Lidia Falcón, presidenta del Partido Feminista de España
Desde que María de Zayas y Mary Wollstonecraft, como prematuras pioneras del feminismo ya en el Renacimiento, expresan en sus novelas y ensayos las quejas contra la represión y marginación que están sufriendo las mujeres, el término feminismo se va introduciendo en el lenguaje moral, primero y más tarde social – filosófico y científico es imposible-, sometido tanto a la crítica como al desprecio por parte de los intelectuales de sus épocas, sin que haya merecido una definición, o al menos descripción por parte de filósofos, políticos, religiosos, que todos los movimientos anteriores: liberalismo, anarquismo, socialismo, comunismo, concitaron. Por supuesto, éstos están protagonizados por hombres, y tienen el reconocimiento del talento masculino.
El feminismo, cronológicamente hablando, nace de la denuncia de algunas pensadoras y escritoras de la injusticia en que está sumida la vida de las mujeres. Más tarde se convertirá lentamente en un movimiento social, pequeño e inseguro, sobre todo en España, e irá creciendo apoyado por los movimientos más poderosos de otras mujeres que se crean y desarrollan en países europeos y americanos, y en tiempos más recientes irá teorizándose en España en la obra de algunas escritoras, con una repetición -muy cansina ya- de los males que sufre el sexo femenino bajo el poder masculino.
En estas etapas, rápidamente citadas, fueron muy pocos los políticos y filósofos masculinos que apoyaron las reivindicaciones que llevaban siglos repitiendo: igualdad ante la ley, derechos económicos, sociales y educativos, capacidad de obrar, aunque son de agradecer y admirar aquellos que lo hicieron. Y entrando ya en el siglo XX, la exigencia del sufragio femenino introduce, tímidamente, a las mujeres en el mundo político.
El Partido Feminista de España, fundado en 1979, compite por primera vez, en coalición con otras formaciones, en las elecciones regionales de Cataluña en 1980.
Ha llegado el momento de definir el feminismo como organización política que pretende gobernar el país. No se trata ya únicamente de escribir demandas y argumentar el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres, de organizar conferencias, mítines y manifestaciones para visibilizar sus demandas. Se trata de lograr que los votos populares escojan a las líderes feministas para dirigir las instituciones del país.
Poco se ha analizado el feminismo por las líderes del movimiento si lo comparamos con la ingente obra filosófica y política que se ha escrito por los teóricos y dirigentes masculinos sobre todas las sublevaciones y revoluciones anteriores. Y en todo caso, desde hace ya un siglo, la obra feminista está varada en recordar el comienzo del movimiento con la Revolución Francesa y repetir las reclamaciones que comenzaron con el sufragismo.
Por ello es posible que hoy, doscientos años después de los cuadernos de notas de las reclamantes en la puerta de la Asamblea Francesa, las feministas sigamos en las calles presentando nuestras demandas a los que ostentan el poder -legislativo y ejecutivo- en los partidos políticos validados desde hace siglos, porque no tenemos ningún poder en las instituciones.
Aquellas feministas que escogieron la vida política lo hacen en las organizaciones creadas por los hombres para defender sus derechos, haciéndose un agujerito en la fortaleza que constituyen esos partidos. Con el permiso de estos, amparadas por sus dirigentes y por supuesto utilizadas por éstos.
En consecuencia, ¿en qué se ha convertido el feminismo? En demandas concretas de avances para lograr la igualdad de libertades y derechos de las mujeres, que deben conceder los gobernantes, como sucede con los sindicatos y las asociaciones populares. Y, ¿cuáles son sus planteamientos teóricos? Aquellos que afectan exclusivamente a las explotaciones y represiones que sufren las mujeres por su sexo. Como dice Victoria Sendón de León, “Las feministas sólo hablan de los problemas que sufren de cintura para abajo”.
Estas limitaciones de las demandas feministas, que son consecuencia de la falta de poder político de las organizaciones que las plantean, reducen su capacidad de influencia tanto social como institucional y las encierran en el pequeño mundo de las reclamaciones populares, como los movimientos vecinales o estudiantiles.
Pero el feminismo del siglo XXI no puede reducirse a la repetición obsesiva e interminable de la abolición de la prostitución, la prohibición de la pornografía y los vientres de alquiler y la exigencia de eliminar la ley trans.
El feminismo es el último de los movimientos y sublevaciones populares que alcanza la escena de las luchas de clases. Después del anarquismo, el socialismo y el comunismo, el feminismo llega para convertir a las mujeres en protagonistas de su propia liberación, en líderes de las organizaciones políticas que han de transformar el mundo.
No se trata ya de seguir mendigando en la puerta de los partidos políticos, de los Parlamentos, de las Asambleas y de los gobiernos las demandas que llevamos exigiendo dos siglos, sino de formar parte de esas instituciones. Y de asumir y defender que TODOS los temas y exigencias y explotaciones que han planteado los hombres en el largo camino de la revolución son también de las mujeres.
Es imprescindible remarcar y no olvidar que las sufragistas estadounidenses fueron las primeras en sumarse a la exigencia de la abolición de la esclavitud, de cuya experiencia hicieron la base de su lucha por alcanzar los derechos políticos. Y, quienes crean que el sistema político de España con esa corrupta generaciones de reyes que forman la monarquía, nuestra pertenencia a la OTAN, nuestra dependencia sumisa a las órdenes del Departamento de Estado de EEUU y de la Unión Europea, como las guerras que están nuevamente ensangrentando el mundo, no son temas que afecten a las mujeres, es que no tienen ni idea de que es el feminismo. Son solamente parte de la derecha capitalista e imperialista, que domina el mundo, apoyan el sistema que nos mantiene en las mismas opresiones de todo el siglo y son cómplices de las tragedias que están destrozando el planeta.
Es patético observar el silencio de las líderes feministas y sus medios de comunicación, ante la evidente amenaza de una nueva guerra europea, ante la sumisión indigna del gobierno de España a las exigencias de EEUU en aportar material bélico y aumentar los presupuestos militares y en aceptar satisfechas la corrupta monarquía que es el verdugo de nuestro país desde hace 500 años.
Quienes crean que el aumento de los presupuestos militares, que este año doblan los del pasado, alcanzar el 2% del PIB para alimentar a la OTAN, enviar continuamente material bélico a Ucrania, e incluso plantearse participar en esa guerra, e ignorar el horrible genocidio que está practicando el gobierno de Israel con Palestina, mientras la sanidad pública española no tiene recursos y el aborto se practica únicamente en la sanidad privada, son temas que no afectan al feminismo, no solo no tienen preparación política y económica alguna, sino que se sitúan en la derecha más reaccionaria. El feminismo nunca puede avanzar si no pretende cambiar el sistema capitalista, porque el Patriarcado y el Capitalismo se necesitan absolutamente, y éste es el sostén fundamental de aquel.
Sin utilizar el análisis marxista de la explotación y opresión de la mujer, el Movimiento feminista nunca será más que un apoyo al mantenimiento del dominio capitalista, que se embellece, a veces, concediendo alguna de las demandas de las mujeres: el voto, la igualdad legal (no la real), el derecho al aborto (en algunos países), el divorcio con muchas condiciones, y paren de contar.
Porque es una vergüenza que en 2024, cuando en una semana en España se han producido 8 asesinatos machistas de mujeres y niños, sin que se tenga ninguna esperanza de que se tomen medidas eficaces para evitarlos, mientras estamos todavía gimiendo por la abolición de la prostitución, pidiendo la prohibición de la pornografía y ya se haya aprobado la ley trans. Seguimos en la puerta del Parlamento pidiéndoles a los diputados que se cumpla la igualdad de salarios entre hombres y mujeres, como solicitaban las francesas en la puerta de la Asamblea de París en 1789.
El feminismo será revolucionario o no será.
Madrid, 18 julio 2024.









Pues no sé, suena a pataleta. Son legítimas las reivindicaciones de la lucha de clases, etc.? Sí, claro. Pero, ¿por qué denigrar a otras reivindicaciones tan legítimas como esa?
Si es por los resultados prácticos, parece que esa estrategia no le ha servido para nada al PFE.
Menos rencillas y más unidad.