Características del movimiento trans y sus etapas

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Por Mª Pilar Cambra Brown

Las personas que supuestamente defienden la ideología trans, con frecuencia sin ser trans ellos mismos, a menudo nos dicen qué los derechos humanos no son un pastel y que el hecho de que se otorgue derechos a un grupo no quiere decir que otro grupo los esté perdiendo. “A ninguna mujer nos quita los derechos el otorgárselos a las personas trans. Sus libertades amplían las nuestras”. 

Tratándose de este movimiento, basado en las características primordiales de las personas que lo conforman y lo promueven, y analizando más de cerca sus etapas o niveles, esta aseveración es a todas luces falsa y a continuación explicaré por qué. 

Primera etapa: impostura

Pues los trans y aquí hablo de los hombres que ansían ser mujeres, las mal llamadas ‘‘mujeres’ trans’ (las mujeres que pretenden ser hombres tienen otros aspectos preocupantes que no voy a tratar aquí), pertenecen a la clase dominante, la masculina, y pretenden subvertir a la clase que consideran subordinada, con la cual, supuestamente, se identifican. Es decir, pretenden ser mujeres, su reivindicación es que les incluyamos entre nosotras e, incluso, que les demos la bienvenida y las gracias por su elección, lo “stunning and brave” (impactante y valiente). Lo suyo resulta que es una demanda de inclusión forzada.

Es una característica que les distingue de todos los movimientos de derechos civiles anteriores. Por ejemplo, el movimiento de derechos civiles en Estados Unidos promovido por las personas negras tuvo como objetivo la abolición de la segregación basado en la raza, pero nunca se pretendió que los negros fuesen blancos, ni mucho menos, muy orgullosos, y con razón, se sentían de su propia cultura, sino que la exigencia fue que a los negros se les tratara con equidad, de la misma forma que a los blancos. Es quizás una diferencia sutil pero que resulta fundamental.

  El objetivo de estas ‘mujeres’ trans no es solo que les tratemos de la misma forma que las personas no trans (me niego a utilizar el discriminante, zafio y degradante prefijo ‘cis’), sino que les tratemos como si fueran nosotras (“La mejor mujer, un varón”). Se ha dicho que estas mujeres trans roban a las mujeres, pero las pretensiones de los trans de esta escuela van más allá, más a fondo. 

Es decir, no es que aspiren a la paridad, no, lo que pretenden es ser nosotras, ser ellos las mujeres. Esta es la primera etapa y más que un robo (en todo caso sería un robo de la identidad misma de la víctima), es una usurpación, una okupación de nuestro ser, en fin, una impostura. 

Segunda etapa: suplantación

La segunda etapa es la suplantación, ellos son mujeres y por ende todo lo que es de las mujeres les pertenece, eso pasa por impedir que las mujeres tengamos nuestra propia nomenclatura, de ahí los intentos de borrar la palabra ‘mujer’ del foro público diciendo que les ofende o les margina. O borrar las palabras referentes a la maternidad, a la gestación, apropiarse de la menstruación… Incluso las palabras que atañen al aparato genital femenino. Últimamente hay incluso una tendencia a exaltar la lactancia masculina…

 También aquí hay que destacar el enaltecimiento de los drag queens, hombres que que se disfrazan para presentar una caricatura superficial, soez y burda de lo que se supone somos las mujeres… Por lo visto estos descentrados son las personas ideales para leer cuentos infantiles queer a los niños, un caso de adoctrinamiento que se asemeja mucho al que tuvo lugar en las clases de religión católica no hace tanto tiempo. Pero en vez de mártires y ángeles aprenden a identificarse como Barbie o GI Joe, o que es posible nacer en un cuerpo equivocado. Quizás uno de los ejemplos más inquietantes, porque supone cuidado infantil, de suplantación.

El impostor no se conforma con usurpar la identidad de la suplantada, sino que tiene que ocupar todo lo que le pertenezca, espacios, cambiadores, organizaciones, refugios, deportes, hasta las cárceles. 

No se nos puede dejar a las mujeres ni siquiera un rinconcito para respirar, muestran el típico afán masculino de dominarlo todo.

Tercera etapa: Parasitación

La etapa final es la parasitación. Sí algo distingue al movimiento trans es la falta de creatividad y la falta de solidaridad. Es como si la gran impostura, la de intentar asimilarse a y asimilar la otra mitad de la humanidad, absorbiera todos sus esfuerzos creativos y sus sentimientos más sociales. 

Por ejemplo, no generan innovación en el vestir o el maquillaje, por lo general simplemente adoptan la más cutre y vulgar que hay.

Otra faceta lo constituye la apropiación del animé, un género de expresión grafica japonés que se caracteriza por un peculiar estilo (neoténico) de dibujo, con personajes de ojos grandes y ovalados, de línea muy definida, colores llamativos y movimiento reducido de los labios. A nadie presente en las redes sociales se le escapará el uso desorbitado de avatares e iconos animé sobre todo femeninos y ocasionalmente animales por las “mujeres” trans en llamativos colores pastel. Son invariablemente mucho más femeninos, adorables y jóvenes que los seres que presumiblemente representan. 

Es un punto interesante que las ‘mujeres’ trans casi nunca se describen como mujeres sino como ‘niñas’ ‘chicas’ o ‘jóvenes’, parece que también hay disforia respecto la edad. La brecha entre la realidad y estas presentaciones parece a menudo casi inabarcable e incluso patológico. 

En cuanto a la solidaridad social o el compañerismo, no solo no apoyan a las mujeres, exigiendo en cambio que sus seguidoras se arrodillen ante ellos y les presten su atención ilimitada y apoyo incondicional, parecen no gustarse ni siquiera entre ellos. Sí quieren participar, por ejemplo, en los concursos deportivos competitivos de acuerdo con su mítico género podrían organizar eventos o espacios especiales para las personas trans. Curiosamente, no lo han hecho. Y cuando se crean terceras categorías en los deportes, nadie se inscribe en ellas. Igual va para las cárceles, los refugios, las organizaciones, las apps de citas… Pero no, los trans no han hecho nada para los trans, o más bien, para los otros trans, porque parece que el egoísmo prima. Solo quieren ocupar los espacios creados por y para las mujeres. 

Para más INRI parece ser una parte importante de esta ocupación que las mujeres estemos ahí presentes pero impotentes y disponibles mientras ellos se pavonean en la manera en que consideran ‘femenino’ o sencillamente para podernos explotar. No puede evitarse el pensamiento de qué el afán de humillar y suplantar a las mujeres forma una parte intrínseca de su doctrina, es un movimiento parasitario.

Conclusión

Las feministas críticas de género hemos dicho a menudo que el movimiento trans no es un movimiento para los o las trans en sí, sino una ampliación de un movimiento machista qué aspira a extender el dominio y la permanencia en el poder de los hombres en lo social y en el espacio y el tiempo. Sí se achaca más mérito a un hombre que dice que se siente mujer que a una mujer que dice que no lo es, ¿a quién se está otorgando más credibilidad, más autoridad, más apoyo? Este análisis, aunque superficial, parece confirmar esta proposición. 

Volviendo al principio, no se trata, pues, de un reparto igualitario de derechos sino de un hurto… Y los derechos trans no amplían los de las mujeres, los reduce, los restringe, los usurpa.

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