ésta tiene para el psiquismo que nos caracteriza como especie.
Que hoy, cuando el proxenetismo ⎯uno de los tres negocios más grandes del mundo⎯ muestra un auge sin precedentes, los consumidores sean en un 99% hombres y el “cuerpo y alma de obra” en un 95% mujeres, habla de la relación que existe entre 1) el laissez faire a ultranza del neoliberalismo actual, que thanático y patriarcal, disuelve todo lazo social; y 2) la necesidad de un mecanismo que suture este lazo, al menos entre los hombres y de manera atávica: violentando, violando a las mujeres, con o sin dinero de por medio.
Bajo esa clave se puede leer el burdo y descarado rearme patriarcal que estamos viviendo en nuestros días, y de ahí también la conexión que encontramos entre el desenfreno de la bacanal y el corte ⎯límite “ortopédico”⎯ la decapitación de quien sirve como víctima sacrificial, como chivo expiatorio necesario: una mujer, no importa cual; necesario para canalizar la agresividad y cohesionar a la fratria de hombres ⎯se vistan como se vistan⎯ que de pronto se encuentran en la corriente desenfrenada del laissez faire capitalista, bajo el imperio del goce, de la ley de a selva ⎯sin ley.
Y es que para engrasar la lógica de la máxima ganancia que disuelve todo lazo social, y cuyo telos más profundo es la exclusión, no solo como daño colateral, sino también como fin en sí misma; es necesaria la opresión de las mujeres, no solo desde un punto de vista económico (abaratar al máximo la reproducción de la fuerza de trabajo) sino también simbólico.
Qué mejor que el cuerpo de una mujer para representar la alteridad, que excluida, como la excepción de la regla, hace posible la fratria entre los hombres, que de lo contrario, tendrían que jugarse su agresividad entre ellos, sin el amparo de ninguna ley. El cuerpo de la mujer ha tomado desde la antigüedad, el lugar de “un padre muerto no simbolizado”, asesinado por la fratria del mito freudiano de la horda primitiva.
Es así como nos encontramos por las calles con el corro de hombres que se ríen juntos, cuando pasa una mujer y le dicen lo que les apetece. Es también así como tenemos noticia de los chicos que violan, todos juntos a una misma mujer, como si ante la ausencia de límites e ideales y sin derrotero, ante la ausencia de la tinta de lo simbólico, firmaran un pacto en la carne, un pacto carnal, haciendo ley en el cuerpo de una mujer. Esto ocurre, por ejemplo, en los extrarradios de París (le llaman “la tournante”) y en ese territorio en que la ausencia de toda ley cava más hondo: la guerra en general y la del narco en particular.
Por dar más ejemplos, se grabó a un futbolista español hablando de este tipo de práctica como “lo que de verdad une”, pero que mejor buscar a “una” que no fuera menor de edad y evitarse mayores problemas. Así mismo, en una película sobre Frida Kahlo, Naturaleza Viva, de Paul Leduc, Diego Rivera le pregunta a Trotsky, en son de burla, que por qué él y Stalin no se habían ido “de putas”, esto es; que por qué no se habían ido juntos a violar mujeres; como quien dijera, “¿por qué no fuisteis lo suficientemente hombrecitos para poneros de acuerdo, firmando un pacto en carne de mujer, un pacto que canalizando gozosamente vuestra agresividad contra las mujeres, los reconciliara a ustedes? Y como es sabido, los negocios más boyantes entre “caballeros” de alto standing, se firman del mismo modo, eso sí, con prostitutas de lujo y mucho “estilo”.
De manera que los hombres pueden sellar su hermandad y sus pactos, en el cuerpo y con la sangre de una mujer, de diferentes maneras; con mayor explicitud y crueldad, cuando falla la contención simbólica de la ley. La antropología feminista y el psicoanálisis se dan en esta lectura la mano.
El caso de Ciudad Juárez México, es tan claro como cruento; pero estructuralmente no es tan distinto al de el grupo de chicos que se ríen de una mujer, al de la manada de chicos que en los San Fermines violan todos juntos a una misma mujer, o al de los chicos que consumidores de pornografía desde los ocho años, ahora, fuera de los colegios, hacen “lo propio” siendo casi niños. Y todo en un mundo que sin freno y al son del laissez faire se dirige al precipicio, sin que parezca pueda ofrecer ni planeta ni ningún tipo de contención simbólica a las nuevas generaciones.
Así pues, la contigüidad, 1) de la imagen de la bacanal, representando la ausencia de ley, el imperativo de goce de un laissez faire sin corte, sin freno; con 2) la imagen de una mujer decapitada ⎯con chorretes de sangre y música de Gojira, death metal, al fondo⎯ hace que esta última, ⎯se llame como se llame⎯ dado el mundo que estamos pisando hoy, tome el lugar del chivo expiatorio, de victima sacrificial luciendo en lo real del cuerpo, el corte que la pulsión de muerte (Thanatos) no encuentra en lo simbólico para detenerse.
Parece que estos detalles y los índices en aumento de feminicidios imperantes, se le escaparon a Jolly, cuando le pareció que era una buena idea hacer participar en la inauguración y en la clausura de las Olimpiadas a dos mujeres sin cabeza, a María Antonieta en una y a La Victoria, reincidiendo, en la otra. La historia es la historia, y el patrimonio del Louvre también, pero la elección fue suya.
Después de todo, también habría poderse valido del arte y de su creatividad, para devolverle la cabeza y los brazos a una Victoria, a la que podría haber hecho volar, reescribiendo así la historia, porque se dice que en su día, a la diosa Niké de Samotracia, a la que representa la emblemática estatua, le cortaron las alas para que permaneciera en la ciudad. Habría sido bonito, porque eso de “cortar las alas”, a decir verdad, a las mujeres nos suena.
Por lo demás, pasando de bajar al lodo del ring, sobre el que ya se ha dicho bastante; es precisamente más allá de las personas concretas, y de las particularidades de cada caso, que vuelve a venir a cuento la importancia de la ley, de las reglas del juego.
Por eso es tan elocuente de la distopía a la que nos enfrentamos, el que tengamos que oír, precisamente de los organizadores, garantes de estas reglas, dos afirmaciones de gran importancia que se anulan entre sí: que nos hayan dicho 1) que íbamos a disfrutar de “las Olimpiadas más paritarias de la historia”, refiriéndose al número de participantes hombres y mujeres; para después venirnos a decir literalmente, 2) “que no tenemos una manera científica de distinguir cuándo estamos frente a un hombre y cuándo frente a una mujer”.
Muy elocuente, sí, porque resulta, que si no sabemos distinguir entre hombres y mujeres, no podemos, ni en el deporte ni en ningún otro sitio, luchar contra la desigualdad de oportunidades en la que convivimos y no es pequeña ⎯para hablar en plata, ganamos la mitad que los hombres. Si no podemos distinguir entre hombres y mujeres, no podemos luchar por los derechos concretos de las mujeres, que en medio de esta olímpica luz de gas institucional, tanto está costando defender en estos momentos y tanto ha costado conseguir.
O si no, que le pregunten a Olimpia de Gouges, quien al ver atónita, que en La declaración de los derechos del hombre, no se incluía a las mujeres; se dio a la tarea de redactar una declaración alternativa, de Los derechos de los hombres … y de las mujeres. Que le pregunten a ella, a quien su atrevimiento le costó la cabeza. Sí querido lector y lectora que todavía no lo supiera, la mandaron a la guillotina.
Por eso pienso con Victoria Cansino, que ya que Jolly se acordó de una mujer decapitada, por asociación de ideas y aprovechando que Olimpia se llamaba Olimpia ⎯lo tenía a tiro de piedra⎯ habría hecho bien en rectificar simbólicamente la afrenta que para la humanidad como tal, significó el asesinato de una de las primerísimas feministas de nuestra historia. A nadie habría dejado indiferente, que además de la estatua dorada que le pusieron ⎯eso estuvo bien⎯ la mismísima Sequana hubiera revivido a Olimpia de Gouges con su aliento, para llevarla cabalgando por el Sena, hasta el asta, donde tal vez la estuviera esperando arrepentido uno de los revolucionarios que en su día “la dejó atrás”, ¿Robespierre quizás?, y pudiera así izar con él, la bandera de las Olimpiadas “más paritarias de la historia”.
Algo en este sentido habría sido verdaderamente original y habría hecho que una inauguración a la que se calificó como “la más atrevida de la historia”, realmente lo fuera, pues el feminismo que abolicionista, va a la raíz y se le ocurren estas cosas, no tiene patrocinadores; no los de los laboratorios farmacéuticos que venden hormonas de por vida, no los de la mercantilización de la reproducción humana, no los de la mafia porno/proxeneta, no los del capital en general y su lógica de la máxima ganancia.
De haber sido en verdad atrevido, Jolly se habría regalado el honor de hacer volar a La victoria y de hacernos sentir, no a Thanatos, sino a Eros, galopando por el Sena de una era verdaderamente nueva.
Perdió su oportunidad.
1 Robert Lévy, “La inactualidad de la violencia contra las mujeres” en “La violencia sobre las mujeres”, dentro de la Colección Psicoanálisis Aún de la Asociación Análisis Freudiano. Editorial Catriel, Madrid, 2011.
2 Adriana Flórez, “La violencia contra las mujeres: ‘aquí entre nos’. En torno al potencial crítico del psicoanálisis”, Ibid.
3 Rita Segato, “La escritura e el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez” Universidad del Claustro de Sor Juana, Ciudad de México D.F., 2006.
4 Victoria Cansino, “La decapitación de las mujeres en los JJOO”, El común, 6 de agosto de 2024.








